lunes, 30 de abril de 2012

Paradojas en la oscuridad

Filipa César (Oporto, 1975) y Rui Toscano (Lisboa, 1970) son dos de los artistas más representativos del arte portugués del momento. Comisariada desde el buen ojo de un gran conocedor del arte portugués, el crítico de arte y promotor de distintas iniciativas artísticas David Barro, la muestra que se nos plantea desde la Fundación RAC busca, desde el encuentro de ambos, la reflexión sobre la mutación del espacio físico y cómo la aparición de variables propicia una transformación en lo que nunca es permanente y eterno. 


Mirada, juego, pero sobre todo reflexión, son los componentes que trascienden de la obra de Filipa César y Rui Toscano. En ambos se produce ese análisis de un momento, de un intervalo -más o menos amplio-en el que se produce la acción de cambio en el espacio objeto de análisis. Desde una inmensidad inabarcable para el ser humano, como puede ser el origen del universo, hasta un espacio más manejable, como la noche en una ciudad, se puede trabajar desde esa proyección. Rui Toscano eligirá el primero de ellos, mientras Filipa César hará de la noche de Berlín su tubo de ensayo. Ambos eligen un ámbito oscuro, una negación de la luz que emana de lo representado para evocar ese espacio límite, esa indefinición de lo establecido y en la que nos podemos encontrar cómodos. Ese será el marco elegido para la paradoja, para hacer de lo inverosímil conciencia de una realidad a la que no siempre prestamos la suficiente atención.
Realidades |Los dibujos o pinturas de Rui Toscano y las fotografías de Filipa César hacen de sus diferentes realidades la plasmación de lo transitorio, que sin duda es lo que les motiva en este proyecto y que, no cabe duda, es tan complejo de captar, pero sobre todo de representar. Y es en esa representación donde nos ganan definitivamente; tanto los universos de Rui Toscano, como esos fragmentos del rodaje de una película en la noche de Berlín poseen una gran capacidad de atracción. De una gran perfección técnica, en el caso del primero nos sorprende por la capacidad para sugerir el vacío entre el abismo negro, al presenciar cómo esas constelaciones oradan una dimensión espacial no exenta de una profunda carga lírica, sobre todo en algunas de sus piezas, donde apenas unos puntos sobre un papel sugieren la misma idea que las composiciones más complejas. Esa perfección en las fotografías de Filipa César, se muestra al hacer de un lugar en el que en aparicencia no sucede nada, como lo es la noche de una ciudad, un escenario de una nueva realidad, de un rodaje que busca modificar la realidad y subvertir el propio papel de la urbe.
Por lo tanto, son dos miradas las que la Fundación RAC, tan acertada en sus aproximaciones a lo actual, ofertará en nuestra ciudad hasta el 9 de junio.

Miradas
Recorrer las dos plantas que conforman el espacio de la Fundación RAC nos permitirá aproximarnos a dos nombres que han ido jalonando su andadura artística de grandes logros, siendo muy complicado que ambos formen parte de alguna muestra en la ciudad. Al igual que sucedió en la última exposición realizada en este espacio, la del artista catalán Ignasi Aballí, el trabajo que viene desplegando esta Fundación en Pontevedra merece ser elogiado por esa capacidad, más que demostrada hasta el momento, para traer hasta la ciudad de Lérez el trabajo de artistas internacionales, que normalmente solo se pude conocer en grandes citas fuera de este país.
Hablaba al inicio de esta columna de dos plantas, y así es como se distribuye el trabajo de los artistas lusos. En la parte superior, lo que podríamos llamar el 'Big Bang' de Rui Toscano, en cuyo interior un abismo negro se ve salpicado por numerosos puntos que al fin y al cabo son luz, brillantes pozos de los que extraer algún tipo de vida. Una permanente tensión entre la superficie y el fondo, entre lo visto y lo intuido, en definitiva, entre la materia y la nada.
Filipa César, por su parte, hace de Berlín un gran estudio de cine, un rodaje de lo que siempre es un falseamiento de la realidad, una de esas fisuras que surgen en la ciudad como contraste con lo que es la realidad, es decir, nuestro discurrir diario por ella. Al caer la noche, de esa oscuridad surge una nueva ciudad, pero la artista va más allá al provocar la reflexión sobre esa intervención en lo urbano, donde la iluminación, los planos o el guión cambiarán la estructura de ese ámbito 'controlable' por el ser humano. Y es en esa planta inferior donde interviene Filipa César, para traernos la noche, para traernos, también, una visión fascinante de una producción cultural. Tan fascinante como las producciones culturales surgidas de la Fundación RAC.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra  29/04/2012
Fotografías Guille López

sábado, 28 de abril de 2012

Mirada de niño, vida de hombre

 
Reconoce Almudena Grandes (Madrid,1960), en la nota final que en este libro explica el origen de este relato y de diferentes elementos que se encierran dentro de él, su “obsesión sentimental casi enfermiza por la guerra civil y la posguerra”. Algo que ya se nos había anticipado en el ‘El corazón helado’, libro referente en el discurrir literario de la autora. Una monumental obra de la que ha partido esta valerosa empresa de novelar en seis obras, al modo de los Episodios Nacional de Galdós, lo que ella misma llama  ‘Episodios de una guerra interminable’.

Reivindicar a Benito Pérez Galdós una y otra vez en cada entrevista y sobre todo en cada uno de los libros que conforman esta serie de seis obras que rastrean las consecuencias de la Guerra Civil en diferentes seres humanos, es el firme compromiso de esta escritora con la literatura, con su devoción por un autor fundamental para despertar en ella la pasión por contar historias y también porque este país, de una puñetera vez, mire frente a frente a un tiempo al que siempre se ha posicionado en una huida hacia adelante, y para ello lo hace desde el hoy, desde la mirada no desde el bando perdedor sino desde una democracia por la que todavía supuran numerosas heridas que no todos quieren cerrar, perpetuando el dolor en muchas, en demasiadas personas.

Historias de resistencias pero también historias cargadas de sentimientos que nos devuelven de una manera tan intensa como agradecida a esa gran novela que emergió en el siglo XIX y a la que la modernidad literaria y los excesivos postureos de numerosos escritores, siempre deseosos de reinventar la literatura, han ido desterrando sin pausa alguna.

Con una enorme honradez y humildad Almudena Grandes mira a Galdós y a esa forma de hacer novela anclada en las entrañas de un país, en un momento esencial en nuestra historia desde el que ya nada volvería a ser igual. La escritora madrileña emprende así un ‘tour de force’ que por ahora nos ha dado dos excelentes novelas: ‘Inés y la alegría’ y este ‘El lector de Julio Verne’ que se mantienen dentro de una línea genérica en la serie, focalizando la acción en puntos concretos de la resistencia antifranquista. Si en la primera novela la acción discurre en el Valle de Arán, en ésta el argumento de ese niño que mira a un mundo lleno de guardias civiles, de bandoleros, de ideales y sobre todo de seres humanos se hace geografía en la Sierra Sur de Jaén, y en un periodo muy concreto entre 1947-1949.
Nino | Tres años llenos de miserias que se traspasan a este libro donde es la mirada de un niño la que nos permite asistir a una serie de brutales acontecimientos, pero también a hermosos descubrimientos. Pocos de esos descubrimientos puede haber tan bellos e inolvidables para una persona como las lecturas de los libros de Julio Verne. Y es que son precisamente esas lecturas, y muchas otras, esenciales a la hora de conformar la personalidad del hombre, y el descompresivo de un ambiente sórdido y lleno de crueles episodios, como los que tienen lugar en estos tres años trágicos.
Nino es un niño de nueve años criado en un Cuartel de la Guardia Civil. Su padre es guardia civil y debe perseguir a varios elementos de la resistencia que se han echado al monte durante esos años comandados por un nombre mítico, Cencerro. Nino ve muchas cosas que no le gustan, cosas que le harán madurar, que le harán abrirse a una vida llena de episodios reales, no como esas maravillosas lecturas que el escritor francés le ofrece en sus novelas. Nino aprende mecanografía y no quiere ser guardia civil. Pero la vida le espera, y lejos de poder evadirse desde el ámbito de la imaginación, debe enfrentarse a ella, atravesar ese pórtico que nos permite abandonar la infancia para hacer eso tan difícil que es crecer.
Y Nino crecerá entre personajes idealizados como Pepe el portugués, sus padres, mujeres como Elena quien le abre su biblioteca, o las esposas de los hombres que han tenido que escapar al monte... en definitiva seres humanos a los cuales Almundena Grandes dota de la fisicidad necesaria para que el espectador empatice con ellos, para que se deje llevar hasta ese pueblo de motes que te acercan hasta la realidad de una manera asombrosa, y sobre todo, a mirar con los ojos de un niño todo ese paisaje de desolación e historias que se esconden bajo la alfombra de una historia alejada de los grandes manuales, de los libros que registran los hechos históricos, optando la autora por bajar a la arena, por recorrer esas calles distintas en la noche y en el día, por rastrear esos montes en dónde se han tenido que ocultar los damnificados por una guerra fratricida, que, como pocas, desoló a familias, amigos o vecinos. Ellos estaban allí, ocultos, pero muchos de los que estaban a la luz del día también se escondían, ocultaban su pasado y se esforzaban en parecer lo que no eran. Y es en esos momentos en los que el mal deja de serlo para mostrar matices, para que el negro se difumine en un gris que es en donde la novela alcanza su máximo esplendor, así como en la parte final del relato donde Nino regresa a su mirada de niño. En ese instante entendemos muchas cosas, pero sobre todo nos enfangamos en el lodazal en el que se enmarca ese periodo de nuestra historia y es cuando pensamos, cuando imaginamos parte de lo que debió ser todo aquello, cuando nos aproximamos a las víctimas, y por que no, también a los verdugos. Todos ellos con el lodo hasta las rodillas, limitando sus movimientos, pero sobre todo, mostrándolos como seres humanos, el gran logro de la novela de Almudena Grandes.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/04/2012

Seven

1Lujuria. Abrazados a una camiseta, a una pasión irrefrenable, confundidos por un becerro de oro distracción de la angustiosa realidad. Hipnotizados bajo la idea de una posesión y mimetizados en unos colores sagrados.
2. Gula. Es el exceso, el consumo masivo de horas y horas de fútbol, de páginas y páginas de prensa. Un atracón que no tiene fin, que no descansa más de 48 horas seguidas. El opio del pueblo.
3. Avaricia. Solo la victoria vale. Al precio que sea y cueste lo que cueste, es lo único que se valora. Años de historia, minutos de sufrimiento, intensidad y entrenamientos. Todo se arroja por la ventana ante la derrota. ¡Qué importa el camino! lo importante es siempre el metal, la recompensa.
4. Pereza. Cuánto cuesta aceptarse, saber lo que uno vale y lo que puede llegar a dar. Entender que nadie es más que nadie.
5. Ira. Venganza y fanatismo. Alegría por la derrota del contrario, como si eso aliviara el espíritu, y suspiros de tranquilidad cuando el otro es el caído. Mal de muchos...
6. Envidia. Es el deseo insaciable por atajar la felicidad del rival. La traición a uno mismo para mostrar su ridiculez ante el enemigo.
7. Soberbia. Sin respeto por los demás. Portadas y más portadas oráculo de una final entre equipos españoles. Desprecio absoluto. Vergüenza ajena, y tras lo visto, vergüenza propia.



Publicado en Diario de Pontevedra 28/04/2012

miércoles, 25 de abril de 2012

Últimas lecciones

"Claro que merezco el Cervantes. Por un libro que estoy por escribir". El entrecomillado, pronunciado por el nieto del último Premio Cervantes, Nicanor Parra, durante la lectura del discurso de agradecimiento del 'antipoeta', vuelve a poner de manifiesto la genialidad de un creador poco convencional, que sabe, como tantos escritores, que siempre el mejor libro es el que está por escribir y la mejor palabra la que está por decir. Primera lección.
Se habla de su avanzada edad para justificar la ausencia en el acto de entrega, pero no duden de que el más alternativo de los poetas ha sido más que feliz bajo el anonimato de lo cotidiano en su vivienda chilena de Las Cruces. Mientras otros pretenden la fotografía y la exhibición, casi siempre gratuita, la inteligencia busca la soledad del trabajo para reivindicarse, para hacerse eterna. Segunda lección


'Entre dous'. Publicado en Diario de Pontevedra 25/04/2012

martes, 24 de abril de 2012

‘A librería de Marín’ propone, desde su ventana, una mirada al paisaje de la mano de Juan Rivas, un extraordinario pintor capaz de desentrañar las claves de nuestro paisaje más contemporáneo.
Si hay algo que llena nuestras librerías son los paisajes que suscitan los libros que en ellas se encierran. Geografías de lo más diverso y heterogéneo con las que se consigue hacer volar nuestra imaginación y alentar a nuestro espíritu. En el día de ayer las librerías vivieron un día especial, una jornada en la que se celebraba a ese objeto que les da sentido y del que se muestran como orgullosos custodios y difusores. ‘A librería de Marín’, además de ofrecernos esos paisajes literarios, desde la pasada semana también nos presenta otros paisajes, éstos pictóricos desde esa ventana denominada ‘Espacio neutro’, en la que, y desde hace ya unos meses, los vecinos de Marín han visto cómo diferentes artistas han intervenido en ella, como complemento a lo que debe ser una librería hoy, desterrando la antigua percepción de existir solo para vender libros, generando un espacio donde la cultura se ramifique en diferentes direcciones.
Además de cursos de fotografía o actividades tan hermosas como la desarrollada en el día de ayer, en la que se impulsó un homenaje al escritor Agustín Fernández Paz mediante la complicidad de los lectores con uno de sus relatos: ‘Río de palabras’, incluido en su obra ‘O único que queda é o amor’, haciendo realidad aquello que sucedía dentro de él para convertir a Marín en un ‘río de palabras’. Junto a esas iniciativas, el arte reclama su espacio desde esa ventana de ilusiones gestionada por Rosa Neutro -Licenciada en Belas Artes en la Facultad de Pontevedra- y que ha promovido, con el apoyo de la propietaria de la librería, Marta Díaz, la creación de este espacio por el que ya se han sucedido diferentes creadores que cada mes renuevan la visión de esa ventana desde la rúa da Roda. Una ventana que funciona de manera inversa a lo que es habitual. Una ventana que encierra una mirada a nuestra realidad a través de la creación artística.
PAISAJES. En las próximas semanas serán los paisajes de Juan Rivas (Pontevedra, 1974) los que aparezcan suspendidos en ese espacio límite entre dos universos. Tres pequeños lienzos donde reconocemos a un excelente pintor y a un brillante paisajista. Su tratamiento de la pincelada y la destreza en la plasmación de la luz, se entremezclan con la visión moderna del paisaje a raíz de la inteligente elección de un punto de vista singular. Es la implicación personal del autor con lo representado y ahí se justifican muchas cuestiones. Juan Rivas recrea esas miradas que salpican nuestros recorridos habituales, en ellos, la naturaleza cada vez más aparece mutilada por la irrupción del ser humano. Construcciones ante las que nos debemos preguntar a qué estamos jugando con nuestro entorno. Una realidad que se traspasa a la pintura para volver la mirada hacia la verdadera concepción de una disciplina últimamente amenazada por otras técnicas artísticas. El discurso de Juan Rivas revaloriza la pintura y, desde el paisaje, quizás el género más tradicional dentro de ella, gestiona la ventana del gran arte.

Publicado en Diario de Pontevedra 23/04/2012
Fotografía: Rosa Neutro

lunes, 23 de abril de 2012

La flor del cactus

CINE 50º Aniversario de ‘El hombre que mató a Liberty valance’
El 22 de abril de 1962 se estrenaba en los Estados Unidos una obra capital en la historia del cine. El canto de cisne del gran director que se llamaba John Ford y hacía westerns. Él, que había consolidado al género y establecido sus bases canónicas, mostraba su modernidad retratando el final de una época, de un universo épico que tocaba a rebato.

«Cuando la realidad se convierte en leyenda, en el Oeste publicamos la leyenda», esta frase que cierra ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ simboliza lo que era el Oeste americano y como una vez acuñado el mito, la historia, es decir, la realidad, pasa a un segundo plano a la hora de confeccionar el relato de la comunidad. Nadie mejor que el propio John Ford para hacer de esta sentencia todo un lema y a estas alturas, si se quiere, hasta el epitafio de toda una carrera plagada de obras maestras, pero sobre todo, en el mundo del western, de cinco o seis obras sin las que el género no se sustentaría, sin las que la épica de la construcción de un país carecería de sentido.
En 1962 se estrenaba esta película en blanco y negro, precisamente cuando el color era el gran reclamo visual que Hollywood esgrimía para superar la durísima competencia de la televisión. Las salas llevaban tiempo vaciándose y la industria debía buscar nuevos medios de proyección, avances técnicos para narrar sus argumentos, ante los que la televisión poco tenía que hacer. Al director irlandés, al igual que al Rehtt Butler de ‘Lo que el viento se llevó’ eso le importaba un bledo, y desde un principio entendía que esta película necesitaba el blanco y negro. Por un lado, al funcionar la película casi como un documental de ese Oeste que caducaba al mismo tiempo que la modernidad del Estado americano comenzaba a fundarse, pero también por que una escena, la del tiroteo saldado con la muerte de Liberty Valance, pende del blanco y negro para captar los matices que ésta debía ofrecer, ya que pocas secuencias son tan esenciales a la hora de explicar un relato cinematográfico como el duelo entre James Stewart y Lee Marvin, con la presencia de un invitado, como no, John Wayne.
Western
Entre 1939, año en que John Ford dirige ‘La diligencia’ y 1961 en que realiza ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, el director creó varias de las mejores películas de este género, cierto es que cada uno tendrá su favoritas, pero en lo que todos podemos estar de acuerdo es en que títulos como ‘Pasión de los fuertes’, ‘Fort Apache’, Centauros del desierto, ‘Misión de audaces’ o ‘Dos cabalgan juntos’, son referencias del género, no sólo como grandes películas, sino como una forma de aproximarse al Oeste desde unos ingredientes que posteriormente todos los directores han ido empleando en sus películas. La importancia de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, es la de plantear ese tránsito de un agonizante western, con unos valores basados en el código de honor del vaquero, representado por John Wayne en el papel de Tom Doniphon y la mirada hacia un nuevo tiempo que encarna James Stewart, interpretando al abogado y futuro senador, Ransom Stoddard. Esa fricción entre ambos universos y su manera de enfrentarse al problema que supone Liberty Valance, es el sustento de la película, presentando ante el espectador una doble vía ante la que los diferentes personajes deben optar. Y es que el conflicto es lo que hace avanzar a las sociedades y John Ford así lo plantea desde el inicio de la cinta, un trabajo donde los personajes son fundamentales, quizás desde ‘La diligencia’, no era tan precisa la descripción de los diferentes tipos, pero a diferencia de aquella, en la que el western se abría a las grandes geografías norteamericanas (ejemplificadas en lo que sería el gran refugio fordiano de Monument Valley) como el gran ámbito de expansión complementario del vaquero, ahora, los exteriores ya no son necesarios y la acción se sitúa en las calles y locales del pueblo de Shinbone. Es la forma de mostrar cómo ese vaquero está siendo atrapado por la configuración de una sociedad moderna, que sustituye las pistolas por los votos. Así, tanto Liberty Valance como Tom Doniphon, se ven arrinconados, incómodos en este nuevo mundo que tiende a su expulsión, eso sí, uno como representante del mal será aniquilado, mientras el otro es el que motiva, tras su muerte, la recuperación del tiempo en que sucedieron los hechos que hicieron de Shinbone una de las cunas de la leyenda.
Amistad
Y es que toda la película es una mirada al pasado a cargo del senador Ranson Stoddard quien, vuelve a Shinbone, junto a su mujer, a rendir honores al fallecido Tom Doniphon y ante la petición de las ‘fuerzas vivas’ de la ciudad da a conocer los hechos que sucedieron a su llegada a este lugar. Una llegada marcada por el encuentro con el temido Liberty Valance, pero también por la amistad con Tom Doniphon, ambos, uno desde las leyes y el otro desde las armas, acabarán con ese personaje que mantiene atemorizada a la población, aunque no de la manera en que se había pensado.
Enfrentar a dos actores de la talla de James Stewart y John Wayne, más aún, en el territorio del Oeste, es sinónimo de que algo grande va a suceder, y así fue, ambos componen dos de sus mejores papeles. El primero como el abogado que confía en la justicia por encima de las armas frente a cualquier peligro, un hombre que no duda en ponerse un delantal y pagar sus deudas lavando la loza, una persona que confía en la política como forma de progreso y mejora social, que enseña a leer a las personas, en definitiva, alguien que cree en el ser humano y sus posibilidades. Por su parte, Tom Doniphon es un curtido vaquero, escéptico con el hombre, que solo cree en las armas como resolución de los problemas y que ama desde hace mucho tiempo a una mujer. Pero esa mujer se enamora de Ranson Stoddard, quizás lo único en lo que confiaba en este mundo es lo que ahora también se le niega, pese a ello, un código de honor le permitirá ayudar a Ranson Stoddard, permitiendo que ambos vivan el futuro juntos, sabedor de la importancia que tiene esa unión para todos. De nuevo es el sacrificio del solitario, como ocurriera en ‘Centauros del Desierto’, en beneficio de la sociedad, una especie de víctima anónima de la que se sirve la comunidad, pero a la que finalmente se rendirá el respeto que mereció en vida.
Nación
John Ford también va más allá al proponer una cuestión que está incluso por encima de las historias individuales. Y es la importancia de una serie de elementos de la sociedad necesarios para la construcción de la nación americana. Es así como en el relato confluyen elementos como el papel de la prensa, las leyes o el desarrollo de la política, imprescindibles para cualquier país que ofrezca entre sus premisas el desarrollo del ciudadano. El borrachín (arquetipo que ya estaba también en ‘La diligencia’) está encarnado por el periodista Dutton Peabody, quien dirige un periódico en este ambiente inhóspito para la verdad, y es que la verdad está siempre flotando a lo largo de la película como un gran pilar fundacional. Siempre amenazado nunca perderá la dignidad de  su oficio además de ser, junto a Ranson Stoddard, el personaje con más cultura. Éste último erige un código de leyes como el ‘arma’ de los nuevos tiempos, el emblema de uno de los tres grandes poderes de cualquier estado, y junto a él, el legislativo, representando el abogado las inquietudes de la población tras ser elegido por unos vecinos que habían superado el miedo y el temor a ser libres.
Todo esto y más se encierra en ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, un canto homérico a una nación, pero sobre todo a una época límite entre dos mundos, entre dos tiempos. Es por ello que uno no puede dejar de emocionarse cuando esa mujer, disputada por dos hombres, por dos amigos, interpretada por Vera Miles, deposita sobre el féretro de Tom Doniphon un cactus que ha florecido. Una rara especie en un mundo donde personajes tan extraños como Tom Doniphon serán siempre recordados.

Publicado en Diario de Pontevedra 23/04/2012

domingo, 22 de abril de 2012

‘About art’ o el milagro hecho galería

La facultade de Belas Artes, la Escuela de Restauración o la Escola de Canteiros son, ya no solo en Pontevedra, sino en el ámbito artístico y creativo en general una auténtica referencia. Todo un potencial de la que esta ciudad todavía no ha sabido extraer todo lo positivo que desde esos centros se ha ido generando promoción tras promoción. Por increíble que parezca, desde el ámbito privado no se ha sabido canalizar toda esa energía. En los últimos tiempos varios proyectos han puesto en valor a esos nuevos creadores, el último de ellos la galería ‘About art’


Huérfana como se encuentra esta ciudad de la iniciativa privada a la hora de ofrecer espacios para la exhibición artística, de una manera incomprensible, todo sea dicho, ante su propia tradición artística así como por la presencia de centros de estudio vinculados con el ámbito creativo, la noticia de la apertura de este modesto pero interesante espacio, debe considerarse como una más que feliz noticia para Pontevedra. Dos jóvenes emprendedoras, María Díaz y Araceli Torres, son las valientes que han obrado el milagro, las que han abierto este lugar para la creación y la reflexión en un punto físico muy próximo a otros centros artísticos como el Museo de Pontevedra o la Fundación RAC. En la calle Pasantería, es hasta donde nos podemos acercar antes del día 30 de este mes para ver la exposición inaugural de esta galería. Una muestra que se puede entender como toda una declaración de intenciones de los principios que moverán el devenir de la galería ‘About art’. Hablamos de primar a los creadores más jóvenes, aquellos que todavía buscan su lugar en el ámbito de la creación, los que pelean por hacer de su discurso un lenguaje que permita explicar lo que acontece a su alrededor. Un bautismo de fuego para muchos de ellos que tendrán para siempre en el recuerdo a esta galería como aquella que les concedió su primera oportunidad para la visibilización de su trabajo, es decir, para sentirse artistas.
Todos ellos son parte de una especie de generación, algo a lo que solemos ser muy afines los que escribimos de arte, agrupando a diferentes nombres que coinciden, bien por su edad, por su licenciatura, o por su concurrencia a diferentes certámenes artísticos. Esto es lo que sucede con los participantes de esta muestra, cuya factura artística reconocemos los que hemos visitado la otra gran referencia del arte joven, ya no solo en nuestra ciudad sino en Galicia, como es el certamen de Novos Valores, en el que alguno de ellos participó de la selección final de su última edición.
Ocho | Este es el número de participantes cuyos nombres son Carlos Álvarez, Anabel Gaudioso, Gema López, María Maquieira, Begoña Mumary, Paulova, Bea Saa, Alejandra Sampedro y Santi Vega. Todos ellos vinculados por su formación, también por integrarse en una generación de edad similar nacida en torno a los años ochenta, pero sobre todo con mucho que decir en el mundo artístico. Sus lenguajes, unidos por una especie de vuelta a la tradición, es decir trabajando desde la pintura, la escultura o la fotografía adoptan, sin embargo, un lenguaje actual y además perfectamente personalizado en cada uno de ellos. Cada autor se singulariza de los demás, pero juntos confluyen en esa reivindicación de los lenguajes más tradicionales. Tampoco en ellos se puede ignorar cierta ironía, marcando distancia con ese lenguaje artístico en el que se mueven, pero también con la forma de acercarse a la sociedad, no dejando nunca de lado cierto tono crítico, que no hace más que enriquecer sus diferentes discursos, además de ofrecer al espectador una nueva mirada más fluida y completa de lo que nos rodea.
Su espacio es pequeño, pero su fondo de ilusión es grande, y es precisamente desde ese fondo desde el que María Díaz y Araceli Torres nos ofrecen todas estas nuevas miradas, las primeras de una larga lista que veremos en los próximos tiempos.




Publicado en Diario de Pontevedra 22/04/2012
Fotografía: Guille López

sábado, 21 de abril de 2012

Poesía

Horas de poesía en Pontevedra. PontePoética fluye como una torrentera. Musas que atemperan el sinsentido de estos días. Meses cargados de amarguras. Años donde todo parece inútil. Y es ahí, precisamente en esa deriva del ser humano, donde la poesía recobra todo su sentido. Hace unos meses, en nuestra ciudad, Luís García Montero afirmaba que «La poesía es un ajuste de cuentas con la realidad». El sabio poeta conocía bien lo que decía y aquellas palabras, desde ese inolvidable día, se repiten cada vez con mayor insistencia en el interior de mi cabeza, llenándola de cuentas que ajustar, y ya son demasiadas. Cada vez más atemorizados por las noticias que asaltan la prensa, acorralados por nuestros políticos y menospreciados por los indignantes mercados. Ese saldo deudor se deposita sobre nuestras espaldas, un ingente peso que nos abruma y convierte en seres débiles, en frágiles elementos de un ecosistema que, en vez de funcionar en beneficio del ser humano, hace todo lo contrario, y se sirve de él para su propio beneficio. Poesía redentora, palabras a las que agarrarnos, versos terapéuticos en la búsqueda del oxígeno necesario para resistir. Pontevedra busca oxígeno y lo busca en PontePoética. ¡Respiremos! Y el lunes, el Premio Cervantes también se hace poesía. Nicanor Parra tiene la culpa: «A nadie le gusta hacerse cargo de los cristales rotos». Otra cuenta que ajustar.


Publicado en Diario de Pontevedra 21/04/2012

lunes, 16 de abril de 2012

Disparos

Se fue el Rey a celebrar la II República tan lejos como pudo, y así, escopeta en mano, fue a dar con sus huesos a Botsuana, donde al parecer se pueden cazar todo tipo de bichos previo paso por caja. No se me ocurre mejor retiro para las huestes Juancarlistas. Calor y abundancia de presas, en lo que sería una magnífica reserva para que el monarca siguiese jugando a tiempos pasados, a coronas deslumbrantes y a súbditos a los que no se les rinden cuentas de lo que son las cuentas de todos.
El resbalón real dejó al descubierto la tan vendida conexión de la monarquía con su pueblo, la misma que tan bien ha sido tratada en base a unos servicios cuya cuenta está ya de sobra saldada. Ahora no cesaremos de ver fotos de familia y discursos de aliento ante la crisis, pero los disparos retumbarán durante mucho tiempo, tanto, que algunos ya ven a los elefantes con su piel tricolor.


Publicado en Diario de Pontevedra 16/04/2012

Titanic: noticia de portada

A las 23,40 horas de la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 el RMS Titanic colisionó contra un iceberg en las frías aguas del Atlántico Norte. Dos horas y cuarenta minutos después el transatlántico más grande del mundo, un prodigio tecnológico símbolo de aquella época de sucesivos progresos científicos y sociales, se hundía completamente dejando más de 1.500 víctimas y 705 supervivientes. Aquella noticia conmocionó al mundo entero, y cómo no, a Pontevedra. Durante numerosos días la portada de El Diario de Pontevedra se hizo eco de las noticias de aquel desastre.

Mientras los ojos de muchos familiares de las víctimas ocasionadas por el hundimiento del Titanic se llenaban de lágrimas, en Pontevedra, durante esos días también se lloraba la muerte de dos hombres excepcionales en la historia de la ciudad. El Diario de Pontevedra del 17 de abril de 1912 cerraba la última de sus cuatro páginas con la pequeña presencia de un cablegrama fechado en Nueva York en el que se confirmaba la catástrofe ocurrida al trasantlántico Titanic de la Compañía White Star Line. Esa nota de prensa compartía espacio con dos esquelas, nada más y nada menos que las del médico, presidente de la Sociedad Arqueológica de Pontevedra y correspondiente de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, don José Casal y Lois; y la del exdiputado a Cortes, notario y escribano, secretario del juzgado de 1ª Instancia de esta capital, don Valentín García Escudero. Aquella nota podía perfectamente pasar desapercibida de no ser porque en su interior se escondía el inicio de una de las noticias más célebres de nuestra historia: la del naufragio del Titanic.
Al día siguiente, 18 de abril, la noticia seguía ocupando una de las últimas páginas del Diario, pero ya se empezaba a hablar de cifras de supervivientes, entre ellos 200 tripulantes, 210 pasajeros de primera, 60 de segunda y 400 de tercera. «La emoción que reina en Londres es grandísima, pues nunca se recuerda una catástrofe de esta magnitud», rezaba el mismo.

19 de abril| Habían pasado cuatro días desde que el Titanic había dado con sus restos en el fondo del Atlántico cuando por fin aparece en la portada de El Diario de Pontevedra, una portada que ya no abandonaría en lo que restaba de mes, produciéndose un incesante goteo de noticias que, a buen seguro, tenían a los pontevedreses muy pendientes de esas primeras planas. Se originó así una especie de culebrón, como los de las novelas que en aquel momento registraban tanto éxito, folletines que se presentaban al lector por entregas con las más variopintas historias. Con la diferencia de que lo que aquí sucedía era real. Y las víctimas, más de 1.500 personas, tenían nombres y apellidos, así como historias que irían desgarrando el alma de una sociedad muy diferente a la que nos toca vivir hoy en día.
En 1912 Pontevedra era una pequeña capital con una importante vida cultural y administrativa. La presencia de los diferentes organismos oficiales generaron una población que, amén de su trabajo, gustaba de gozar de la vida, de dar largos paseos por la Alameda y de asistir a diferentes tertulias, veladas y demás eventos lúdicos y culturales que abundaban en la ciudad. Todavía vivito y coleando Ravachol, a su alrededor, en la tertulia de la botica de Don Perfecto Feijóo, se reunían, no solo pontevedreses cuyos apellidos todavía están vigentes hoy en nuestra sociedad, como los Portela o Cervera-Mercadillo, sino también importantes personajes del panorama político y cultural español. Pontevedra contaba además con una importante labor editorial, publicaciones, desde prensa a revistas, colmaban a los ciudadanos locales de las informaciones que aquel inicio de siglo producía en todo el mundo. Un mundo que cambiaba a un ritmo vertiginoso, como nunca antes lo había hecho. Einstein, el cubismo, los ballets rusos, el automóvil, el cine, los progresos médicos... todo ello creaba la impresión de que el ser humano de aquellas décadas iniciales del siglo XX vivía un momento sin parangón, con un desarrollo económico y de progreso como nunca había sucedido en ninguna sociedad. Es dentro de ese ambiente desde el que hay que contemplar el nacimiento del Titanic, una empresa que hablaba de la magnificencia del hombre, de su progreso tecnológico, el avance científico y la cima de la sociedad industrial. Cruzar el Atlántico en una embarcación de estas dimensiones y con más de 3.000 personas a bordo suponía todo un manifiesto de aquel tiempo. Un tiempo en el que los grandes viajes se realizaban en barco. De eso se sabe mucho en esta tierra, puertos como los de Vilagarcía o Vigo veían salir a diario grandes buques con destino a puertos sudamericanos como Buenos Aires, Montevideo o Río de Janeiro, grandes barcos repletos de ciudadanos que buscaban alcanzar su sueño al otro lado del Atlántico. Esas líneas, con horarios y precios, eran la gran publicidad del momento en las páginas de El Diario de Pontevedra .
Ese mismo sueño es el que pretendían alcanzar los protagonistas de la tragedia. Los protagonistas del primer y último viaje del Titanic.

20 de abril|Escenas de dolor. Las informaciones se centraban en las primeras historias de las víctimas, el témpano de hielo y los telegramas de pésame. Destaca, además cómo el «Titanic no pudo evitar el choque por la gran velocidad que llevaba, pues el barco trataba de batir el último récord establecido por un barco de la compañía Cunard rival de la White Start Line».

23 de abril|La impresión del naufragio. «Quien hubiese podido contemplar de lejos al Titanic, semejante a un inmenso catafalco, lanzando oleadas de luz por todas partes, y hubiese escuchado las solemnes y majestuosas notas del himno nacional inglés no hubiera creído que aquel aparato de fiesta ocultaba un gran dolor: el de centenares de personas que iban a la muerte». También se incidía en esa idea anterior de la lucha del hombre y los avances técnicos: «Pero, mientras unos hombres ceden a los sentimientos humanitarios y trabajan para defender la vida de sus semejantes, otros, en plena fiebre industrial y progresiva se afanan en construir nuevos transatlánticos, más poderosos que el Titanic. Antes de un año recorrerá los mares orgulloso, los mismos mares donde se hundió el Titanic, otro nuevo barco de mayor tonelaje y velocidad que aquel. El Titanic desplazaba 46.000 toneladas. El que ahora se construye desplazará 50.000 toneladas».

24 de abril|Lo que dicen los supervivientes. Este día toda la información sobre el hundimiento consiste en una carta escrita por el Comité de los supervivientes en la que éstos ofrecen su versión de los hechos, destacando la amabilidad y esfuerzo por parte de la tripulación del buque Karphatia que acudió al rescate de los náufragos, así como denuncian la escasez de los elementos de salvamento: «Y es de nuestro deber llamar la atención de la opinión pública sobre los medios de salvamento de que están provistos estos transatlánticos, medios que el comité considera como insuficientes, y de recomendar que se tomen inmediatamente las medidas necesarias para reponer a los transatlánticos un número de botes de salvamento suficiente para embarcar la cifra máxima de  los pasajeros que puedan transportar. Y conviene resaltar la insuficiencia de los botes salvavidas, balsas, etc, la penuria de los marinos aptos para poner en obra estos aparatos de salvamento...».

25 de abril|.Por qué ha naufragado el Titanic. Llega la hora de la pregunta que aún hoy se hacen muchos. Todavía durante estos días aparecen nuevas teorías sobre la calidad de los remaches de las placas que conformaban el casco del buque o diferentes cuestiones técnicas que podrían justificar, no tanto el impacto contra el iceberg, como la rápida entrada de agua y el hundimiento. Aquel día la pregunta fue la siguiente: «¿Se ha podido evitar la catástrofe del Titanic? El peligro que ofrecen los bloques de hielo flotantes es tan conocido, que todos los capitanes de buques tratan, en esta época de evitarlos. Para ello se suelen adoptar dos itinerarios: uno, el más directo, por el Norte, en línea recta con Terranova, durante los meses de invierno, cuando el frío retiene a los hielos en los glaciares. Otro, más meridional, durante la primavera y los meses de calor, cuando los icebergs desprendidos del polo constituyen un peligro para la navegación. ¿Por qué no ha seguido el Titanic ese segundo itinerario? La ciencia meteorológica había dado aviso de haberse anticipado la primavera, y los buques que seguían la ruta de invierno acababan de comunicar el peligro de los bloques de hielo. Ha sido el deseo de obtener el récord de velocidad lo que llevó al capitán del Titanic a la ruta de la muerte».

26 de abril| Relato de una pasajera. «Madame Brown, esposa de un propietario de minas de Denver ha hecho el siguiente relato: Pasaron las cosas de un modo tan sencillo, que era difícil se nos ocurriera que se estaba asistiendo a un drama tan terrible. Las mujeres y los hombres se distribuyeron en grupos, que bromeaban alegres. Contemplaba el embarque de algunas pasajeras en los botes cuando dos hombres se apoderaron de mí y me arrojaron a viva fuerza sobre dicho bote. A esos marinos debo la vida. Algunos hombres piropeaban a las mujeres con rostro placentero. Era un espectáculo extraño. Se diría que era la representación escénica de un drama teatral. No se creía uno en presencia de la realidad. Algunos hombres, después de haber instalado a sus mujeres en los botes, les decían, tranquilos: Hasta luego, ¡abrigaos bien! ¡La noche está fría! Y se separaban de ellas saludándolas con los pañuelos».

27 de abril|La muerte del capitán, Marconi protesta y Los músicos del Titanic. «Mister Vallace Hartley, director de la orquesta del Titanic, era muy conocido en Leeds, donde formó parte de varias orquestas durante muchos años. Era un músico notable y simpático. Mister Hartley tenían el presentimiento de que iba a morir en el mar. Formando parte de la orquesta del ‘Mauritania’, preguntándole Mr. Moody: ¿Qué haría usted, maestro, si un día se encontrase a bordo de un buque próximo a naufragar? Reuniría a mis músicos y les haría tocar, para mantener el espíritu de los pasajeros, respondió sin vacilación. ¿Y qué número mandaría usted tocar? Mandaría tocar ¡Oh, Dios mío! y, el ¡Más cerca de ti, Díos mío Son mis himnos favoritos. Además son los que juzgo más apropiados a dichas circunstancias».


Publicado en Revista de Diario de Pontevedra 15/04/2012

domingo, 15 de abril de 2012

Abril

Se consume despacioso, como solo lo consiguen hacer esos meses que enganchan una estación con otra. Abril lo logra siempre de una manera singular, un síntoma de distinción que lo convierte en un mes especial. Al tiempo que las camelias hacen de su estertor el canto de cisne de su belleza, el recuerdo de aquellos claveles prendidos de los fusiles portugueses perfuma a este mes con los aromas de la libertad, de la dignidad del ser humano que en nuestro país tiene hoy también memoria en forma de una República que quiso y no pudo ser. Y todo para en unos días desembocar en la algarabía de los libros, misterio cervantino para honrar a unas letras, en este abril de chaparrones insolentes, encerradas en una caracola llegada desde Chile. Poesía de ultramar, antipoesía con la firme voz y la inteligente ironía de Nicanor Parra. Guardado en el cajón donde se guarda el corazón, como dejó cantado, y bien cantado Sabina, abril se revuelve resignado mientras ve como su destino contestatario se apaga en un ambiente cada vez más marchito. En ese paisaje, lastrado por la tiranía económica, ni las flores ni las palabras parecen tener la fuerza necesaria para imponerse a una realidad cada vez más desatinada y enrocada en un autodestructivo círculo vicioso. Y el poeta canta: «La economía para la Derecha/la política para la Democracia Cristiana y la Cultura para la Clase Trabajadora».

Publicado en Diario de Pontevedra, 14/04/2012

jueves, 12 de abril de 2012

Arte con pasaporte pontevedrés


Din que non hai unha soa Galicia, senón tantas como galegos hai espallados polo mundo. A nosa arte non podía ser allea a esa circunstancia e así é como son moitos os artistas que dun xeito ou doutro deixaron e deixan a súa pegada en diferentes países. Xeografías que xa son un pouco nosas grazas a labor de todos eles. Sirva este percorrido pola obra dalgúns creadores pontevedreses, que levaron a nosa terra alí a onde a vida os levou, para honrar o traballo de moitos outros que  construíron un patrimonio que, pese a distancia, é parte do noso acervo cultural.
[repOrtaxe] A pegada pontevedresa espállase por moitos puntos do planeta. O noso xen migratorio afúndese tamén no ámbito da creatividade e traza así un percorrido desde Bos Aires ata Porto Rico ou desde o Xapón ata Río de Xaneiro

Poucos embaixadores máis poderosos pode amosar un pobo que os seus artistas. Homes e mulleres que desde o ámbito da creación levan parte do que somos polo mundo adiante. Un patrimonio que nos representa en numerosos países ata os que, por uns motivos ou por outros, se achegaron os creadores galegos. A condición de terra de emigrantes é un pulo máis para abordar esta situación. Moitas veces os nosos artistas deberon fuxir na procura dun ambiente máis propicio para amosar as súas virtudes, para desenvolver as súas linguaxes plásticas, pero para levalo a cabo nunca deixaron de lado a súa terra. En moitos casos foi todo o contrario, e esa distancia converteuse nunha sorte de saudade que multiplicou os efectos da súa creatividade.
Outra importante liña de traballo neste eido foi a dos artistas galegos que tiveron que fuxir tras a Guerra Civil, a maior parte deles cara América, sementando así, alén do Atlántico, aquela terra de pezas moi vencelladas a Galicia. Desde Bos Aires ata Nueva York, os artistas galegos buscaron o seu espazo, o lugar onde producir as súas obras tras fuxir dos efectos do alzamento. Creouse así unha forte ligazón entre estas dúas orelas atlánticas, que durante os últimos tempos propiciou unha mirada a cargo de diferentes institucións que levou consigo a materialización deste feito en importantes exposicións e estudos.

Así, o MARCO de Vigo artellou unha máis que interesante mostra comisariada por Carlos L. Bernárdez. ‘Dez artistas galegos no exilio latinoamericano (1930-1970)’ na que se estudaba e visualizaba o traballo de moitos dos que tiveron que fuxir cara alí. A Bienal de Pontevedra, en dúas das súas últimas edicións tamén puxo en valor este feito, a última delas baixo o comisariado de Santiago Olmo, ‘Utrópicos’, propoñía o diálogo entre artistas das dúas beiras atlánticas, mantendo unha parte da exposición adicada a aqueles que  ata alí foron e dos que o Museo de Pontevedra, sede deste evento artístico, e fiel custodio: Castelao, Arturo Souto ou Colmeiro, por citar a varios dos nomes de ascendencia pontevedresa.
Tamén na edición número 29 da Bienal de Arte, e co comisariado de Victoria Noorthoorn, se puxo o ollo no Cono Sur con Arxentina, Chile e Uruguai como espazos de reflexión, precisamente como varios dos lugares onde máis fonda foi a nosa pegada.

Co estoupido da Guerra Civil foron moitos os artistas que fuxiron cara diferentes xeografías. Desde Nueva York, ata onde foi Castelao nun primeiro momento para rematar en Bos Aires, a onde tamén foi Manuel Colmeiro, chegando máis tarde Laxeiro; ata Arturo Souto que se dirixiu a México, ou Ángel Botello, artista que naceu en Cangas, e que se instalou en Porto Rico tras pasar por varios países do Caribe. Foise así creando unha fonda rede de artistas procedentes da nosa provincia que foi colonizando todo aquel territorio ao que a nosa terra estaba tan próxima por cuestións do idioma, así como polos movimentos migratorios de tanta importancia naquelas primeiras décadas do século pasado. Non son, polo tanto, poucas as pegadas que éstes deixaron naquelas latitudes, sendo moitos os museos e institucións, ademais de coleccións privadas, as que agochan este tipo de pezas de orixe pontevedresa. Polo seu especial e dinámico ambiente cultural Bos Aires converteuse no gran referente. Alí confluíron pintores ou escritores como Castelao, Rafael Dieste, Colmeiro, Arturo Cuadrado, sendo na capital arxentina onde se atopan o maior número de pezas, tanto en espazos públicos como teatros ou en institucións como o Centro Galego de Bos Aires, onde hai unha extraordinaria colección de artistas como Castelao, Laxeiro, Colmeiro, xunto a outros referentes da arte galega como Álvarez de Sotomayor, Isaac Díaz Pardo ou Luis Seoane.


Nun tempo intermedio, entre aquelas décadas de posguerra e os nosos tempos actuais, hai que deterse en dous nomes nacidos en Pontevedra: o recentemente falecido Leopoldo Nóvoa e Jorge Castillo. Ámbolos dous, os grandes fachos da creación que alumearon a nosa cidade polo mundo adiante. Leopoldo Nóvoa instalarase en Montevideo, lugar no que comenzará a atisbar o seu proxecto artístico, que, naquel país quedará xa para sempre reflectido nunha espectacular obra: o ‘Mural do Cerro’ (1962-1964), unha peza desas que definen o que será a traxectoria dun artista case máis que falar do que andaba a facer naquel momento Leopoldo Nóvoa. A volumetría, os xogos da luz, a incorporación de diferentes elementos á superficie de traballo e ata un berro de denuncia sobre a sociedade, forman parte desta monumental peza, tanto no seu tamaño como na súa achega formal. A importancia da súa obra futura, e a súa longa estadía en París, fixeron que cidades como París, Dublín, Ginebra ou Berkeley teñan pezas do gran artista nado en Salcedo.
Jorge Castillo, pola súa banda, marcha coa súa familia exiliada a Buenos Aires, onde comenzará a súa andaina creativa, tras un paso por Madrid, onde entrará en contacto con pintores tamén se pon en relación con xente do cine, como Juan Antonio Bardem. Comeza a expoñer e a súa movilidade por Barcelona ou París vai cimentando unha personalidade moi prolífica no artístico desde diferentes territorios creativos. Ginebra, Berlín, Italia... Jorge Castillo vai deixando a súa pegada en todos eses lugares ata que, a finais dos setenta, se instala en Nueva York sendo moi ben recibido por diferentes coleccionistas americanos que impulsaron de forma decisiva a presenza da súa obra en institucións e coleccións.
Tanto Leopoldo Nóvoa como Jorge Castillo son un pouco unha especie de enganche de dous tempos. A longa vida de ambos solápase entre aquela xeración de posguerra e os nomes que hoxe están a ser os protagonistas dese arte con pasaporte pontevedrés: escultores como Francisco Leiro ou Fernando Casás, pintores como Antón Lamazares, Darío Basso e arquitectos como César Portela, son parte daqueles que manteñen ben alto ese facho de creatividade que xorde nestas Rías Baixas, berce da exportación artística en Galicia.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 08/04/2012
Imágenes. Altar del Cementerio de Chacarita en Buenos Aires de Asorey, Mural en Galerías Pacífico en Buenos Aires de Colmeiro, Mural del Cerro en Montevideo de Leopoldo Nóvoa y Esculturas en Museo de Escultura en Río de Janeiro de Fernando Casás

De la generosidad

El Centro Galego de Arte Contemporánea inició hace un par de semanas un nuevo capítulo en su apartado expositivo. Tras la exitosa muestra de fotografía a cargo de Jeff Wall, estos días se nos convoca a una triple cita con muestras que indagan sobre ese complejo ámbito de la creación y la relación del artista con su sociedad. Precisamente es la muestra ‘De la generosidad’ en la que esta doble situación se hace más evidente, con la selección de numerosas piezas que forman parte de la exhuberante colección de la galerista Helga de Alvear.
No cabe duda de que hablar de coleccionismo en España es hablar de Helga de Alvear. Su galería de arte, próxima al Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, es uno de los referentes del arte que se exhibe en las galerías españolas, y por ella han pasado, en una inestimable radiografía de la actualidad artística internacional, varios de los artistas más importantes del panorama creativo. Implicada no solo en un acto crematístico, la pasión por el mundo del arte de nuestra protagonista la ha llevado a compilar una de las mejores colecciones de arte contemporáneo que hoy se pueden visitar en en el mundo.
‘De la generosidad’ es parte de esa colección que el CGAC, bajo el comisariado de su director, Miguel von Hafe, exhibe hasta el 17 de junio. Una extraordinaria oportunidad para revisitar varios de los iconos que se postularon dentro de la modernidad artística. Nombres que establecieron un debate, en un primer lugar meramente creativo, insertos en un nuevo tiempo estético, pero que, posteriormente, desde una serie de creadores se permitieron nuevas formulaciones en las que estaba implícita una crítica a esa modernidad recién creada, derivando en discursos llenos de tensión y de propuestas sumamente sugerentes.
Esta recopilación de trabajos se ha hecho con el atino suficiente como para no caer en la repetición de modelos y fórmulas ya analizadas en otras muestras planteadas alrededor de esta colección y ello nos permite un recorrido espectacular, que alcanza cotas excelsas al vislumbrar los trabajos fotográficos y de vídeo, que dejan bien a las claras cuál era la preocupación de Helga de Alvear, así como sus gustos, desde que adquiriese su primera obra en 1967.
Así es como uno no quiere despegarse de las espectaculares series de fotografías de Cindy Sherman, Hamish Fulton o Helena Almeida, ni dejar de mirar las videocreaciones de Gordon Matta-Clark. Pero junto a todas ellas, trabajos como los de Thomas Shütte, Josef Albers, Paul Graham, Hans Peter Feldman o Darío Villalba, por citar solo algunos de los autores en nómina, no hacen más que perpetuar nuestro asombro ante el potencial del arte en las últimas décadas, y por qué no decirlo, ante la envidia porque una persona tenga en su poder una colección de estas dimensiones y calidades. Es por ello que uno no puede dejar de alabar compromisos artísticos como éste, que lleva a la coleccionista a hacernos partícipes de sus posesiones, justificando así el título de la muestra, y es que la generosidad es la gran reflexión a la que nos puede llevar esta exposición. Inteligentemente el CGAC se ha hecho partícipe de esta labor de la coleccionista y nos permite ver una radiografía extensa y profunda de esos nombres esenciales a la hora de generar el arte de nuestro tiempo y todo ello aprovechando una acción ya iniciada, lo que favorecerá a buen seguro el descenso de gastos, algo que tanto preocupa hoy en día a los gestores culturales, que deben aprovechar este tipo de sinergias para llenar de programación sus centros.
Así sucede durante estos próximos meses con el CGAC, en una triple convocatoria en la que se encuadra esta muestra, así como las recientemente inauguradas ‘Graviti & Disgrace’, donde, entre otros, podemos ver la obra de dos gallegos Diego Santomé y Manuel Eirís y ‘La bandera en la cima’ del creador Rafel G. Bianchi.

Publicado en la Revista. Diario de Pontevedra 8/04/2012
Fotografía CGAC

miércoles, 11 de abril de 2012

A débeda

Gerardo Conde Roa ten unha débeda, e Leo Bassi é un pallaso que lle produce ao alcalde «especial repugnancia». Así é como se anda a escribir a historia de Compostela nos últimos días. Ben lonxe quedaron os tempos de Xelmírez. Eu, que queren que lles diga, prefiro estar a carón dun pallaso que dalguén que admite manter unha débeda de case 300.000 euros con Facenda e aínda así ten o peito de presentarse a un cargo público da importancia que ten o de ser alcalde da capital de Galicia. E do que é máis repugnante, pois nin lles falo.
A débeda, admitida polo propio político, deixao contra as cordas, xa que, xusto cando se abre o plazo para que todos fagamos a Declaración da Renda non é que sexa o mellor exemplo para que cumpramos coas nosas obrigas fiscais. Se Conde Roa lle quería escribir o guión da actuación compostelana a Leo Bassi certamente non se lle puido ocurrir un número mellor.
(Diario de Pontevedra 11/04/2012)

lunes, 9 de abril de 2012

Inmortal Atticus Finch

Estudiantes y familiares de los protagonistas de 'Matar a un ruiseñor' acaban de asistir a una proyección privada de la película en la Casa Blanca. Al mismo tiempo, el propio presidente Obama grababa unas palabras que acompañaron la emisión por televisión del film, incono de la tolerancia y la integridad del ser humano que este año cumple cincuenta medio siglo.


En 1960 Harper Lee publica su primera y única novela, ‘Matar a un ruiseñor’. En 1961 la obra fue merecedora del Premio Pulitzer y un año más tarde, un joven director, Robert Mulligan la convirtió en una película con el mismo título. Robert Mulligan tenía treinta y siete años y pertenecía a una nueva generación de directores americanos que hicieron saltar por los aires muchas de las convenciones del cine clásico de Hollywood adaptándolo a los nuevos tiempos, puestos, inevitablemente, en relación con el gran fenómeno de la imagen del momento como era la televisión. John Frankenheimer o Stanley Kramer eran algunos de sus compañeros de camada, junto con otro extraordinario director, Alan J. Pakula, que en esta película participa como productor. La sensibilidad de todos ellos iba más allá del cine como mero espectáculo, fin casi último del periodo anterior, poniendo en valor otras componentes que deberían ponerse en relación con la capacidad de este arte para involucrarse en su tiempo, para diseccionar a la sociedad, y como en este caso, para ofrecer una radiografía de la sociedad americana de los años sesenta desde la perspectiva de los años posteriores a la Gran Depresión en que se centra el argumento de la novela de Harper Lee.
Es, desde esta mirada, desde la que ‘Matar a un ruiseñor’ se ha convertido en una película admirable, objeto de culto por parte de la sociedad norteamericana como referente en cuanto a la plasmación de temas como la educación en la infancia, la justicia o el racismo, solo por citar tres de las claves sobre las que se sustenta una película que también es ejemplar en cuanto a elementos  del mundo cinematográfico, como el guión, la fotografía o el trabajo de los actores (especial atención merece Gregory Peck en el papel de Atticus Finch, el padre viudo de dos hijos que, como abogado, debe defender a un inocente de raza negra acusado de violar a una mujer blanca), para confluir así en uno de los legados sobre el ser humano más hermosos nunca realizado.
Infancia. Narrada por la hija pequeña de Atticus Finch, toda la película es presentada desde los ojos de unos niños que ven como su padre se debate en la búsqueda de la justicia dentro de un ambiente donde ésta es suplantada por el ambiente opresivo de la Alabama de la Depresión. Una mirada dirigida solo a unos pocos años antes de la creación de la película, pero que permitía tanto a la autora de la novela, como al propio director, denunciar el ambiente que en lsa décadas centrales del pasado siglo se vivía en los Estados Unidos en lo relativo al racismo. Pero es desde esa aproximación a la infancia desde la que la película alcanza toda su potencia visual, a partir de ella se recrea una ambientación que ahonda en los miedos infantiles, en su relación con los adultos, en la educación y la conquista de valores y en una inocencia que choca frontalmente con el mundo de los adultos. Un territorio confuso, donde el juego se entrelaza con el drama y con los descubrimientos que van haciendo que el niño abandone ese territorio mágico. Para ello hablábamos anteriormente de lo importante de la ambientación y aquí se trabaja de manera ejemplar desde el guión y desde la puesta en escena con una iluminación llena de sombras, de zonas de misterio que nos recuerdan a otra gran película de niños y miedos como es ‘La noche del cazador’ (Charles Laughton, 1955). La pequeña Scout y su hermano Jem, añoran a su madre, pero en su padre encuentran el refugio y el sostén necesario para ir comprendiendo que no todo en la vida es siempre hermoso, que crecer comporta nuevas conquistas y nuevos logros para progresar como seres humanos y en relación a sus semejantes, aunque posteriormente la vida pueda hacer saltar por los aires esos progresos.
 Justicia. La figura del abogado Atticus Finch, nunca suficientemente aplaudida en la interpretación realizada por Gregory Peck, emerge en un ambiente inhóspito como el garante de la justicia y la búsqueda de los derechos del ser humano. Con independencia del color de la piel, todo hombre merece ser defendido y aunque la sentencia parezca decidida de antemano por los condicionantes sociales, todo hombre debe y merece confiar en la justicia. Poco cabría esperar de una sociedad donde esto no fuese así. Es por ello que en los EE.UU. se coloca a esta película en una especie de altar de lo que debe ser el correcto funcionamiento de una de sus piedras angulares y como cualquier hombre puede desempeñar desde sus ideales esa defensa a ultranza del ser humano, y por consiguiente, de la justicia. La secuencia del juicio en la que Atticus Finch realiza la defensa, para lo que no ha dudado un segundo en poner en juego su vida y la de sus hijos, del inocente joven negro acusado de violación, es de una honestidad abrumadora y refleja tanto lo que la justicia puede conseguir, como lo pernicioso que puede resultar al hacer un mal uso de ella.
 Racismo. “Yo tengo un sueño”, fue una de las frases implacables que Martir Luther King pronunció al término de la ‘Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad’ en 1963, solo un año después del estreno de esta película. Un hecho capital en la historia de la comunidad negra en los Estados Unidos, sometida al acoso de numerosos ciudadanos blancos llenos de prejuicios que en muchos casos acababan en ataques violentos contra sus miembros. La sucesiva incorporación de la raza afroamericana a la igualdad de derechos con la raza blanca fue un proceso sumamente lento que definió gran parte de la historia norteamericana durante el siglo XX. Harper Lee se sirvió de un hecho real, uno de los muchos que debió conocer en los estados sureños, para detenerse en esa problemática, y Robert Mulligan, dentro de esa ola de buscar un mensaje dentro del cine no dudo en poner imágenes a ese maravilloso texto. Como tampoco dudó Gregory Peck, tras leer de corrido en una noche la novela, en ponerse en la piel del abogado defensor de un negro, algo que varios actores declinaron ante el miedo al ruido que podría traer ese trabajo. Así que, en pleno debate de la década de los sesenta, sobre la igualdad de derechos ‘Matar a un ruiseñor’ se afirmaba como un valiente ejercicio en un entorno más que caldeado, donde se estaban jugando muchas cosas y donde este tipo de actitudes desde lo cinematográfico deben tener una enorme consideración.
Así fue y así es, y es por ello que ‘Matar a un ruiseñor’ tiene una dimensión, incluso hoy en día que excede lo fílmico para adentrarse plenamente en lo social y estructural de una sociedad repleta de miedos y temores. Presagios que podían surgir de esa infancia a la que nos deberíamos agarrar siempre como germen de nuestra felicidad, como geografía de una sensación casi onírica que puede romperse con inusitada facilidad. Un quebradizo instante en el que los niños dejan de ser niños para ser hombres y donde la justicia debe convertirse en el amparo de nuestras mayores conquistas. Las conquistas del ser humano.

Publicado en Diario de Pontevedra 09/04/2012

martes, 3 de abril de 2012

La entrada en el universo Saramago

En 1953 un joven escritor portugués, amante de Shakespeare, Pessoa, Eça de Queirós o Diderot, llevaba bajo el brazo un cargamento de ilusión en forma de un manuscrito titulado ‘Claraboya’ que entregó a una editorial de Lisboa. No hubo respuesta. El tiempo y el olvido se hicieron con aquel manuscrito hasta que una mudanza lo rescató de un cajón en 1999. Saramago ya era el primer escritor luso que había obtenido el Premio Nobel y el tiempo de aquel libro era ya otro, impidiendo el autor su publicación hasta pasada su muerte. Ahora es el momento. 


Con estas palabras de Pilar del Río incluidas en el prólogo del libro se refiere la que fue mujer y traductora de sus obras al castellano a ‘Claraboya’. Sí, la obra despreciada de Saramago, aquella que un muchacho de veintitantos años llevó a una editorial cargado de ilusiones y vio como era olvidada encerrada en un cajón. Allí permaneció durante décadas, hasta que en 1999 el cajón se abrió y la historias que se entremezclan en este patio de vecindad en la Lisboa de los años cincuenta comenzaron a buscar su protagonismo en la trayectoria del Premio Nobel. Con razón buscaban ser aquello que fueron y no les dejaron, la argamasa de lo que vendría después, el prólogo a una carrera que aquí esboza muchas de sus líneas argumentales y, todo ello, sin ni siquiera haber cumplido treinta años. Pero el tiempo ya se había encargado de que aquellas emociones iniciáticas se convirtiesen en la lúcida madurez de un escritor que no necesitaba enfrentarse a la vida revocando aquello que la propia vida no había querido. Así ‘Claraboya’ debería permanecer sin publicar hasta su fallecimiento, lo que la vida no había concedido que lo haga la muerte. Vida y muerte, tan importantes en toda su obra, vertebran aquí la resolución de ese enigma literario.
“En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido”. Esta frase de Raúl Brandao, el que fuera periodista entre los siglos XIX y XX, antecede al relato y ofrece la clave argumental de esta obra de Saramago. Una novela sobre las almas humanas, planteada a partir de una colmena llena de personajes que habitan un mismo edificio interactuando entre ellos. Esas relaciones parecen aislarlos del exterior, un exterior del que apenas se nos dice nada, como si esa vivienda lisboeta permaneciese aislada del mundo, centrándose en su universo particular a partir de los encuentros que mantienen entre sí cada uno de sus personajes. Una suerte de fresco neorrealista en el que estos encuentros son los que le conceden el ritmo al relato, estableciendo unas situaciones realmente modernas para el tiempo en el que fueron escritas: los odios dentro del matrimonio, la repulsión por los cuerpos cuando éste no es hermoso, los malos tratos, la homosexualidad, la sexualidad entre la pareja, ... y todo ello dentro de un contexto familiar en el que pocos escritores se aventuraban a adentrarse al entenderse la familia casi como un lugar mágico donde siempre reinaba la felicidad. Emerge así lo íntimo como una especie de reclusión de la persona, algo que podía metaforizarse con la relación del ser humano con la propia sociedad y como éste era maltratado por aquella, obligándole a su reclusión en esos patios de vecindad. Quizás todo ese mar de fondo, esa negrura de muchas situaciones, fuera fundamental para acabar dentro de un cajón, para domir durante décadas el sueño del olvido.
Saramago muestra así su modernidad en lo referido a lo temático, un progreso que también se acierta en cuanto a la atmósfera que alcanza en el tono de la novela, que debe ser vista en relación a su tiempo, a esas décadas centrales del siglo pasado en una sociedad que estaba todavía sacudida por el horror de las guerras y en la que la vida alejada de esos reductos casi familiares transitaba entre lo depresivo de unas sociedades en las que la población registraba grandes dosis de atraso, sobre todo en los países mediterráneos, muchos de ellos todavía bajo el férreo manto de feroces dictaduras. Así es como ‘Claraboya’ nos recuerda a muchos de los componentes de una obra capital de esos momentos en la literatura española, Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo, aunque si me apuran (y si mis recuerdos de lo que fue una lectura de juventud no me fallan), con una mayor profundidad en los personajes.
Lo que sí está claro es que esta novela nos vuelve a convocar con el gran escritor que fue José Saramago. Su obra, una de las más importantes de la literatura del siglo pasado, tiene en ‘Claraboya’ el origen o la explicación a muchos elementos que posteriormente irían mostrándose en su obra y que la propia Pilar del Río pone de manifiesto (y nadie mejor que ella) en el prólogo del libro a través de la importancia de esos personajes, tanto los masculinos como los femeninos, y la construcción de unos arquetipos que irían recorriendo muchos de sus títulos posteriores.
Pero amén de todos estos elementos, más o menos teóricos, más o menos literarios, el rescate y la publicación de ‘Claraboya’ supone volver a disfrutar de la literatura de José Saramago, de un territorio de sensaciones en el que muchos somos felices, un refugio  en el que ampararnos tras la muerte del escritor mediante la lectura de cualquiera de sus obras. Es el milagro de la escritura, ese que trasciende a la muerte de los propios autores, y que permite retomar una y otra vez sus textos para seguir apreciando matices y encontrando nuevas propuestas dentro de sus relatos. ‘Claraboya’ supone abrir la entrada al universo del escritor, volviendo a poner a Saramago ante nosotros, un Saramago iniciático, pero sobre todo un Saramago que nos pone en alerta sobre aquello que iba a llegar después.




Publicado en Diario de Pontevedra 1/04/2012

domingo, 1 de abril de 2012

La contemplación del color

La Sala X de la Facultad de Belas Artes acoge hasta el 4 de mayo la obra de la artista madrileña Rosa Brun.  Su trabajo modifica la percepción de este espacio, singular e imprescindible en nuestra ciudad a la hora de aproximarse a los discursos artísticos más actuales. La relación del espectador con la obra de arte se nutre con la intensa conexión mediante el color o con la disolución de límites entre lo pictórico y lo escultórico. Todo ello subyace tras un trabajo de una enorme potencia visual que permite generar un contexto ascético en toda la sala.


Libre de interpretaciones sobre el sentido de su pintura, el trabajo de Rosa Brun cabalga libre sobre el lomo de las emociones. En este caso de las más intensas, territorios vírgenes, aquellas emociones que se ven desprovistas de contaminaciones y que radican únicamente en la sima del color, allí donde todo es posible, allí donde el silencio nos ofrece el ruido necesario para captar la profundidad de una propuesta que puede parecer sencilla, pero nada más lejos de la realidad.
En su último e imprescindible libro, ‘La luz es más antigua que el amor’, el escritor Ricardo Menéndez Salmón implica en la narración al pintor Mark Rothko como un protagonista más al tiempo que recupera una carta que el cineasta Antonioni envió al pintor letón en la que le decía “Yo filmo la nada, pero usted la pinta”. Asomarse a esa fascinante nada de Rothko se ha convertido en uno de las experiencias artísticas más vertiginosas del siglo pasado, como si de aquel pozo inaugurado por Malevich se pudiera seguir extrayendo un maná para continuar alimentando la creación.
Al poco tiempo de pasar unos instantes en la exposición de Rosa Brun me he acordado de Rothko, de Malevich, de Menéndez Salmón y de esas palabras de Antonioni. No son malos compañeros para recorrer una muestra donde se parece convocar de nuevo a esa nada, a esa sublimación de la pintura a través del color, de la geometría y de unas relaciones espaciales entre las obras que nunca son casuales, sino más bien todo lo contrario, un motivo de reflexión para la autora. Todo ello se amplifica desde un silencio que te acoge como si de un templo se tratase. La espiritualidad que emana de la obra de arte como elemento sígnico, como señal casi primitiva ante la que buscar, más que una explicación, una sensación.

Piezas, por otra parte, que se mueven entre lo pictórico y lo escultórico, artificios que se cuelgan sobre una pared de la que lentamente se van distanciando hasta finalmente convertirse en elementos tridimensionales. Balizas de una existencia mimetizada bajo el color para poner en discusión sus propios límites, su propia configuración como obra de arte y de nuevo con la referencia del color como clave argumental. Aparecen las sombras, primero de manera tímida e insegura, pero posteriormente como un plano complementario de esas formas ya totalmente exentas, como una antesala de las ideas y de nuevos planos de experimentación por los que seguir fluyendo este discurso plástico en el que en todo momento parece estar sobrevolando esa carta de Antonioni para comprobar que la nada puede ser tan profunda como nosotros deseemos que sea, tan absorbente como ella misma se lo plantee y sobre todo, tan atractiva como nosotros queramos convertirla.
No por dejarla para el final es menos importante. Si hablamos de color y de volumen la tercera derivada en Rosa Brun es la luz. Una luz que recompone la calidad del color, una luz que emana del interior de la propia pieza para ofrecer ese aliento a la dimensión mística apuntada con anterioridad. La luz parte como de una vidriera medieval compuesta desde el color para incidir en una modulación espacial donde acoger al ser humano. Recogido ante el misterio de la belleza que surge de algo tan sencillo pero a la vez tan enigmático como es la nada. Un pozo inagotable. Un pozo eterno.


Publicado en Revista 'Diario de Pontevedra' 01/04/2012
Fotografía Alba Sotelo