lunes, 1 de octubre de 2012

Aroma a ceniza


Mal, dolor e imagen. Son las tres palabras esenciales a la hora de enfrentarse al último libro del asturiano Ricardo Menéndez Salmón, ‘Medusa’, y no solo a él, sino también a la producción literaria de este escritor enfrascado en intentar desentrañar las claves de esa violencia desmesurada que el ser humano se ha aplicado a sí mismo a lo largo del siglo XX. Unas claves que le hacen sumergirse una y otra vez en esa fosa abisal que es la maldad, cómo el hombre se enfrenta a ella y su capacidad para dañar al prójimo, pero también cómo se visibiliza esa imagen y cómo ésta puede servir de bálsamo o precisamente todo lo contrario. Por unir sus últimas novelas, en ‘La luz es más antigua que el amor’, la imagen funcionaba como una especie de terapia que calmaba el dolor, mientras ahora, en ‘Medusa’, es la imagen la que parece estimular una mayor violencia, y la que provoca en el protagonista un deseo por seguir próximo a ella retratándola y asumiéndola como parte de su propia vida.
Prohaska es un artista que comienza a colaborar con la Alemania Nazi a través de la realización de una serie de películas en las cuales deja constancia de barbaries tales como fusilamientos perfectamente mecanizados, experimentos científicos con el hombre como objeto de estudio o los campos de concentración. Imágenes desalentadoras que, leídas gracias al talento literario y a la capacidad de evocación de un sinfín de palabras cargadas de significado, nos van a ir situando ante una miseria moral y espiritual que, sin embargo, ofrece en ese protagonista un equilibrio humanizado a partir de su propia vida, el amor hacia su mujer, la prematura muerte de un hijo o una poderosa relación de amistad. Escrutar lo violento le llevará también hasta el Japón mutilado, ya de manera indefectible, por el estallido de la bomba atómica y sus devastadoras consecuencias para imprimir ese reflejo a través de la imagen, y su poderoso valor como sistema representativo. “Mostrar es más poderoso que decir”, afirma el autor en el transcurso del libro, incluso arrojando piedras sobre su propio tejado literario, reafirmado así: “El lenguaje no puede describir el dolor”, asumiendo la capacidad que la imagen ha desarrollado a lo largo del siglo XX como propaganda para enaltecer a las masas y lograr su fidelidad, o también como construcción de un relato de terror que extienda el miedo y la sumisión.
No son fáciles los libros de Ricardo Menéndez Salmón y no por la complejidad de las historias, sino por escribir ante un espejo, esto es, colocándonos ante nosotros mismos y nuestros actos. En esta ocasión por situarnos ante esa Medusa que recreara para la posteridad Caravaggio y sus ojos sementados por el horror. Un tiempo detenido que se convierte en concepción mítica y en donde la decrépita historia del ser humano a través de los siglos circula a la velocidad de la luz. El autor nos arrastra estos territorios en una novela que tiene mucho de ensayo, lo que deja en evidencia la formación filosófica de quien ha asumido un reto extenuante para escritor y lector, pero del que todos salimos ganando. Aunque solo sea por una vez en la vida asomarse a ese precipicio que son los ojos de la Medusa es un acto de conocimiento, una expiación personal que permite de cara a un futuro no alimentar más odios. Una quimera que estará siempre ya empañada por el aroma a ceniza, el incensario que acompañó a lo largo de su vida a Prohaska. Un aroma procedente de la quema de libros, también de la quema de cuerpos, pero sobre todo, el aroma de las cenizas de nuestra condición como presuntos seres humanos poseedores de un reverso oscuro que lejos de ocultar gustamos de exhibir y proyectar en imágenes. Las imágenes de nuestra propia derrota.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 30/09/2012

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