lunes, 19 de noviembre de 2012

Tan frágiles como éramos

La Guerra Civil, la Transición y la crisis económica más importante de la historia de este país, son los tres paisajes con los que Luis García Montero conforma un único paisaje que aparece definido por el ser humano. Si en su dilatada y reconocida labor poética todo gira en torno a la persona, en la prosa no podía ser de otra manera y en esta novela el autor apuesta decididamente por el ser humano y por retratarlo en una secuencia de aprendizaje a cargo del hombre mayor que asiste a una nueva realidad que se abre ante él. Por un lado la establecida por un mundo donde nadie se encuentra cómodo, y por otro, un hijo que comienza a volar solo, a prescindir de las figuras familiares, haciendo de su independencia el canto de cisne de una época, como antes lo fue la de la generación de su padre.
Con su primera novela ‘Mañana no será lo que Dios quiera’ Luis García Montero se lanzaba a la novela, pero lo hacía con una red bajo él, como es la vida que se narraba en ella, la del poeta y amigo Ángel González. Ahora esa red ha desaparecido y el narrador ha soltado amarras para refugiarse en un talento de sobra reflejado en su obra poética, de ahí que uno se pregunte ¿qué lleva a un hombre como él a adentrarse en un territorio indómito y con evidentes complejidades, cuando con lo conseguido en el universo poético tendría ya mucho hecho? Pero tras la lectura del libro titulado ‘No me cuentes tu vida’ uno entiende la imposibilidad de afrontar lo que ahí se quiere contar desde la poesía. La narración permite, más que buscar simbolismos literarios, evidenciar una realidad, reflejar una situación de crisis que sirve de afrenta permanente al ser humano, degradándolo hasta límites insospechados. Un discurrir de personajes y paisajes que tiene en esa forma de imbricar los diferentes discursos su mayor acierto a la hora de presentar la historia al lector.
Y hablo de acierto por que esa unión de tiempos y escenarios no parece ser nada fácil, pero aquí van confluyendo ambas a través de la presencia de un libro que Juan, el padre de Ramón, construye como el mismo dice “midiendo las distancias”, para intentar explicar su vida a un hijo que no quiere saber nada más allá de lo inmediato, pero que además sirve al padre para reflexionar e intentar entender, con la pátina del tiempo, aquellas situaciones pasadas que uno pretende siempre que no se repitan en los vástagos, en el caso de que hayan sido negativas.
Discusiones generacionales que desembocan en nuestro tiempo rompiendo vínculos afectivos y, como una torrentera, adentrándose en esta corriente actual donde cada vez más el ser humano se encuentra contra las cuerdas dentro de una sociedad que aumenta su insolidaridad para que nos separemos definitivamente de un tiempo pasado donde las relaciones humanas, y sobre todo las familiares, servían de firme sostén ante los adversos acontecimientos. Nuestro tiempo de crisis, de mezquinos intereses económicos, no entiende ya de estos lazos y el ser humano se encuentra a la intemperie, asumiendo una fragilidad cada vez más solitaria.
Luis García Montero como novelista acciona las teclas necesarias para que entendamos página a página que tiempos, generaciones e historias no son tan diferentes, que aquella machadiana sentencia de que “La condición humana nos iguala a todos”, se hace extensible a cualquier periodo de nuestra historia. El poeta nos sorprende como novelista, ya sin red, ya seguro de plantear un largo relato de precisa y preciosa calidad, donde su vida aparece camuflada a partir de experiencias propias, viajes iniciáticos, conversaciones y encuentros que marcarían un futuro entre versos ahora convertidos en firme prosa.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/11/2011

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