lunes, 26 de marzo de 2012

Vientos del norte

Hasta el siete de abril la Sala de exposiciones de la Delegación de la Xunta de Galicia en Ponteveda acoge la obra de la artista Dolores Gálvez. Un trabajo que se plantea, a diferencia de otras muestras de la creadora, desde diferentes técnicas que van de la pintura a la fotografía, pasando por la mezcla de ambas en unas piezas llenas de sugerencias. Una obra volcada con la naturaleza como catarsis para la creación, pero también como anclaje para provocar una serie de sensaciones basadas en el movimiento, la fugacidad y lo transitorio de naturaleza y arte.

‘Suecia, natureza de ouro’ es el título que la artista ha situado en esta vuelta de su obra a Pontevedra. El haber conocido aquellos paisajes de la Europa septentrional, latitudes donde la naturaleza ofrece una carta de responsabilidad para todos los ciudadanos de aquel país, ha dejado huella en su alma, no sólo personal sino artística. Es por ello que Dolores Gálvez ha sabido adaptar su forma de entender la pintura a la plasmación de una serie de circunstancias que le permiten seguir evolucionando en sus planteamientos pictóricos.
Planteamientos que se han ido afianzando con una pintura de sensaciones, capaz de plantear desde unos territorios puramente abstractos la plasmación de un momento que debe ser definido como fugaz. Son sus vientos o sus vuelos, pequeños fragmentos, que llenan de alma a esta muestra, que tiene en esa dimensión cinética de su arte el aliento que es capaz de despertar a una figura clásica. Su serie ‘Aura’, también desconocida en su producción, integra mediante una técnica mixta esa sensación de movimiento con un elemento que ha permanecido estático, no solo en su concepción estatuaria, sino como firme reflejo de que el tiempo no le afecta. A partir de este encuentro da la sensación que dicha pieza pudiese ser transportada hacia otro lugar, hacia una dimensión impensable solo unos momentos antes.
Este carácter de experimentación en Dolores Gálvez, a quien conocíamos por su pintura y sus grabados, se aproxima a la fotografía mediante una serie de paisajes tomados en blanco y negro y que transmiten al mismo tiempo la crudeza de la climatología de Suecia, como la belleza que ese medio natural es capaz de provocar no solo en el espectador, sino también en la propia creadora maravillada por estas nuevas sensaciones.
Con todo ello es con lo que Dolores Gálvez muestra su ‘naturaleza de oro’, el eslabón dorado de un medio con el que pocas veces somos agradecidos pero al que los artistas siempre tienen en la recámara como agradecido elemento inspirador o refugio al que acudir en caso de duda. Motivos para volar, para desplegar unas alas que permitan al artista seguir conjugando su actividad creativa. De todas maneras, y pese a lo que pueden ser o convertirse en caminos para explorar nuevas posibilidades, son sus grandes pinturas donde Dólores Gálvez vuelve a dar lo mejor de sí. Explosiones de color, simbólicas superficies por donde se conducen esas agitaciones que parecen ‘peinar la luz’, someter a lo lumínico, el otro gran vector de su pintura, bajo esa pretensión de  componer el movimiento en una superficie plana.
El resultado, a la vista está, plantea una especie de atadura visual sobre lo que es la pintura, un lazo que engloba a todo un vacío que se convierte en volcán por la intensidad cromática, analizada y hasta medida por ese vaivén que se produce a su alrededor. Un sismógrafo capaz de registrar sensaciones, que al fin y al cabo es lo que busca la artista, provocar sensaciones en el espectador, en aquel que se sitúe ante la obra de Dolóres Gálvez. Una obra que no cesa de mostrar nuevas posibilidades, senderos por los que acceder para seguir haciendo de esa acción, la de crear, el alma de una vida. Una vida que un día la acercó hasta Suecia para ver cómo la nieve es el mejor adjetivo posible para la naturaleza, para entender así que desde un territorio tan puro, la naturaleza es de oro.

Publicado en Diario de Pontevedra 25/03/2012
Fotografías David Freire

El sur escrito en femenino

La autobiografía de Eudora Welty emerge con la calidez de un relato sureño al modo de Faulkner, pero la mirada femenina subyuga rápidamente al lector, al sentirse acariciado por una prosa plena de cercanía, que permite descubrir a una gran autora.

Es uno de los milagros que más agradan de la literatura, el descubrimiento, el encontrarte de buenas a primeras con un nombre que nunca habías oído antes, del que empiezas a buscar información y enseguida te atrapa por su cercanía con todo el mundo sureño que en Estados Unidos plasmó de manera inalcanzable William Faulkner y del que tanto te cuesta desprenderte una vez que lo has conocido. El nombre de Eudora Welty (Jackson, Mississippi, 1909-2001) llegó a mí de manera fortuita, pero es que tomar en tus manos cualquier libro de los publicados por la Editorial Impedimenta supone ya un camino sin retorno. A su cuidado y delicado trabajo de edición se le une la labor de recuperar textos no siempre conocidos por los lectores. Autores olvidados o escritos que no tuvieron la fortuna que merecían por su calidad.
En ese caso se encuentra ‘La palabra heredada’, el libro de memorias que escribió la autora a los 75 años sobre su niñez y sus primeros momentos como escritora. Un relato que surge de tres conferencias impartidas años antes por la escritora en la Universidad de Harvard. Con Eudora Welty uno descubre una cadencia literaria que solo parecen tener los escritores forjados junto al caudaloso Mississippi, pero que, ante lo que sucede con sus compañeros masculinos de generación: Faulkner, Tennessee Williams o Robert Penn Warren, esa narración se vuelve menos arisca y tajante, produciendo su prosa una cercanía que, en este caso, donde se destila una mirada hacia el pasado centrado en los años de la infancia, la relación con los miembros de su familia y los vínculos con un territorio tan determinado, beneficia al relato multiplicando la hondura sentimental que ese argumentario necesita. ‘Escuchar’, ‘Aprender a ver’ o ‘Encontrar una voz’ es la triple división que realiza la escritora para acercarse a ese tiempo pasado, rastreando así los agujeros que parece oradar en nuestro cerebro el paso del tiempo, todo un cúmulo de recuerdos donde la autora se encuentra a sí misma y a la que sería su gran pasión: la escritura. Ambos elementos van de la mano, unidos por la aparición de lecturas de las que nunca ya se querría separar y que quedarían grabadas para siempre en su interior. Junto a esas lecturas el otro elemento clave es la relación que surge con las figuras que aparecen en toda una colección de fotografías que separan los capítulos antes citados, aproximando más al lector a lo que se nos cuenta. Esas personas son las que rodearon a Eudora Welty durante su infancia y juventud, parientes con mayor o menor afectividad, ante los que la escritora muestra la mirada de cualquier niño ante un mundo de adultos, pero otras muchas surgieron de la labor  que realizó para la agencia estatal de la Administración Laboral, lo que la llevó a recorrer este territorio tan literario, a descubrir a cientos de personajes que luego impregnarían sus relatos de la verdad que parece trascender de todo lo que se escribe en torno al sureste americano. A lo que asistimos, por lo tanto, es a un muestrario casi sociológico de una familia del sur pero también y sobre todo, al descubrimiento interior de una niña que sentía pasión por la escritura, que necesitaba construir sus relatos en paralelo a su propia vida, construyendo así su sueño de ser escritora. Ese sueño se cumplió en 1936 con la publicación de su primer cuento e iría progresando hasta la consecución del Premio Pulitzer en 1973 por su obra ‘La hija del optimista’. Gran creadora de relatos breves, ‘Las batallas perdidas’, también recuperada por la editorial Impedimenta en 2010, es quizás su gran obra, y les digo una cosa, tras leer estas memorias las ganas de enfrentarse a ese texto son enormes.


Publicado en Diario de Pontevedra 25/03/2012

Sostiene Pereira

Murió en Lisboa. Uno nunca puede elegir donde nacer, pero en ocasiones, sí que puede elegir donde morir y dónde ser enterrado. Allí, bajo la ‘saudade’ de Fernando Pessoa, su idolatrado escritor, su sostén creativo desde que lo descubriera fascinado en la Sorbona, falleció Antonio Tabucchi. Sostiene Pereira.
Estudió portugués para entender mejor al periodista, escritor, y poeta lis...boeta, y en todo eso se convirtió Antonio Tabucchi, transformado ya en un heterónimo más de Pessoa. Sostiene Pereira.
Mientras Italia todavía enjuaga las lágrimas vertidas esta semana por Tonino Guerra, la muerte de Antonio Tabucchi sume a ese país en el dolor, no solo por un escritor, sino por un símbolo del compromiso con las letras y la sociedad. ‘Réquiem’ y ‘Sostiene Pereira’, estarán ya para siempre en nuestra memoria y en nuestro corazón. Sostiene Pereira.

Publicado en Diario de Pontevedra 26/03/2012

domingo, 25 de marzo de 2012

Pan


Falar do pan en Galicia é falar de nós mesmos. Dun alimento que nos leva a cando eramos cativos. Poucos sabores recordo máis intensos no meu padal que aquel pan de millo acabado de cocer que facía miña avoa nun forno de pedra, quentado coa leña do contorno. Intres que se afunden na memoria e non saen dela no resto da vida. Do mesmo xeito que a madalena proustina ou o Ratatouille que cociñaba Remy, o pan é a nosa anclaxe cos sabores da infancia, eses aos que nunca tiñamos que renunciar. Os bos tempos fixeron esquecer o pan, desprezámolo da nosa alimentación errados ante o seu poder calórico, esquecendo as súas propiedades alimenticias e, como non, o seu sabor. Agora que batemos con esta crise abafante, que ata parece que nos quere roubar o que somos, é o mellor intre para reinvidicar o pan, para facer del unha bandeira de resistencia ante o pernicioso que ten unha modernidade que nos levou ata aquí. Case sempre no máis sinxelo está o mellor de nós mesmos. Pontevedra xúntase hoxe a carón do pan, nunha idea que reúne o esforzo de moitas persoas en base a acadar unha nova achega para a sociedade e que, de manter as cotas de calidade e imaxe anunciadas, pode servir non só para xerar unha marca pontevedresa, senón para amosar un camiño que seguir nestes tempos tan afastados daquel molete de pan que unha avoa lle cocía ao seu neto.

Publicado en Diario de Pontevedra24/03/2012
Fotografía Gonzalo García

jueves, 22 de marzo de 2012

Tonino Guerra


Es muy posible que a muchos no les suene este nombre. Siempre camuflado en los títulos de crédito de algunas de las mejores películas europeas, Tonino Guerra fue el guionista de ‘Amarcord’, ‘La aventura’, ‘Blow-up’, ‘Matrimonio a la italiana’, ‘La noche’, ‘Más allá de las nubes’ o ‘Nostalgia’, solo por citar algunas de sus obras. Trabajó con Antonioni, de Sica, Fellini, Angelopoulos o Tarkovski, en una lista que sería mucho más extensa, y hasta seis de sus películas llegaron a lograr un Oscar.
Todas ellas no serían lo que son en la historia del cine sin la inteligencia de este hombre, poeta además, que abandonó este mundo en el Día Mundial de la Poesía. ¿A qué tampoco sabían que ayer se conmemoraba este día tan hermoso? ¿Nadie se lo dijo, verdad? Y es que la vida está llena de cuestiones que no sabemos, descubrimientos que uno realiza, pero a los que demasiadas veces llegamos tarde.

domingo, 18 de marzo de 2012

Forxa de escritores

Cunha longa tradición no eido literario que inclúe o propio nome do IES, o Instituto Gonzalo Torrente Ballester fai da súa vinculación coa literatura unha forma de implicar aos alumnos na lectura e a escrita. Unha paixón que ten moitos ingredientes que van agromando a partir da consolidación dunha biblioteca moi diferente á que podemos atopar noutros centros de ensino. Nesa biblioteca visibilízase todo o traballo de alumnos, profesores, pais e equipo directivo á hora de apostar pola dinamización da lectura e a escritura como parte esencial do desenvolvemento humano na sociedade. A recente publicación dun libro con varios dos relatos premiados que foron escritos polos alumnos amosa unha realidade que mira cara o futuro. Un futuro que xa é presente, non só polo propio labor dos rapaces, senón por outra nova que enche de orgullo ao centro, a concesión do premio Biblos-Pazos e a publicación dun libro  por unha ex alumna, Iria Morgade.

Cintia, Aldara e Helena atópanse moi a gusto baixo a faciana de Alicia, aquela moza que caendo por un burato achegouse ao mundo maravilloso de fantasía e literario argallado por Lewis Carroll. Ao seu carón soñan, como aquela rapaza, con facer da escrita un xeito de vida, unha actividade na que colmar as súas inquedanzas e o seu amor pola literatura. Elas veñen de gañar diferentes premios de relatos, veñen tamén de ver como as súas verbas se incluiron nun libro de relatos e, sobre todo, veñen de ver como dende o seu instituto se coida e mima esta faceta indispensable para o ser humano.
Chamándose Instituto Gonzalo Torrente Ballester xa se crea o primeiro alicerce para facer do eido literario un espazo decisivo na formación do alumnado, pero tamén a pertenza a ese centro de diferentes escritores como Manuel Lourenzo ou o recordo sempre presente de María Victoria Moreno ou o de nomes como Francisco Calo ou Luís Bará, que dende diferentes ámbitos tamén foron contribuíndo á creación dese pouso que pouco a pouco se vai sementando nas aulas do centro, converténdose nun terreo abonado para que a resposta dos alumnos sexa favorable cara o literario, e que nos últimos tempos ten un ilusionante aderezo coa concesión do Premio Biblos-Pazos e a publicación dunha novela a cargo dunha ex alumna, Iria Morgade.
Todo ese esforzo humano flúe ata un mesmo lugar, ata ese centro de pensamento que sempre debe ser unha biblioteca neste tipo de espazos nos que se visualiza esa rede de intereses. Alí, Pedro Iturburúa e María Jesús Otero velan porque esa biblioteca siga a medrar e se converta nun espazo o máis activo posible buscando a participación desa xuventude á que tantas veces (as máis delas baixo simplistas xeralizacións) se acusa de non prestar atención a este tipo de cuestións.
Incluída no Plan de Mellora de Bibliotecas da Xunta de Galicia, esta en concreto, que leva o nome da inesquecible María Victoria Moreno, vén ofrecendo nos últimos anos unha serie de modificacións que a afastan do que sería un aburrido espazo unicamente adicado a completar horas e horas de estudo. Se fai uns anos creouse un espléndido mural adicado a ‘Alicia no País das Maravillas’, nos últimos meses esta decoración está a tomar máis protagonismo en diferentes puntos do seu espazo. Así, agora nas súas columnas os propios alumnos, arroupados polo mestre de plástica Manuel Martí, están a desenvolver toda unha escolma de senlleiras figuras da literatura galega e universal para acompañar así as lecturas dos rapaces ou alentar ás musas cando éstes se poñen a escribir.
Castelao ou Rosalía de Castro comparten espazo con Cervantes, Shakespeare, Homero, Gustavo Adolfo Becquer, García Lorca ou Valle-Inclán, nunhas representacións onde se esconden moitos chiscos ao mundo literario e cultural, ou mesmo a personaxes do propio centro, e aí o imos a deixar. Xunto a eles, a adaptación de espazos aos novos tempos levou aos xestores da biblioteca a crear tamén un punto que se amosa como un dos favoritos dos estudantes, un recuncho amable onde nuns sofás se poden consultar revistas ou cómics cos que pasar uns bos momentos nun ámbito distentido. E é que a creación destes ambientes é a gran teima dos xestores da biblioteca, “é unha forma máis de impulsar o gusto pola lectoescritura”, comenta Pedro Iturburúa. E o certo é que ao pasar uns minutos nese espazo transmite unha sensación de comodidade, de lugar idóneo para gozar do mundo dos libros. Xunto a esa renovación visual e formal, na biblioteca tamén se traballa na mellora dos seus contidos, coa inclusión de novos fondos, o préstamo de materiais audiovisuais e a presenza de equipos informáticos que axuden aos alumnos no seu quefacer. E é que ese Plan de Mellora incide precisamente nesa triple liña: a dos fondos, os equipos informáticos e a mellora do mobiliario.

Xunto con ese Plan, este pequeno milagre aúna a acción dos equipos de Biblioteca e de Dinamización da Lingua Galega, xunto coa axuda da Asociación de Pais e Nais de Alumnos e que se materializou hai unhas datas coa publicación dun libro onde se recollen en papel as achegas dos propios alumnos.


‘Petiscos 2011’ |Un libro é un libro. A ilusión na que se materializan os soños de todos aqueles que escriben con máis ou menos ambicións. E como estamos dentro dun mundo de ilusións, na parede da biblioteca, nese mural de Alicia atopamos libros pintados, contemplamos os lombos duns volumes que esperan a ter un nome e un autor. Unha feliz idea que permite que aqueles alumnos que venzan nos concursos literarios vexan o seu nome alí inscrito para a eternidade.
Abofé que nos soños de Cintia, Aldara e Helena non debía estar o de aparecer nun deses libros dun xeito tan prematuro. Pero é o que ten ‘caer de pé’, como di o dito, e formar parte dun centro tan activo que lles permite adiantar en moitos anos o que sería normal. Elas, xunto con case outros trinta alumnos, tanto ‘escritores’ como ‘ilustradores’ forman parte de ‘Petiscos 2011’, unha escolma de bocados literarios. Gustosos bocadiños que xa morderon o éxito a través da consecución de diferentes premios en concursos de relatos, entre eles o ‘Ben veñas maio’ e que agora se oferta aos lectores como un agasallo e como a materialización dese milagre. O milagre da escrita como complemento ás numerosas campañas que se fan da lectura, pero non sempre da escrita. No Torrente Ballester apostan por ambos territorios como complementarios, e estas tres rapazas sérvennos para visualizar o éxito desta aposta do centro escolar.
Todas elas decláranse lectoras compulsivas, mozas que fan da lectura un acto de afianzamento persoal, aínda que ao mellor non sexan plenamente conscientes do que iso supón, pero será o tempo e a madurez os que lles fagan decatarse deste aspecto. Mentres pasan horas lendo, entre os seus autores favoritos Aldara Otero cita con entusiasmo a Laura Gallego, nome co que coincide coa súa compañeira Cintia Cabada, e esta engádelle o de Patrick Rothfuss. Helena Lemiña laiase de que ten pouco tempo para satisfacer esta paixón, os estudos restan tempo, e aínda así as súas lecturas son máis clásicas, e os nomes de Rosalía de Castro ou Gustavo Adolfo Bequer parecen facer sorrir a eses mesmos autores agora pintados nas columnas proximas a nós.
Empurradas pola súa profesora de galego, Mariló Valiño, animáronse a participar en diferentes certames literarios a partir do traballo feito na clase. E é que o papel dos profesores é indisociable deste milagre, a implicación no que vai máis alá do seu labor obligatorio outórgalles o ser clave en todo este proceso, e xunto a Mariló hai que citar a María Jesús Otero, do departamento de Lingua Castelá e Literatura. As nosas protagonistas gustaríalles compatibilizar esa afección con outras disciplinas artísticas como a pintura ou a música, das que tamén son moi partidarias. Cintia tampouco lle perde ollo á bioloxía, e a todas elas lles gustaría afianzar un futuro aínda afastado, pero cheo a moreas de ilusións e expectativas.
A Asociación de Nais e Pais e o propio Instituto, encabezado polo seu director, José Ramón Couto, botaron a andar estes ‘Petiscos’ como unha iniciativa que debería ter continuidade noutras edicións por riba de crises materialistas. Con este libro nas mans empézase a entender o milagre da lectura e o que a conxunción de forzas e ilusións (o propio autor da edición tamén ten o seu pasado vencellado ao centro) pode chegar a facer.

Soño literario | Aldara, Cintia e Helena son un trío de mulleres que nos permite constatar o maior interese das mozas por este tipo de actividades por riba dos mozos. Elas, aínda entre soños, amósanse tamén moi espertas en relación ás súas idades, sabedoras de que teñen un potencial que lles pode dar moitos momentos de ledicia e agora, e de aquí en diante, terán que estar sempre moi atentas ao que pode acontecer, a seguir traballando, escribindo e lendo para facer da súa narrativa algo salientable. Aínda é cedo para saber que ocorrirá, pero o que si sabemos é que están en boas mans, nas dun centro que mima e coida como poucos esta aposta pola creatividade do ser humano, pero sobre todo pola lectura. Unha aposta á que xa é imposible renunciar. Nin tan sequera as feroces tesoiras dos recortes terán a forza suficiente para impedir que estas rapazas e moitas outras vivan o seu soño. O seu soño literario.

Iria Morgade: A semente comeza a dar os seus froitos
Non perdeu o tempo Iria Morgade dende que marchou do IES Torrente Ballester. Tras rematar a Licenciatura en Ciencias Políticas, a cabalo entre Compostela e Madrid, vén de publicar o que é o seu primeiro libro, ‘Verbas no ar’, presentado na cidade hai uns meses polo Ateneo de Pontevedra. Hai uns días participou nun encontro cos lectores que se achegaron ata a Librería Paz. O libro xorde da concesión do VII Premio Biblos-Pazos, agasallando así a unha moza que aínda que fixo os seus estudos  por outro lado non ten pensado deixar a escrita. En ‘Verbas no ar’ amósase a unha escritora para nada afastada do mundo real. Abofé que a vida a sacou fóra dese conto de Lewis Caroll por onde deixamos as nosas protagonistas anteriores. O tempo e a experiencia influíron sobre Iria Morgade e neste libro “amósase un texto no que non son necesarias as florituras para que nos desgarre, abríndonos os ollos ante un mundo en conflito a golpe de linguaxe tweet. E a autora sabe que son tempos de combate, de manifestarse contra a inxustiza”, segundo os membros que compuxeron o xurado: Elena Veiga, Tucho Calvo e Xavier P. Docampo.

Aqueles tempos |Non pasaron moitos anos dende que Iria Morgade deixou o Torrente Ballester, onde fixo os seus estudos de Secundaria. Alí xa gañara o primeiro premio ‘Ben Veñas, Maio’ no ano 2004 e o terceiro premio do concurso ‘Entre nós en galego’ no 2005. “O vivir a adolescencia no instituto e o ser o principio dos meus impulsos por escribir é algo que non se pode esquecer", comenta Iria Morgade. O ter participado naqueles concursos xuvenís permitiulle recuperar, tras os anos de estudos da carreira, a súa verdadeira vocación, a da escrita. "Recordo como a profesora Mariló sempre me animaba a presentarme a concursos, foi unha man que me axudou. Unha cousa é que ti escribas, e outra que penses que o que fas lle vai gustar a alguen. Ela sempre estaba atenta ás convocatorias para que nos presentásemos a elas" apunta a escritora. Iria Morgade, apoiada polo premio ‘Biblos-Pazos’ e pola publicación do que é o seu primeiro libro, quere transmitirlles aos alumnos que agora mesmo están onde estaba ela fai uns poucos anos que “teñen que manter a esperanza e a ilusión. Hai moita xente que escribe e que o fai moi ben. E por qué eu non vou ter a posibilidade de chegar algún día a ser como eles? Hai que confiar no que che gusta, gozar facendoo e sobre todo presentarte a todo o que poidas. Como me sucedeu a min con este premio dirixido a menores de 25 anos". Agora, Iria Morgade xa é escritora, unha escritora froito da sementeira do IES Torrente Ballester de Pontevedra.


Publicado en Diario de Pontevedra 18/03/2012
Fotografías Alba Sotelo

Rosa


Al tiempo que nuestras camelias, muchas de ellas de un febril rosa, explotan turgentemente anunciando la llegada de la primavera, este diario presenta una promoción en la que se recuperan aquellos dibujos donde la sonrisa se teñía de rosa bajo la inteligente y sofisticada figura de ‘La pantera rosa’. Con sus sinuosos movimientos, y tras la intrigante y pegadiza sintonía de Henry Mancini, nos encandiló a muchos, y, pese a su silencio (que ahora valdría un Oscar), asistimos embobados a sus peripecias en unos hipnóticos capítulos que ya son parte de nuestro imaginario personal y colectivo. Contemplar la vida color de rosa hoy en día ya solo parece ser cosa de dibujos animados, pero a uno, la verdad, es que le gustaría ver a esa vacilona pantera pululando por el mundo, contagiándole su inocencia y convirtiéndolo en parte de sus travesuras. Impagable sería verla sobre un andamio pintando de rosa la triste fachada de hormigón de Pasarón, quizás así la risa llegase hasta un escenario en permanente depresión; tampoco estaría mal que se diese una vuelta por Siria y le pintase la cara al sátrapa, para vergüenza de los líderes mundiales; o que participase en alguna de esas reuniones económicas donde sus protagonistas se agarran el cuello como en un cómic de policías y ladrones. Por desgracia, sus poderes rosas solo existen en la pantalla y en la imaginación de este fan.

Publicado en Diario de Pontevedra 17/03/2012 

lunes, 12 de marzo de 2012

Fíos de luz, fíos de vida, fíos de ausencia

Ata o 19 de marzo o Patronato de Turismo Rías Baixas acolle as fotografías de Paula Pereira. Quince imaxes que xorden a partir dun fermoso poema no que Avilés de Taramancos xoga coa luz e evoca a ausencia da mesma, que se esgota como se esgota o día. Esta moza artista é quen de trasladar á imaxe fotográfica as palabras do poeta de Noia, e faino de xeito acertado, a partir de recoller nesa fotografías uns ambientes escuros onde só un raio de luz permite albiscar a vida, o pouso que deixa o ser humano ante o inevitable e fráxil discorrer do tempo. 

A luz necesita da escuridade para existir como a ausencia necesita do ser humano para ter sentido. Termos contrapostos dispostos a participar das imaxes que Paula Pereira acadou coa súa cámara. Son os rescaldos dun traballo aínda quente, pese a que ante el a forte carga da ausencia remítenos a unha certa frialdade que sempre conleva a non presenza da figura humana. Pero é esa luz, nalgunhas das fotografías un simple fío, o que nos deixa pendurados da incertidume, da posiblidade de existir, en definitiva, de valorar a existencia a partires da ausencia.
E é que dende a dialéctica luz-escuridade as posiblidades que ofrecen as pezas desta artista medran de xeito permanente cada vez que lles botamos unha ollada. Espazos baleiros onde só esas luces que entran por unha fiestra, máis ou menos aberta, son quen de rachar esa escuridade na que se fala de perdas, dun tempo que fuxiu, pero sobre todo de ‘Ausencias’, que así é como se chama a exposición. Porque todo deriva niso, no peso que amosa a ausencia, reflectida, de xeito fondo e maxistral, como o que se representa tras esa cadeira na que tantos deberon sentar e que agora permanece en pé, soa e chea de dignidade como a testemuña do que foi, da súa utilidade, agora xa a mercede do paso do tempo, nun naufraxio que só pode conducir a un final que todos adiviñamos e sometida a esa luz que parece tentar con ela un interrogatorio.
Deste conxunto de imaxes xorde tamén outra compoñente que trascende das propias fotografías e inunda o espazo adicado á exposición na planta baixa do histórico Palacete das Mendoza na Avenida de Santa María. Ese elemento é o silencio. Algo tan difícil de representar no artístico, pero que ten tanta contundencia á hora de beliscar ao espectador, Paula Pereira é quen de integralo dun xeito protagonista en cada una das súas imaxes. Un silencio que xorde desas estancias baleiras, que nos falan dunha vida no exterior, cando nel xa só queda o puoso desa ausencia. Desas vidas xa só nos chega un fío, un fío do que tirar para poder ter aínda unha esperanza, un enganche coa propia vida. Eses fíos de luz amósanse como un fermoso recurso estético, un arañazo na escuridade que xorde case como un berro para esnaquizar ese baleiro de desesperanza.
Paula Pereira reforza de xeito contundente a súa traxectoria dende a súa graduación en 2010 en Belas Artes e tras participar xa nun amplo número de mostras, sendo de relevancia a súa inclusión no Certame de Novos Valores de 2010 e o premio á mellor curta no ‘I Certame, Curtas para Rosalía’ nese mismo ano. Unha artista que non só traballa no eido fotográfico, senón que tamén amosa a súa calidade en campos como a ilustración ou a artesanía.
Pero o certo é que tras esta mostra Paula Pereira debe apostar de xeito decidido por esta disciplina. A súa capacidade para a evocación, para suxerir atmósferas entre o real e o irreal, a tería que levar por apostar de cheo polo mundo da imaxe con esa firme anclaxe que ten as súas fotografías na poesía. No só polo motivo que se agocha trala exposición, que é un pouco o de render homenaxe ao poeta Antón Avilés de Taramancos a partir dunha das súas composicións, e a súa posterior interpretación fotográfica, senón porque en cada unha desas imaxes se aprecian moitas das compoñentes da poesía. A evocación, a sinxeleza, o hermetismo ou a sinceridade son feitos para poñer en relevo nesta cita artística. Achegarse a elas convértese nun exercicio poético que a autora sabe poñer ante nós e ante as que un se sente especialmente conmovido, pola suxestión que se agocha en cada unha delas, nas que só o que vemos ou o que non vemos ten sentido. Sen títulos nas fotografías, sen nomes que nos poidan despistar, e o valor da imaxe como único medio de conectar co espectador, e o seu potencial para establecer un vencello entre ambos, apenas traducido co xenérico título de ‘Ausencias’.
Así as cousas, percorrer esta exposición supón unha agradable aproximación ao coñecer a unha moza que dende a súa arte se achega a nós, a través dun plantexamento cheo de sensiblidade, capaz de engaoiolarnos dende unha aposta tan sinxela. Moitas veces preténdese conectar co público dende grandes proxectos, con fortes inversións económicas, pero sustentados sobre uns fráxiles pés de barro. Paula Pereira no ten grandes pretensións, escapa de calquera intento pirotécnico, baseando a súa aposta no traballo ben feito e a capacidade que ten a imaxe, cando esta é boa, para conectar co espectador. Abofé que os que se achegen a ver esta mostra sairán cunha faciana de satisfacción, ao ver como a arte pode ter unha forte capacidade de seducción a partir dunha simple mirada, pero sobre todo de saber captar un instante cheo de maxia. Son só quince as imaxes, seguro que houbo outras máis, agora reducidas a este número, pero son máis que suficientes para coñecer a proposta dunha artista que seguro que no futuro nos seguirá ofrecendo novas sensacións que iremos seguindo ben atentos.
No Palacete das Mendoza, onde durante tantos anos entre as súas contras filtrábase unha luz morna que acariñaba os obxectos das súas moradoras, agora esa mesma luz é a que nos serve para entrar neses recunchos propostos por Paula Pereira. Lugares onde a soidade nos acolle, onde a escuridade nos envolve e onde un raio de luz se converte nun fío do que poder tirar, un fío de vida, o fío dunha ausencia engaiolante, xurdido dunha poesía para mimetizarse nela a través da imaxe.

Publicado en Diario de Pontevedra 11/03/2012

domingo, 11 de marzo de 2012

Un meteorito literario

‘El jardín colgante’ es el libro recientemente galardonado con el Premio Biblioteca Breve 2012 concedido por la prestigiosa editorial Seix Barral. Su autor, Javier Calvo, con una trayectoria literaria tan particular como arriesgada y efectiva ante el lector, nos ofrece un paso más en su literatura, vinculando su forma de narrar con un escenario relativamente reciente de nuestra historia. Se genera así un microcosmos con curiosos personajes, involucrados en una trama de la cual el escritor nos ofrece diferentes destellos, algunos de ellos deslumbrantes.


Leo en una reciente entrevista a Javier Calvo afirmar que ‘El jardín colgante’ “debe leerse como una novela de género” y me pregunta tras haber leído el libro es, ¿género, pero qué género? Y es que si por algo se caracteriza la literatura de Javier Calvo es por dinamitar cualquier especulación con los géneros, por destrozar un relato tradicional y fusionar sobre su narrativa una manera singular de afrontar la escritura. Tras leer una de sus novelas anteriores ‘Mundo maravilloso’ la sensación que me había quedado es la capacidad del escritor por generar su propio mundo, por arrastrar al lector hasta un espacio resultante de una mente atrevida y arriesgada, y esto mismo es lo que me sucede a las pocas páginas de adentrarme en esta novela ganadora del Premio Biblioteca Breve. Conocer al agente Arístides Lao o a Melitón Muria supone adentrarse en una nueva dimensión con extraños personajes en un mundo extraño, como lo fueron los años de la Transición Española, evocada aquí como el marco donde poner en circulación a todos este especímenes. Y es que esta cuestión, la de los personajes, es evidente que también preocupa sobremanera a Javier Calvo ya que es en ellos, en sus condiciones, en su manera de desarrollar sus acciones, en donde el pulso de Javier Calvo como escritor es más firme y decidido. Así es como los dos citados anteriormente, junto a Teo Barbosa o a Sara Arta, componen un espectral muestrario de lo que nos podíamos encontrar en aquella España que se debatía entre el fin de una época oscura y la apertura hacia un universo de libertades, o así se esperaba por la gran mayoría de la ciudadanía.



Puzzle |Hablaba de géneros al comienzo de este texto, y es que si bien la novela discurre en lo troncal por una trama de tipo policial, lo cierto es que el relato se va desparramando en innumerables direcciones, y esto, lejos de ser un lastre por las posibles distracciones del lector, sirve, precisamente para suscitar ese universo propio que caracteriza hasta el momento cada obra de Javier Calvo. Desde el humor a la ironía, pasando por temas sociales o de índole política, todo se agita dentro de una coctelera para luego ir volcando todas esas piezas sobre el tablero de la vida. Piezas de un puzzle que debemos armar con la lectura de cada uno de los breves capítulos en que el escritor disecciona la historia de la lucha contra una organización terrorista de extrema izquierda a cargo de unos curiosos agentes y la presencia de un infiltrado en ella, siempre bajo el ambiente que en España se respiraba en 1977.

Y es que la idea del puzzle está muy presente a lo largo de la novela, no solo como el pasatiempo de Arístide Lao, que desquicia a sus compañeros de brigada, sino como la metáfora de los diferentes vectores que desembocan en la narración y en la propia España de aquel momento, fragmentada en un sinfín de pedacitos, de muy difícil encaje. Tal y como sucede en la novela, donde los capítulos se van sucediendo de manera vertiginosa, mostrando el autor su capacidad para generar ritmo dentro de lo que se nos quiere contar. Algunos de ellos especialmente brillantes, o así me lo han parecido; los números 23, donde esos dos esperpénticos agentes coinciden en una Nochevieja o el número 39, en el que Sara Arta, tras salir de la cárcel, se mueve en la noche barcelonesa mientras se ofrecen toda una serie de referencias del momento histórico en el que transcurren los hechos que conforman el libro. Escrito de manera brillante por la aparición de una prosa irónica, arriesgada y capaz de formular su singularidad, algo que respalda precisamente la concesión del Premio Biblioteca Breve, que debería estar siempre atento a las nuevas corrientes, a las derivadas de escritores atrevidos por mostrarnos nuevos territorios. Javier Calvo así lo ha demostrado a lo largo de su trayectoria, con obras en las que parece que también parecen estrellarse meteoritos, como sucede en ‘El jardín colgante’, para hacer saltar por los aires la pretenciosa realidad que en manos de un escritor imaginativo debe transformarse en nuevas posibilidades.

Tanto desde Barcelona o desde un islote mallorquín, Javier Calvo nos ofrece un universo con mucho de kafkiano, donde lo extraño, lo angustioso, lo difuso de ese tiempo que supuso la Transición se extiende a unos personajes en constante zozobra, confiriéndole al relato ese carácter de inestabilidad que genera una nebulosa donde todo se envuelve, donde todo parece carecer de referencias, de anclajes emocionales, en el momento preciso en que España buscaba configurar un país nuevo, “Un jardín colgante, desconectado de todas las cosas”, como en algún momento se referencia en un texto por donde se insertan frases llenas de contundencia, relevantes para tomar el pulso a un momento concreto de nuestra historia, pero sobre todo a unos personajes, verdaderos protagonistas de estas páginas, incómodos consigo mismos e incapaces de relacionarse con una sociedad en la que no todo el mundo era bienvenido.

Publicado en Diario de Pontevedra 11/03/2012

Mazás


Cando aínda nin se me pasaba pola cabeza aparecer na contra dun xornal, nunca deixei de ler as columnas escritas por Carlos Casares. Aquelas palabras foron sempre un bálsamo para dixerir unha realidade que, agochada no interior, era ben poucas veces agarimosa. Unhas cereixas ou unhas mazás, un gato chamado Samuel ou mesmo as ánimas, baixo a engaiolante escrita do autor, eran quen de converter o anecdótico da vida nun tema de interese que ía agromando a medida que avanzaban unhas liñas das que un xa era incapaz de baixarse. Daquela, como estudante de Historia da Arte, atopei un día a Carlos Casares polos corredores da Facultade. Eu, que nunca antes me dirixira a ningún outro escritor, que me tremían as pernas con só pensar en pedirlle un autografo a alguén, achegueime a aquel home que semellaba estar ausente da realidade mentres botaba unha ollada por unha das fiestras do claustro, só para dicirlle que gozaba moito coas súas columnas e que o pasaba moi ben, incluso cando falaba dunha bola de pan, como me parece recordar que acontecera naquela xornada. Notei nel unha fonda timidez que o honraba, mentres me contestaba cunhas sinxelas grazas e me ofrecía un sorriso. O tempo pasou, onte fixo dez anos que Carlos Casares morreu, e eu agora ando a escribir columnas que tamén se poden titular ‘mazás’. Gustaríame que o soubera.


Publicado en Diario de Pontevedra 10/03/2012 

lunes, 5 de marzo de 2012

Rastros de poesía y memoria

La muerte de Leopoldo Nóvoa deja al universo plástico huérfano de una de sus figuras más singulares. Como suele suceder en demasiados casos su trabajo no ha sido suficientemente valorado, ya no solo a nivel español,-incomprensiblemente ignorado su óbito en los grandes medios-, sino en Galicia, a la que conectó de forma pionera con una manera de pintar que en nuestra comunidad era inasumible por sus artistas. Su fallecimiento permite seguir varios de los rastros que él mismo dejó establecidos en su obras. Huellas de un presente para un futuro.
 

Poesía. Pocos, muy pocos creadores desde el mundo de la plástica están capacitados para que sus obras, esas fascinantes superficies de trabajo, provoquen una introspección poética de sus componentes. Leopoldo Nóvoa logró bien pronto esa transustanciación poética de su obra. Desde el Cono Sur, observaba una realidad salpicada por las metáforas de Cortázar, el constructivismo de Joaquín Torres y la espacialidad de Jorge Oteiza, no había más que dejarse llevar por una aproximación al mundo desde una geografía que hervía a fuego lento con un ambiente cultural incomparable a ningún otro lugar en las décadas centrales del siglo XX. A Leopoldo Nóvoa le comenzaba a preocupar la exégesis del cuadro, su capacidad para desentrañar en él posibilidades y realidades, es decir, lo que existe en el mundo real y lo que la mente del artista es capaz de provocar desde la inquietud del artista. Esa mente sabía a buen seguro lo que quería, el problema era darle forma, conformar ese trasvase del mundo de las ideas al soporte físico. Y así es como empezó a caminar la obra de Leopoldo Nóvoa, entre famas y cronopios, entre líneas, huecos y materias que fueron deviniendo en poesía. Una poesía que hizo de sus superficies abstracción, informalismo lo bautizaron los que dan nombre a las teorías artísticas, argumentando un lirismo que subyace en cada uno de sus gestos, en sus superficies lisas y depuradas, en su meditada conformación del espacio. Como la palabra en el verso, el equilibro era el centro de observación y el lugar desde donde proyectar el futuro.

Memoria| El futuro era Europa y cómo no, París. Allí, en la Rue de Faubourg de Sainte Antoine, Leopoldo Nóvoa mudaba de paisaje y de realidad. Sin océano por medio su patria, la gallega, estaba más cerca, se apretaban los sentimientos y éstos se depositaban a orillas de un Sena por donde bajaba como un torrente una corriente de existencialismo que arrastraba a todo aquel que osase aproximarse a ella. Sartre, Camus o Beauvouir no dejaban de incendiar cabezas, de asediar al ser humano con soflamas para despertar conciencias. A ellos Leopoldo Nóvoa les arrancó una de sus banderas, la de la libertad, y la clavó con la contundencia de un alpinista en la cumbre de un ocho mil sobre esas superficies en donde se tamizaba la vida, como en un manifiesto de aquellos que caían entre los adoquines y eran arrastrados por las masas de estudiantes hasta las alcantarillas que desembocaban en un regenerador Sena. La luz de París, alimentada por años de vanguardias, dulcificó la secuencia de trabajo, hizo de esa abstracción un lugar mucho más lírico que el propuesto desde otros frentes informalistas como los que devenían en la España tardofranquista con Tàpies, Saura, Canogar o Millares. A diferencia de ellos, el germen parisino y el útero gallego, alentaron un escenario menos agresivo y primitivo, dulcificando en forma y fondo con respecto a esas otras experiencias más ligadas al Mediterráneo, por parte de Tàpies, y a la oposición frente al paisaje artístico permitido por el Régimen en España, en el caso de los otros artistas citados.

Claudicaban los setenta y un fuego abrasador ponía patas arriba todo un estudio y una mente. Lejos de huir, de dar la espalda a la destrucción y al desconcierto, Leopoldo Nóvoa intuyó una nueva realidad, una reinvención a partir de la memoria, de los restos de esos años de trabajo ahora materializados en ceniza. Con los sacos llenos de un polvo en el que se resumía todo lo que uno era y todo lo que uno quería ser, Leopoldo Nóvoa emprendía un nuevo viaje, éste bien anclado entre Armenteira y París, la simbiosis necesaria para que desde ese contacto, con un pie en cada latitud, emergiese su obra más poderosa y madura, en la que se acolmata la memoria a través de esas cenizas, resultado de ese fuego devastador revelador del alma humana ahora hecha materia. Y entre ambos pies, la verdadera patria, aquella infancia de Rilke que en Leopoldo Nóvoa toma el nombre de Raxó, salvavidas en Buenos Aires y ahora, en las últimas décadas de vida, cálido refugio donde subsistir. La playa, los juegos infantiles, el contacto con marineros y vecinos, son el sustrato imprescindible para conocerse a sí mismo. Su obra tendrá una mirada más rotunda hacia el interior del hombre donde el rojo y el negro serán protagonistas. Los huecos y la materia, a través de los más insospechados elementos, se apropiarán de unas geografías cada vez más cerradas, convulsas y apasionadas, pero también estéticamente poderosas y apasionantes. Galicia se rendirá por fin de manera plena, y así, en la Bienal de Arte de Pontevedra de 1996 se le dedica una amplia muestra, que el año siguiente tendrá colofón con una retrospectiva en el CGAC, lo que propició la sucesiva incorporación de sus obras a los fondos Cajas de Ahorro gallegas y en los últimos años, visualizado bajo el amparo de la galería compostela SCQ que en 2006 ofreció su última exposición en Galicia.


¿Y ahora qué?| Sorprende ver, mejor dicho no ver, cómo los grandes medios de comunicación han orillado su muerte, mientras la reciente desaparición de otro inmenso creador, Antoni Tápies, llenó numerosas páginas. Un revelador hecho que muestra el escaso interés de Leopoldo Nóvoa por convertir su obra en un escaparate vanidoso y el lamentable desconocimiento que de su obra todavía se tiene, quizás no tanto en nuestra tierra, como en el resto de España. Tras la muerte quizás sea el momento de revertir esa situación, de profundizar en el legado de un artista como pocos en Galicia. Pontevedra, su tierra de nacimiento, la ciudad que le distinguió con el Premio Ciudad de Pontevedra en 1997, podría tener en su figura un acicate para dinamizar su faceta cultural. ¿Por qué no plantear la creación de una Fundación con su nombre destinada a mostrar y divulgar de manera permanente su obra y figura? Creo que es una ocasión que merece la pena ser analizada para poder así explorar todos estos profundos rastros de poesía y memoria.

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad
de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

 "Serán ceniza..."
José Ángel Valente.
Publicado en Diario de Pontevedra 4/03/2012

Natura pictórica

«Todo arte viene de la naturaleza, el que puede arrancarlo de ella, solamente éste la posee» Con esta frase de Durero se cierra el catálogo que acompaña a esta exposición de Darío Basso (Caracas, Venezuela, 1966) en el nuevo edificio del Museo de Pontevedra, pero es también una frase que nos permite abrir una especie de ventana al universo creativo de este hombre que llega a Vigo con solo tres años para convertirse en el futuro en artista a través de un proceso de identificación con la naturaleza, que se irá afirmando con numerosos viajes por el mundo.


A lo largo del año por una ciudad como Pontevedra pasan exposiciones de lo más diverso, con mayores o menores pretensiones, pero que ofrecen un abanico de lo más variado. Dentro de ese abanico hay algunas muestras que pasarán al recuerdo de los amantes del arte. Tanto por las pretensiones de su planteamiento, el montaje en el espacio requerido y sobre todo, por la contundencia del trabajo en cuestión. Así sucede con la muestra de Darío Basso  que se presenta en el nuevo edificio del Museo de Pontevedra hasta el 16 de marzo y que bajo el nombre de ‘Materialeza 1999-2011’ recoge un conjunto de trabajos agrupados en varias series que recorren diferentes puntos del mundo, lugares en los que han sido creadas por un artista que se deja envolver por el manto de la naturaleza para evocar un universo propicio para que la recepción por parte del visitante implique todo ese potencial que el artista ha sabido ver en su elemento inspirador. Ese carácter abrumador que tantas veces nos muestra la naturaleza se repite en cada una de las series que conforman la exposición, generando un ecosistema en el que de nuevo nos encontramos con nuestra inherente fragilidad.
Materia| Responde Darío Basso a ese sentimiento de pertenencia a un ente superior, a una naturaleza a la que se reverencia una y otra vez de la que se aprende y se intenta comprender su valor así como el proceso de degradación al que el ser humano suele someterla. Artistas como Fernando Casás o Jorge Barbi, se mueven también en esa dinámica y su trabajo suele ser demandado en mayor medida desde fuera de nuestras fronteras que en su propia tierra, de ahí la importancia de esta muestra. El valor que posee como recorrido por una vida y por una serie de experiencias que son las que permiten la maduración de persona y obra. Y así lo vemos si partimos de ese gran mapamundi que centra la exposición y del que nacen cada una de las series que configuran la muestra. ‘Equinoccial’, ‘Leviatán’, ‘Ons’, ‘Urpflanze’, ‘La nave del argonauta’, ‘Acimut’, ‘Agoritmi dixit’... y así hasta completar un itinerario vital que refunda la manera de entender el arte del artista, de mirar y de recrear la naturaleza experiencia a experiencia.
Pintura y materia van interrelacionándose en un proceso de sedimentación, de conjunción que es lo que configura el paso de lo real a lo imaginado, de lo vivido a lo sentido, de lo natural a lo sobrenatural y es que del trabajo de Darío Basso trasciende un sentido de inmanencia, un panteísmo propio de culturas primitivas, y es que esa aproximación artística del autor a la naturaleza no se puede desligar de ese sentido primigenio como deidad y elemento de culto que ofreció la naturaleza a diferentes culturas. No solo hablamos de culturas prehistóricas, sino de pueblos que todavía hoy en día permanecen alejados del influjo del hombre moderno al estilo occidental tal y como lo conocemos.

Templo| La espectacular disposición propuesta desde el Museo de Pontevedra confiere al conjunto de la muestra ese carácter de templo primitivo, de cueva demiúrgica desde la que se honra a la madre naturaleza. Darío Basso sabe armar esa condición y ponerla en relación con el hecho pictórico más contemporáneo, de ahí la riqueza de su discurso y el éxito de su planteamiento. Modernidad que parte incluso de esos cuadernos de viaje, pasos premonitorios ante el hecho futuro de la traslación al gran mural, que se vislumbran como la idea original a partir de la cual actuar y edificar la nueva naturaleza, en la condición que al artista convierte de pretender evocar lo que existe a su alrededor y que en el caso de Darío Basso no se limita al hecho natural, al elemento botánico, por decirlo llanamente, sino que se integra en una acolmatación de hechos que se ligan al lugar donde surgen cada una de esas series. Y así es como ‘Leviatán’ se acerca a la catástrofe del Prestige, ‘Urpflanze’ indaga en la generación de las flores desde un pensamiento de Goethe o ‘Algoritmi dixit’ reflexiona sobre las barreras culturales entre oriente y occidente, generándose de esta manera un fértil imaginario donde la construcción histórica del ser humano se asienta en la naturaleza como forma y fondo de un arte que hace de lo natural pintura, y de la pintura naturaleza. Dos vías inagotables.


Publicado en Diaro de Pontevedra 5/03/2012
Fotografías: Rafa Fariña

domingo, 4 de marzo de 2012

Una ventana al arte

En los próximos días tenemos la posibilidad de asomarnos a una ventana muy especial, la que desde ‘A librería de Marín’ se abre para que podamos visualizar obras de diferentes creadores, pero también para asomarnos a un interior que supera el concepto de librería comercial para posicionarse como un centro de creación y de animación cultural, algo de lo que Marín no está excesivamente sobrado. La obra de Fernando González es la que ahora nos convoca y la que podemos disfrutar.

Entrar en una librería cada vez más se está alejando de aquella anticuada sensación que recibía el cliente cuando accedía a lo que no era más que un almacén de libros. Hoy en día ya son muchas las librerías que apuestan por dinamizar su espacio, por ofrecer al cliente un amplio abanico de opciones que le motiven de cara al acceso a la lectura, pero también buscando la sensación de que en ese lugar tan especial confluyen diferentes actividades relacionadas con la cultura de las cuales poder sacar un provecho para su persona.
‘A librería de Marín’, en la rúa da Roda, acaba de cumplir siete años abierta al público y desde hace unos meses lleva generando entre los aficionados al libro en Marín muchas y buenas de esas sensaciones comentadas. De la mano de la emprendedora Rosa Neutro-Licenciada en Bellas Artes- se lleva proponiendo con el respaldo de la propietaria, Marta Díaz, diferentes opciones que sirven para que Marín poco a poco asista a un lugar de dinamización cultural. En estos momentos un curso de fotografía que ofrece la propia Rosa Neutro, con quince personas inscritas, centra su atención a lo que se le une la exposición de una pieza artística que aproximadamente durante un mes se instala en la propia tienda.
‘Ollada obrigada’| No en un lugar cualquiera, sino en ese ámbito intermedio entre el exterior y el interior, entre la realidad de la calle y la realidad de un espacio donde se reconoce, una vez que accedes a él, el mimo por todo lo relacionado con el ambiente cultural. Desde esa ventana en los últimos meses los transeúntes de Marín han visto las obras de la propia Rosa Neutro, Fernando Lafuente, Antía Sánchez, y en esta ocasión, hasta mediados de este mes de marzo la instalación 'A ollada obrigada' de Fernando González. Una pieza que este artista, nacido en Vigo pero afincado en Marín, nos propone como un juego de miradas, un conjunto de fotografías de pequeño formato insertas en unas cajas de madera que a medida que transcurre el tiempo de la exposición van modificando su relación con el espacio, variando su posición y altura, componiendo nuevas visiones que suscitan así, ante el caminante que se detiene ante el escaparate, una nueva percepción. Una obra en permanente ejecución, en constante tránsito en sí misma para modificar la propia mirada que la pieza genera en su reflexión interna, la provocada por esos juegos de sombras y luces, elementos arquitectónicos donde la luz se erige como protagonista. Son pequeños guiños hacia nuevas realidades que nos obligan a participar de la pieza, a dirigir nuestra mirada al interior de esas cajitas donde el hecho de mirar a través de esos singulares objetivos nos convierte en parte de ella y también de este proyecto cultural y casi de vida, que dos mujeres generan en Marín como una referencia de lo que se puede lograr desde la ilusión y las ganas de presentar una propuesta novedosa. Literatura y arte se amalgaman desde este espacio, en el que una ventana simboliza aquello a donde asomarnos, aquello que nos permite descubrir de que material están hechos los sueños.

Bob


La esponja amarilla con piernas y corbata que mantiene pegados a nuestros hijos al televisor parece que se va a convertir en la penúltima víctima de la crisis económica. Los ERES van a llegar al mundo submarino y surreal de Fondo de Bikini, hasta donde Mariano Rajoy se sumergirá cual Neptuno tronante para poner de patitas en la calle a las estrellas infantiles de Clan TVE. Con las guarderías incrementando sus tasas y limitando a galletas la dieta de media mañana de sus inocentes clientes, la pretendida marcha de Bob Esponja y cía. puede suponer un lastre inasumible para las familias. Cierto es que podríamos sustituir las constantes broncas entre Bob Esponja y Patricio por los ‘cambios de impresiones’ entre Montoro y De Guindos, aunque eso sí, servidor no dejaría nunca solas a sus hijas ante la pareja económica (que no cómica) gubernamental, a fin de preservar su integridad mental, tampoco asegurada con los alocados ‘cartoons’. A éstos todo se le perdona, mientras que a los otros no. De consumarse el ‘dibujicidio’ no sería extraño ver a Bob Esponja el 29-M entre Toxo y Méndez al frente de la manifestación contra la Reforma Laboral, en lo que sería el mayor logro de los sindicalistas en las últimas décadas en favor de los trabajadores, aunque de no poder contar con él siempre podrán tirar del holograma de Jordi Hurtado. A él también lo van a desconectar.

Publicado en Diario de Pontevedra 03/03/2012
Montaje Vicente Caamaño