lunes, 27 de febrero de 2012


     ‘Pasajero K’ es la última novela de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), cuya trayectoria comienza a reafirmarse como imprescindible en el panorama narrativo español. Poesía, narrativa breve o novela nos hablan de una seguridad que en estos momentos desemboca en este último trabajo. Una novela sobre una Europa llena de cicatrices por la que circulan dos personas heridas, y que irán descubriendo juntos el origen de ese dolor latente. Un dolor que parte como metáfora de una Europa donde todavía permanecen abiertas numerosas heridas. 


    
            Esta vieja fotografía del asedio a Sarajevo por las tropas de Radovan Karadzic en 1995 evoca el rastro de dolor que un conflicto como aquel dejó en una Europa no siempre tan lustrosa y amable como se nos ha querido reflejar en no pocas ocasiones. Una herida que todavía supura ante el recuerdo de muchos de los participantes en aquella cruenta guerra. Las actitudes de unos y otros se refrescan de manera vergonzante cada vez que uno de aquellos criminales se sienta ante el Tribunal Internacional con sede en La Haya o cada vez que un periodista o un escritor decide hacer de ese suceso parte de su trabajo.
Esto es lo que ha hecho Adolfo García Ortega con ‘Pasajero K’, una novela en la que bajo un envoltorio de misterio o espionaje (hay quien habla de ecos de John le Carré o Alfred Hitchcock) se articula una radiografía intensa de lo que ha podido suponer aquella Guerra Civil y cómo dos personas hacen de aquellos hechos el motivo expiatorio para reconocer sus miedos y dudas, pero también para ir reconstruyendo su propio pasado. Y es que el encuentro entre una mujer, Sidonie, y un hombre, Balmori (K) en un viaje en ferrocarril les llevará a recorrer diferentes puntos de la geografía europea al encuentro de uno de los más cruentos episodios de aquella guerra de los Balcanes. Un episodio que a ella la llevará a buscar la verdad que siempre debe encontrar un periodista y a él le servirá como itinerario para redescubrirse a sí mismo y para encontrar el significado de esa K. El punto final de ese recorrido estará en La Haya, donde Radovan Karadzic espera su juicio y donde ambos personajes llegarán traumatizados por lo sucedido a lo largo de un viaje donde las heridas íntimas de cada uno de ellos se conjugan con la gran herida europea de los últimos tiempos, la de esa Guerra donde todavía el papel de las grandes potencias europeas o los organismos internacionales pende de un análisis a fondo que al parecer a nadie interesa realizar. Como sucede en el libro, dirigir la mirada hacia otro lado suele ser la manera más cotidiana de la alta política de resolver sus asuntos, por graves que estos sean, aunque posteriormente por esa herida no deje de supurar un dolor y un hedor cuyo rastro estará siempre latente en nuestra historia.
Junto a los dos protagonistas, la presencia de una cámara fotográfica permite a Balmori tomar toda una serie de instantáneas, notas de un diario que permitirá a este director de cine construir una historia que a medida que progrese el relato irá modificando su itinerario, al igual que sucede con el propio Balmori, sujeto y lastrado a esa K como una gran interrogante a la que ir dando forma y bajo la que se esconde un túnel de la infancia en la que no siempre es sencillo adentrarse.

Descubrimiento |Los que no conocíamos el trabajo de Adolfo García Ortega estaremos para siempre agradecidos a esta historia, a un relato que nos ofrece el descubrimiento de un gran escritor, de un autor capaz de enganchar al lector con una narración que circula con maestría entre ese relato personal, más humano, y el generacional de todo un continente. Es cierto que se intuyen esas componentes del cine de suspense o de la novela de intriga, pero la fuerza de ambos personajes y el buscar siempre resaltar su historia personal, su búsqueda interior, dota al conjunto de la obra de una humanidad pocas veces presente en esas influencias que muchos observan y que incluso se admite en la contraportada del libro. Adolfo García Ortega nos sitúa a todos como pasajeros en esa mirada al pasado que realiza, sabedor de que Europa, como un gran queso gruyere, posee muchos agujeros en donde encontrar historias que se puedan convertir en literatura. De sus capacidades ya depende que su lectura no se convierta en una revisión de hechos históricos carentes de interés que podrían pertenecer al género de la novela histórica y sí que ofrezcan la posibilidad de ser integrados en otro tipo de relatos, más novelísticos y eficaces de cara a una lectura sugerente para el lector. Así, la huida a la que pronto comenzarán a verse expuestos los protagonistas escapando de dos personas que les acosan o ese aberrante relato final relacionado con el criminal yugoslavo, del cual poco a poco se nos va suministrando información a lo largo del libro, son ingredientes para que la acción progrese, para que la novela crezca hacia unas páginas finales fantásticamente construidas para cerrar parte del relato y dejando algún que otro rastro por el cual rápidamente el lector irá construyendo su siguiente capítulo. Continuación que significa el futuro de dos personas, de dos seres humanos a los que la vida ha colocado frente a sí mismos, y también frente a una identidad geográfica e histórica común en la que estamos inmersos y que deberíamos conocer más en profundidad, aunque a muchos esa profundidad le genere recelos y temores. Es la Europa de hoy, edificada sobre arenas movedizas, sobre un blando argumentario al que ciertos viajes desnudan, al igual que a ciertas personas.

Publicado en Diario de Pontevedra 26/02/2012


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