lunes, 30 de enero de 2012

Navegando sobre el verso de la vida

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) escribe y publica el que dice será su último libro: ‘Entreguerras’. Un emocionante e intenso recorrido por toda una vida entendida desde el universo de la poesía. Su obra, quizás la más importante de un poeta vivo en España, espera el Premio Cervantes mientras el poeta espera vivir. Y es que el tiempo es el contrato con la vida y el que permite a este poeta escrutar, desde un lenguaje riquísimo, su tránsito por un país complejo, con una historia traumática, así como las relaciones con sus coetáneos. 

La poesía es tiempo, y al tiempo se aboca como un granero de experiencias, balizas que ir superando en la travesía que toda existencia comporta. José Manuel Caballero Bonald avista en su travesía el puerto final, inevitable punto de atraque al que, de manera irreversible todos acabaremos arribando. Llega la hora de mirar hacia atrás de intrincarse en la historia personal, de buscar y rebuscar en uno mismo. ¡Esa sí que es una compleja travesía! El poeta ya había recorrido ese tránsito anterior con un volumen de memorias, radiografía de una vida, pero también de una sociedad y una España entretinieblas, de título, y al igual que ésta, publicada por Seix Barral en 2010, ‘La novela de la memoria’ (en ella se recogen los dos volúmenes publicados de sus memorias: ‘‘Tiempo de guerras perdidas’ (1995) y ‘La costumbre de vivir’ (2001). La prosa deja ahora espacio a la poesía, al verso largo a la manera de los clásicos para narrar una epopeya, la surgida de la vida propia.

Compromiso |Y es que José Manuel Caballero Bonald sigue teniendo algo que decir, y decirlo en forma de poesía, como es compromiso del poeta con la vida (el autor ha hecho varias incursiones en la prosa). De ese compromiso es desde donde parte todo, de esa componente que fluidifica todo un recorrido plagado de desencuentros pero también de alegrías, de amistades y también de pérdidas, de libros, tanto los propios como los ajenos, de viajes, descubrimientos y oscuridades de una época.... y es que todos estos argumentos son las pequeñas, o no tan pequeñas guerras que origina la vida, de ahí el título del ‘verso biográfico’, ‘Entreguerras’, el espacio para la reflexión para medir y proponer, para crear esta salmodia existencial que no hace más que volver a refrendar a José Manuel Caballero Bonald -con permiso de Luis Garcia Montero- como el mejor poeta vivo en España y al que el Premio Cervantes le hace acomodarse en una sala de espera cada vez más desabrida.

El tiempo invisible |Con 85 años todavía es tiempo de aventuras, de intentar modificar la expresión,  de explorar el carácter formal de un verso largo, larguísimo, ausente de puntuación y donde las palabras se descuelgan unas entre las otras, entrelazadas por una secuencia vivencial pero también por un manejo del lenguaje abrumador, un léxico sin fisuras que atrapa a quien busca en el lenguaje placer, pero también a quien necesita de este tipo de narraciones para descubrir todo un escenario por donde discurre la vida de este país. Una memoria que resuena desde los ecos que la poesía ofrece, género que permite que de entre ese blanco del interlineado afloren otros elementos, ese tiempo invisible que se agacha entre lo versado por el poeta. Y es que de nuevo surge el tiempo, como la gran mecedora de la vida.
‘Somos el tiempo que nos queda’ es el título de uno de los poemas de José Manuel Caballero Bonald publicado en los años cincuenta. Allí quedaba mucho. Aquí lo que queda ya sólo es el recuerdo de lo pasado y a él recurre el poeta con un tono de despedida, una manera de acercarse a la naturaleza de las cosas, como hacían los clásicos, del mismo modo en que miraban el universo los filósofos helenos. Y es que ese tiempo ha forjado toda una vida, una personalidad imprescindible en nuestro panorama literario y humano, que va afluyendo a lo largo de la narración por diferentes espacios. Meandros de una vida que van irrigando el existir, gota a gota, empapando la vida para que en ella florezca lo bello, también las malas hierbas y todo ello es lo que vertebra este poema ‘Entreguerras’, donde finalmente lo mejor no es haber vivido sino seguir viviendo, que es lo mismo que decir seguir escribiendo. José Manuel Caballero Bonald dice en la promoción de este libro que ya no le queda tiempo para pensar en otro libro, seguirá escribirendo, pero no para la edición de una nueva obra. Una vez más solo el tiempo será el que nos ofrezca la respuesta, aunque también lo haga a través de miles de versos.


Publicado en Diario de Pontevedra 29/01/2012

¡País, coño!

Es jueves y una fina lluvia cae para empaparlo todo, refrescando un ambiente excesivamente viciado. Muchas jornadas sin lluvia son propicias para generar una atmósfera densa y llena de contaminación. Una polución alentada por las risas de Camps tras conocer su sentencia absolutoria, aunque ya fuera condenado moralmente por lo escuchado durante las jornadas de un juicio que solo parece haber servido para iniciarle en el hábito de la lectura; por la pornográfica imagen del juez Garzón ante el sanedrín de la judicatura y sus navajas bajo toga; por el abogado del avaricioso Duque alegando como eximente el pago de impuestos; por los miles de ahorradores que asisten impotentes e indefensos a cómo su dinero permanece secuestrado por los bancos; mientras, las numerosas misas laudatorias en honor de Manuel Fraga nos retrotraen a su propio pasado de sacristías y palios, y en Ourense, en el virreinato de Baltar, para sonrojo del propio Feijóo, se prepara la sucesión por el heredero del cacique ‘acarrexador’. Todo de lo más normal. Y es que hay semanas y semanas, y esa lluvia, débil y tímida, dura pocas horas, incapaz de arrastrar toda esa porquería por las alcantarillas de un Estado que cada vez se tambalea más y más. Muchos ciudadanos aprietan sus dientes ante el berlanguiano escenario, donde un pisotón es el remate al desaguisado. ¡País, coño!


Publicado en Diario de Pontevedra 28/01/2012
Con respeto y admiración al gran Forges

jueves, 26 de enero de 2012

Vida y más vida


Posee Alexander Payne una rara capacidad en los directores de hoy, al tener la destreza suficiente para trasladar a la pantalla el pulso de la vida. Llevar a la imagen esa cotidianeidad en que se mueve nuestra existencia con una pasmosa facilidad, sin excentricidades, sin artificios, simplemente filmando la vida alejándose de vanas y vacuas pretensiones (véase ‘El arbol de la vida’ de Terrence Malick).
Hablamos de una suerte de humanismo que ya creíamos olvidado y que siempre se ha ligado al cine europeo todavía (y afortunadamente caminando) tras los pasos de los maestros Jean Renoir y Roberto Rossellini, pero que en Hollywood se daba por perdido. Alexander Payne había exhibido ya esa habilidad en títulos tan aplaudidos como ‘A propósito de Schmidt’ y ‘Entre copas’. Pero es con ‘Los descendientes’, con la que el director incrementa ese fluir, en ese feliz discurrir de historias y personajes con una naturalidad que permite al espectador adentrarse en un retazo de vida.
La acción se desarrolla en Hawai, pero sería lo mismo que sucediese en una ciudad gallega o de cualquier otro punto del planeta, y en su interior, un perplejo George Clooney participa, de mano de su moribunda mujer,de un viaje hacia su interior a través de su propia familia. Entre sus dos hijas, a las que nunca prestó la atención suficiente, y la familia, a partir de la venta de unas tierras heredadas, el protagonista asiste a una parte de su vida que desconocía y desde esa violenta y angustiosa situación -que supone la desaparición de la persona que amas, pese a alguna desagradable sorpresa-  es desde la que se crean escenas que demuestran el oficio del director, magníficamente secundado por los actores que participan en la cinta. No solo el propio George Clooney, extraordinario, y dando buena cuenta de su calidad como actor y de la inteligencia de su hacer, -demostrado también a través de la dirección de películas-, sino también con un grupo de actores jóvenes que le dan la réplica al veterano actor de manera firme.
Drama y humor van jugando, como en la misma vida, su partida. Ambos siempre contenidos, surgiendo en el momento preciso, ora para que avance la historia, ora para relajar lo anteriormente expuesto, pero sabiendo del papel que  ambos desempeñan en la narración. Así sucede en una serie de escenas precisas y equilibradas, donde todo parte de un personaje al servicio de la historia: el colérico monólogo de Clooney ante su esposa, el acercamiento del padre a sus hijas o el hermosísimo plano final donde se simboliza la nueva vida y los recuperados lazos que provoca la catarsis sufrida por esa familia.
Con dos Globos de Oro, el de mejor drama y el de mejor actor, y desde hace un par de días con las cinco nominaciones más importantes a los Oscar: director, película, guión adaptado, montaje o actor, que a nadie le extrañe que en la gala de entrega de dichos premios este ‘pequeño’ drama se imponga a las películas que se han llevado muchas más nominaciones, al fin y al cabo el cine es vida, y si de algo habla precisamente esta película es de la vida. Casi nada.


Publicado en Diario de Pontevedra 26/01/2012

martes, 24 de enero de 2012

A necesaria volta á natureza

O artista portugués Mario Rocha (Viana do Castelo, 1954) amosa a través desta máis que recomendable exposición a capacidade do creador para atopar unha percepción diferente ao que acontece no noso contorno. Non quero dicir con isto que a aposta de Mario Rocha por voltar a mirada cara a natureza sexa un camiño pioneiro na arte, pero si que o seu valor sitúase en facelo hoxe, coa que está a caer.  Estes ‘Aires da serra...’ que ata o 12 de febreiro respiramos no Pazo da Cultura de Pontevedra son unha sorte de expiación de nós mesmos.


Un home chantado fronte á montaña. Bule na súa cabeza un pensamento cheo de dúbidas, de medos, pero tamén de esperanzas. É a volta do home a carón da súa nai, desa que nunca lle vai fallar. Non son bos tempos para o ser humano, acosado por unha modernidade chea de banalidades que no último que pensa é no propio home, poñendo por riba del unha morea de cuestións inútiles. Entramos nunha crise global, e aínda peor que esa crise económica atopámonos cunha crise moral, esa si que é perigosa.
Todas estas cuestións son as que atopamos nas obras de Mário Rocha nas que, se algo é evidente, é o seu compromiso explícito co home, ao cal parece animar para xuntarse con quen nunca o vai defraudar, con esa natureza á que nos enfrontramos de xeito permanente, moitas das veces estragándoa para satisfacer o noso egoísmo. ‘O pastor’, ‘Jabalí’, ‘Aires da serra’ ‘Mulher e criança’ ou ‘Vidas negras’ son excelentes obras que transmiten esa percepción do contorno do home coa súa nai eterna. Do mesmo xeito, as súas dezaoito pequenas pezas que forman a serie ‘Estudo’ son unha especie de itinerario por eses lugares que busca reflectir o autor no formato máis amplo. Ensaios que rematan como unha obra en si mesma, coa mesma calidade que as de maior tamaño e onde o artista amosa unha delicadeza artística aínda maior que na outra dimensión.
E é que se por algo se caracteriza de xeito formal o noso protagonista é por acadar coa súa pintura unha sutilidade coa pincelada que transmite ao espectador unha superficie case onírica, un mundo inventado onde as formas se dilúen nun ámbito cada vez máis abstracto, aínda que sen perder nunca a relación coa realidade. Deste xeito a súa obra amósase como un fértil cruce do que se fai e de como se fai, para desembocar así nese achegamento coa natureza que é o fío condutor da mostra chegada a Pontevedra por mediación da Fundación do Camiño Portugués a Santiago de Compostela, que aposta deste xeito pola contribución artística como unha achega máis da súa profunda aportación a nosa cultura e que leva amosando durante o último mes, tamén no Pazo da Cultura, coa segunda cita da exposición ‘Camiños’, neste caso adicada ao universo feminino.
Esa implicación con Portugal é a que levou ao comisario da mostra, Tino Lores, a achegarnos a Mário Rocha, sabedor das súas posibilidades, xa amosadas, aínda que de xeito breve, na exposición colectiva celebrada no 2010 no propio Pazo da Cultura chamada 'Camiños'. Temos, polo tanto, a oportunidade de ampliar aquel coñecemento breve, aquel contacto que agora se establece como unha forte relación coa pintura deste home e da súa terra, desas serras que o rodean e nas que se atopa a única verdade que nunca nos vai defraudar, na que sempre nos imos a sentir  reconfortados. Un berce no que recuperar as nosas vidas agora secuestradas por uns tempos que non son os mellores, pero que son os nosos. Que a arte nos sirva de alivio.



Publicado en Diario de Pontevedra 22/01/2012
Fotografía: Javier Cervera-Mercadillo


lunes, 23 de enero de 2012

O 'espírito Sawyer' de Luís Rei

‘Cita en Fisterra’ é a última aventura literaria de Luís Rei. E é precisamente ese espírito de aventura o que trascende dun libro que se  asemella a unha guía de viaxe ao amosarse como un espazo cheo de historia e memoria, xa mítico na nosa identidade, como é a Costa da Morte. Ao longo dela o escritor plantexa un discurso vivencial e xornalístico, no cal se van dando encontros e descricións, pero tamén denuncias de moitos dos males que acosan a este lugar irrepetible. Asomado a este balcón atlántico Luís Rei non só mira a Galicia, senón tamén a si mesmo.

Apañamos a mochila e a carón de Luís Rei (A Coruña, 1958) percorremos a Costa da Morte, espazo mítico da nosa identidade galega ao que o escritor rende homenaxe como devolución do moito que este lle ten dado. Amosa na súa escrita unha permanente admiración polas paisaxes, polas súas xentes, as lendas ou as historias que van xurdindo ao longo deste percorrido por diferentes vilas onde o mar bate sempre con forza, establecendo unha sorte de connotación común a todos eles e creando unha atmósfera á que o libro non é alleo.
Luís Rei coñece ben este territorio; alí comparte o seu tempo con Pontevedra. En ambos lugares xorde a súa escrita, sempre curiosa por rastrexar novos territorios. Algo que ven facendo nos seus últimos traballos ‘O señor Lugrís e a negra sombra’ e ‘Monte Louro’, o seu ‘oitomil’ literario, como o define en ‘Cita en Fisterra’ e que, como unha alongada sombra tamén aparece ao longo deste último libro. E é que ese monte emerxe como un altar panteísta non só na obra literaria, senón tamén no eido vital do escritor. Del parece querer afastarse durante un tempo, abafado por unha empresa de tal calibre. A necesidade de aire fresco, de gozar do feito literario, parece ser a desculpa e a orixe deste itinerario polo que nos leva Luís Rei. Unha literatura de viaxe, se a queremos definir así, pero que non deixa de ser un pretexto para que o autor siga fundindo a súa mirada no ser humano e na súa relación coa sociedade.
Os diferentes personaxes cos que se vai atopando ao longo deste itinerario non son máis que os protagonistas da novela da vida, esa mesma que se escribe cada día e que se fixa na nosa pel, en cada unha das nosas engurras. Tabernas, restaurantes, museos, casas de cultura, faros... todos estes recunchos aos que accede o escritor serven para facer literatura, pero ao mesmo tempo para algo que interesa moito a un escritor tamén metido no mundo do xornalismo, como é radiografar unha terra que en non poucos casos metaforiza ao resto desta Galicia que nos toca vivir. Non elude o escritor a crítica a certa caste política que xogou con este paraíso aló polo ano 2002, cando aquel demo con forma de buque manchou toda a costa, así como as almas de moitos, algún ferido de morte, como o inesquecible Man de Camelle, pero o que aínda é peor, segue xogando hoxe en día esquecendo o comprometido, ralentizando proxectos e plantexando a creación de infraestruturas en espazos naturais protexidos. Con outra das denuncias máis habituais do autor, a presenza constante dese feísmo que foi esnaquizando un ámbito privilexiado e onde as cousas ‘horrendas’ destacan aínda máis que noutros lugares, fai deste libro unha especie de manifesto sobre a defensa do noso territorio.

Sete xornadas |A través desas sete xornadas imos participando desta aventura que o autor quere emparentar coa literatura de viaxe, xénero non moi recoñecido pero que emerxe con forza cando se fai bo uso dela. Luís Rei fálanos no texto de Mark Twain ou de Stevenson rescatando ese ‘espírito Sawyer’ que serve de título a este comentario. E de certo que hai moito diso, a mirada do mozo, do home que volve ao seu pasado, a da historia ou dunha memoria sempre moi presente en toda a súa obra, como xeito de reconciliación co home. E é que de memoria se van artellando tamén os relatos dos diferentes protagonistas do libro, aquelas xentes que falan do paso do tempo, da súa relación coa terra ou mellor dito, co mar: o mundo da pesca, da cultura tamén, a relación coa paisaxe... todos os ingredientes que constrúen o que somos hoxe, co bo e co malo.
É moi saudable facer este camiño co autor, acompañalo de xeito silencioso mentres percorre espazos marabillosos, paraísos naturais que sempre se amosan ameazados, como non, polo home. Pero Luís Rei aférrase con forza ao territorio, sabe que nel se atopa a salvación de todos nós, caracterizados pola morte das nosas vidas fronte á eternidade destes penedos, destes cantís, destas correntes de auga, destes ventos que zoan para ser o axóuxere dunha existencia que a carón de todos estes ingredientes se converte en especial.
Todo isto sábeo o escritor, que cando pode busca neste terreo o alento necesario para impulsar as súas palabras, dende esa galería reformada por outro home de Pontevedra, o arquitecto César Portela (que ten deixado xa moitas pegadas neste territorio do ‘finis terrae’), que lle serve de miradoiro. Alí, xunto cos sons das Variacións Goldberg creáse unha especie de aura para mirar ao mundo con outros ollos, afastados das inquedanzas da nosa actual realidade. Créase, deste xeito, un deses lugares nos que os escritores teñen a capacidade de mirar ao noso arredor de xeito diferente a como o facemos o resto dos mortais. ‘Cita en Fisterra’ é, polo tanto, un diario para coñecer o que non está tan lonxe de nós, e precisamente por iso pode parecer do máis descoñecido e sobre todo do máis engaiolante.



Publicado en Diario de Pontevedra 22/01/2012

8,90


Era inevitable que despois da morte de Manuel Fraga os artigos de opinión sobre a súa figura enchesen as páxinas da prensa. Unha vida como a do ex presidente de case todo é un fértil abono para encher o columnario patrio. Nel poucos falan da súa faciana deportiva, á parte da anécdota dos perdigonazos no cu da filla de Franco, as súas xornadas de pesca ou a afección polo dominó. Pero todas elas palidecen comparadas co deporte preferido do de Vilalba: o descubrimento de placa. Se algo seguro vai quedar en Galicia despois da era Fraga van ser os centos de placas espalladas ao longo da nosa xeografía co seu nome: polígonos industriais, portos deportivos, casas de cultura, garderías, residencias da terceira idade, pavillóns deportivos... e así poderíamos seguir ata o infinito. Alí onde se puidesen fixar uns parafusos, ou botar unha palada de masa, don Manuel fincaba unha placa que descubría con estilo propio. O certo é que máis de corenta anos de competición no foron en balde, e abofé que Manuel Fraga ostenta para Galicia o récord mundial desa disciplina nas súas dúas variantes: en lonxitude temporal e na modalidade de contrarreloxo (non hai máis que recordar as esgotadoras xornadas adicadas ao corremento da bandeira). Unhas marcas só comparables a aquela de salto acadada por Bob Beamon nos Xogos Olímpicos de México. Agora nós tamén temos os nosos 8,90.

miércoles, 18 de enero de 2012

Universo Wall

Hasta el 26 de febrero todos los espacios del CGAC en Santiago de Compostela se llenan con la obra de Jeff Wall, pero no solo con su trabajo, sino con todo ese magma que alrededor de un artista va burbujeando para transmitirle la temperatura suficiente para entrar en ebullición. De esta manera asistimos a toda una radiografía de gran parte del arte del siglo XX, a través de esas concomitancias con el artista canadiense recorremos la obra de alguno de los más importantes artistas del pasado siglo. Una cita obligada para los amantes del arte. 



Recorrer las dependencias que el CGAC dedica al fotógrafo Jeff Wall supone un doble motivo de satisfacción, por un lado el de recuperar para ese centro, o lo que es lo mismo, para todos nosotros, el sabor de una gran exposición. No han sido ni son tiempos fáciles los que se viven entre las paredes del Centro Galego de Arte Contemporánea, recortes presupuestarios o la llegada de una nueva dirección han compuesto una estampa que se alejaba de lo que habíamos visto años (bastantes) atrás. Pero esta exposición y la que ya se nos anuncia de otro gran artista, el gallego Fernando Casás, parecen abrir la puerta a la esperanza a través del programa expositivo que la trayectoria de dicho centro merece. El segundo motivo de satisfacción deriva de la propia muestra, de la aproximación que en base a un discurso perfectamente articulado entra a diseccionar la obra fotográfica de uno de esos monstruos del género. Hablar de Jeff Wall es hablar de gran parte de la fotografía del siglo XX, y no solo del hecho fotográfico en sí, sino de la nueva consideración que de esta disciplina y su vinculación al entramado social y artístico, el artista canadiense ha sabido establecer entre su obra, su vida y sus pasiones artísticas.
No cabe duda que sus fotografías con un foco de luz que las ilumina son un atractivo reclamo para el espectador, pero con todo, la mayor impresión procede de aquellas otras imágenes donde el tiempo inmoviliza la vida de sus ocupantes, un suspiro que, tras conocer la forma de trabajar del fotógrafo produce la mayor de las admiraciones ‘In front of a night club’, u ‘Overpass’, traducen a imágenes su forma de atrapar la realidad, generando una escenografía medida hasta el último detalle y donde se destierra la casualidad para generar «la autoría en la ficción absoluta de la puesta en escena», según Ian Wallace, pero esa capacidad de condensación de limitar los gestos hasta lo insospechado, sorprende también cuando la contención se lleva a la pequeña escena ‘Spring Snow’, propicia esa sensación que juega también con lo pictórico, lo matérico de una vida contenida y llena de sutiles detalles. Toda esta acumulación de percepciones arremete de manera intensa contra el visitante que recorre esa abrumadora primera planta del CGAC, pero antes de llegar a ella debemos entender muchas cuestiones. Elementos que se van descubriendo en los diferentes espacios del centro artístico.
Un descubrimiento que va desde la iniciática fotografía de finales del siglo XIX a las performances de Bruce Nauman o desde la fotografía de Walker Evans, Helen Levitt o August Sander hasta el cine de Buñuel, Truffaut, Pasolini, Kubrick o Malick. Epígonos que tienen su momento en el recorrido de la exposición y que nos satisface tanto o más que la propia obra del autor protagonista. Emblemas de la cultura que han ido jalonando la vida de Jeff Wall y que ahora se materializan desde la génesis de su propia obra. Brillante este planteamiento ya que permite la contextualización y la interrelación de los diferentes componentes que se abocan en su trabajo fotográfico. De esta manera recorremos el siglo XX y desembocamos en este inicio de siglo complejo y en muchas ocasiones distante con el ser humano.
Estas ‘ilustraciones de historias’, como el propio Jeff Wall define a la fotografía, se van acolmatando en las veredas de ese Sendero sinuoso (‘The Crooked path’), expresión que sirve de acertado título a la muestra, como metáfora de una creación que lejos de la línea recta, de conducirse por caminos establecidos, busca su propio itinerario casi siempre desde el lado salvaje, alejado de una humanidad cada vez más deshumanizada. Lo recorremos de buen grado, con la satisfacción de acercarnos a un gran personaje, pero también, con la alegría de ver que otras sendas parecen querer volver por el buen camino.

Publicado en Diario de Pontevedra 15/01/2011
Fotografía: CGAC

Perdidos en lo artístico

La función del arte como una gran obra abierta de la que podemos formar parte es el pretexto que está detrás del trabajo de Amaya González Reyes. Pretexto porque tras él descubrimos la capacidad de la artista para afianzar su compromiso estético

‘No hay teatro sin espectador’ afirmó Jacques Rancière en una ocasión y en torno a esa cuestión es sobre la que reflexiona Amaya González Reyes (Sanxenxo, 1979) dentro del proyecto expositivo ‘Entrar en la obra’ que desde hace un tiempo viene llevando a cabo el MARCO de Vigo en las salas de su primera planta. ‘Entrar en la obra. Perder (se) en ella’ es la propuesta de la artista en esta ocasión, donde la teatralidad de la puesta en escena lleva a Amaya a proponer doce obras. Doce estaciones en las que involucrarse y de las que formar parte activa. Tanto las instalaciones, esculturas, vídeo o fotografía inciden en esa sensación que genera el arte como forma de atrapar a esa otra mitad que se refleja en su propio espejo: el público. Somos, por lo tanto, los testigos de esa conducta creativa. Testigos y actores, ya que una vez dentro de ella asumimos la segunda parte del interesado y premeditado componente del título de la muestra. Ese ‘perder (se)’ en la obra, no es solo el que nos perdamos entre lo artístico, sino que reconozcamos ese sentimiento de ausencia que trasciende de cada una de las piezas. Se pierde el tiempo, que se nos escapa entre las manos como si fuese fina arena, pero también se pierde aquello que no tenemos, lo que nos hace dudar, condicionando nuestras vidas como una gran red, similar a esa que cuelga en la sala. Pero también es el engaño, aquello que nos ha seducido y finalmente aparece ante nosotros hecho añicos como esa lámpara estrellada contra el suelo. Fragmentos de lo que nos cautivó y ahora hasta nos puede llegar a herir.
Y todo ello no es más que el fruto de un enfrentamiento, de una dialéctica conceptual que emana de la lucha de contrarios: pasividad/acción, posesión/pérdida, satisfacción/desencanto... y cómo ejerce de árbitro ese juez insobornable, ese tic-tac ansioso e incansable que es el tiempo. Todos somos tiempo y el tiempo es el que define esta aproximación entre la obra de arte y el sujeto. Entre el yo creador y el visitante, entre el yo y el tú. Una barrera tan débil como lo puede ser esa media con que la propia Amaya González cubre su rostro para ocultarse sin dejar de observarnos. Para fijar su mirada en nosotros, que es lo que siempre debe hacer un artista, no bajar nunca la mirada de aquellos que le rodean. Así es como Amaya González Reyes juega con nosotros, nos tantea para observar nuestra reacción, planteando un diálogo del que a lo mejor no somos muy conscientes, pero sin el que su obra no culminaría esa búsqueda que es la que le da sentido a ella y a todo un abismo de experimentación.

Publicado en Diario de Pontevedra 15/01/2012
Fotografía: MARCO

martes, 17 de enero de 2012

En la tierra



Pocos deseos presenta en vida el gallego más firmes que el de pasar la eternidad hundido en la tierra materna. En Finisterre lleva años César Portela intentando que los paisanos descansen en sus cubos de hormigón colgados del infinito Atlántico y lo único que logra el bueno del arquitecto es ver con desesperación como todos optan por el pudridero natural, mientras musgos y líquenes tunean su obra. Mañana se cumplen diez años desde que un gallego ilustre, descarado y polémico, pero que escribía como Dios, Camilo José Cela, hiciera de su deseo realidad bajo un olivo en Iria Flavia. Desde hoy un hombre concomitante en muchas cuestiones con el escritor, Manuel Fraga, colocará la losa a su historia y parte de la de España y Galicia con su sepultura en Perbes. Ambos son patas de elefante de esta Galicia que vomita a sus personajes con vehemencia hacia el exterior, sabedora de que retornarán a ella tarde o temprano, ofreciéndose siempre deseosa de acoger a sus hijos.
En los momentos luctuosos, de frases hechas y de opiniones huidizas para analizar a los difuntos, una de las sentencias más socorridas es aquella en la que será la historia el juez del finado. Hijo y viuda del premio Nobel braman estos días ante el olvido del ámbito literario en torno a la figura de Camilo José Cela, desconocedores de que el luto sobre los genios dura décadas, que se lo pregunten a los descendientes de Torrente Ballester que andan todavía sacudiéndose el negro de sus ropajes. Decía Umbral que “En este país se empieza a ser una joven promesa a los 85, y mientras tanto hay que tener paciencia”, ¡Pues si esto ocurre con los vivos que sucederá con los muertos! No cabe duda de que la eternidad será generosa con el escritor padronés, firmar ‘La familia de Pascual Duarte’, ‘La colmena’ o ‘Mazurca para dos muertos’ es el mejor contrato para ser póstumamente reconocido. Manuel Fraga, por su parte, firmaba a su manera, de forma estentórea, en fiel metáfora de su personalidad, y lo cierto es que por firmar firmó de todo y en tropel, desde leyes franquistas hasta adjudicaciones de autovías en la Galicia de la Europa boyante de los fondos comunitarios; desde cargas policiales, con muertos incluidos, hasta la mismísima Constitución; desde eslóganes turísticos pasando por la nominación de los líderes del partido de la derecha democrática, hasta los nombramientos y ceses de los numerosos conselleiros por él incubados, siendo especialmente lamentable y hasta mezquino, el cese de quien fue su más claro sucesor, Xosé Cuiña, quizás el único momento de debilidad mostrado por el difunto agachando la testuz y siguiendo las órdenes de Madrid tras el petroleado de nuestras costas por aquel Prestige que agitó Galicia. “Cuando despertó el dinosaurio seguía allí”, como en el cuento de Monterroso. Pero ya nada volvió a ser igual, la salud y una Galicia despierta propiciaron el cambio político en la Comunidad. Don Manuel materializó su última reinvención personal, entrando en el Senado, agotado por su propia figura con la piel gruesa y llena de polvo tras sesenta años de estar en primera línea.
José María Aznar tras salir de la capilla ardiente, reclamó escribir con mayúsculas el nombre de Manuel Fraga en nuestra historia, olvida el expresidente que las mayúsculas son muy grandes y en sus huecos se ocultan fragmentos de la historia que emborronan al ahora alabado por casi todos. Son las firmas que la historia pone en la vida de cada uno y que por mucha capacidad camaleónica que se demuestre se arrastran tras uno como la baba de un caracol.
Hace diez años en Iria Flavia se abrieron las puertas de la tierra gallega para acoger al Nobel gallego de Literatura, entre quienes portaron sobre sus hombros el féretro se encontraba el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, el destino quiere ahora que Manuel Fraga se haya muerto con uno de sus retoños, aunque quizás también uno de los menos maleables, ocupando la presidencia del Gobierno. Veremos si también Mariano Rajoy levanta a hombros al ideólogo del Partido Popular, capaz de participar tanto de un Régimen dictatorial como de forjar el futuro de una nación democrática. Y es que quizás la política sea precisamente eso, adaptarse a las circunstancias, sobrevivir en hábitats diferentes como afirmaba otro ‘cráneo privilegiado’ de la derecha gallega, Pío Cabanillas: “hemos ganado, pero aún no sé quienes”. Pío y Manuel, Manuel y Pío, una relación de la que se ha nutrido la descendencia del Partido Popular, ambos gallegos, irónicos, sarcásticos y de fuerte carácter, protagonistas de una de las mejores anécdotas del ecosistema político patrio, reflejo de un tiempo y de sus protagonistas, recreada por Arturo Ruibal en el libro editado por este Diario,  ‘Pontevedreses’, de manera mucho más brillante que la de este columnista, cuando uno como Ministro y el otro como subsecretario de Información y Turismo deciden darse un baño improvisado en la primavera mediterránea. Sin bañadores y tras entrar en el agua de una desértica playa observan como de un autocar se apea un grupo de escolares con unas monjas al frente. Salen a la carrera para guarecerse, mientras Fraga se tapa sus partes, es entonces cuando Pío Cabanillas le grita: ¡Los huevos no Manolo: la cara, que te conocen!

Publicado en Diario de Pontevedra 17/01/2012
Foto: Entierro de Camilo J. Cela el 18/01/2002 (AGN)

Desubicados

Hunde Cayetano de Alba sus Lottusse en los terrones andaluces, que viene a ser lo mismo que colocar a Mariano Rajoy ante un micrófono. Relaciones inconexas en la realidad de un mundo cada vez más irreal. El noble lo hizo como desagravio y rehabilitación del ilustre apellido ante las sandeces que en la intimidad de un sofá le comentó al follonero, el mejor confesor televisivo posible, y lo hizo como quien se toma un vermú con aceitunas mientras le escupe el hueso a quienes varearon los olivos de su propio patio trasero. El político, por su parte, ocupó el asiento de Moncloa prestado durante 25 minutos a la agencia EFE en un mensaje dirigido a la nación, un mensaje único e indivisible en el que los medios tuvieron que olvidar la incisión en el discurso para presentarlo de manera fría y aséptica. Quizás sea lo mejor en estos tiempos de medidas sanitarias en las que el bisturí del cirujano se debe mover con calculada precisión, extirpando tumores en videoconferencia con el Bundestag de la doctora Merkel. El presidente dio la cara y la tiene igual que hace veinte días durante su investidura, para gran desánimo de los que pensaban que habría algún cambio en su fisonomía tras haber mudado su programa electoral sin anestesia previa. En el ‘inicio del inicio’ de la era Rajoy son muchos los desubicados, perdidos en una realidad que no es la suya, pero sí la de todos.


Publicado en Diario de Pontevedra 13/01/2012

viernes, 13 de enero de 2012

Un suceso: el desnudo de Fiorella

El suceso ayer, en la ciudad, se produjo a la noche cuando en la pequeña pantalla se proyectaban las imágenes de la película ‘Asignatura pendiente’, con Fiorella Faltoiano y José Sacristán, y apareció Fiorella con toda su preciosa anatomía a la luz de los focos, al aire el pecho y el muslo bello, y el Sacristán repicando, con jabón, en las ‘domingas’ de la dama, ejercicio escrito postrero en su examen de la asignatura que todos los humanos, mientras el cuerpo aguanta, tienen siempre pendiente de aprobar. En lenguaje muy puritano se le llama ‘experiencias prematrimoniales’; en palabras más técnicas, ‘desbocar los impulsos biológicos’; en idioma metafísico, ‘crimen angélico’; y en dialecto pasota, ‘Feliciano para que te vayas con los soldados’. Al margen de las calidades artísticas del film, su ‘mensaje’ y moraleja, ha de anotarse la reacción que las imágenes eróticas han provocado, como un torrente flamígero, en sectores diversificados de nuestra provinciana y local sociedad. Las primeras y más espontáneas censuras han sido para Televisión Española (de un tiempo a esta parte, este medio estatal de comunicación, está padeciendo lo que los árbitros de fútbol, y nunca contenta a tirios y ‘faltoyanos’, aunque su preocupación por culturizar destile la mejor de las intenciones), que ha metido, de sopetón, en los hogares unas escenas consideradas, en el más modesto y suave de esos criterios, como procaces. Hubo alguien a quien la desnudez de Fiorella sorprendió con la cuchara de la sopa en los labios y del susto a poco se atraganta, al tiempo que el corazón le rebotaba en el pecho con tal fuerza, que sus arterias amenazaron romperse en mil pedazos; hubo jóvenes un poco distraídos cuya imparable energía vital casi les hace saltar los ojos de las órbitas (más tarde, el volcán arrojó su lava y la paz se hizo en su universo de cromosomas). Y claro, hubo patriarcados y matriarcados en que tales imágenes son inadmisibles, impropias, ofensivas, disgregadoras, corruptas; que la TVE debe formar e informar, no degradar, ni ser vehículo de inmoralidades (…).

Peter Pan

Este periódico nunca dejará de sorprenderme. Hace 30 años Diario de Pontevedra publicaba este artículo

jueves, 12 de enero de 2012

83.253

Esa cifra representa cada unhas das razóns polas que merece a pena vivir en Pontevedra. O dato do último censo amosa como esta cidade racha a tendencia que sofren todas as vilas de Galicia á baixa en canto a súa poboación. Pontevedra medra, e o fai de xeito paseniño na confianza nas súas posibilidades para ser o lugar máis axeitado para desenvolver a nosa existencia nun marco apacible e fermoso.
A nosa singularidade como cidade feia á medida do home, e na que éste cada vez máis é o centro da súa vida diaria, por riba de ensoñacións ou de proxectos desaxustados á nosa realidade, fálanos de Pontevedra como un espazo para o goce e a reafirmación da persoa, que ao fin e ao cabo eo que todos queremos que aconteza nas nosas vidas. A cidade sabe do seu papel dentro dun modelo de éxito ben definido ao longo da súa historia, complementario ao doutras vilas do seu contorno.


Publicado en Diario de Pontevedra 12/01/2012

miércoles, 11 de enero de 2012

La segunda oportunidad


Hagamos cuentas: Pontevedra, una capital de provincia con ocho salas de proyección. Ahora nos vamos a fijar en las cuatro películas finalistas a Mejor Película: ‘La piel que habito’, ‘La voz dormida’, ‘No habrá paz para los malvados’ y ‘Blackthorn’, sin querer entrar ya en otras categorías. Pues bien, de estas cuatro, el cincuenta por ciento, en concreto las dos últimas, pasaron de largo de esta capital y sus salas cinematográficas. Un segundo dilema: ¿qué es antes la proyección o la asistencia de público? Difícilmente los datos de audiencia del cine español pueden aumentar si las películas no llegan hasta las salas de cine, es por ello que, como ocurrió el pasado año con la triunfadora ‘Pa negre’ que prácticamente no había sido vista por el público, en esta ocasión solo el trabajo de Almodóvar contó con el beneplácito de una distribución adecuada. La convocatoria de los Goya se convierte así en una segunda oportunidad para conocer las buenas películas que se hacen en nuestra industria. Y es que todos los años nos encontramos a estas alturas con un ramillete de producciones de una extraordinaria calidad, y lo que es muy importante, con una temática o con géneros muy diversos. La guinda tiene lugar en esta edición con un western ejemplar que firma como guionista, y además nominado, el hijo de nuestro inolvidable pontevedrés José Luis Barros Malvar, Miguel Barros. Este perjuicio en la cuota de pantalla con otras películas, en su mayoría americanas y de una ínfima calidad, es el gran azote para este cine español al que tantas veces se tilda de minoritario (siendo este el adjetivo más dulce que se me ocurre ante las zafias barbaridades que surgen de ciertas mentes cavernarias). Mientras no se subsane esta situación el mes de enero será el del descubrimiento de nuestro cine, más importante aún que el nombre de los finalmente premiados.
Todo puede pasar en esa noche de lentejuelas y tiros largos, con un Almodóvar redimido para la causa, un Urbizu espectacular en la concepción de un género que domina como nadie en nuestro país, Benito Zambrano con sus conmovedoras mujeres de posguerra y Mateo Gil regalándonos el crepúsculo de Butch Cassidy.


Publicado en Diario de Pontevedra 11/01/2012

martes, 10 de enero de 2012

El ruido del silencio

Empiezan los periodistas que acunaron el cambio de Gobierno a ponerse nerviosos ante los silencios de Mariano Rajoy. Muchos incluso se preguntan si lo reconocerán cuando se coloque ante un micrófono tras el largo manto de silencio que el presidente del Gobierno se ha impuesto y ha colocado sobre sus ministros. Una pesada losa que, por muchas fuerzas que se muestren en un principio, se está convirtiendo en una carga para todos ellos. Pedro J., Jiménez Losantos o Raúl del Pozo intentan escrutar tras las barbas del presidente el significado de su silencio, pero no aciertan a comprender nada, cayendo en el desconcierto y el desánimo, ¡pronto empiezan! Aquella actitud del líder de la oposición tanteando cada situación, sin opinar abiertamente, siempre entre murmullos, dudas e indefiniciones, ya ha dejado de ser un tic gracioso sobrevenido por ser gallego -que era lo que de verdad le ponía a Umbral- y se convierte en algo intolerable, una vez purpurado tras los muros de Moncloa. Todo empieza y todo acaba en ese silencio en el que se está resumiendo el Gobierno salvador de esta España, la España de la «ruina política y social», así proclamada por la nueva ministra de Trabajo, Fátima Báñez, que si tuvo a bien hablar para algarabía de este país tan necesitado de las flores de la primavera, ofreciéndonos, en cambio, las coronas de un cortejo fúnebre.
En ese silencio póstumo se adentró Isaac Díaz Pardo, la cara amable de una Galicia menos Galicia desde hace unos días. Su figura enjuta era la del hombre de posguerra tantas veces pintado por aquellos Laxeiro, Colmeiro o Torres, pintores a los que bien pudo alcanzar Isaac Díaz Pardo, pero por propia voluntad sacrificó su capacidad pictórica por desarrollar un proyecto que fuera más allá de lo estético y cayese en lo ético. Propició así dentro del silencio de la ‘longa noite de pedra’ una visión moderna de lo artístico y lo empresarial, tan innovador que incluso en nuestro tiempo no fue comprendido por la especulación de los nuevos propietarios de Sargadelos que pusieron a los pies de los caballos al ideólogo de un arte a la altura de Europa, en un lugar donde el silencio impedía escuchar nada más que rumorosos sones de gaita agazapados bajo los aullidos de los gobernadores civiles. Pero lo más admirable de Isaac Díaz Pardo fue su saber estar en cada momento, ante cada persona, fuese ésta del pelaje que fuese, así como por permanecer ajeno a los dictados de pensamiento de según que corriente. Habiendo vivido tanto, su actitud ante la vida viene a definir el triunfo de la persona sobre sus circunstancias. Sabiendo que somos aves de paso, ruidos momentáneos en medio del silencio de la vida. Así fue como se sacudió a los que pensaban que su legado no podía depositarse en la Ciudad de la Cultura y quizás se imaginaban que estaría mejor amontonado en un rincón de su estudio, desprotegido ante cualquier circunstancia, la más cruel el olvido, que en ese mausoleo del fraguismo en el que estos días se oyen los cantos de las sirenas con el Hades abierto de par en par. Sobre el silencio se reflexionará en breve desde ese lugar con una exposición en homenaje a la piedra como seña de identidad de nuestra tierra. Y es que en pocos elementos se representa de manera tan contundente ese silencio, un grito encerrado en un bloque de granito vertebrador de una identidad. Un símbolo eterno como el silencio que a todos nos somete y a algunos condena.


Publicado en Diario de Pontevedra 10/01/2012

martes, 3 de enero de 2012

Medio siglo de película

John Ford, Luis Buñuel, Howard Hawks, François Truffaut o Stanley Kubrick dirigieron algunas de sus obras maestras
El cine de Hollywood, en un lento declive, competía con la creatividad de los nuevos directores de las cinematografías europeas.


Cuando John Ford puso punto y final al rodaje de ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, finalizaba no sólo una película, también lo hacía una manera de entender del cine. Por un lado el ocaso de los grandes estudios de Hollywood, que desde los años cincuenta, con la competencia de la televisión vieron como fueron perdiendo dinamismo y apoyo del público, desintegrándose aquel periodo del cine ya inolvidable. Y por otro, el western, como representación del gran cine y de la historia americana, contemplando éste su canto del cisne, un crepúsculo donde se repasaba toda una historia no siempre tan brillante y épica como el séptimo arte nos había mostrado.
Se iniciaba con John Ford el repaso a una serie de títulos que definieron el año 1962 y que permiten mostrar como el cine americano se encontraba en una profunda encrucijada. Por un lado, con si mismo a través de una sociedad que había cambiado a grandes pasos y que asistía a la llegada del hombre a la luna, como culmen de su progreso científico y económico, pero que asistía perplejo a la marcha de sus jóvenes hacia una guerra en la que como en tantas ocasiones no pintaban nada. El cine, como reflejo de la sociedad en que se ve inmerso, responderá con un cambio de sensibilidad, de nuevas miradas que directores de una nueva generación llevarán a cabo. Serán aquellos que magistralmente retrató Peter Biskind en el imprescindible ‘Moteros tranquilos, toros salvajes’, pero todo ello tendrá su mayor repercusión en la última mitad de una década donde los grandes realizadores del cine clásico: Hawks, Ford, Lean o Millestone, por citar algunos que llevaron a cabo en este año grandes producciones, compaginaban sus estrenos con nuevos nombres como los de Robert Aldrich, John Frankenheimer, Robert Mulligan, Arthur Penn o Stanley Kubrick. Desde Hollywood, por lo tanto, se planteaba este doble camino, aquellos que veían su carrera desde lo ya realizado, y los que asistían al inicio de una trayectoria que a la postre sería tan relevante como la de los que en muchos casos fueron sus maestros.
Y si hablábamos al inicio de John Ford, debemos seguir haciéndolo de la mano de quien fue un digno competidor, no sólo en el universo cinematográfico, sino más concretamente en el género del western: Howard Hawks. Ambos también peleaban por tener a su lado a John Wayne, como arquetipo del héroe americano. En ‘Hatari’, una divertida película donde el humor y las aventuras se verán trufadas con los componentes habituales de su cine, el valor del grupo, la amistad y como no, con sus enérgicas mujeres. Otro de los grandes clásicos fue David Lean, quien sería el gran triunfador en la ceremonia de los Oscar que premiaba los títulos de este año de 1962. En ella ‘Lawrence de Arabia’ se alzaría con siete estatuillas, entre ellas las de mejor película y mejor director. En una ceremonia donde Gregory Peck recogía un merecidísimo Oscar (sus competidores fueron Burt Lancaster, Marcello Mastroiani, Jack Lemmon y el propio Peter O’Toole, casi nada) por su interpretación del inolvidable Atticus Finch en ‘Matar a un ruiseñor’. Película trascendental, no solo por su calidad o por el papel de su actor principal, sino por emplear el cine como denuncia de los males de la sociedad americana, en este caso el racismo que en los años sesenta en los Estados Unidos era uno de los temas más complejos. Su director, Robert Mulligan, fue uno de esos nuevos directores que abrían los ojos a la sociedad en la que estaban inmersos, como también hicieron Frankenheimer con ‘El hombre de Alcatraz’ y el sistema penitenciario o Arthur Penn con ‘El milagro de Ana Sullivan’ y la educación. Por este último trabajo Anne Bancroft, recibió el Oscar a la mejor actriz. Vemos también como junto al recambio de directores, también nuevos actores y actrices comenzaban a emerger. Marlon Brando trabajaba con un director clásico, Lewis Millestone en ‘El motín del Bounty’ o James Mason con Stanley Kubrick en ‘Lolita’. Un cruce intergeneracional que tendría su punto máximo en ¿Qué fue de Baby Jane?, dirigida por Robet Aldrich y con dos estrellas de décadas pasadas: Bette Davis y Joan Crawford, radiografía del paso del tiempo y todo un manifiesto sobre la vanidad en el cine y los egos, que en la década de los sesenta sólo eran ya una caricatura del esplendor pasado.
Al otro lado del océano, nuevos directores también daban el paso adelante y renovaban el trabajo vectorial de nombres como Renoir o Rosellini, tras los cuales fueron los demás. La ‘Nouvelle Vague’en Francia veía como François Truffaut dirigía ‘Jules et Jim’, uno de sus manifiestos, mientras, en Inglaterra, el ‘Free cinema’ aportaba a estas corrientes renovadoras de la mano de Tony Richardson ‘La soledad del corredor de fondo’, y en Italia, la otra gran pata del cine Europeo del momento, Antonioni dirige ‘El eclipse’. Con Alemania descabezada tras la II Guerra Mundial, y España con las plúmbeas directrices de la dictadura cohartando las alas de nuestros directores, salvando Berlanga los muebles. En este año José María Forqué con ‘Atraco a las tres’, destaca en nuestra cinematografía. Mucho más al norte, otra figura excepcional, Ingmar Bergman, finalizaba el rodaje de ‘El silencio’.
Una década tan agitada en todo el mundo no podía tener otro comienzo desde lo cinematográfico, al converger diferentes maneras de ver y entender el cine, pero que a la vista de los títulos, aquí poco más que citados, dan buena cuenta de una cosecha excelente. Una cosecha que cumple cincuenta años.

La singularidad de un genio: Luis Buñuel
Ni EE.UU. ni Europa, el aragonés Luis Buñuel emerge desde México como una isla en el medio cinematográfico. Tanto su personalidad como su obra hablan de la genialidad del más grande director español de todos los tiempos.
Instalado en el país azteca desde finales de los años cuarenta y tras películas como ‘Los Olvidados’, ‘Él’, ‘Ensayo de un crimen’ o ‘Nazarín’, en 1962 dirige una de sus obras cumbres, una película tan particular como excitante en sus intenciones, y lo más difícil, en la traslación a la pantalla de lo planteado en un guión donde se nos devuelve al director más audaz, recuperando a aquel joven de la Residencia de Estudiantes que con su cine de vanguardia abrió caminos inimaginables hasta el momento.
‘El ángel exterminador’ retrata a una burguesía que naufraga en sí misma, incapaz de entender una serie de sucesos que se producen a lo largo de una velada donde lo desconocido y el azar proporcionan las claves para una atmósfera compleja que, como suele suceder en su cine, intenta desentrañar las claves del comportamiento humano. Muchos de sus fotogramas son ya iconos de la historia del cine y supone el paso a su etapa francesa que se iniciaría con ‘Diario de una camarera’ en 1963.


Publicado en Diario de Pontevedra 03/01/2011