miércoles, 21 de noviembre de 2012

La ciudad como paisaje

Durante el mes de noviembre y dentro de las diversas actividades desplegadas por la Fundación Cuña-Casasbellas dentro de su Brumario Poético se enmarca esta exposición de Cecilio Chaves en la sede pontevedresa de la Galería Sargadelos, en la que podemos contemplar una serie de paisajes urbanos, con Vigo como realidad para la reflexión, y con la luz como motivo desde el que articular un trabajo que sorprende por la capacidad del artista para captar toda esa geografía urbana, llena de detalles y llena de sugerencias pictóricas.


Se esconde el sol por el horizonte que se agota en la ría de Vigo. Una luz amarillenta baña a toda la ciudad. Ese es uno de los momentos que escoge Cecilio Chaves para atrapar con sus pinceles un instante de nuestra realidad, en este caso de un Vigo que emerge como un gran paisaje, una geografía humana configurada a lo largo de los siglos y que hace de la ciudad paisaje y motivo de este autor. En su trabajo van a ser tres los elementos que van a definir su pintura de manera destacada. Por un lado el encuadre, por otro la luz, y en tercer lugar ese perfil urbano que sirve de excusa para hacer de la pintura un modo de expresión y representación, defendida por Cecilio Chaves como un compromiso con una disciplina artística de tan largo recorrido histórico y que en muestras como esta asume su primigenio protagonismo frente a competencias que han llegado hasta ella a última hora.
Encuadre | Acota el autor de manera clara cada una de sus imágenes, ofreciendo así una perspectiva fotográfica. Con independencia de su tamaño, cada mirada a la ciudad se presenta como parte de una colección fotográfica, un conjunto de instantes que se van acolmatando en las paredes de la tan necesaria galería Sargadelos como un recorrido por la propia ciudad, siempre reconocible a través de la mirada realista del autor que defiende dentro de su pintura frente a otras tendencias en las que prima el componente abstracto.
Cecilio Chaves, como todo buen pintor, va a convertir a la luz en uno de sus grandes recursos. El gran generador de matices entre unas piezas y otras, e incluso, dentro de la propia obra. Luces que nos sitúan en los diferentes momentos del día, en horas desde las que la ciudad muda su fisonomía para presentarse de una manera u otra ante un espectador que se encuentra situado en un mirador privilegiado ante el protagonismo que toma la ciudad como único actor de la composición. Estamos ante la urbe entendida como un paisaje humano en el que curiosamente no vemos ninguna figura que remita directamente a esa presencia, pero sin embargo, y esa es la magia de la pintura, el autor es capaz de hacernos intuir que esa presencia de una u otra forma se encuentra en esas superficies. Detrás de esas ventanas, trabajando en esos astilleros, o caminando por unas calles aparentemente vacías sabemos que hay alguien. Una situación que nos acerca más a las piezas, provocando una tensión entre paisaje y espectador, al generar esa sensación de desasosiego, de aparente calma situada en el interior de una ciudad que en su acumulación debería mostrar un perfil mucho más dinámico y febril. Unos espacios a los que esa luz, anteriormente comentada, otorga una atmósfera que les hace aparecer suspendidos en el tiempo llevándonos a pensar en sensaciones similares a las que obtenemos de pinturas como las de Edward Hooper, aunque sustituyendo espacios íntimos y privados por la dimensión de una ciudad, aquí convertida en un laboratorio. En una visión en la que arquitectura y ese perfil urbano de Vigo definen a la ciudad como paisaje.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 18/11/2012

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