martes, 9 de octubre de 2012

Lo que deja el viento

‘Cuando el viento’ es la exposición que permanecerá en la Sala X de la Facultade de Belas Artes de Pontevedra hasta el 9 de noviembre. Una muy recomendable experiencia que nos acerca a una esforzada artista  de la creación, en cuyo trabajo todo tiene sentido y nos traslada hacia una especie de cosmogonía propia en la que arquitectura y paisaje confluyen para propiciar una reflexión sobre el carácter nómada de nuestras vidas, así como acercarnos a una música que acompaña  tanto al ser individual como al colectivo que formamos una sociedad: el viento. 


Tiene el adentrarse en la exposición que Inge Álvarez nos muestra en la Sala X algo de paisaje construido, ya que uno se acerca a la sensación de moverse por un universo tan personal como lleno de unas presencias que, además de enriquecer la puesta en escena, también, y esto es lo importante, alienta nuestros sentidos motivando que reflexionemos sobre cada una de las estaciones que aquí se proponen.
Cada uno de los diferentes paisajes por los que vamos atravesando: pinturas, esculturas o instalaciones nos citan con el ideario de esta artista que lleva ya varios años apostando con firmeza por unas componentes que definen su trabajo: la arquitectura, lo urbano, el habitar, la fragilidad, lo efímero o el paso del tiempo. Todos estos vectores están presentes en cada una de sus obras dentro de esa búsqueda que todo buen artista debería tener presente en su trabajo, como es el conducirnos a través de la reflexión hacia su propio universo. Inge Álvarez lo consigue sobradamente, permanecer unos minutos en su instalación ‘La hija del héroe’, nos conduce a un escenario tan poético como sugerente, una sencillez formal que tiene infinitas posibilidades para la recepción de ese mensaje de fragilidad, de un viento que ha pasado y deja la escena en la que permanecemos con nuestros pies hundidos en la arena de un paisaje que nosotros mismo prolongamos hacia nuestro interior. Pero es que esa misma percepción vuelve a repetirse en obras tan sugerentes como ‘Zoro Babel’ donde parece que estamos ante una ciudad sumergida en la niebla, en ese espacio de indefinición y disolución de formas, donde nuestra imaginación se rearma para posicionarnos ante esa ciudad soñada, ante ese engaño utópico sobre la belleza en el que el tiempo o el clima condicionan esa nueva realidad.
Inge Álvarez construye esas utopías de una manera brillante, agolpándose una percepción tras otra, subiéndonos a una especie de alfombra voladora desde la cual recorrer esos escenarios que se despliegan por toda la sala.

Desde ahí arriba es cómo nos asomamos cual un humano en el país de Lilliput a ese urbanismo construido con sumo esfuerzo por la artista, esas miméticas arquitecturas nos hablan del sentido último de la arquitectura, de su función como espacio habitable en el que lo superfluo, como tal, sobra, y por lo tanto no es necesario para acoger y proteger al ser humano. Lo frágil e inestable de su individualidad perecen bajo la instalación colectiva y la acumulación de esas estructuras que se agolpan ante una enorme máquina, metáfora constructiva del gran hacedor y que la artista asocia con el carro construido por los liliputienses para trasladar a su gigante. ¿Pero quién es aquí ese gigante? Posiblemente la memoria, ese lugar donde se contiene lo que fuimos bajo un eterno silencio que cubre no solo esta instalación sino al resto de las obras. Un silencio protector que también envuelve al visitante integrándolo en la atmósfera que consigue generar la autora en el conjunto y que además es quien de incluir en la obra pictórica que forma parte de la muestra. Unos cuadros llenos de atmósfera definen, desde un interesante hermetismo, ese sentido volumétrico de todas sus formas, donde hay espacio para los juegos visuales y la inestabilidad como espacio de ruptura entre la obra y el visitante. Tanto desde las gamas frías como a partir de las cálidas Inge Álvarez reafirma ese silencio que se impone al conjunto y que aquí se dota de un sentido de tensión logrado con audacia y que en otra de sus obras ’Nómadas’, alcanza una nueva dimensión al presentar a esos volúmenes expandiéndose del propio lienzo, saliendo de él y desplazándose por la sala. Nómadas que parecen ser movidos por el viento. Un viento que está siempre presente, que funciona como motor de civilizaciones, como dinamo de culturas, pero también como un susurro, un hálito de vida que ha llevado a culturas del Medio Oriente ha perpetuarse en el tiempo, a llegar hasta nosotros como un sueño entre arenas y con el sonido de ese viento meciendo el tiempo, modelando civilizaciones pero sobre todo meciendo una memoria cada vez más frágil e inestable ante lo que sucede a su alrededor.

Inge Álvarez no renuncia a hacer de todos estos asuntos el motivo de trabajo de una carrera que ya conocíamos y que presenta en esta muestra firmes anclajes con ese tiempo transcurrido, pero que aquí ofrece una nueva dimensión más madura y serena. Es casi al final de este texto, sorprende que no haya surgido antes, cuando aparece la palabra serena, y es que serenidad es otra de las grandes conquistas de esta mujer, al propiciar desde la calma que transmite el conjunto de su obra la posibilidad de disfrutar de algo bello, de un equilibrio entre lo visual y lo conceptual que nos permite, una vez salimos de la exposición, recordarla con el beneplácito que aplicamos a aquellas muestras donde el visitante disfruta con lo que ha visto.
Pasos firmes en la proyección artística de Inge Álvarez, fiel a sus preocupaciones, pero que ahora aparecen  planteadas de una manera resueltamente más decidida y lírica, envolviendo al espectador en ese universo creado por ella misma, por su delicada forma de transmitir sus percepciones, así como por un compromiso establecido con unos ideales que cada vez se presentan de forma más madura para así interrelacionar las diferentes obras, cobrar todo pleno sentido, y sobre todo, ofrecer al visitante todo un oasis de sensaciones que le permitan completar esa parte final del diálogo artístico entre creador, obra y espectador. Deambular entre ellas, con el susurro del viento alrededor, les aseguro que no les dejará indiferentes durante la realización de este viaje, no por esperado necesario para evaluar nuestra posición ante el mundo.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 7/10/2012
Fotografías Alba Sotelo

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