martes, 17 de enero de 2012

En la tierra



Pocos deseos presenta en vida el gallego más firmes que el de pasar la eternidad hundido en la tierra materna. En Finisterre lleva años César Portela intentando que los paisanos descansen en sus cubos de hormigón colgados del infinito Atlántico y lo único que logra el bueno del arquitecto es ver con desesperación como todos optan por el pudridero natural, mientras musgos y líquenes tunean su obra. Mañana se cumplen diez años desde que un gallego ilustre, descarado y polémico, pero que escribía como Dios, Camilo José Cela, hiciera de su deseo realidad bajo un olivo en Iria Flavia. Desde hoy un hombre concomitante en muchas cuestiones con el escritor, Manuel Fraga, colocará la losa a su historia y parte de la de España y Galicia con su sepultura en Perbes. Ambos son patas de elefante de esta Galicia que vomita a sus personajes con vehemencia hacia el exterior, sabedora de que retornarán a ella tarde o temprano, ofreciéndose siempre deseosa de acoger a sus hijos.
En los momentos luctuosos, de frases hechas y de opiniones huidizas para analizar a los difuntos, una de las sentencias más socorridas es aquella en la que será la historia el juez del finado. Hijo y viuda del premio Nobel braman estos días ante el olvido del ámbito literario en torno a la figura de Camilo José Cela, desconocedores de que el luto sobre los genios dura décadas, que se lo pregunten a los descendientes de Torrente Ballester que andan todavía sacudiéndose el negro de sus ropajes. Decía Umbral que “En este país se empieza a ser una joven promesa a los 85, y mientras tanto hay que tener paciencia”, ¡Pues si esto ocurre con los vivos que sucederá con los muertos! No cabe duda de que la eternidad será generosa con el escritor padronés, firmar ‘La familia de Pascual Duarte’, ‘La colmena’ o ‘Mazurca para dos muertos’ es el mejor contrato para ser póstumamente reconocido. Manuel Fraga, por su parte, firmaba a su manera, de forma estentórea, en fiel metáfora de su personalidad, y lo cierto es que por firmar firmó de todo y en tropel, desde leyes franquistas hasta adjudicaciones de autovías en la Galicia de la Europa boyante de los fondos comunitarios; desde cargas policiales, con muertos incluidos, hasta la mismísima Constitución; desde eslóganes turísticos pasando por la nominación de los líderes del partido de la derecha democrática, hasta los nombramientos y ceses de los numerosos conselleiros por él incubados, siendo especialmente lamentable y hasta mezquino, el cese de quien fue su más claro sucesor, Xosé Cuiña, quizás el único momento de debilidad mostrado por el difunto agachando la testuz y siguiendo las órdenes de Madrid tras el petroleado de nuestras costas por aquel Prestige que agitó Galicia. “Cuando despertó el dinosaurio seguía allí”, como en el cuento de Monterroso. Pero ya nada volvió a ser igual, la salud y una Galicia despierta propiciaron el cambio político en la Comunidad. Don Manuel materializó su última reinvención personal, entrando en el Senado, agotado por su propia figura con la piel gruesa y llena de polvo tras sesenta años de estar en primera línea.
José María Aznar tras salir de la capilla ardiente, reclamó escribir con mayúsculas el nombre de Manuel Fraga en nuestra historia, olvida el expresidente que las mayúsculas son muy grandes y en sus huecos se ocultan fragmentos de la historia que emborronan al ahora alabado por casi todos. Son las firmas que la historia pone en la vida de cada uno y que por mucha capacidad camaleónica que se demuestre se arrastran tras uno como la baba de un caracol.
Hace diez años en Iria Flavia se abrieron las puertas de la tierra gallega para acoger al Nobel gallego de Literatura, entre quienes portaron sobre sus hombros el féretro se encontraba el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, el destino quiere ahora que Manuel Fraga se haya muerto con uno de sus retoños, aunque quizás también uno de los menos maleables, ocupando la presidencia del Gobierno. Veremos si también Mariano Rajoy levanta a hombros al ideólogo del Partido Popular, capaz de participar tanto de un Régimen dictatorial como de forjar el futuro de una nación democrática. Y es que quizás la política sea precisamente eso, adaptarse a las circunstancias, sobrevivir en hábitats diferentes como afirmaba otro ‘cráneo privilegiado’ de la derecha gallega, Pío Cabanillas: “hemos ganado, pero aún no sé quienes”. Pío y Manuel, Manuel y Pío, una relación de la que se ha nutrido la descendencia del Partido Popular, ambos gallegos, irónicos, sarcásticos y de fuerte carácter, protagonistas de una de las mejores anécdotas del ecosistema político patrio, reflejo de un tiempo y de sus protagonistas, recreada por Arturo Ruibal en el libro editado por este Diario,  ‘Pontevedreses’, de manera mucho más brillante que la de este columnista, cuando uno como Ministro y el otro como subsecretario de Información y Turismo deciden darse un baño improvisado en la primavera mediterránea. Sin bañadores y tras entrar en el agua de una desértica playa observan como de un autocar se apea un grupo de escolares con unas monjas al frente. Salen a la carrera para guarecerse, mientras Fraga se tapa sus partes, es entonces cuando Pío Cabanillas le grita: ¡Los huevos no Manolo: la cara, que te conocen!

Publicado en Diario de Pontevedra 17/01/2012
Foto: Entierro de Camilo J. Cela el 18/01/2002 (AGN)

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