jueves, 26 de julio de 2012

Las cartas de William Faulkner

‘Cartas escogidas’ es una recopilación de un gran número de cartas que William Faulkner (New Albany, 1897-Byhalia, 1962) fue produciendo a lo largo de su vida. El Premio Nobel nunca pensó que estas cartas llegasen a verse publicadas, extremadamente celoso de su intimidad. El tiempo las ha puesto en circulación, algo que nos permite conocer más y mejor no solo al escritor, sino también a la persona y sus relaciones con su entorno. Estamos, por lo tanto, ante un itinerario por la vida del gran escritor americano a través de sus propias palabras.

Para alguien tan celoso de su intimidad la salida a la luz de esta selección de cartas supondría algo que va contra unos principios manifestados de manera enfática a lo largo de su vida. Un escritor que deseaba pasar a la historia únicamente por lo escrito y publicado. Basta citar el epitafio que consta en su tumba de Oxford, Mississippi: “Compuso libros y murió”. Escritura y muerte como los dos hechos relevantes de una de las existencias más brillantes del mundo de la literatura. Sus novelas son auténticos referentes, más que para los lectores, para toda una generación de escritores que se ha revelado en muchos casos a partir de los postulados faulknerianos, que en los años treinta y cuarenta hicieron estallar la concepción de la narrativa del momento. Su muerte, acaecida hace 50 años en un mes de julio de 1962, tiene en su conmemoración la reedición por Alfaguara de varios de sus títulos como 'Intrusos en el polvo’ y ‘La mansión' o la edición de este volumen de 'Cartas escogidas', donde junto a varias ya conocidas hay un gran número de ellas que abandonan por primera vez la oscuridad de un cajón del que el propio escritor siempre confió en que no salieran de allí. Pero el tiempo, los herederos y las presiones de las editoriales dejan muchas veces los deseos de los escritores en un limbo que pocos suelen respetar.

Son más de seiscientas páginas compuestas por breves textos en los que año tras año vamos rastreando las inquietudes y preocupaciones del escritor sureño. Desde su viaje de juventud a Europa, residiendo en París y visitando Italia y Londres, vivencias que fueron narradas de manera vibrante a su madre; su relación con los diferentes editores, con el mundo de Hollywood y sobre todo, sus preocupaciones económicas ante la publicación de sus escritos, componen una mirada tan rica como apasionada y diferente al universo Faulkner.

En 1925 William Faulkner llega a Europa y se instala en París. Las cartas que desde la capital francesa envía a su madre son una de las mejores radiografías de la vida en la capital francesa que se pueden hacer de aquel momento, cautivado por el carácter francés y sobre por su distancia con el mostrado por el pueblo americano. Estas cartas son auténticos ejercicios literarios, llenos de frescura e ilusión, como no podía ser menos para quien comenzaba a escribir enviando artículos sobre su estancia Europea. Su regreso a ese territorio en el que se instaló de manera física, Oxford, o a ese otro por él ideado, Yoknapatawpha, significaron una madurez relacionada con sus relaciones familiares y la necesidad casi agobiante a lo largo de toda su vida de afrontar los diferentes pagos que conlleva toda vida, sobre todo los tributos a Hacienda. Este aspecto, el económico, es el que más llama la atención a medida que se leen sus cartas, poniendo al lector en relación con esa visión del escritor que muchas veces se oculta por sus obras literarias o la consecución del éxito, y donde lo que hay detrás de sus libros es muy diferente a lo que uno puede pensar de grandes ingresos y vidas solucionadas. Y si esto sucede con quien escribió cuatro o cinco de las más importantes novelas del pasado siglo y Premio Nobel de Literatura en 1950, que es lo que puede suceder con aquellos autores a los que la varita del éxito ha ignorado.

Pero entre estas líneas también se pueden rescatar aspectos que permiten aclarar su labor como escritor, reflexiones, escasas eso sí, que muestran sus dudas sobre los caminos por los que va discurriendo sus libros, pero también evidencian el orgullo de saber que sus obras poseían una calidad por encima del resto de autores, o como el tiempo iba afectando a su capacidad de escribir, o detalles tan singulares como su interés porque ‘Ruido y furia’ apareciese impreso en diferentes colores en función de los diferentes marcos cronológicos en que se mueve la novela (algo que no pudo realizarse por el atraso de la edición). También hay momentos donde William Faulkner se abre más de lo que es habitual en sus manifestaciones publicas permitiéndonos ver no solo al escritor, sino también a la persona: “ya no hay fuego, ni fuerza ni pasión en las palabras y en las frases”, escribe el escritor en 1956 cuando ya venía notando un bajón en su ritmo y forma de escribir, así como a reconocer diferentes problemas de salud. Pero existen a lo largo del libro pasajes como los siguientes: “Pienso (a los cuarenta y seis) que he trabajado bastante en mi oficio, con orgullo pero sin vanidad, a mi juicio, con mucho ego, pero también con humildad para no dejar en esta nuestra inútil crónica ninguna señal superior a la que al parecer voy a dejar” o “El arte es más sencillo de lo que piensa la gente porque hay muy poco de que escribir. Todas las cosas conmovedoras son eternas en la historia del hombre y han sido escritas con anterioridad...”. Frases que no aparecen en sus libros porque pertenecen a la vida real, aquella de la que tanto huyó William Faulkner para alejarla del público: “Mi ambición, como individuo privado, es ser abolido y anulado de la historia, dejándola sin huella, nada de basura, salvo los libros impresos”.

Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 15/07/2012

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