domingo, 2 de septiembre de 2012

Violencia redentora

CLÁSICOS PARA UN VERANO A él se acude de manera episódica pero de él nunca se sale indemne. Directores, actores, productores, todos ellos saben que en el western se encuentra el germen de su identidad como nación, de los valores que configuraron al grupo y es por ello que muchos saben que deben acudir a él a mostrar sus respetos. Un hombre que mira al clasicismo desde el crepúsculo de la vida, como es Clint Eastwood, nos regaló en los inicios de los noventa uno de los más bellos ejercicios de reafirmación de ese pasado.
 

Es el género del western la salvaguarda histórica del cine. Del gran cine, del que se asienta en la épica, en la revisión del comportamiento del ser humano y hasta de la concepción lírica de la existencia que siempre debe estar presente en una pantalla. No ha sido muy agradecido el cine de los últimos tiempos con un género que durante muchas décadas ha creado algunas de sus mejores obras desde las praderas y los pueblos del antiguo Oeste americano. Solo un puñado de títulos, de la escasa producción vinculada a esa temática, merecen la gloria, pero cualquiera de ellos no se entendería sin la cumbre coronada por Clint Eastwood a lomos de su caballo interpretando a William Munny en un valle de venganza, odio y rehabilitación personal que nos conduce directamente a través del desfiladero del western más clásico para desembocar, como no, en John Ford y en directores crepusculares del género como Sergio Leone o Don Siegel. Esa cumbre tiene un título grabado en letras de oro en la siempre legendaria historia del western: Sin perdón.
Dos años antes la Academia de Hollywood había concedido siete Oscars a otro western, Bailando con Lobos, de Kevin Kostner, por las bondades de una película que planteaba en su interior la capacidad de convivencia del ser humano y el pésimo papel del hombre blanco con sus congéneres indios. Aquel hecho significó la recuperación de un género en el que se había sustentado gran parte de la fortuna de la montaña de la meca del cine, y fue algo así como que la industria lo aceptase como un igual frente a dramas, comedias, acción o suspense. Pero Clint Eastwood mudó radicalmente ese modelo y también fue premiado por la Academia con diez nominaciones y cuatro estatuillas, pero su apuesta cinematográfica era otra completamente distinta al focalizar la historia hacia un proceso de redención personal no tan lejano del paradigmático modelo fordiano encarnado en el Ethan Edwards de Centauros del desierto. Y es que las arrugas de los primeros planos que el propio Eastwood se filma a si mismo no son muy diferentes a las que mostraba el héroe solitario de John Ford al que la sociedad se empeña en apartar de su entorno. Poco importa que el lugar elegido sea un destino militar o una granja de cerdos, lo realmente cierto es que en esas arrugas se esconde un pasado, la patria insuperable del personaje del western, lugar donde hechos y actitudes definen un futuro en muchos casos de manera irremisible. Es ese punto de ignición que tendrá lugar en un simple instante cuando se activa todo ese pasado, cuando saltan por los aires los convencionalismos establecidos y que desde ese momento son solo un puñado de arena entre sus manos.
En ese ambiente sin domesticar será la violencia el catalizador de emociones, el espacio donde el presente y el pasado se miran frente a frente. En la violencia comienza todo y todo se acaba, por eso es la agresión a una prostituta que se ha reído del tamaño del pene de uno de sus clientes, lo que provoca que William Munny vuelva a cabalgar originando una acción que desembocará en esa monumental secuencia final donde el veterano pistolero ajusta cuentas en una noche de tormenta en un barucho decorado en su entrada con el cadáver de su mejor amigo. Amistad, pasado, falta de respeto se unen en el epílogo de una película que concentra en los planos de ese pistolero, que en un pasado fuera asesino de mujeres, niños y casi todo lo que camina o se arrastra. Una fuerza que ya parecía extinguida del género y que regresa para limpiar a ese pueblo de todo aquello que huela a podrido.
Hasta ese apocalíptico final, culminado con la figura del mismísimo diablo cabalgando a lomos de un caballo blanco amenazando a todo el pueblo entre un aguacero, hemos asistido a un recorrido expiatorio, en el que la recuperación de la dignidad es la manera de redención y como en la gran mayoría de los westerns ese proceso se realiza mediante un viaje, metáfora de una vida en la que el trayecto define a personajes e historias íntimas. En esta ocasión son tres los caracteres que se encuentran para llevar a cabo la misión encomendada, un joven que ha mitificado el hecho de matar y para el que el viaje supone el descubrimiento acompañado por los dos veteranos, el propio Clint Eastwood, y el que fuera su compañero de antiguas correrías interpretado por Morgan Freeman. Entre los dos pistoleros se reconoce el paso del tiempo y cada uno va relatando en que se ha convertido su vida, aceptando el fracaso de aquello en que pensaron un día llegarían a ser, y todo ello mediante la charla de dos viejos camaradas a lomos de sus monturas, sin galopadas, con una marcha pausada en relación a sus cansados cuerpos y con una serie de escenas también típicas dentro del modelo del género con largas conversaciones al abrigo de un fuego nocturno.
Hemos citado en este último párrafo el nombre de varios actores y es que Sin perdón tiene gran parte de su éxito en las interpretaciones realizadas por varios de los mejores actores de Hollywood, nombres como los de Richard Harris o Gene Hackman, unidos a los de Morgan Freeman y Clint Eastwood, nos sitúan ante cuatro modelos interpretativos de los más solventes de la historia de Hollywood que aquí confluyen en unas caracterizaciones imposibles de mejorar y que confieren sentido a todo lo que sucede en la película. Actores veteranos que parecen haber salido de ese mismo territorio polvoriento y violento del Oeste Americano, prototipos que están sumidos en un pasado ante al que ahora se enfrentan mediante su posición dentro del grupo, y como no, a través de una violencia necesaria para sobrevivir y para depurar la propia vida del Oeste.
Comienza y finaliza la película con un plano de un atardecer y un árbol decrépito y reseco sobre una pequeña loma. Un atardecer de un tiempo que se clausura, de un mundo donde ya cada vez quedan menos de aquellos que protagonizaron su propio destino, ese árbol continúa resistiendo cada jornada, como estos pistoleros con los que la sociedad se muestra siempre incómoda pero que ante una situación de crisis acude para solventar los problemas. Apostándose en el cruce de caminos entre el pasado y futuro es decir en el presente. En su presente.
 
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 2/09/2012

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