sábado, 28 de abril de 2012

Mirada de niño, vida de hombre

 
Reconoce Almudena Grandes (Madrid,1960), en la nota final que en este libro explica el origen de este relato y de diferentes elementos que se encierran dentro de él, su “obsesión sentimental casi enfermiza por la guerra civil y la posguerra”. Algo que ya se nos había anticipado en el ‘El corazón helado’, libro referente en el discurrir literario de la autora. Una monumental obra de la que ha partido esta valerosa empresa de novelar en seis obras, al modo de los Episodios Nacional de Galdós, lo que ella misma llama  ‘Episodios de una guerra interminable’.

Reivindicar a Benito Pérez Galdós una y otra vez en cada entrevista y sobre todo en cada uno de los libros que conforman esta serie de seis obras que rastrean las consecuencias de la Guerra Civil en diferentes seres humanos, es el firme compromiso de esta escritora con la literatura, con su devoción por un autor fundamental para despertar en ella la pasión por contar historias y también porque este país, de una puñetera vez, mire frente a frente a un tiempo al que siempre se ha posicionado en una huida hacia adelante, y para ello lo hace desde el hoy, desde la mirada no desde el bando perdedor sino desde una democracia por la que todavía supuran numerosas heridas que no todos quieren cerrar, perpetuando el dolor en muchas, en demasiadas personas.

Historias de resistencias pero también historias cargadas de sentimientos que nos devuelven de una manera tan intensa como agradecida a esa gran novela que emergió en el siglo XIX y a la que la modernidad literaria y los excesivos postureos de numerosos escritores, siempre deseosos de reinventar la literatura, han ido desterrando sin pausa alguna.

Con una enorme honradez y humildad Almudena Grandes mira a Galdós y a esa forma de hacer novela anclada en las entrañas de un país, en un momento esencial en nuestra historia desde el que ya nada volvería a ser igual. La escritora madrileña emprende así un ‘tour de force’ que por ahora nos ha dado dos excelentes novelas: ‘Inés y la alegría’ y este ‘El lector de Julio Verne’ que se mantienen dentro de una línea genérica en la serie, focalizando la acción en puntos concretos de la resistencia antifranquista. Si en la primera novela la acción discurre en el Valle de Arán, en ésta el argumento de ese niño que mira a un mundo lleno de guardias civiles, de bandoleros, de ideales y sobre todo de seres humanos se hace geografía en la Sierra Sur de Jaén, y en un periodo muy concreto entre 1947-1949.
Nino | Tres años llenos de miserias que se traspasan a este libro donde es la mirada de un niño la que nos permite asistir a una serie de brutales acontecimientos, pero también a hermosos descubrimientos. Pocos de esos descubrimientos puede haber tan bellos e inolvidables para una persona como las lecturas de los libros de Julio Verne. Y es que son precisamente esas lecturas, y muchas otras, esenciales a la hora de conformar la personalidad del hombre, y el descompresivo de un ambiente sórdido y lleno de crueles episodios, como los que tienen lugar en estos tres años trágicos.
Nino es un niño de nueve años criado en un Cuartel de la Guardia Civil. Su padre es guardia civil y debe perseguir a varios elementos de la resistencia que se han echado al monte durante esos años comandados por un nombre mítico, Cencerro. Nino ve muchas cosas que no le gustan, cosas que le harán madurar, que le harán abrirse a una vida llena de episodios reales, no como esas maravillosas lecturas que el escritor francés le ofrece en sus novelas. Nino aprende mecanografía y no quiere ser guardia civil. Pero la vida le espera, y lejos de poder evadirse desde el ámbito de la imaginación, debe enfrentarse a ella, atravesar ese pórtico que nos permite abandonar la infancia para hacer eso tan difícil que es crecer.
Y Nino crecerá entre personajes idealizados como Pepe el portugués, sus padres, mujeres como Elena quien le abre su biblioteca, o las esposas de los hombres que han tenido que escapar al monte... en definitiva seres humanos a los cuales Almundena Grandes dota de la fisicidad necesaria para que el espectador empatice con ellos, para que se deje llevar hasta ese pueblo de motes que te acercan hasta la realidad de una manera asombrosa, y sobre todo, a mirar con los ojos de un niño todo ese paisaje de desolación e historias que se esconden bajo la alfombra de una historia alejada de los grandes manuales, de los libros que registran los hechos históricos, optando la autora por bajar a la arena, por recorrer esas calles distintas en la noche y en el día, por rastrear esos montes en dónde se han tenido que ocultar los damnificados por una guerra fratricida, que, como pocas, desoló a familias, amigos o vecinos. Ellos estaban allí, ocultos, pero muchos de los que estaban a la luz del día también se escondían, ocultaban su pasado y se esforzaban en parecer lo que no eran. Y es en esos momentos en los que el mal deja de serlo para mostrar matices, para que el negro se difumine en un gris que es en donde la novela alcanza su máximo esplendor, así como en la parte final del relato donde Nino regresa a su mirada de niño. En ese instante entendemos muchas cosas, pero sobre todo nos enfangamos en el lodazal en el que se enmarca ese periodo de nuestra historia y es cuando pensamos, cuando imaginamos parte de lo que debió ser todo aquello, cuando nos aproximamos a las víctimas, y por que no, también a los verdugos. Todos ellos con el lodo hasta las rodillas, limitando sus movimientos, pero sobre todo, mostrándolos como seres humanos, el gran logro de la novela de Almudena Grandes.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/04/2012

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