martes, 12 de junio de 2012

El rastro de una existencia

Las ‘Recreaciones’ de Edmundo Paz son el motivo que llena la sala de exposiciones Rivas Briones de Vilagarcía de Arousa durante todo el mes de junio. Un recorrido por una manera de entender la pintura asociada a la recuperación de la memoria, de un pasado en el que fuimos pero ya no somos y al que se hace siempre necesario retornar como germen de experiencias. Todas esas señales, los senderos o las formas de interpretar el color son una especie de brújula por la que adivinar aquello que es importante para el artista, pero también para el ser humano.

Al igual que un niño juguetea con su dedo sobre la arena de la playa dejando en ella su estela, Edmundo Paz hace de su arte una experiencia íntima que muestra muchas conexiones con ese recorrido entre infantil y azaroso que provoca el pequeño en la playa. Un automatismo generado desde el subconsciente, fuente de inspiración de numerosos artistas, pero que, en el caso de nuestro protagonista, se evidencia como un pozo inagotable al que acudir para buscar formas y motivos, pero también presencias y ausencias, conformando de esta manera una obra marcada por la huella, por el vestigio, tanto de lo vivido como de lo sentido. Es decir, la existencia fijada a través de un rastro. En ese recorrido es en el que, como sucedía en el cuento infantil, el autor nos va a ir dejando una serie de pistas, balizas para caminar entre un bosque que aunque parezca denso no lo es, ya que una vez en su interior basta con apartar unas pocas ramas para descubrir un universo lleno de sencillez y de trazos esquemáticos, capaces de abonar un trabajo cada vez más sólido y consistente y al que el paso del tiempo, un ingrediente más de la obra, ciertamente sienta muy bien.

Decía el pintor Edward Munch que “Pinto de mi memoria las impresiones de mi infancia”. Edmundo Paz no busca tanto la memoria como la experiencia, la experiencia vital de aquello que le rodea, aunque, como buen pintor, tampoco desprecia los rescoldos que deja lo ya vivido y que se depositan, normalmente de forma fragmentaria, en la memoria. Un almacén que se abre para, en unión de aquello que se le presenta en el día a día, en el transcurso de un paseo o a través del contacto con las personas que le rodean, irse entremezclando en su mente para, posteriormente, ser volcados sobre la superficie de trabajo. Y es ahí, en ese territorio expiatorio, donde surge la verdadera geografía en la que Edmundo Paz se siente feliz, sedimentando capas y capas que, como esas experiencias en la vida de un hombre, se van depositando para configurar un planteamiento desde el que también sentirse pintor.

Desde el gran formato o el más pequeño, el artista se encuentra lo suficientemente cómodo para mostrarnos toda esa interpretación de la realidad, su realidad, incluyendo un aspecto muy interesante, el sentido lúdico de la pintura. Tanto en los montajes de menor tamaño, realizados a partir de la unión de diferentes tablillas que, como en un puzle, se encajan a través del azar, originando diferentes superficies y en las que lo que importa es tanto el conjunto global como esa capacidad que la obra de arte posee para su autoconstrucción; como en las superficies mayores, siempre hay algún aspecto relacionado con el juego y su importancia como desengrasante de una realidad en demasiadas ocasiones poco amistosa con el hombre.

Dentro de ese planteamiento lúdico del hecho artístico, el cómo vemos las cosas también es objeto de preocupación para Edmundo Paz. No me refiero a forzar el engaño en el espectador, pero de distraer su mirada, obligarle a observar de una manera especial. Gusta el artista de provocar efectos dentro de la propia pieza que obliguen a posicionarse ante ella de diferente manera, obteniendo así matices, y no dando nunca por rematada la contemplación de la obra de un simple vistazo. Esta distorsión óptica es capaz de sugerir el movimiento dentro del cuadro, huyendo de todo aquello que sea nítido, es decir, escapando de lo que a primera vista nos parezca evidente. Y es que el arte en buena medida debe propiciar siempre esa reflexión, la segunda y hasta tercera lectura, que posibilite la riqueza de planteamientos.
Esta opción es la que lleva a Edmundo Paz a ver la vida a través del arte, a plantear en cada elemento o desde cada circunstancia que la vida coloca ante él, sus posibilidades de interpretación. Nuestro protagonista no entiende lo que significa dar algo por cerrado, explorando territorios tan sugerentes como una bolsa de papel o una tabla de cocina. Elementos desprestigiados por el tránsito diario pero a los que el arte puede ofrecer una segunda oportunidad, y hasta de merecerlo así, un pasaporte para la eternidad. Así es como nuestro protagonista no se va a limitar a lo que sería la superficie de trabajo tradicional, el clásico lienzo, sino que el ánimo de exploración y la curiosidad son grandes argumentos para seguir progresando en lo artístico y propiciar así nuevas sensaciones. Y es que en su desarrollo creativo la sensación es fundamental, y para ello de nuevo tenemos que mirar hacia atrás, a la captura de un estado de ánimo en conexión con la infancia, no solo la del hombre, también la de la propia pintura. Retornemos a aquellas señales que el hombre primitivo dejó impresas sobre las paredes de sus cuevas: manos, flechas, símbolos, figuras y objetos esquemáticos… En definitiva, la conciencia de que regresar al imaginario primigenio, aquel del que todo surge y al que al final todo regresará, es la clave para adentrarse en una pintura llena de pureza, sin contaminaciones. Una pintura que satisfaga a una vida que busca lograr lo que Paul Klee ya había enunciado: “El arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo que no siempre lo es”. Así es como Edmundo Paz hace de la visibilidad de sus experiencias la plasmación de aquello que no siempre está a la vista, de aquellos rastros que la vida va impregnando en nosotros mismos y, que, en el caso de este pintor, son los rastros de una existencia.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 10/06/2012

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