lunes, 29 de agosto de 2011

Cuando el verano se hace arte

Con una larga tradición cultural Pontevedra ofrece durante el verano diferentes espacios para la contemplación artística. Durante los últimos meses el Pazo da Cultura ha reflexionado mediante la imagen, tanto histórica como actual, sobre la memoria y el papel de la ciudad. Justamente hoy que finaliza esa muestra, todavía estamos a tiempo de visitar las propuestas que desde diferentes instituciones, tanto públicas como privadas, ofrecen al público como complementa a un verano que por estas tierras nunca deja de lado sus opciones artísticas.



Si innumerables serían los motivos para recorrer durante este verano las calles y plazas de esta ciudad, sus encantos se acrecientan con la posibilidad de ver arte, de experimentar durante un instante lo que supone encontrarse con la creación que parte de la mente de los demás.
Pontevedra se ha caracterizado por su veranos llenos de exposiciones, cada dos años la Bienal de Arte de Pontevedra, la más antigua del estado español, se convierte en el epicentro de esta realidad, pero este no es año de Bienal, y mientras hacemos cábalas para conocer el motivo de esta muestra de cara al próximo verano, los diferentes espacios expositivos de la ciudad se afanan por cubrir ese hueco. A la vista de estas páginas está que no son pocas las ofertas que desde entidades públicas o privadas se ponen a disposición del público y donde lo bueno es, precisamente, esa diversidad de opciones de disciplinas y motivos donde a buen seguro encontraremos algo que sea de nuestro interés.

Museo de Pontevedra | Imprescindible a la hora de acercarse al arte en nuestra ciudad, el Museo de Pontevedra mientras pone a punto su nuevo edificio para albergar sus ricos y variados fondos-esperemos que sea más pronto que tarde- nos ofrece dos muestras de gran calidad. Por un lado una cita habitual, la exposición dedicada a los Novos Valores, artistas que están llamados a marcar el arte, ya no sólo gallego, sino el arte en sí, desde su primer nivel. Una convocatoria pionera en Galicia que recoge el testigo de aquellas Becas que concedió la Diputación en los años veinte y que sirvieron para transformar de manera irreversible el arte que se hacía en nuestra comunidad. En esta cita, y junto a los artistas becados concurren numerosas obras que desde la pintura, el dibujo, el grabado, la fotografía o la escultura permiten configurarse una geografía artística de lo que preocupa a estos nombres, todavía desconocidos, pero que, como ha venido sucediendo a lo largo de las últimas décadas, con el tiempo se convertirán en referentes.

En la sala contigua el Museo exhibe una de sus últimas incorporaciones a esos fondos que antes citábamos, la colección Sánchez Mesas y Fernández de Tejada es uno de esos tesoros ocultos que nuestros tiempos permiten descubrir muy de tarde en tarde. La realidad de nuestra sociedad ha transformado aquella romántica busqueda en yacimientos y mercadillos, en un seguimiento de aquellas personas que por su curiosidad y amor por el arte y la cultura han dedicado parte de su vida a realizar importantes colecciones. Este es el caso de este diplomático español y de su mujer, decidiendo la incorporación de este legado testamentario a la institución pontevedresa. En ella, se reúnen piezas de artistas referentes en la creación española del siglo XX, Millares, Benjamín Palencia, Equipo Crónica, Juan Francés, Canogar o Pablo Serrano entre otros, junto a piezas de arte asiático-oriental de gran valor.

RAC |A pocos metros de esta institución, en la calle Sarmiento se encuentra la Fundación RAC (Rosón Arte Contemporáneo) que, desde su creación y la reciente apertura de esta sala de exposiciones, permite asomarse a las últimas tendencias del arte actual. Premiada hace dos años en la Feria de Arte Contemporánea Arco por su dedicación al coleccionismo, compagina las muestras dedicadas a exhibir su fondos, con la apuesta a esas nuevas realidades que definen nuestro tiempo (en estos momentos se encuentra preparando la próxima exposición dedicada a los artistas lusos Filipa Cesar y Rui Toscano).
Durante este verano la muestra que acoge en sus dependencias es la del artista catalán Ignasi Aballí, de título ‘En el aire’. Referente nacional en lo relativo al arte conceptual y representante español en la Bienal de Arte de Venecia del año 2007. Un lujo para lo que estamos acostumbrados y en la que el artista propone una poética reflexión sobre aquello que está a nuestro alrededor y que suele pasar desapercibido por nuestra forma de mirar, pero quizás el gran éxito del buen artista, del creador, reside en mirar hacia aquello en lo que los demás no solemos reparar. Ignasi Aballí nos propone una exposición creada en relación a nuestra geografía más cercana, imágenes, textos, cielos, colores... se van sucediendo para ofrecernos una manera diferente de ver Galicia.



Ruta | Dejándonos llevar por el aliento del arte podemos seguir una ruta por pequeñas exposiciones que salpican nuestros espacios de convivencia. Fotografías como las que nos propone en el Patronato de Turismo Rías Baixas Minuca Couso, en donde su percepción del agua, de mares y ríos de todo el mundo, desde China hasta Grecia, desde nuestra Ría de Pontevedra hasta la India, genera un refrescante recorrido por una artística manera de relacionarse con ese agua que caracteriza nuestro verano. Con viajes también tiene que ver la propuesta de Norberto Olmedo y José María Soto en el Café del Mundo (junto a Vialia), fotografías de gran formato que emergen como miradas a ese universo tan singular que es China y sus rincones, siempre sorprendentes a la vista de un occidental.
La Asociación de Vecinos San Roque también abre sus puertas al arte durante el verano y nos propone una interesante muestra de escultura, donde Marcos Escudero ofrece su capacidad para la labra de la piedra, siguiendo la tradición de canteiros que prende desde antiguo en nuestras tierras, pero con alguna visión de la escultura renovadora del siglo pasado, al rescatar algunas percepciones del arte del gran maestro rumano Brancusi.
Y la pintura, donde se queda la pintura, pues esta aparece en varios espacios: la siempre necesaria sala de exposiciones de Sargadelos, donde exponen conjuntamente Guillermo Lourido, sus acuarelas y Jesús Santiago sus gouaches, de rincones y lugares muy cercanos a todos nosotros y cariñosamente reconocibles. Otra opción es la muestra de Natalia Díaz-Mella en la sala de exposiciones del Casino Mercantil en la Plaza de Curros Enríquez, donde esta Licenciada en Belas Artes en nuestra ciudad retorna a ella, como suele hacer para mostrarnos sus últimos trabajos, interesantes abstracciones llenas de ‘Entrelazados’ que permiten sintetizar paisajes, no sólo físicos, sino humanos, a través del color y de una gestualidad ya reconocible en su obra.


Publicado en Diario de Pontevedra 28/08/2011
Imágenes de las exposiciones, Colección Sánchez Mesas, Novos Valores, Ignasi Aballí y Norberto Olmedo

domingo, 28 de agosto de 2011

Ruinas



No hablo de las grandes ruinas clásicas, sustento de nuestra civilización, sino de esas pequeñas ruinas que pasan desapercibidas en nuestro entorno más próximo. Tras los tablones barnizados por el olvido y llenos de carcoma, muchas veces se esconde la felicidad de nuestra infancia o los recuerdos de una adolescencia de la que desconocíamos su existencia. Condenadas por el paso del tiempo, la vorágine constructiva y la especulación, estas ruinas visten su traje de modernidad a partir de los andamios que anuncian un nuevo edificio. A través de ellos podemos asomarnos a ese pasado, convertido en la película de una infancia en la que había que ponerse de puntillas para contemplar un bodegón de tazas de vino sobre la barra de aquel bar de domingo, en el que el serrín se pegaba a tus zapatos y en donde ir al baño era componer un equilibrio sobre unas huellas levemente levantadas ante un agujero. Allí, entre cajas de Mirinda y Savin florecía un jardín de chapas, objeto de deseo para que el juego fuese imaginación y que recogíamos para llenar nuestros bolsillos, que, convertidos en un cascabel, hacíamos sonar mientras deslizábamos un duro en una máquina que simulaba una pista de bolos. Ahora, entre esas paredes apuntaladas, se crearán pisos de última generación, escaparates de un mundo que se impone al que un día fue nuestro y en el que fuimos eternamente felices.


Publicado en Diario de Pontevedra 27/02/2011

La ambición de ser actriz

Clásicos para un verano (IX).  Sus catorce nominaciones a los Premios Oscar la situaron durante décadas como referencia de un trabajo global bien hecho. ‘Titanic’ fue la película que la igualó a nominaciones pero ese transatlántico moderno y digital poco tiene que ver con el aroma al gran de cine de estudio que desprende ‘Eva al desnudo’ (1950). La consagración de Joseph L. Mankiewicz, no sólo como director, sino como guionista o director de actores. Una película eterna e insuperable.



Deslumbrado. Así es como se queda uno tras ver, o tras volver a ver- hay películas que se pueden ver mil veces- ‘Eva al desnudo’. Uno no sabe muy bien que destacar más de una obra como esta: un guión perfecto, una puesta en escena medida hasta el último detalle, unos diálogos tan lúcidos como afilados, la interpretación de un conjunto de actores en estado de gracia y como no, la dirección de uno de los mejores directores de la historia del cine. El nombre de Joseph L. Mankiewicz se ha visto eclipsado siempre por el de los poderosos nombres  surgidos del Hollywood más clásico: Welles, Ford, Cukor, Hawks, Wilder... pero a la vista de su obra uno se sorprende de la enorme regularidad de un director del que se podría decir, y esto se puede decir de muy pocos, que no tiene una película menor, y todo ello cultivando prácticamente todos los géneros. Con ‘Eva al desnudo’ el mundo de Hollywood comprendió de su valía, la que ya venía demostrando como director, productor o guionista desde su llegada al cine a principios de los años treinta. Pero no sería hasta 1950 con esta ácida y crítica historia sobre la ambición de los actores en el mundo del teatro con la que Joseph L. Mankiewicz fue definitivamente acogido en el olimpo hollywoodiense, convirtiéndose rápidamente en uno de los nombres más respetados y con el que los mejores actores deseaban actuar, sabedores de lo que era capaz de extraer de ellos. Pocas veces Ava Gardner actuó mejor que en ‘‘La condesa descalza’ o Elizabeth Taylor en ‘De repente el último verano’, o Marlon Brando en ‘Julio César’ y ¿qué me dicen de la interpretación de Bette Davis en el papel de Margo Channing en esta ‘Eva al desnudo’?

Ambición| La historia de una joven seguidora de una veterana actriz a la que el paso del tiempo mortifica, que se convierte en su sustituta y logra embaucar a todo el mundo del teatro, es la trama perfecta para que Mankiewicz nos ofrezca uno de los mejores guiones de la historia del cine. Una maquinaria perfecta en la que estuvo trabajando durante varios años y por la que ir pasando a una serie de actores, muchos de ellos llegados por casualidad (en principio Claudette Colbert era la actriz destinada para el papel de Margo Channing), para presentar esta hoguera de las vanidades humanas. Una carrera que confunde el sueño de ser actriz, con la ambición desmedida convertida en una tormenta (como la que Bette Davis anuncia en la fiesta que celebra en su casa) de ambiciones y deseos, de conservación de vanidades y egos, pero también de redenciones entre martinys muy secos y turbadoras miradas en las que se encierra la vida de estas gentes del espectáculo, en las que Mankiewicz se fija para mostrarnos su realidad tras las bambalinas, cuando los focos se apagan y el actor se vuelve persona.

Mujeres| Si se ha caracterizado siempre al director estadounidense (su padre era un berlinés emigrante en Estados Unidos) por su trabajo con las mujeres, esta película es quizás su culmen. Un año antes otra extraordinaria cinta, ‘Carta a tres esposas’, buceaba en la psicología femenina (le apasionaba la psquiatría, carrera que comenzó a estudiar para luego licenciarse en Arte) a través de una narrativa novedosa y que mostraba su interés por la experimentación en el discurso cinematográfico, paso siguiente que nos ofrece en ‘Eva al desnudo’, donde la historia de Eva Carrington es comentada desde la voz en off de los diferentes protagonistas de la película. Una narración poliédrica que permite visualizar cómo esa desconocida llega a ser una reconocida figura del teatro y también cómo ven los demás ese ascenso. El trío de actrices Bette Davis, Anne Baxter y Celeste Holm ofrecen un muestrario impagable de gestos y miradas, de interpretaciones que a buen seguro le valieron de mucho a una jovencísima Marilyn Monroe, que debió estar con la boca abierta durante todo el rodaje viendo el mundo en el que acababa de internarse. Sobre ellas se sustenta la película y se reconoce la maestría del director a la hora de sacar de las actrices un punto más de implicación de lo que otros directores lograban. A ellas Mankiewicz une su especial manera de narrar, de contar una historia, al fin y al cabo de lo que se trata a la hora de hacer cine. Sus inicios como guionista junto a su hermano Herman, quien firma junto a Orson Welles el guión de ‘Ciudadano Kane' tiene en esta película, el refrendo absoluto a esa labor, de hecho hay muchas similitudes entre los planteamientos de Welles y los que Mankiewicz nos ofrece en 'Eva al desnudo': el empleo del flashback, los juegos temporales, la voz en off, incluso algún aspecto visual como el juego final con los espejos que nos recuerdan a ‘La dama de Sanghai’, ponen en contacto las obras de estos dos directores. Precisamente esa escena final deja abierta la narración al presentarnos la llegada de otra joven al lado de la ahora estrella Eva Harrington, el presagio de una nueva historia de codicia.
Joseph L. Mankiewicz en una de sus frases más repetidas decía que “la vida destroza cualquier guión”, el cine puede hacer la vida perfecta y de hecho, él hizo un cine perfecto, el cine que nos enseñó todo sobre Eva, sobre la ambición y el deseo, en definitiva, sobre el ser humano.


Eva al desnudo (All about Eve, 1950)
Blanco y negro.
Director: Joseph L. Mankiewicz.
Guión: Joseph L. Mankiewicz.
Música: Alfred Newman.
Producción: Darryl F. Zanuck.
Dirección artística: Lyle R. Wheeler, George W. Davis.
Fotografía: Milton Krasner.
Duración aproximada: 133 minutos.
Estreno: 13 de octubre de 1950
Intérpretes: Bette Davis, Anne Baxter, George Sanders, Celeste Holm, Gary Merrill, Hugh Marlowe.
Argumento: Eva Harrington es una desconocida joven que idolatra a la conocida actriz teatral Margo Channing. Tras comenzar a trabajar como su asistenta, la actriz comienza a darse cuenta de la desmedida ambición de la joven que pronto se convierte en su sustituta en los escenarios gracias a las malas artes del crítico teatral Addison DeWitt que no duda en criticar a la veterana actriz sólo para favorecer a quien se convertirá en su compañera sentimental.




Publicado en Diario de Pontevedra 28/08/2011

lunes, 22 de agosto de 2011

¿Cuánto puede durar un beso?

Clásicos para un verano (VIII). Pocos directores han sido capaces de originar un imaginario visual tan poderoso e influyente como Alfred Hitchcock. Elegir alguna de sus películas, muchas de ellas obras maestras sin discusión, es misión casi imposible, pero una buena opción es ‘Encadenados’, dirigida en 1946 y con una pareja de actores míticos: Cary Grant e Ingrid Bergman. Como en casi todo su cine, con ellos el director británico ensaya nuevas formas de expresión y actuación.



Un beso que marca toda una película, un beso que define a un director siempre necesitado de innovar, de buscar nuevos caminos y de situar a sus actores en complejas encrucijadas desde las que generar gran parte del mejor cine del siglo XX. Nadie ha hecho besar mejor a Cary Grant que Alfred Hitchcock, precisamente él, tantas veces señalado por su ambigüedad sexual, llevó a cabo junto a una bellísima Ingrid Bergman uno de esos besos que quedan para la historia, que rezuma pasión y deseo, y que esquiva de manera genial las férreas condiciones de la censura americana del implacable Hays, que tenía sus tiempos perfectamente definidos, y que Alfred Hitchcock estiró como nadie en una secuencia asombrosa, que nos integra en ella como auténticos voyeurs, a imagen del propio director. Lo que sería un largo beso, imposible de filmar, se convierte en una continuación de arrumacos, de labios que se rozan, de confidencias, de deseos, de esperanzas o de ilusiones que la película se irá lentamente encargando de destrozar dentro de una trama que no es más que un señuelo, el camuflaje necesario para que el director pueda juguetear con el espectador, uno de sus entretenimientos favoritos, y así confundirnos dentro de una trama de espías y de tráfico de uranio. Pero a Alfred Hitchcock lo que de verdad le interesa es ese triángulo de personajes, dos hombres enamorados de una mujer en el que uno de ellos, el galán, el siempre apacible Cary Grant, trata con un abrumador desprecio a quien su pasado parece ser un obstáculo insalvable; mientras, el otro hombre, quien encarna el papel del malvado, es quien se muestra más afectivo con una mujer que arriesga su vida por cumplir la misión que le han encomendado, y también por algo más.

Mac Guffin| “Dos hombres viajan en un tren y uno le dice a otro: “¿Qué es ese paquete que ha colocado en la red? Y el otro contesta: “Oh, es un Mac Guffin”. Entonces el primero vuelve a preguntar: ¿Qué es un Mac Guffin?” Y el otro: “Pues un aparato para atrapar leones en las montañas Adirondaks”. El primero exclama entonces: “¡Pero si no hay leones en las Adirondaks!” A lo que contesta el segundo: “En ese caso, no es un Mac Guffin”. Esta anécdota demuestra el vacío del Mac Guffin... la nada del MacGuffin”. Con esta anécdota es con la que Alfred Hitchcock explicaba al también director de cine, François Truffaut en el imprescindible libro ‘El cine según Hitchcock’, el sentido del Mac Guffin, ese elemento de distracción que poco o nada importa en el desarrollo de la narración. Así sucede en ‘Encadenados’ donde el espionaje a una banda de nazis en Brasil que están intentando producir una bomba atómica con uranio, es el Mac Guffin de esta película donde lo realmente importante, lo que de verdad interesó a Alfred Hitchcock es como Cary Grant empuja a Ingrid Bergman, la mujer de la que está enamorado, a casarse con el jefe de esa banda para ganarse su complicidad. El conficto entre el deber y el amor es la base real de esta historia en la que el director nos engaña con un uranio que podía ser un alijo de diamantes o cualquier otro elemento, ya que como el aparato que transportaba aquel hombre en el tren es un elemento vacío.

Divinidad|Para realizar ese juego de situaciones pocos directores son capaces de fijar en el espectador una serie de imágenes o de secuencias tan poderosas. Su manera de filmar, donde todo estaba perfectamente prefijado de antemano, el director dibujaba cada uno de los planos antes de su rodaje, permite realizar unas tomas realmente sorprendentes por el momento en el que fueron hechas y erigen a este director como a uno de los creadores más poderosos del siglo XX en cualquier ámbito artístico. ‘Encadenados’ ha pasado a la historia por varias de estas secuencias: la conducción de Ingrid Bergman bajo los efectos del alcohol, el beso que ambos se dan en una terraza de Río de Janeiro, la fiesta en la que Cary Grant descubre la existencia del uranio o esa taza con veneno que ponte el director ante nuestra mirada cada vez que Claude Rains o su madre lo depositan ante la indefensa Ingrid Bergman. Secuencias que nos hiptonizan y que poseen una enorme fuerza que nos atrapa hasta el punto de desentendernos de gran parte de lo que ocurre en pantalla mientras Hitchcock, como si se tratase de un gran gato jueguetea con nosotros como si fueramos un pequeño ratón, o mejor dicho con esa mirada casi divina que posee en esta y en todas sus películas, y como si de un Dios se tratase mueve a sus personajes a su interés. Así sucede en la espectacular secuencia en la que desde lo alto de la escalera de la mansión de Claude Rains se celebra una gran fiesta para presentar a Ingrid Bergman en sociedad: botellas de champán enfriando, elegantes invitados, amplios y lujosos salones... todo ello se suspende en el aire debido a que el interés del momento se concentra en una llave, la que esconde en su mano la protagonista para permitir el paso de Cary Grant a la bodega y así encontrar alguna pista sobre el dichoso uranio, una prodigiosa toma desciende desde esa mirada casi divina que cubre toda la estancia hasta ese lugar mínimo, en comparación con el resto, como es la palma de la mano de Ingrid Bergman. Pero así lo ha querido el sumo hacedor.



Encadenados (Notorius, 1946)
Blanco y negro.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Ben Hecht, a partir de una idea del director.
Música: Roy Webb.
Producción: RKO.
Dirección artística: Carroll Clark y Albert D’Agostino.
Fotografía: Ted Tetzlaff.
Duración aproximada: 100 minutos.
Estreno: 15 de agosto de 1946
Intérpretes: Cary Grant, Ingrid Bergman, Claude Rains, Louis Calhern, Leopoldine Konstantin.
Argumento: Un agente secreto del FBI, Devlin (Cary Grant) y Alicia (Ingrid Bergman), encargada de infiltrarse en una organización secreta nazi se enamoran el uno del otro. Pero Sebastian (Claude Rains), el nazi al que ella debe vigilar, le pide que se case con él. Las decisiones que toman desde este punto los integrantes en este triángulo serán el verdadero argumento de esta película, pese a las trampas que el director coloca en torno a la trama.


Publicado en Diario de Pontevedra 21/08/2011

domingo, 21 de agosto de 2011

Porque no todo es comedia

Clásicos para un verano (VII). Citar a Billy Wilder es hablar de uno de los mejores directores de la historia del cine, un genio llegado de Europa al universo de Hollywood para llenar de sátira y cinismo un cine demasiado complaciente con la realidad. Normalmente esta situación la afrontó desde la comedia, pero su destreza también tuvo continuidad en otros géneros a los cuales supo aportar un plus de diferencia. ‘Perdición’ (1944) es puro cine negro, una obra maestra que nos muestra a un Wilder alejado de la comedia.



Pocos nos han hecho reír de una manera tan inteligente como él. Pero también pocos supieron que en la vida de la risa a la tragedia sólo hay un pequeño paso reflejado en una delgada línea. Billy Wilder, el Dios de la comedia, traspasó en varias ocasiones esa línea: ‘Testigo de cargo’, ‘Días sin huella’, ‘El gran carnaval’ o ‘El crepúsculo de los Dioses’ son buena muestra de ello, de cómo se puede reflejar la realidad tras un rictus de seriedad, con una mirada-no por ello alejada de ese cinismo, marca de la casa- tan lúcida como amarga sobre el ser humano. Ni más ni menos que el objetivo último de su cine.
Procedente de la Europa Central, tras vivir en la Viena y el Berlín de los años veinte, Billy Wilder había conocido una forma de ver la realidad donde el artista se dedicaba a modificarla estirándola a su antojo, pero también a buscar en un realismo, en demasiadas ocasiones rozando la sordidez, una lupa bajo la que escrutar el comportamiento del hombre. George Grosz o Otto Dix así lo hicieron en su pintura y el director de cine marchó con sus maletas repletas de este imaginario que definió buena parte del arte europeo de entreguerras. Pero él no viajó sólo a los Estados Unidos, fueron muchos los directores que huyeron del panorama bélico y en ese Hollywood de estrellas y maravillosos estudios de cine poder desarrollar todo su potencial artístico. Así lo hicieron Fritz Lang, Robert Siodmak o Otto Preminger, estos tres nombres no son elegidos al azar, todos ellos realizaron excelsos ejemplos de cine negro. A saber: ‘La mujer del cuadro’, ‘La dama desconocida’ o ‘Laura’ respectivamente, todos ellos poseían ese registro visual de luces y sombras que caracterizó a un expresionismo que inflamó el cine alemán de entreguerras y en el que todos ellos se iniciaron en el mundo del cine y que impregnaron el cine americano. Cada uno de ellos poseía además un registro singular dentro de ese género esencial en el devenir de la historia del cine y que eclosionaba en las décadas clásicas, las de los años treinta y cuarenta.
Billy Wilder sabía que fuera de los estudios, en las calles y altos edificios de esa sociedad americana que acababa de acogerle, había materia más que suficiente para confeccionar un guión, incluso si éste era de cine negro. Siempre atento a esa realidad Billy Wilder reparó en la falta de una de sus secretarias una mañana, ante esa ausencia preguntó y una compañera de aquella le comentó que se encontraba en el lavabo leyendo una historia. Aquella historia era ‘Perdición’, una novela realizada ocho años antes por James M. Cain, que había circulado por varios estudios pero que se iba ahogando bajo la pesada losa del Código Hays que veía en ella un manual sobre cómo realizar un asesinato en un ambiente lujurioso y de deseos hacia una mujer casada. Pero Billy Wilder sabía que en aquella novela había una historia para una buena película, un relato demasiado sórdido y hasta mezquino que no era del agrado de quien llevaba ocho años realizando guiones junto a él, Charles Brackett. La sociedad de ambos se diluyó y el director buscó un escritor que supiese llevar a cabo semejante relato. Títulos como ‘Adios muñeca’ o ‘El sueño eterno’ eran aval más que suficiente para recurrir a Raymond Chandler, excelente escritor de novela negra, pero sin experiencia como guionista. Para eso ya estaba Billy Wilder, autor de alguno de los mejores guiones de la historia del cine. Ambos cumplieron el ritual clásico de encerrarse a trabajar, a preparar una historia, a rematar diálogos, pero la convivencia fue terrible. El escritor no soportaba la forma de vida del director. Sus constantes interrupciones a la hora de trabajar o sus frecuentes aventuras con mujeres, hicieron que entre ambos no hubiese una buena relación. Aquello según el propio Wilder era “como estar casado”, pero lo cierto es que pocos matrimonios han sido tan fructíferos como aquel. ‘Perdición’ se basa en un modélico guión, lleno de inteligentes giros inesperados, de sutiles escenas donde las miradas y las posiciones de cada uno de los personajes hablan del trabajo excepcional del director, y con unos diálogos sorprendentes por su modernidad, audacia y por esconder bajo sus palabras una carga erótica y hasta cruel que definía de manera ejemplar a sus personajes.
Y es que si otro elemento define a esta película es el valor de esos seres condenados por sus bajas pasiones, unas sexuales, otras económicas. Deseo y avaricia que accionan todos los recursos narrativos que fluyen en una película donde una atmósfera agobiante deja sin resuello al espectador, ante esa historia que sirve también para poner en jaque a la sociedad americana, llena de especuladores, de aprovechados que buscan mediante el engaño un aprovechamiento personal frente al interés de la colectividad. Y todo ello bajo una estructura narrativa propia del cine negro, la voz en off que durante toda la película relata lo sucedido o los continuos flash-backs dejan bien a las claras el medio en el que estamos. Pero si hasta ahora todo es brillante y casi perfecto, no lo es menos el trabajo de los actores, Fred MacMurray, famoso por sus comedias desemboca aquí todo su talento en la que quizás sea su mejor interpretación en el cine; Barbara Stanwyck, frágil en apariencia, pero terrible en su comportamiento es la mujer que hace que el actor protagonista consiga realizar un seguro a su marido para posteriormente ser él mismo quien le asesine, y finalmente Edward G. Robinson, un actor que de no existir habría que inventarlo. Siempre perfecto, en esta película ese ‘enanito interior’ que posee es quien irá deshilando la madeja en la que nos había enredado un director singular, excitante e incomparable: Billy Wilder.



Perdición (Double indemnity, 1944)
Blanco y negro.
Director: Billy Wilder.
Guión: Billy Wilder y Raymond Chandler.
Fotografía: John Seitz.
Producción: Buddy G. DeSylvia y Joseph Sistrom para Paramount.
Dirección artística: Hal Pereira, Hans Dreier, Bertram Granger.
Música: Miklós Rózsa.
Duración aproximada: 107 minutos.
Estreno: 24 de abril de 1944
Intérpretes: Fred MacMurray, Barbara Stanwyck, Edward G. Robinson, Porter Hall.
Argumento: En la ciudad de Los Angeles, un agente de una compañía de seguros (Fred MacMurray) y una cliente (Bárbara Stanwyck) traman asesinar al marido de esta última para así cobrar un cuantioso y falso seguro de accidentes. Todo se complica cuando entra en acción el investigador de la empresa de seguros, Barton Keyes (Edward G. Robinson). La película obtuvo siete nominaciones a los Oscar entre ellas las de mejor película, director y guión.




Publicado en Diario de Pontevedra 14/08/2011

Símbolos



Lonxe de ser a súa pretensión, a vida converteunos en símbolos, en altofalantes do que nunca debeu acontecer así como en divisas do que a natureza humana e quen de chegar a facer. Quitar a vida a alguén por pensar ou ser diferente é unha das peores taras que o home, e polo tanto a sociedade na que se atopa, pode presentar. E todo co alento dunha guerra entre irmáns, na que o odio e a miseria de espíritu amosou o peor de nós mesmos. As mortes de Alexandre Bóveda e de Federico García Lorca, os dous nun pequeno intervalo de horas dun cruel agosto de fai 75 anos, o primeiro nos montes da Caeira e o segundo en Viznar, Granada, úneos nese destino tráxico, nesa sorte de martirioloxía que a sociedade por desgraza necesita para soster a súa dignidade. A carón deles son moitos outros anónimos os que ‘non repousan’ nos buratos dunha memoria á que non debemos dar a espalda para darnos conta no que nos podemos converter. Eles dous destacaron polo seu traballo pola comunidade, dende a economía e moitas outras facetas, o noso veciño; e escribindo algunhas das nosas mellores letras, o poeta; loitaron porque a súa sociedade fora mellor, na esperanza dunha modernidade que esquecese o atraso dunha España da que ambos quixeron formar parte e que outros non lles deixaron. Aquel mes de agosto encheuse de mortos e bágoas, pero tamén de símbolos.


Publicado en Diario de Pontevedra 20/08/2011
Fotografía de David Freire da exposición de Alexandre Bóveda organizada pola súa Fundación

viernes, 19 de agosto de 2011

¿Sabes silbar, verdad?

Clásicos para un verano (VI).  Hay películas que van más allá de ser un mero ejercicio visual o del relato de una narración. Este es el caso de ‘Tener y no tener’ (1944), la obra con la que Howard Hawks, además de componer una película llena de matices y cualidades, compuso una de las parejas más simbólicas del mundo del cine: Lauren Bacall y Humphrey Bogart. La debutante en la pantalla, y la gran estrella del momento. La ‘flaca’ de 19 años y el hombre más duro que se había visto en pantalla.



Y aquí empezó todo. En 1936 Humphrey Bogart había debutado en el cine la película de gansters ‘El bosque petrificado’. Ocho años después ya era una estrella, un icono de lo que suponía ser un hombre duro, impenetrable. Un lobo solitario alejado de la manada, desengañado del ser humano y un escéptico convencido. No era de extrañar entonces que papeles como los de los detectives Sam Spade o Philip Marlowe le fueran como anillo al dedo o que viniese de triunfar con títulos como ‘El último refugio’ (1941), ‘El halcón maltés’ (1941) y ‘Casablanca’ (1942). Howard Hawks y la todopoderosa productora Warner tenían claro que él debía ser el protagonista de esta película realizada a partir de un relato de Ernest Heminway. El problema surgía a la hora de buscar a su pareja, la mujer que pudiese crear y mantener una relación tan explosiva como la que Ingrid Bergman había alcanzado en el gran éxito en que se había convertido ‘Casablanca’. Esa química perfecta se encontraba en la portada de una revista, ‘Harpeer’s Bazar’, que manejaba la mujer del director. Aquella jovencita, de cabellos dorados, extremadamente flaca y con un rostro de lleno de ángulos abonados a las luces y a las sombras fue inmediatamente contratada para el que sería uno de los debuts más gloriosos de la historia del cine. Un debut que fue más allá de una película y se trasladó a la vida real, convirtiéndose en la esposa de Humphrey Bogart, formando así una de las parejas más estimadas del variopinto universo de Hollywood, comprometidos con su profesión (activistas en defensa de los actores durante la caza de brujas) y de una estabilidad que sólo la prematura muerte del actor por un cáncer pudo destruir, mientras Lauren Bacall es, en nuestros días, uno de los últimos eslabones que nos unen con este maravilloso mundo del cine clásico.
Con los actores principales ya configurados la historia fue el segundo quebradero de cabeza de director y productores. Howard Hawks había retado a su amigo el escritor Ernest Heminway a que “Podría hacer una buena película de tu peor novela”, y esta era ‘Tener y no tener’, publicada en Estados Unidos en 1937 mientras el autor estaba en Madrid como corresponsal de guerra en apoyo de la República, el libro no obtuvo buenas críticas, pese a obtener unas excelentes ventas. La adaptación del guión corrió a cargo de un veterano, Jules Furthman, aunque su excesiva fidelidad al original motivó a Howard Hawks a recurrir a uno de sus guionistas habituales, el que sería premio Nobel de Literatura, William Faulkner, con quien colaboró hasta en seis trabajos, y quien prácticamente remataba el guión el mismo día del rodaje o sólo con un día de adelanto. Estaba claro que esta película estaba llamada a ser algo especial, que en ella concurriesen nombres como los de Hawks, Bogart, Bacall, Heminway o Faulkner, es la mejor manera de situarla en un esplendoroso momento donde genios de los más diferentes ámbitos creativos concurrían para generar un espectáculo sin igual, una obra maestra que ha pasado ya a la mitología del cine.
Apoyada en el marco de una puerta aquella mujer flaca y desconocida pedía fuego, lo de menos era el mechero o la cerilla, el fuego se encontraba en la mirada de Bogart que le lanzó una mirada desde la cabeza a los pies en la que se encerraba la mirada de todo el público. Deseo y pasión que fueron desde ese momento agitando el devenir de la historia y dejando en un segundo plano las andanzas de un marinero en la isla de Martinica para centrarse en la historia de seducción de una mujer a cargo de un veterano completamente fascinado por su presencia. Todos eses ingredientes pretendían profundizar en el filón que había supuesto ‘Casablanca’ de ahí que en ‘Tener y no tener’ se presenten numerosos paralelismos: un ambiente exótico, la acción de la resistencia contra el fascismo, la necesidad de ayuda por parte de los aliados de una persona, un café o un hotel, por supuesto con un pianista, como escenario central de la narración y una apasionada historia de amor, encerrando tras todo ello el mensaje de compromiso y lealtad frente a las fuerzas del mal por parte de unos personajes comunes y a los que la historia ha elegido para cumplir una misión en beneficio de la comunidad y que no podrán rechazar.
Cada acercamiento, cada conversación, cada cruce de miradas entre los dos protagonistas los coloca en una burbuja fuera del discurso global de la película, los avances de su relación, las cábalas para huir en busca de un futuro común y la consecución de una química muy superior a la pensada inicialmente, llenan como un torrente toda la cinta, pero sobremanera esas secuencias en las que se dirime el duelo entre la debutante y la estrella, momentos sublimes como cuando Bogart descubre en Bacall a la mujer que le ha robado la cartera a un incauto, o cuando la joven protagonista se impone al actor veterano a través de unos diálogos ya inolvidables para el cine: “Ya sabes que no tienes que fingir conmigo, Harry. No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Nada de nada. Tal vez sólo silbar. ¿Sabes silbar, verdad? Juntas los labios… y soplas”. Y todo esto entre esas miradas arrebatadoras. Las miradas que surgieron en una película que luego se trasladó a la vida real. A un mundo de carne y hueso muy parecido a este de blanco y negro que se inventó Howard Hawks y con él una pareja para la eternidad.



Tener y no tener (To have and have not, 1944)
Blanco y negro.
Director: Howard Hawks.
Guión: Jules Furthman y William Faulkner, basado en la novela de Ernest Heminway.
Fotografía: Sidney Hickox.
Producción: Howard Hawks/Jack L. Warner.
Dirección artística: Charles Novi/Casey Roberts.
Música: Franz Waxman.
Duración aproximada: 100 minutos.
Estreno: 11 de octubre de 1944
Intérpretes: Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Walter Brennan, Dolores Morán, Hoagy Carmichael, Sheldon Leonard, Walter Molnar.
Argumento: La isla de Martinica, controlada por los nazis en 1940, son el marco donde se desarrolla la vida de Harry, un cínico marinero expatriado americano que no tiene intención de mojarse por nadie. Al conocer a una apasionante mujer, Marie, cambia de opinión y se involucra en la ayuda a huir a una pareja a la que los nazis han puesto precio.









Publicado en Diario de Pontevedra 31/07/2011

miércoles, 17 de agosto de 2011

A 'semente' de Galicia

75 ANIVERSARIO DO SEU FUSILAMENTO Todos os homes e mulleres mortos como consecuencia da Guerra Civil teñen a súa consideración, cada un deses falecidos é un monumento ó máis baixo e ruín do home, pero cando un pobo perde ademais dunha vida a unha persoa de relevancia social a perda multiplícase. Ese foi o caso de Alexandre Bóveda.



Choliñas, Miña Peque, Vidiña:
Quixera escribirche moito. Mais xa sabes canto puidera decirche.
Perdoame todo, que os peques me lembren sempre; que cumplas todol´os meus encargos.
Eu, almiña estarei sempre con vós como che prometín.
Faltan uns minutos e teño valor, por vós, pola Terra, por todos. Vou tranquío.
Adeus, Vidiña: Vive para os peques e os vellos, abrázaos, confórtaos. Sé Ti, miña Pequeniña ademirable, a máis valente de todos. Alá sentirei ledicia e satisfacción de Ti e de todos.
Lembrareivos sempre, velarei sempre por vós.
Adeu. Contigo, cos peques, cos vellos todos, estará sempre na lembranza, na máis grande, máis fonda, máis infinda das apertas, o voso,
Xandro.
P.S: Recei contigo

Desta forma se despedía na madrugada do 17 de agosto de 1936 Alexandre Bóveda da súa muller, da súa familia, da súa vida. Palabras que aínda hoxe poñen o corazón nun puño como a mostra máis palpable da mezquindade do home, da miseria que toda guerra leva consigo, e aínda máis se esta ten lugar entre veciños. A piques de cumprirse un mes do levantamento militar, Pontevedra presenciaba como toda a guerra que tiña lugar nela resumíase nas persecucións, os axustes de contas, as delacións, e as miradas aviesas entre os poucos que saían aínda á rúa. Pero nunha vila deste tamaño, onde todo o mundo se coñecía, os dedos acusadores amosaban á infamia a que podía chegar o ser humano. A necesidade de víctimas, de corpos cos que afianzar un terror que diluíse calquer intento de contestación fronte os golpistas, tiña que compoñer o seu macabro espectro a partir de nomes referentes que foron sendo axusticiados coas balas da desesperanza e o medo, que así se extendía por toda a poboación. So dous días despois do alzamento, o 20 de xullo dous capitáns comunicábanlle a Bóveda que non saíse da súa casa. O seu destino estaba xa marcado. Cárcere, Consello de Guerra e o seu fusilamento na Caeira compoñían un dos capítulos sanguinarios que deixou a Guerra Civil en Galicia, e como moitos outros, os máis, menos recoñecidos en vida ca el, constituiuse nun símbolo desa sinrazón que trouxo consigo o enfrontamento.
Cando escribía esa derradeira carta Alexandre Bóveda percorría a súa corta vida, a que lle levou, como nos recorda Arturo Ruibal no libro ‘Pontevedreses’ a Pontevedra en 1927 con 24 anos a ocupar o cargo de jefe superior de contabilidade do Ministerio de Facenda tras aprobar a oposición en Madrid. Naquela Pontevedra agromaba a cultura e ata unha certa modernidade, tertulias, como a do Méndez Núñez a onde o leva Iglesias Vilarelle para atoparse con Castelao ou Losada Diéguez. Nomes todos eles vencellados a Coral Polifónica da que será membro e na que coñecerá a que anos despois será a súa dona e destinataria daquela desgraciada misiva: Amalia Álvarez Gallego.
Dotado dunha extraordinaria capacidade para os asuntos económicos xunto ó presidente da Deputación, Daniel de la Sota levará a cabo unha das reformas económicas máis senlleiras da Galicia do momento, coa creación da Caixa de Aforros de Pontevedra, da que el mesmo será o seu primeiro director. Esas dotes para os números e as contas fan que o Seminario de Estudos Galegos, ó que xa pertencía, lle encargue un estudo sobre as relacións económicas entre Galicia e o Estado de cara a súa integración no proxecto do Estatuto de Galicia. En decembro de 1931 fúndase o Partido Galeguista con Bóveda como Secretario de Organización. O seu traballo será moi intenso durante os seguintes anos na confección dese Estatuto, así como no Partido Galeguista do que xa era Secretario Xeral. Eran tempos de ilusións, de apostas pola vida, de traballo a favor non só dun mesmo, senón de todo un pobo, pero aquel verán de 1936 esnaquizou todo aquelo. Cando o Padre Luis, aquel franciscano tan vencellado a Coral Polifónica acudiu ante el para confesalo antes do seu falecemento o destino xogaba a súa última partida, a que nunha noite chea de negrura xuntaba a claridade daquelas voces que lle deron sona e lustre a nosa cidade coa morte dun dos nosos mellores homes. Aquela ‘semente’ como o definiu Castelao non deixou de xerminar dende entón, e setenta e cinco anos despois aínda nos da moitas leccións sobre como somos, pero tamén, do que puidemos chegar a ser.

Publicado en Diario de Pontevedra 17/08/2011
Fotografía de David Freire a partir dunha caricatura realizada polo pintor Manuel Torres e exposta nunha mostra sobre a vida e obra de Alexandre Bóveda levada a cabo pola Fundación Alexandre Bóveda

martes, 16 de agosto de 2011

La sofisticación de la sonrisa

Clásicos para un verano (V).  Su cine se ha convertido en uno de los más singulares de la historia. Surgido de Europa central, Ernst Lubitsch se instaló en Hollywood para que el cine americano aprendiese a realizar un guión casi perfecto. Tras él llegaría otro genio, Billy Wilder, que se convirtió en su mejor alumno. Lubitsch consiguió que su dirección elegante y sofisticada, siempre tan agradable de ver por el espectador, permitiese desentrañar varias claves del ser humano.



Dicen de él que fue el hombre que hizo reír a Greta Garbo. Lo que está claro es que pocos directores supieron hacer reír, eso tan difícil, de una manera tan especial como lo consiguió el berlinés Ernst Lubitsch.
Maestro de otro genio del cine, Billy Wilder, su trabajo destacó por la sutilidad de su trabajo y la consecución de una sonrisa inteligente en el espectador, que tenía una parte importante en su cine, ya que el significado de muchos de sus planos dependía de la comprensión del público al cual se le exigía un esfuerzo continuo. Aunque no es una de sus películas más conocidas y aplaudidas, entre ellas podríamos citar ‘Ser o no ser’, ‘Ninotchka’, ‘Lo que piensan las mujeres’ o ‘El diablo dijo no’, la cinta que hoy nos ocupa: ‘El bazar de las sorpresas’ es una deliciosa comedia que se desarrolla dentro de ese arquetipo que Hollywood había establecido un par de años anteriores en torno a la comedia, conocida como ‘screwball comedy’, cuyo más singular modelo es la película de George Cukor ‘La fiera de mi niña’. Si estas películas se caracterizaban por unos ambientes selectos donde se producían diferentes equívocos que iban haciendo progresar la narración dentro de un intenso ritmo, Ernst Lubitsch consigue que dentro de ese esquema sus actores muestren un interior más complejo  e incluso, como sucede en el caso del propietario de la tienda donde transcurre la acción, se den cita una serie de problemas personales. Debe por lo tanto este director, para intentar conciliar eses dos aspectos, el más lúdico y el más humano, acudir a una sutil puesta en escena que sepa relacionar ambos factores. Es lo que se dio en llamar el ‘toque Lubistch’ algo tan difícil de explicar pero que sin embargo está presente y se reconoce en cada uno de sus trabajos. En todos fluye una historia de cierto refinamiento, cargada de ironía, y donde muchas veces es más importante lo que no vemos que lo que vemos. Ningún director fue capaz de trabajar con aquello que está fuera de campo, es decir, fuera de nuestra visión, como el director alemán.

De puerta en puerta |En relación a lo que vemos y a lo que no vemos, el cine de Ernst Lubitsch se ha caracterizado por su empleo de las puertas, películas como ‘Ninotchka’ son un auténtico ejemplo de lo que puede sugerir el cine sin que veamos lo que en realidad sucede, pero en pocas películas las puertas tienen una importancia tan grande como en ‘El bazar de las sorpresas’, donde: la puerta del propietario de la tienda, el señor Matuschek, la puerta del almacén o la puerta de entrada del establecimiento se van abriendo y cerrando para cambiar escenas y ambientes, y eso, dentro de una película con mucho de teatral, como también sucedía en su monumental ‘Ser o no ser’, no debe dejarse pasar, ya que toda la película (con la excepción de una secuencia en un café) transcurre en dos escenarios: el interior de la tienda y la calle de Budapest donde ésta se encuentra. Esa limitación de espacios, en gran manera se soluciona con la continua apertura y  cierre de puertas, e incluso con elementos cómicos, como las huidas de uno de los empleados cada vez que el malhumorado señor Matuschek busca una opinión entre sus trabajadores sobre los artículos puestos a la venta.

Sombras |Pero en la película subyacen numerosos elementos que van acompañando el motivo central del argumento, como es la relación secreta que se va estableciendo entre dos de sus empleados y que ellos mismos irán descubriendo a través de sus conversaciones. A su alrededor, que es la construcción de una historia de amor, toma protagonismo la relación del señor Matuschek con su esposa, la cual le engaña y provoca su enfado con el protagonista, James Stewart, del cual desconfía como el amante de su esposa. Ese miedo a la soledad, a sentirse desamparado pese a ser el propietario de un boyante negocio, tiñe de pesimismo y hasta melancolía a esta película de Lubitsch.
Una obra maestra que en Estados Unidos es una de las películas preferidas por el público, (podemos recordar el remake perpetrado de manera infame, en comparación con el original, por la directora Nora Ephron, protagonizada por Tom Hanks y Meg Ryan), al estilo ‘Qué bello es vivir’, y con la que el director asume una especie de fabulación sobre la conducta del hombre. El microcosmos económico que es esa tienda de regalos contiene en su interior referencias a los aduladores, al abuso de los empresarios, el vendedor sin expectativas, el jovencito con ansias por sentirse jefe y el papel de unas mujeres maltratadas en relación a la postura del hombre siempre en primer plano durante una película de sonrisas sofisticadas.


El bazar de las sorpresas (The shop arround the corner, 1940)
Blanco y negro.
Director: Ernst Lubitsch.
Guión: Samson Raphaelson.
Fotografía: William Daniels.
Producción: Metro Goldwyn Mayer.
Dirección artística: Cedric Gibbons, Wade Rubottom.
Música: Werner R. Heymann.
Duración aproximada: 97 minutos.
Estreno: 12 de enero de 1940
Intérpretes: James Stewart (Alfred Kralik), Margaret Sullavan (Klara Novak), Frank Morgan (Hugo Matuschek), Joseph Schildkraut (Ferencz Vadas), Felix Bressart (Pirovitch.
Argumento: ‘Matuschek y Cia.’, es una tienda del centro de Budapest, donde un variopinto conjunto de empleados se afana en agradar a su malhumorado jefe. Entre dos de ellos se establece una relación de amor, sin que ellos lo sepan, a través de su correspondencia. Mientras, el señor Matuschek descubre la infidelidad de su esposa, lo que le conduce a un intento de suicidio y a que Kralik se convierta en el director de la tienda, donde no sólo los objetos, sino las personas que allí conviven son sus protagonistas.