lunes, 23 de julio de 2012

París en horas

No son pocas las ciudades que compiten entre sí para dejar claras sus virtudes. Otras parecen haber nacido para competir única y exclusivamente consigo mismas. Es el caso de París. Tras más de diez años de no haber puesto el pie en ella, solo con pasar unas pocas horas entre sus edificios, boulevares y habitantes se despiertan las ganas de atarse a la columna Vendôme y no moverse de ella durante años. Sirva este recorrido para recordar aquellas horas entre lo real y lo irreal.
Realizar un recorrido por París en solo unas pocas horas es una experiencia que cabría que calificar entre lo traumático y lo masoquista, más todavía si gran parte de ese viaje express se realiza a bordo de un autobús cuyo cristal permite ver pero no tocar, como cuando nos colocamos ante una pastelería y no podemos alcanzar ese gran pastel que parece estar pidiéndonos que le hinquemos el diente. Es uno de los peajes que hay que pagar (nunca mejor dicho) cuando se acepta realizar uno de estos viajes que las agencias te presentan para llegar a mil sitios en solo unas pocas horas. Aceptado el trato, aquel autobús rápidamente se situó a las riberas del Sena sabedor de que lo que de verdad merece la pena en París no está muy lejos de esa corriente de agua que bendice día tras día a la capital francesa. Unos superfluos cascos intentan explicarte aquello que no necesita explicación, tan solo estar con los ojos bien abiertos y sentir, sobre todo sentir, todo aquello que late y bien fuerte. Uno  de esos grandes latidos parte de la catedral de Notre Dame, es el primer gran referente parisino que nos encontramos, ante él grandes colas de turistas parecen ser engullidas por la triple arcada que permite el acceso al templo. Víctimas, la mayoría de ellas, de un turismo irracional que se agolpa ante edificios y monumentos con el fin de cubrir un cuaderno de ruta basado en el rápido click de una fotografía. Serán muchas las colas que nos iremos encontrando a lo largo de este tránsito. La siguiente, tras cambiar de ribera, la encontramos ante el Museo de Orsay, colas que desde el autobús parecen estar compuestas por los mismos personajes que encontramos en Notre Dame, una suerte de atrezzo que parece formar parte de la ciudad. Japoneses, un par de rubios sajones con sus sandalias y calcetines, y el inefable grupo de españoles gritándole a sus niños, son ya parte de ese casting. Todos ellos entrarán y recorrerán el arte parisino por excelencia, un impresionismo por el que irán saltando de cuadro en cuadro como si de un tablero de ajedrez se tratase. La verdad es que se echa de menos entrar, sabedor de lo que allí se esconde, pero aunque ya hace más de diez años que mis pasos recorrieron este Museo, es precisamente una de sus imágenes interiores las que más se ha repetido en mi imaginario parisino durante todo este tiempo anhelando el retorno. Y no hablo de un cuadro, sino de un color, de ese estremecedor azul de las noches de Van Gogh, que hace palidecer cualquier reproducción que uno se pueda encontrar en un manual de arte.
El recorrido continúa y ya se atisban las Tullerías, con su Arco del Carrusel, antes el dorado triángulo que culmina el obelisco de la Concordia, parece señalar la dirección a tomar, como no, hacia esos Campos Elíseos donde París se hace mítico y hasta místico. Los cinéfilos no hacemos más que situar a nuestros actores en sus escenas y vemos a Belmondo y a Jean Seberg cruzando entre los vehículos que colapsan esa arteria salpicada de grandes marcas comerciales en los bajos de sus edificios. Giramos alrededor del Arco del Triunfo y como en una perspectiva de 360º asistimos a esa ‘grandeur’ francesa ejemplificada en este monumento a sus mártires. Antes de retornar hacia la plaza de la Concordia una mirada larga y dirigida a ese universo de la modernidad que es La Défense, la culminación del urbanismo de grandes fugas que exhibe París.
Louvre |Llegamos al Louvre y a su imponente entorno. Se nos permite bajar del autobús y poner los pies en París. La arquitectura de la gran Francia del barroco impresiona, pero incluso más que por su propia magnificencia, por lo que no se ve, y que no veremos, pero que sabemos se aloja en su interior. Asomado a la pirámide de cristal que unifica el acceso a su interior vemos de nuevo colas, gente que deberá decidir si dirigir su pasos por las salas de arte antiguo o por las de pintura. Si dentro de ésta continuar por las salas de pintura francesa, o por las de pintura italiana, y así en una constante sucesión de decisiones que la falta de tiempo te obliga a tomar deshojando una margarita llena de espinas. Durante estos días son muchos los que deciden entrar para ver esa lucha de ‘Giocondas’ que el mundo del arte ha decidido poner en valor para continuar alimentando a esas filas. Seguimos esquivando japoneses hasta que por un subterráneo llegamos a la Rue Rivoli, venta de souvenirs y donde comienza a verse el día a día de los parisinos. Bistrots y Boulangeries compiten con las franquicias hamburgueseras y cafeteras, propiciando una curiosa mezcla. Es hora de regresar al autobús. De nuevo subimos por los Campos Elíseos y llegamos al Trocadero, allí una gran pantalla llora las frutraciones galas en la Eurocopa, mientras los españoles sonreímos olfateando lo que puede suceder y finalmente sucedió. El cielo se abre sobre nosotros y el gran símbolo parisino, ese que satura un masivo merchandising que te acosa en cuanto te asomas por cualquier lugar turístico, nos hace levantar la cabeza hasta el infinito y más allá. La Torre que ideara el arquitecto Eiffel para la Exposición Universal de 1889. 330 metros de metal símbolo de una época, de un progreso que hacía de París la cima de una Europa que luchaba por su modernidad, no solo desde el ámbito artístico, sino también desde el económico y social. A sus pies subimos a un barco que recorrerá el Sena. Uno de esos Bateaux-Mouches que en el cine hemos visto surcar tantas y tantas veces dicho río.
Sena |Todo cambio de perspectiva genera una nueva visión de la realidad, nada de lo que hemos visto antes se ve ahora igual ahora sobre el agua. Cierto es que estamos ante un París diferente, y en sus márgenes se abre otro mundo. Una curiosa dinámica de situaciones que va de jóvenes realizando una especie de botellón, hasta parejas de enamorados besándose apasionadamente o recién casados de origen asiático realizando su reportaje fotográfico de boda, quizás cumpliendo así su gran sueño, o la promesa realizada en algún viaje anterior a esta ciudad. De promesas se llenan también varios puentes de los que atravesamos y cuyas barandas se muestran repletas de unos candados que certifican un amor. Un amor en París. Bajo el agua, las llaves completan y cierran todo el simbolismo que una vez más se encierra en la capital francesa. La imagen de Santa Genoveva, patrona de París, flanquea nuestro paso y hace que miremos de nuevo hacia Notre Dame, a esa Ile de la Cité, donde una vez todo empezó y donde todo continúa. Navegamos unos metros y el barco gira para retornar por la margen contraria, una espectacular perspectiva del templo gótico deja otra postal en nuestra colección. La Samaritane, el Louvre, la gran ‘N’ napoleónica o el siempre espectacular y bello Puente de Alejandro III, que da acceso a los Inválidos y a esa cúpula dorada que te atrae hacia ella, son otros puntos que te acompañan mientras el barco echa amarras de nuevo junto a la Torre Eiffel. Otra Torre, la Torre Montparnasse, será la que cierre esta visita de horas. Desde allí arriba vemos los techos de París. Pero esa ya es otra película.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra. 22/07/2012


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