martes, 10 de enero de 2012

El ruido del silencio

Empiezan los periodistas que acunaron el cambio de Gobierno a ponerse nerviosos ante los silencios de Mariano Rajoy. Muchos incluso se preguntan si lo reconocerán cuando se coloque ante un micrófono tras el largo manto de silencio que el presidente del Gobierno se ha impuesto y ha colocado sobre sus ministros. Una pesada losa que, por muchas fuerzas que se muestren en un principio, se está convirtiendo en una carga para todos ellos. Pedro J., Jiménez Losantos o Raúl del Pozo intentan escrutar tras las barbas del presidente el significado de su silencio, pero no aciertan a comprender nada, cayendo en el desconcierto y el desánimo, ¡pronto empiezan! Aquella actitud del líder de la oposición tanteando cada situación, sin opinar abiertamente, siempre entre murmullos, dudas e indefiniciones, ya ha dejado de ser un tic gracioso sobrevenido por ser gallego -que era lo que de verdad le ponía a Umbral- y se convierte en algo intolerable, una vez purpurado tras los muros de Moncloa. Todo empieza y todo acaba en ese silencio en el que se está resumiendo el Gobierno salvador de esta España, la España de la «ruina política y social», así proclamada por la nueva ministra de Trabajo, Fátima Báñez, que si tuvo a bien hablar para algarabía de este país tan necesitado de las flores de la primavera, ofreciéndonos, en cambio, las coronas de un cortejo fúnebre.
En ese silencio póstumo se adentró Isaac Díaz Pardo, la cara amable de una Galicia menos Galicia desde hace unos días. Su figura enjuta era la del hombre de posguerra tantas veces pintado por aquellos Laxeiro, Colmeiro o Torres, pintores a los que bien pudo alcanzar Isaac Díaz Pardo, pero por propia voluntad sacrificó su capacidad pictórica por desarrollar un proyecto que fuera más allá de lo estético y cayese en lo ético. Propició así dentro del silencio de la ‘longa noite de pedra’ una visión moderna de lo artístico y lo empresarial, tan innovador que incluso en nuestro tiempo no fue comprendido por la especulación de los nuevos propietarios de Sargadelos que pusieron a los pies de los caballos al ideólogo de un arte a la altura de Europa, en un lugar donde el silencio impedía escuchar nada más que rumorosos sones de gaita agazapados bajo los aullidos de los gobernadores civiles. Pero lo más admirable de Isaac Díaz Pardo fue su saber estar en cada momento, ante cada persona, fuese ésta del pelaje que fuese, así como por permanecer ajeno a los dictados de pensamiento de según que corriente. Habiendo vivido tanto, su actitud ante la vida viene a definir el triunfo de la persona sobre sus circunstancias. Sabiendo que somos aves de paso, ruidos momentáneos en medio del silencio de la vida. Así fue como se sacudió a los que pensaban que su legado no podía depositarse en la Ciudad de la Cultura y quizás se imaginaban que estaría mejor amontonado en un rincón de su estudio, desprotegido ante cualquier circunstancia, la más cruel el olvido, que en ese mausoleo del fraguismo en el que estos días se oyen los cantos de las sirenas con el Hades abierto de par en par. Sobre el silencio se reflexionará en breve desde ese lugar con una exposición en homenaje a la piedra como seña de identidad de nuestra tierra. Y es que en pocos elementos se representa de manera tan contundente ese silencio, un grito encerrado en un bloque de granito vertebrador de una identidad. Un símbolo eterno como el silencio que a todos nos somete y a algunos condena.


Publicado en Diario de Pontevedra 10/01/2012

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