martes, 24 de julio de 2012

Puro negro

CLÁSICOS PARA UN VERANO Imprescindible como modélico ejemplo de ‘cine negro’, uno de los grandes géneros del cine clásico que, en estos años, se vio recuperado con esta cinta donde un imponente guión de Robert Towner llena de sorpresas la dirección de Roman Polanski. Y es que si empezamos a encontrarnos nombres como éstes y los que les seguirán, estaremos de acuerdo que de aquí solo podía salir una gran película. ‘Chinatown’ lo es, una de las mejores, no solo de la década sino de la historia.

La nueva cinematografía de los setenta nunca dejó de mirar por el rabillo del ojo a aquel cine clásico que cimentara la industria de Hollywood. Los nuevos personajes que protagonizaban ahora el cine, muchos de ellos lo amaban de manera apasionada, y sabían aquello que ‘de bien nacidos es ser agradecidos’, por lo que no debe extrañar la puesta en marcha de un proyecto como el de ‘Chinatown’, arriesgada en cuanto al retorno de un género que parecía podía enturbiar las nuevas pretensiones del público, pero que se vio alentado por el éxito en taquilla dos años antes de ‘El Padrino’, también con ciertos ribetes de dicho género, pero que en ‘Chinatown’ se vuelven canónicos y nos retrotraen a títulos clásicos de Howard Hawks,  ‘El sueño eterno’ o John Houston y ‘El halcón maltés’.
El esquema se va a repetir en cuanto a una historia que cae en las manos de un desastrado detective privado, que sobrevive mal que bien con casos de poca monta, hasta que un día una mujer se cruza en su camino. Ese hombre ya no es Humphrey Bogart, ni ella es Lauren Bacall. Ahora son Jack Nicholson y Faye Dunaway los que irán generando la dinámica interna de la película, los que con sus encuentros irán alimentando una narración que desde lo particular irá derivando en la general, es decir, en mostrar un momento muy determinado de la historia de Los Angeles, ciudad en la que transcurre la acción y que el propio director definió así: “Se iba a mostrar de qué manera la codicia humana había configurado la historia y las fronteras de Los Angeles”. En no pocas ocasiones el cine negro permite, como pocos géneros, situar historias en contextos sociales e históricos muy concretos y abrir, mediante sus acciones internas, las puertas a toda una época.
Roman Polanski asumió ese reto, el de llevar de nuevo el cine negro a las pantallas de cine. Si algo le gustaba a este director, y todavía hoy lo sigue haciendo para bendición del cine, es su gran variedad de registros, de historias diferentes, de retos que no hacen que su cine permanezca estático si no que sea siempre un desafío. Lo pudimos comprobar con la que es su última película, la extraordinaria, ‘Un dios salvaje’.
Con ‘Chinatown’, Roman Polanski buscaba revalidar el éxito obtenido en 1968 con ‘La semilla del diablo’, y superar dos fiascos posteriores, por lo que este proyecto era muy importante para él y el relanzamiento posterior de su carrera. La película se convirtió en un éxito, no solo en Estados Unidos, también internacionalmente. Once candidaturas a los Oscar fueron el gran aval de la historia del detective Jake Gittes en Los Angeles de los años treinta  y en la que además del admirable guión, que finalmente logró el único Oscar obtenido por la película, destaca la visión aportada por el director. Roman Polanski sabía de lo pernicioso que podía ser el caer en el cliché repetitivo de los modismos empleados por el género en los años de esplendor, años treinta y cuarenta, y que aquello podía derivar en una caricatura. Su papel, entonces, sería el mirar a través de la cámara pero de una cámara de los años setenta. Y dentro de esa mirada emerge el color, su inclusión como gran elemento distanciador de aquellos años iba a ser muy importante, con un valor añadido, como es el de otorgarle a la cinta un gran verismo visual. Es decir, la película debía buscar transmitir una gran sensación de realismo (un elemento en el que el cine desde los años sesenta venía incidiendo de manera intensa). Dentro de ese realismo la película posee escenas muy intensas como lo puede ser el navajazo que el propio Roman Polanski, con papel en la película, propina a Jack Nicholson, y cuya nariz vendada es una de las imágenes por excelencia del cine negro. Esa nueva mirada es la que le concede a Chinatown el plus de modernidad necesario para convertirse en una obra maestra, una película que trasciende a su propio género y que se convierte en una de las películas más importantes de la historia. Con apariciones muy singulares como la ya citada del propio director, o ese guiño al género, con la participación actoral de John Huston es el trabajo de los actores otra de las piezas angulares de que una película alcance el cénit. Jack Nicholson y Faye Dunaway pocas veces han estado mejor, y sus interpretaciones aunque con sendas nominaciones a los Oscar no recibieron lo que sería un justo premio.
Confluyen por lo tanto los ingredientes que hacen que una película se convierta en eterna: una buena historia, un director brillante y el estado de gracia de los intérpretes. Entre todos ellos supieron componer una mirada lúcida a un pasado teñido de historias oscuras, mucho más complejas de lo que podía parecer al inicio del film, pero es que como en la vida, las cosas nunca son como parecen. Y esta película es pura vida.

Próxima semana: 'Todos los hombres del presidente' (Alan J. Pakula, 1976)
Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/07/2012

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