domingo, 7 de octubre de 2012

Cuando ruge la noche

El último premio Alfaguara de novela recorre la densa oscuridad en que la dictadura militar envolvió a la Argentina y a unos ciudadanos silentes

Una noche que se repite. Un olvido que se convierte en realidad y todo ello planteado desde una perspectiva a caballo entre el dolor y el horror que una sociedad puede aplicar al ser humano. Un rugido que se vuelve silencio. Y es desde ese silencio desde el que el argentino Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) construye un relato enclaustrado en la realidad política y social de su país, lo que le permite alcanzar una sima de oscuridad y dramatismo que llena de fuerza el resultado final de este libro galardonado con el Premio Alfaguara de novela en este año 2012.
La presidenta del jurado, Rosa Montero calificó el libro como “Un thriller existencial, perturbador, hipnotizante”, y todo eso es lo que destila desde sus primeras páginas esta obra que nos sitúa ante el relato paralelo de dos noches separadas por treinta y cuatro años, en las que se narran dos irrupciones violentas; por un lado, la sucedida en 1976, cuando en los inicios de la dictadura militar argentina (1976-1983) un grupo de hombres accede a la vivienda vecina de un escritor para llevarse a una persona. En 2010 ese hecho se repite cuando se produce un asalto a esa misma casa. Una circunstancia que sirve para activar en ese escritor los recuerdos, pero también para rescatar una memoria que el instinto de supervivencia y, porque no decirlo, el miedo, se encargaron de sepultar en algún rincón del protagonista. Este espacio recóndito es el que el escritor se encarga de convertir en el centro de la acción para conducirnos hacia la siguiente derivada, cómo el miedo impone el silencio y cómo ese miedo es el que se encarga de generar una veladura sobre ciertos acontecimientos de nuestras vidas y lo que eso ha supuesto como interferencia para superar en este caso una época tan concreta de la historia argentina.
Una narración que se articula desde esos dos trazos temporales a partir de un inusitado talento por conferir de fuerza y atmósfera a la historia. Esa gran virtud de la novela alcanza momentos sublimes como en la descripción del Cuartel General donde se procedía a organizar la represión y a torturar a todos aquellos que fuesen detenidos y de los que se esperaba sacar alguna información. Uno pasa por ahí con el vello de punta y hasta visionando, mediante la palabra, lo que podían ser esas dependencias. Lo mismo sucede en numerosos pasajes, cuando el protagonista, con muchas vinculaciones con el propio autor (desde el guiño con las iniciales de ambos, hasta el haber presenciado dos escenas similares a las del relato), decide ir tirando de ese filo hilo de la memoria para descubrir un universo de horrores que tiene a la noche como metáfora de la oscuridad que cubrió a ese país tan gigantesco en tantos órdenes de la vida y que se encontró dilapidado en su futuro por la miserable acción de quienes protagonizaron desde la jefatura del Estado aquellos años.
El autor consigue mostrar esa atmósfera perversa que mezcla lo íntimo, la experiencia personal del protagonista; con lo público, a través de las actividades que desde la Junta Militar se llevaban a cabo. Un cruce no solo de tiempos, sino también de escenarios y percepciones pero sobre todo de silencios, ese lugar donde ruge la noche de una manera abrumadora para descubrir a un ser humano desnudo ante sí mismo y ante lo que otros son capaces de hacer para perpetuar su poder. Romper ese silencio será la salvación en este caso de un escritor, pero también de todo un pueblo, desligarse de esa oscuridad para que la luz de la esperanza alumbre a un nuevo tiempo, y sobre todo, diluya las sombras de la maldad. Las sombras que mutilaron a un país necesitado de este tipo de expiaciones internas convertidas en libro.


Publicado en Diario de Pontevedra 7/10/2012

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