martes, 3 de abril de 2012

La entrada en el universo Saramago

En 1953 un joven escritor portugués, amante de Shakespeare, Pessoa, Eça de Queirós o Diderot, llevaba bajo el brazo un cargamento de ilusión en forma de un manuscrito titulado ‘Claraboya’ que entregó a una editorial de Lisboa. No hubo respuesta. El tiempo y el olvido se hicieron con aquel manuscrito hasta que una mudanza lo rescató de un cajón en 1999. Saramago ya era el primer escritor luso que había obtenido el Premio Nobel y el tiempo de aquel libro era ya otro, impidiendo el autor su publicación hasta pasada su muerte. Ahora es el momento. 


Con estas palabras de Pilar del Río incluidas en el prólogo del libro se refiere la que fue mujer y traductora de sus obras al castellano a ‘Claraboya’. Sí, la obra despreciada de Saramago, aquella que un muchacho de veintitantos años llevó a una editorial cargado de ilusiones y vio como era olvidada encerrada en un cajón. Allí permaneció durante décadas, hasta que en 1999 el cajón se abrió y la historias que se entremezclan en este patio de vecindad en la Lisboa de los años cincuenta comenzaron a buscar su protagonismo en la trayectoria del Premio Nobel. Con razón buscaban ser aquello que fueron y no les dejaron, la argamasa de lo que vendría después, el prólogo a una carrera que aquí esboza muchas de sus líneas argumentales y, todo ello, sin ni siquiera haber cumplido treinta años. Pero el tiempo ya se había encargado de que aquellas emociones iniciáticas se convirtiesen en la lúcida madurez de un escritor que no necesitaba enfrentarse a la vida revocando aquello que la propia vida no había querido. Así ‘Claraboya’ debería permanecer sin publicar hasta su fallecimiento, lo que la vida no había concedido que lo haga la muerte. Vida y muerte, tan importantes en toda su obra, vertebran aquí la resolución de ese enigma literario.
“En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido”. Esta frase de Raúl Brandao, el que fuera periodista entre los siglos XIX y XX, antecede al relato y ofrece la clave argumental de esta obra de Saramago. Una novela sobre las almas humanas, planteada a partir de una colmena llena de personajes que habitan un mismo edificio interactuando entre ellos. Esas relaciones parecen aislarlos del exterior, un exterior del que apenas se nos dice nada, como si esa vivienda lisboeta permaneciese aislada del mundo, centrándose en su universo particular a partir de los encuentros que mantienen entre sí cada uno de sus personajes. Una suerte de fresco neorrealista en el que estos encuentros son los que le conceden el ritmo al relato, estableciendo unas situaciones realmente modernas para el tiempo en el que fueron escritas: los odios dentro del matrimonio, la repulsión por los cuerpos cuando éste no es hermoso, los malos tratos, la homosexualidad, la sexualidad entre la pareja, ... y todo ello dentro de un contexto familiar en el que pocos escritores se aventuraban a adentrarse al entenderse la familia casi como un lugar mágico donde siempre reinaba la felicidad. Emerge así lo íntimo como una especie de reclusión de la persona, algo que podía metaforizarse con la relación del ser humano con la propia sociedad y como éste era maltratado por aquella, obligándole a su reclusión en esos patios de vecindad. Quizás todo ese mar de fondo, esa negrura de muchas situaciones, fuera fundamental para acabar dentro de un cajón, para domir durante décadas el sueño del olvido.
Saramago muestra así su modernidad en lo referido a lo temático, un progreso que también se acierta en cuanto a la atmósfera que alcanza en el tono de la novela, que debe ser vista en relación a su tiempo, a esas décadas centrales del siglo pasado en una sociedad que estaba todavía sacudida por el horror de las guerras y en la que la vida alejada de esos reductos casi familiares transitaba entre lo depresivo de unas sociedades en las que la población registraba grandes dosis de atraso, sobre todo en los países mediterráneos, muchos de ellos todavía bajo el férreo manto de feroces dictaduras. Así es como ‘Claraboya’ nos recuerda a muchos de los componentes de una obra capital de esos momentos en la literatura española, Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo, aunque si me apuran (y si mis recuerdos de lo que fue una lectura de juventud no me fallan), con una mayor profundidad en los personajes.
Lo que sí está claro es que esta novela nos vuelve a convocar con el gran escritor que fue José Saramago. Su obra, una de las más importantes de la literatura del siglo pasado, tiene en ‘Claraboya’ el origen o la explicación a muchos elementos que posteriormente irían mostrándose en su obra y que la propia Pilar del Río pone de manifiesto (y nadie mejor que ella) en el prólogo del libro a través de la importancia de esos personajes, tanto los masculinos como los femeninos, y la construcción de unos arquetipos que irían recorriendo muchos de sus títulos posteriores.
Pero amén de todos estos elementos, más o menos teóricos, más o menos literarios, el rescate y la publicación de ‘Claraboya’ supone volver a disfrutar de la literatura de José Saramago, de un territorio de sensaciones en el que muchos somos felices, un refugio  en el que ampararnos tras la muerte del escritor mediante la lectura de cualquiera de sus obras. Es el milagro de la escritura, ese que trasciende a la muerte de los propios autores, y que permite retomar una y otra vez sus textos para seguir apreciando matices y encontrando nuevas propuestas dentro de sus relatos. ‘Claraboya’ supone abrir la entrada al universo del escritor, volviendo a poner a Saramago ante nosotros, un Saramago iniciático, pero sobre todo un Saramago que nos pone en alerta sobre aquello que iba a llegar después.




Publicado en Diario de Pontevedra 1/04/2012

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