lunes, 14 de mayo de 2012

El puño invisible

Tras haber recibido el Premio de Ensayo Isabel de Polanco, ‘El puño invisible’ emerge como una obra esencial a la hora de enfrentarse a los diferentes recorridos que el arte siguió durante el pasado siglo. Un golpe en la mesa de su autor, el colombiano Carlos Granés, que ha propiciado una nueva mirada desde el Dadaísmo hasta el Expresionismo abstracto americano, o desde el futurismo italiano hasta la Generación Beat. En definitiva, un trabajo admirable  para aproximarse a uno de los aspectos más fascinantes del siglo recién clausurado: su arte.

“La única forma de no ser un pesimista cultural es confiar en que así sea”. Esta frase pone el remate a las 465 páginas que componen este ensayo sobre el arte del siglo XX, pero también, y va implícito en esa radiografía, sobre la convulsa aparición de istmos, artistas y movimientos sociales que jalonaron el siglo pasado con alguno de los procesos más interesantes y vertiginosos en la historia del ser humano.
Una aportación decisiva y sobre todo llena de una frescura que va engarzando, a través de diferentes capítulos, tendencias artísticas más o menos efectivas con lo que sucede en diferentes puntos del planeta. Desde el Zurich del Cabaret Voltaire (cuna del Dadaísmo como trascendental punto de ignición de mucho de lo que acontecería con posterioridad) hasta el Nueva York de la Generación Beat, pasando por la República de Weimar de la Bauhaus hasta lo sucedido en ciudades latinoamericanas de las décadas posteriores a la II Guerra Mundial, el movimiento hippy, el mayo del 68, los happenings, e incluso nuestro 15-M, pero sobre todo, rastreando los diferentes episodios revolucionarios que desde la creatividad plantearon los diferentes cambios culturales de nuestra sociedad.
Se configura así un completo recorrido que atiende a los engranajes que fueron insertando unos istmos en otros, comprobando como nada surge del vacío, aunque muchas veces ese vacío, al final, es la única conclusión efectiva de esas tendencias en una sociedad cada vez más dirigida al espectáculo y a la aniquilación de un ideario artístico efectivo. Aquellas propuestas de Marinetti o Tzara (o lo que es lo mismo, del Futurismo y el Dadaísmo) pretendían cambiar una existencia que se había dejado llevar por el vaivén de la ciudad y el progreso y, por qué no, una cierta pose burguesa que el arte, el nuevo arte, no podía tolerar.
Al tiempo que la ideología comunista sí que pretendía hacer saltar por los aires un sistema estructurado de la sociedad, el arte rivalizaba por modificar la propia vida. Las consecuencias de uno y otro irán salpicando todo el ensayo como ejes de lo revolucionario, para finalizar en la consumición de las propuestas políticas ante el capitalismo, mientras desde el arte el recorrido sí que ha sido más largo, aunque, como se citaba con anterioridad, no siempre con felices resultados.
Encaja así el relato de Carlos Granés con el recién publicado, también a modo de ensayo, de Mario Vargas Llosa ‘La civilización del espectáculo’ (el propio escritor peruano ha alabado públicamente el trabajo de Carlos Granés y la idoneidad y trascendencia de este relato), donde se comprueba y reflexiona sobre la banalización del arte y sobre todo del hecho cultural en sí. Muchas de esas conclusiones del Premio Nobel tienen su origen y su embrión en ‘El puño invisible’, donde también caben renovaciones musicales: de John Cage al rock; o literarias, como las propiciadas por la Generación Beat, y es quizás, en esta aproximación a este universo americano de las décadas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta donde el libro alcanza su mejores momentos (también la época lo facilita) por el planteamiento interdisciplinar de los nombres que revolucionaron la América de aquel momento, y que luego derivaría a todo el mundo, con nombres tan apasionantes como Kerouac, Allen Gingsberg, William Burroughs, Neal Cassidy y Herbert Huncke, componentes de esa generación que como trasfondo tenía las numerosas consecuencias sociales y humanas de la II Guerra Mundial y la explosión económica de los Estados Unidos.
Décadas que no tienen explicación sin la figura fundacional de Marcel Duchamp, llegado de una Europa cuyas mentes estaban en fuga y acogido por un Nueva York que rápidamente se insertó en él como un paisaje del alma, siendo el ambiente propicio para sembrar la semilla que germinó. “En el ADN del arte contemporáneo están estas dos actitudes: la violencia y el humor, el grito anárquico y el susurro quietista, la insatisfacción y la aceptación, la provocación y la indiferencia, el gesto transgresor y el gesto cotidiano”, afirma Carlos Granés; y es que todo el libro se asienta sobre deslumbrantes frases, hallazgos literarios del autor que te obligan a detenerte durante unos instantes para volver sobre ellas, para reflexionar desde un trasfondo que hacia el exterior se refleja de una manera poco habitual para los que manejamos manuales artísticos, normalmente demasiado envarados.
Carlos Granés dota a este viaje apasionante de una agilidad que evidencia lo efervescente de un siglo tan plural como atrevido, tan vertiginoso como decadente, y que finalmente no ha sabido perpetuar la afrenta que desafió a la propia vida por aquellos pioneros acunados en las fascinantes ‘soirées’ del Cabaret Voltaire: “En aquel espacio el mundo no importaba, la guerra no importaba, el arte no importaba. Nada importaba. Se podía hacer y decir cualquier cosa, y mientras más caótica y disparatada, mejor”. En aquel ayer todavía existía una esperanza, en este hoy solo nos queda sujetarnos a la confianza de la primera línea.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 13/05/2012

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