lunes, 17 de septiembre de 2012

Él



Entre las ruinas clásicas de Nîmes José Tomás atornilló su figura a la arena en la que muchos hombres defendieron su vida ante aquellos generales de César premiados por sus gloriosas campañas con el eterno perfume de la lavanda. Estático el hombre, la historia se movía a su alrededor como si la palma de su mano acariciara el viento mediterráneo que siempre trae consigo un halo de leyenda. La figura enhebrada por el desafío mecía el paño para que los oponentes, hasta seis, jugueteasen como mascotas sometidas por el mandamiento supremo del protagonista de ayer, del torero que ha colocado una piedra más en la concepción de su mito. El anfiteatro de Nîmes fue el lugar elegido para otro de esos gestos que muchos critican por no ajustarse a la ortodoxia suprema del toreo, a no sé qué dictados de un escalafón esclerotizado en una fiesta cada vez más temerosa. En el patio de cuadrillas, apoyado en el opus quadratum sobre el que se eleva el sacrifical altar nimeño, José Tomás conceptualiza su toreo, tan eterno como prendido del pasado, y no por simples alfileres, sino por la firme conciencia de una profesión a la que se debe y a la que nunca osa defraudar. Un diálogo con la leyenda del toreo que nadie entiende como él, pero por encima de todo, que nadie transmite como él. Él. Hablar de José Tomás es hablar de él a través de un derroche de pases que, vistos en los diferentes videos que circulan por la red, nos colocan ante el mejor José Tomás, ante el que con cada pase logra que el toro desprenda los alamares con su embestida, con el que la tensión se trasmite en la conquista de un terreno imposible y siempre desde una figura que destila torería en cada gesto. Nîmes hito en la historia, parada y fonda de la leyenda que es él.


Publicado en Diario de Pontevedra 17/09/2012
Fotografía de YOAN VALAT

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