jueves, 30 de junio de 2011

La cima más alta




Es la cita deportiva del verano, incluso de un año sin Mundial de Fútbol y sin Juegos Olímpicos. El Tour de Francia se erige edición tras edición como el deporte en su grado más extremo, en una competición de colosos secundados por paisajes maravillosos y cumbres sembradas de historias a lo largo de tantos y tantos ascensos y descensos.
Tantos como los cien que se cumplen desde que los corredores subieron una de esas cumbres míticas, el Galibier. Un estremecimiento de piernas parece traer consigo el nombrar a la montaña que dejará decidida la carrera en esta edición tras dos pasos por ella, siendo en uno de ellos final de etapa. Allí arriba, a 2.645 metros de altitud, récord absoluto de la historia del Tour y superando al Granon (2.413 metros) que se subió en 1986, rodeados de nieve en pleno julio, de nubes que flanquearán a los héroes es donde se dilucidará el duelo. Uno más. Porque el Tour se escribe a través de sus duelos: Lemond-Fignon, Anquetil-Mercx, Indurain-Chiappucci, Armstrong-Contador... Y cito el de Indurain y Chiappucci porque de esa primera lucha entre ambos en el Tour de 1991, por lo tanto veinte años hace de esa fecha, nació el primer triunfo del pamplonica, el primer triunfo en el Tour de Francia algo que se convertiría en costumbre en los noventa. Pues de esos duelos es de los que vive la carrera francesa, y en ese Galibier será donde Contador (29 años) y Andy Schleck (26 años) definan el suyo, como en los dos últimos años. En el primero de ellos fueron 4:11 minutos los que a favor del español le hicieron llegar con la casaca amarilla a los Campos Elíseos, en el segundo la diferencia se redujo a tan solo 39 segundos, es por ello que este Tour será muy especial. Habrá que ver si esa distancia se sigue reduciendo, si el esfuerzo en el Giro de Italia por parte de Contador le pasa factura o si la preparación a conciencia, sin apenas competir, del luxemburgués, sirve para aproximarse al que sin duda es el mejor ciclista en la actualidad y al que el propio Ivan Basso definió hace unos días como el más fuerte de todo el pelotón y que si está al nivel exhibido en el Giro será muy difícil vencerle.
Con este panorama arrancará el próximo sábado el Tour de Francia, bajo el signo de ese duelo, pero también con todo lo que suele arrastrar esta carrera: etapas en línea llenas de peligros inesperados, altas temperaturas, ritmos frenéticos desde el primero al último día; las dos grandes cordilleras del ciclismo, en esta edición subiendo primero los Pirineos y después los Alpes, y junto al ya citado Galibier la siempre hermosa y épica subida a Alpe-d’Huez, y las sorpresas, porque, ¿qué es un Tour sin sorpresas?, sin algún corredor que inesperadamente acose a los favoritos; o algún equipo que ponga patas arriba la carrera, atención este año al Euskaltel; o con algún ‘gallo’ que se quede fuera de juego a las primeras de cambio... así se ha escrito la historia de esta carrera que tal y como la entendemos hoy llega a su 98º edición.
Pocos eventos pueden sumar tantas batallas en su currículum, pero el Tour lo ha conseguido, con pocas variaciones desde su origen, permaneciendo fiel a aquellos pioneros que subían con las gomas a la espalda en un enfrentamiento a pecho descubierto con la altura y unas superficies inimaginables en estos tiempos. De aquellos polvos vienen estos lodos y desde el día 2 asistiremos a un capítulo más del deporte más hermoso y duro que hay, porque el ciclismo es eso, deporte, puro deporte.

domingo, 26 de junio de 2011

Niños



Es de sobra conocida la frase de Alfred Hitchcock en la que decía aquello de que «Nunca trabajes con niños, con animales o con Charles Laughton». Aparte de la mala baba para con su compatriota, la frase denota claramente lo riguroso de los rodajes del director británico, en donde nada, absolutamente nada, debía dejarse al azar. Con niños por medio, con animales y al parecer con el bueno de Charles Laughton esto peligraba de manera permanente, lo que explica que solo en una ocasión actor y director compartieran película. Pues esto de los niños viene a cuento de la reciente decisión de la Academia del Cine Español de dejar fuera de los Premios Goya a los menores de 16 años. Esta iniciativa, amén de otras consecuencias, nos va a liberar de ver como esos infantes suben al escenario, en gran medida para avergonzar a los que somos muchos años mayores que ellos, padeciendo su soltura y disposición ante las cámaras y una jauría actoral que se muerde la lengua al ver como un mocoso les arrebata el ‘cabezón’. En no pocas veces uno presencia a esos niños que parecen nacidos para hablar en público, agradecer a padres, primos y compañeros de recreo el haber logrado una estatuilla que apenas pueden llevar hasta su butaca. Ahora se limitarán al ámbito artístico, alejados de la hoguera de las vanidades con la que se envuelve el éxito, una palabra que tiene mayoría de edad.


Publicado en Diario de Pontevedra 25/06/2011

Deporte local



Si volvemos la mirada hacia un pasado no muy lejano e intentamos comparar nuestro deporte local de antes con el actual, poco o nada tienen que ver. Durante años y años las dudas sobre el deporte, y sobre todo, en relación al apoyo ofrecido desde la Casa Consistorial, eran más que evidentes. A la preocupante falta de instalaciones (aspecto en el que todavía hoy se debe mejorar mucho), había que añadirle un claro desapego de la clase política hacia todo aquello que fuese deporte, entendido, las más de las veces, como una especie de hobby o entretenimiento para los ciudadanos.
Afortunadamente, el paso del tiempo ha desterrado esa percepción peyorativa de una actividad fundamental hoy en día en el desarrollo social y humano de muchas familias en una Pontevedra cada vez más volcada con esta práctica. La gestión y valoración realizada desde el ámbito político municipal han puesto en cabeza de sus valores al deporte, a partir de una atención personal y cercana a cada uno de los numerosos clubes de las más variadas disciplinas deportivas, un mimo fundamental para que estas entidades confirmen y se den cuenta de ese necesario respaldo como apoyo imprescindible para su labor, ya no solo deportiva, sino dentro de la formación del individuo. No podemos dejar de lado, precisamente en estos momentos de cambio de ciclo, nombres como los de Jaime Agulló, primer director xeral de deportes que ha tenido en su historia el Concello de Pontevedra, deportista y amante del deporte, ni el de la hasta hace unas horas concelleira de deportes, Anxos Riveiro. Su buen hacer ha quedado patente durante la dirección de este área tan complicada, y a su presencia, constante en todo acto deportivo, algo siempre de agradecer y en lo que no todos se prodigan, se le une una atención personalizada a los dirigentes de los clubes pontevedreses. Dejando en el olvido aquellas continuas protestas de entidades que se veían ninguneadas por la administración local.
Se ha dado la vuelta así a la tortilla del deporte local, aquel que atendía de manera privilegiada a los grandes clubes, a entidades profesionales y que ahora, deben compartir protagonismo con ese vergel deportivo que se ha sembrado en esta ciudad, que va desde la gimnasia acrobática hasta el tenis de mesa, pasando por la natación, la esgrima, la lucha, el rugby o el triatlón, por citar modalidades deportivas impensables hace unos pocos años en nuestra ciudad. Además de esta atención a la base, el Concello ha comprendido también la importancia de hacer del deporte fiesta e imagen de la ciudad, entendiendo así que un gran acontecimiento deportivo, como lo puede ser el próximo Campeonato de Europa de Triatlón o un final de etapa de  la Vuelta Ciclista a España, se convierten en una importante fuente de ingresos para una ciudad cuyo nombre recorrerá el mundo entero a través de medios de comunicación y participantes.
Siempre queda mucho por hacer y quizás sea la de la mejora y creación de instalaciones deportivas la parte más importante que en los próximos años deberá afrontar el nuevo responsable de la materia, Agustín Fernández. Obras son amores, y aunque el ciclo económico no es el más apropiado, si que se debería plantear el impulsar una serie de actuaciones en unión de otras administraciones que, de no llevarse a cabo, limitarían el ejercicio del deporte entre los aficionados. El iniciado y perpetuamente parado Centro Lúdico de A Parda debería tener por fin el desarrollo necesario para su conclusión, al igual que la mejora de instalaciones que se muestran envejecidas y saturadas de clientes, como sucede con el gimnasio de Campolongo o la reforma integral del Pabellón Municipal de los Deportes, comprometida en el mandato recién finalizado y pendiente de su inicio.
Tres acciones puntuales que serían una buena piedra de toque para continuar visualizando el  interés municipal por el deporte, y más en estos tiempos de crisis y recortes financieros, ante los que los políticos deberían pensar que invertir en deporte no es más que invertir en futuro, salud y bienestar.


Publicado en Diario de Pontevedra 24/06/2011

lunes, 20 de junio de 2011

Bajo un olivo

Durante estos días estaría frotándose los ojos ante los movimientos populares enfrentados a las clases dirigentes, pero la vida no le ha dejado disfrutar de algo a lo que tanto nos había animado. El sábado se cumplió un año de su muerte. La muerte de un escritor como Saramago no es un punto final, sino un continuo fluir de circunstancias a la sombra de una extraordinaria obra literaria y humana. «Pero no subió a las estrellas si a la tierra pertenecía», es la frase final del libro ‘Memorial del convento’ que se ha instalado al pie de un olivo junto al que desde este sábado reposan sus cenizas en Lisboa, frente a la Casa dos Bicos, sede de su Fundación. Un lugar para la peregrinación, para el recuerdo, pero sobre todo para leer y releer los libros de José Saramago, la forma de perpetuar una vida, de hacer infinita una existencia que va más allá de unas cenizas, convirtiéndose en palabras eternas.

Darín



Posee el carisma y la fuerza de los grandes de Hollywood. En cada papel que interpreta demuestra su versatilidad y la capacidad que distingue a los mejores para enfundarse esa piel prestada con que les permite vestirse un guión de cine. Siempre creíble, es capaz de transmitir con su mirada de ojos azules toda la honestidad de su interpretación, no recordando una sola de ellas en que me haya decepcionado, situándose muchas veces por encima de las propias películas. Ricardo Darín vuelve a las pantallas para trasladarnos de nuevo a su patria, a esa Argentina de la que se ha convertido en uno de sus mejores representantes. Sus historias, siempre pequeñas, siempre cercanas, son capaces de pellizcarnos el corazón, de arañarnos allí donde el cine se convierte en algo mágico, permitiéndonos disfrutar con su talento. Ese que ha desparramado a borbotones en ‘Nueve reinas’, ‘El hijo de la novia’, ‘Kamchatka’, ‘El baile de la Victoria’ o ‘El secreto de sus ojos’ y desde este fin de semana en ‘Un cuento chino’. Solo ver el trailer de la película te llena de ganas de asistir a su proyección para encontrarte de nuevo con el actor. Un hombre corriente que entiende y honra su oficio, y que se ha convertido en la bandera de un magnífico cine como es el argentino, cuyo éxito reside en situar al ser humano como centro de su trabajo dentro de unas historias sinceras y poco pretenciosas.


Publicado en Diario de Pontevedra 18/06/2011

viernes, 17 de junio de 2011

Cento dez anos de Manuel Torres



Casiñas brancas ata as que chegaba a auga do mar ás súas portas, centos de homes e mulleres adicados á vida mariñeira, sen apenas electricidade e soñando coa presenza dalgún automóbil. Poderíamos imaxinar así aquel Marín do 17 de xuño de 1901 no que naceu Manuel Torres. Un Marín que iría medrando a carón deste home que co tempo se converteu nun dos grandes pintores de Galicia, dentro daquela xeración de renovadores da arte (‘Os novos’) impulsados polos consellos de Castelao, os Laxeiro, Colmeiro, Arturo Souto, Carlos Maside e Manuel Torres esnaquizaron a pintura tradicional e pintoresca que se facía en Galicia e adaptaron as novas linguaxes da vangarda ó carácter e o sentir do pobo galego. Todos eles tiñan unha fonda identificación coa súa terra, poñendo a súa pintura ó servizo dunha identidade que pelexaba nas décadas dos anos vinte e trinta do século pasado por atopar o senso identificador dunha realidade. Esa realidade era a dos traballos do rural, que Manuel Torres coñecera como mestre en Couso (Campo Lameiro), pero tamén a dos labores do mar, entre os que naceu e morreu; tamén a do mundo urbano, o das novas vilas de Galicia que bulían coa modernidade e o progreso que se viviu antes da Guerra Civil. Manuel Torres, de mestre en Vigo, participaba da vida dos cafés, do faladoiro do Derby a carón de Maside, pero tamén de Rafael Dieste. Nomes que influiron de xeito decisivo no seu devir artístico. Alí en Vigo participou nunha das tarefas artísticas máis senlleiras da súa obra, o labor de viñetista en xornais como ‘Faro de Vigo’ ou ‘El Pueblo Gallego’. Manuel Torres foi o mellor da súa xeración nese eido. E nas súas viñetas, xunto o seu certeiro debuxo, atopábase a crítica á sociedade da Dictadura de Primo de Rivera, pero sobre todo a esa caste que oprimía ós máis desfavorecidos, a un pobo cheo de eivas culturais e económicas na procura dun recoñecemento que lle chegaría co Estatuto do 36. Recollía así Manuel Torres plantexamentos modernos, xurdidos da ‘Nova obxectividade’ que coñecera Castelao na súa reveladora viaxe por Europa de 1921. Á súa volta fixo do gravado, e en concreto do linóleo, unha forma de expresión económica, de fácil difusión e chea de expresionismo. A escola linoleística de Pontevedra tivo en Manuel Torres unha firma destacada, a súa portada no número de outubro do 1932 da Revista Cristal confirma a súa valía. Falamos xa de viñeta, de debuxo, de gravado, e é que se algo caracterizou a Manuel Torres por riba dos seus coetáneos, foi o seu interese por achegarse ós diferentes campos da expresión. Ós anteriormente citados unirémoslle o pastel, a acuarela, a escultura, o óleo rascado, e como non, o óleo. Manuel Torres pintou a muller máis fermosa que nunca pintou artista ningún en Galicia, a súa ‘Dama do sombreiro’ (1931) que garda o Museo de Pontevedra é a nosa ‘Giovanna Tornabuoni’, a muller por excelencia na pintura: interesante, fermosa e chea de misterio. Feita ó modo de Modigliani, Manuel Torres a pintaba á súa volta de París tras conquerir unha bolsa de viaxe da Deputación de Pontevedra. Antes e despois disfrutou doutras bolsas de estudos, para coñecer as vangardas en Madrid e formar parte daquel bulir xurdido ó albór da Xeración do 27 e que a Guerra Civil fixo anacos. A súa pintura comprometida con Galicia, e co seu Marín natal, tivo na búsqueda do volume a súa maior preocupación, sempre ó servizo da pintura, ó servizo do ser humano, e así foi ata a súa morte en 1995 en Marín, refuxio e motivo da súa obra e da súa vida, idealizado na ‘Banda do río’, poso proustiano ó que se enfrontou do mesmo xeito que Cezanne a ‘súa’ montaña de‘Saint-Victoire’.




Publicado en Diario de Pontevedra 17/06/2011
'Autorretrato' (1927)
'Bodegón con libros' (1934)

martes, 14 de junio de 2011

Rafa, la cámara de una ciudad

Memoria visual de una ciudad, el trabajo de Rafa Vázquez, ‘Rafa’, recupera durante este mes la dignidad perdida entre una población acostumbrada a un trabajo en prensa, tan apresurado como subordinado a la actualidad. La exposición del Museo de Pontevedra 'Retratos na rúa (1950-1970)' nos va a permitir conocer una faceta extraordinaria que nos habla de sus bondades.



“La vida de un pueblo es un constante suceder de acontecimientos que mantienen viva su imagen y su acontecer diario: Cuando las personas pasan, la historia permanece a través de sus hechos guardados en el recuerdo de sus habitantes y en los testimonios de sus escritores y artistas. Las obras literarias siempre son en mayor o menor grado subjetivas, como todas las obras humanas, pero lo que un fotógrafo graba en los carretes de su máquina muestran inequívocamente la realidad de lo acontecido sin posibilidad de error o interpretaciones”. De esta forma el grupo del Partido Popular en la corporación municipal de Pontevedra respaldaba, al igual que hicieron numerosos colectivos locales, la concesión del Premio Ciudad de Pontevedra 1991 a la figura de Rafa. “En un tiempo récord y con unanimidad de criterios”, rezaba el Diario entonces, se resolvió que tanto Rafa como el Gremio de Mareantes, fuesen merecedores de tan alta distinción. A la vista de los galardonados está que la discusión no tenía lugar.
La exposición que motiva este recuerdo se centra en los años 1950-1970, Rafa llevaba ya diez años en una Pontevedra a la que había llegado procedente de su Vigo natal. Aquí compatibilizó el trabajo en su estudio ubicado en la Rúa Alta con colaboraciones en prensa, siendo requerido de forma puntual por diferentes medios del momento. Sería en 1979, tras el fallecimiento de Camilo Gómez, fotógrafo de Diario de Pontevedra desde 1963, cuando Rafa inicia la andadura por la que ha sido más conocido, la de su labor en prensa, y concretamente en el rotativo cabecera de la ciudad. Desde su llegada y hasta su marcha, en 1995, Rafa ha estado siempre bajo las órdenes de Pedro Rivas Fontenla, el director de Diario de Pontevedra y personaje central a la hora de entender y aproximarse a la intrahistoria local.
Pedro Rivas, podríamos decir que vale más por lo que calla que por lo que cuenta. Su papel en la dirección de Diario de Pontevedra durante más de treinta años lo sitúan en una posición privilegiada de cara a visualizar esas décadas en la vida social de la ciudad, pero sobre todo para acercarse a la figura de este hombre al que ya conocía de su época de corresponsal en Faro de Vigo, y con el que coincidió a la hora de realizar algunos trabajos. La enfermedad de Camilo Gómez hizo que Rafa pasase a colaborar con Diario de Pontevedra para, a su muerte, hacerse cargo de la sección de fotografía. Aquellos tiempos eran muy diferentes a los de ahora, se realizaban muchas menos fotos, pero en la ciudad había numerosos actos que cubrir. Camilo Gómez y Rafa compartieron tareas al aumentar el número de eventos que cubrir y ser necesaria la presencia de otro fotógrafo para poder llegar a todos los sitios. “Rafa era extremadamente profesional, una persona muy cumplidora y muy honesta a la hora de realizar su trabajo”, comenta Pedro Rivas mientras deja volar su fértil imaginación hacia los tiempos de cajas de plomo y linotipias. “Le podías llamar a cualquier hora del día o de la noche que nunca recibías una negativa”, recuerda el ex director del Diario mientras se prepara para comentar una de las noches más complicadas dentro de la historia del periódico y por extensión de la ciudad. “Sobre las tres de la madrugada y con el periódico ya cerrado me dirigía a mi vivienda”, cuando al pasar ante el Ayuntamiento me comentan que había un conato de incendio en el bingo del Liceo Casino”, al acercarme allí ví cómo el fuego comenzaba a activarse y en ese momento alguien, para intentar su extinción, abrió una ventana. Al entrar oxígeno todo aquello se convirtió en un horno, ayudado por los sacos de confettis que había en el sótano que habían quedado de los bailes de carnaval. Ya habíamos llamado a Rafa, que estaba durmiendo, y en pocos minutos llegaba ante un fuego que ya era incontrolable”, comenta Pedro Rivas mientras menciona las virtudes de aquel trabajo que motivaron un amplio despliegue gráfico en un periódico donde la fotografía estaba todavía muy subordinada a la letra. Esa historia volvió a repetirse años después con el incendio del Convento de San Francisco, pero aquella madrugada anterior, la de un 15 de abril de 1981, permanece todavía en la memoria de muchos pontevedreses, y en gran medida allí se instaló debido al trabajo de nuestro protagonista.
Aquella redacción compuesta por los integrantes de la cooperativa de trabajadores era un universo singular, un equipo de profesionales que hicieron del periodismo local un milagro que veía la luz día tras día. En sus antiguas dependencias se había creado un pequeño laboratorio, pero “Rafa no era muy partidario de usarlo, los fotógrafos prefieren trabajar en su laboratorio habitual, donde tienen todo mucho más controlado”, relata Pedro Rivas, “Rafa solía traer el trabajo ya hecho desde su propio laboratorio y cobraba por las imágenes que traía, solo si alguna labor era de última hora es cuando trabajaba en el laboratorio del Diario”. En 1978 abrió un nuevo estudio en el acceso al Cine Malvar, muchos recordamos ir allí a buscar las fotos de los bailes de un Casino del que fue fotógrafo oficial desde los años cincuenta, por lo que la entidad le premió con la Insignia de oro en 2001.
Este trabajo a contrarreloj solía darse en los días de partido en Pasarón, uno de los territorios por los que más ha pateado el bueno de Rafa. Las gestas y las tristezas de aquel equipo tuvieron en él a un testigo de excepción. Pedro Rivas todavía recuerda alguna anécdota en relación a su trabajo en el ámbito deportivo. “Yo no solía ver los partidos, cuando era presidente del Pontevedra veía el comienzo y luego ya me tenía que ir a la redacción, allí era el equipo de deportes el que se dedicaba a realizar y coordinar la sección”, explica Pedro Rivas. Amador Larriba o Almansa gestionaban uno de los espacios más demandados por los lectores y mientras se preparaban las páginas Rafa revelaba en el laboratorio las imágenes. “Desde la redacción no se hacía más que apurar al fotógrafo, meterle prisa para elegir el material, así que las fotografías salían húmedas, sin secar y chorreando, por lo que ponían perdido todo por donde pasaban”, recuerda entre sonrisas Pedro Rivas. Igualmente divertida es alguna anécdota en torno al balón, y digo en torno al balón porque él era el protagonista que debía aparecer, cuando no era así, los gritos de los redactores se oían a metros de distancia, con lo que había que ingeniárselas para componer una foto con balón, así que, a grandes males grandes remedios, se buscaba otra fotografía de un encuentro anterior donde apareciese la dichosa pelotita, se recortaba de la mejor manera posible y se pegaba donde tuviesen a bien fotógrafo y redactor y aquí paz y después gloria.
Pedro Rivas todavía se muerde la lengua al recordar cuando el fotógrafo llegaba con “ganas de pinchar”, y entonces acudía a una de sus pasiones, el Celta de Vigo, ciudad donde había nacido, y de cuyo equipo era acérrimo, poniendo a prueba a tanto exponente de pontevedresismo encerrado en aquellas paredes, las mismas que cobijaron a Rafa Vázquez, al igual que hicieron con aquellos periodistas que todavía están a la espera de recibir el reconocimiento a su labor. Rafa Vázquez es el primero en ser homenajeado, y precisamente lo es a través de aquello que más le habría gustado, sus fotografías, imágenes en las que se respira el cariño y el aroma de una ciudad a la que dedicó su vida.



Rostros. Veinte años de la historia local  a través de las caras de los pontevedreses

La ciudad a través de sus rostros, las miradas de los ciudadanos que acto a acto fueron configurando la identidad de lo que hoy es Pontevedra. Aquellas décadas fueron fundamentales en la historia de la ciudad, al suponer desde finales de los años cincuenta la superación de muchos de los traumas surgidos durante la Guerra Civil. El tiempo fue cerrando heridas y la capital debió continuar su devenir diario. Se vivió un desarrollo social y económico que modificó gran parte de su fisonomía, estableciéndose diferentes empresas que permitieron cierto desahogo económico a muchos pontevedreses. Así las cosas, la cámara de Rafa se acercó a todos ellos para instalar en nuestra memoria sus rostros.
Rafa se ha convertido en el mejor notario que haya podido tener esta ciudad, sus fotografías, son la prueba real de lo que somos a partir de lo que fuimos, de la configuración de una ciudad forjada a través de sus gentes, de unas calles nacidas para ser vividas y en las que mostrarnos al exterior. Recorrer esta exposición va a suponer un agradable salto en el tiempo, una pirueta de nuestra memoria, a ella deberíamos acudir con personas que estuvieron presentes en aquellas décadas. Ellos tienen la llave del recuerdo, Rafa la de la realidad.



Cuarenta y seis años después
José Manuel Fontán, conserje del Museo de Pontevedra, ha sido uno de los muchos pontevedreses que se han reconocido en las imágenes de Rafa, en este caso, el sorprendido Fontán todavía era un niño cuando participó como extra en el rodaje realizado en Pontevedra, en 1965 de la película ‘Cotolay’, bajo la dirección del afamado director José Antonio Nieves Conde. Como cada vez que la gente del cine ocupa una ciudad la expectación fue máxima, Rafa estuvo allí, y ahora, cuarenta y seis años después, esas tres fotografías recuerdan aquellas inolvidables jornadas  de rodaje en el entorno de la Basílica de Santa María y el Monasterio de Lérez. En una de esas imágenes Fontán aparecer acompañado de más niños que él mismo reconoce ante la imagen: Tino Méndez (actual secretario de Defensa en Madrid) los hermanos Benito y Fernando Méndez, Enrique González Acha, Manuel Filgueira y Rafael Montero, y recuerda cómo todos ellos eran  alumnos colaboradores del Museo cuando por medio de Filgueira Valverde se convirtieron en extras.


Publicado en Diario de Pontevedra 12/06/2011

Terapia




No me pregunten el porqué, quizás no tenga espacio suficiente en esta columna para ofrecerles respuestas, pero la verdad es que cada cierto tiempo tengo que refugiarme en su cine. Un bálsamo para la felicidad y la estabilidad emocional. Yo, si me lo permiten, se lo recomiendo fervientemente. Si no pueden de manera semanal, por lo menos cada quince días sigan este gozoso tratamiento de forma fiel: un día ‘El chico’, otro, ‘La quimera del oro’, sigan con, ‘Luces de la ciudad’, ‘Candilejas’ o ‘Tiempos Modernos’, y no se olviden de ‘El gran dictador’, ‘Una mujer de París’ o ‘Monsieur Verdoux’. Nadie ha creado nunca fármacos contra el dolor más efectivos, una terapia que les hará sentirse mejor y les permitirá olvidarse durante su metraje de las fatiguitas de esta perra vida. Aquel mundo de blanco y negro, de emociones contenidas, sonrisas inteligentes, grandiosos silencios y gags inolvidables, es de lo mejor que ha dispuesto la vida ante nosotros, no disfrutarlo, no aprovecharse de ese paraíso de sensaciones sería imperdonable, se lo aseguro. La mejor evasión para encarar con fuerzas nuestra cotidianeidad, para hacer del sentimiento valor y de la inteligencia el sustento para seguir respirando. Hoy volveré a llorar, volveré a reír viendo cómo ese personaje desgarbado e inofensivo le compra una flor a una joven ciega. Hoy volveré a ser feliz gracias a Charles Chaplin.

Publicado en Diario de Pontevedra 13/06/2011 

miércoles, 8 de junio de 2011

Soñar en París



Si una ciudad ha nacido para ser soñada, esa es París, incluso bajo la lluvia. Y si una vez en París, los sueños son capaces de atraparnos, entonces es que algo muy grande nos puede ocurrir. Sueños y París, no son mala combinación, pero todavía nos falta un ingrediente, el hacedor que sepa añadir la parte necesaria de cada uno de esos ingredientes para cocinar un plato exquisito que nos haga disfrutar del cine, y entonces es cuando emerge la figura de Woody Allen.
Creador de historias, de sueños y de películas maravillosas como ocurre con ‘Midnight París’, que vuelve a situar al director neoyorkino ante uno de sus estados de gracia habituales, aquellos que normalmente surgen cuando decide hacer su cine más libre y personal, en el que habla de lo que le reconcilia con la vida, de esa terapia absolutamente maravillosa que suponen nuestra lecturas, películas o músicas favoritas. Un refugio en el que guarecernos cuando la vida no es todo lo agradable que hubiéramos deseado, en muchas ocasiones, las más, por nuestras dudas, por nuestros miedos y temores, por nuestras cobardías y comodidades, en definitiva, por la propia culpa de no ser capaces de dirigir nuestras vidas. Woody Allen busca a Scott Fitzgerald, a Cole Porter, a Picasso, a Heminway, a Gertrude Stein, a Buñuel o a Dalí, como quien se estira en el diván de su psicoanalista ante un desconocido para despresurizar ciertas situaciones de nuestra vida, como puede ser el estar con la mujer equivocada, el someterse cada día a una prueba de exigencia máxima donde ni tus futuros suegros, ni los amigos de la que pronto será tu esposa, ni su propia conducta, te hacen feliz.
Porque esta es la palabra clave de toda vida, y por extensión de las películas de Woody Allen, la felicidad, la búsqueda de la felicidad, aunque ésta llegue tras las campanadas de media noche y en un Peugeot de época cargado de los mitos que nunca nos han defraudado. Esta mezcla de realidad e irrealidad ya tiene asomado con igual éxito en trabajos anteriores del director, sobre todo en una obra maestra como  ‘La rosa púrpura del Cairo’, donde la pantalla de cine es la frontera entre ambos universos, ahora esa frontera se establece bajo un encantamiento, una suerte de carroza de cenicienta capaz de conducirte a los espacios más fantásticos que puede haber en el idealizado edén del protagonista, en este caso los parisinos años 20, allí el protagonista, un Owen Wilson trasunto del propio Woody Allen, tiene todo lo que le falta en su vida real: escritores con los que conversar, fantásticas fiestas en las que no aguantar a ningún pedante, músicas que le hagan sentir vivo y amor, un auténtico amor. Pronto se dará cuenta de que esos sueños no son la solución a sus problemas al entender que no hay refugio posible, que la idealización de un tiempo entendido como mejor, no deja de ser una constante en el ser humano como forma de evasión de su realidad. Lo que para que él simbolizaban los felices años 20, para un personaje surgido de ese tiempo lo fue el cambio de siglo, entrando así en una espiral que viene a mostrar lo complejo del ser humano y su eterna disconformidad con el momento de su existencia.
Claro que si esa existencia se desarrolla en París, y a los ojos de Woody Allen, se vuelve un espacio mágico que filma como no hizo con ningún otro lugar, exceptuando el Nueva York de ‘Manhattan’ (maravilloso el arranque de ambas películas con toda una colección de postales de cada ciudad). Un lugar para soñar desde el cine, para soñar desde la vida.


Publicado en Diario de Pontevedra 08/06/2011

martes, 7 de junio de 2011

O retorno ao fogar. A volta a un mesmo

‘Non hai noite tan longa’ é a última novela de Agustín Fernández Paz (Vilalba, 1947), unha extraordinaria obra que volta a mirada á grande literatura. A dos mitos gregos ou as obras de William Shakespeare, referentes para un relato que afonda na Galicia de finais do franquismo coa historia dun home que volta á súa casa tras trinta anos fóra dela co gallo da morte da súa nai. Nese retorno o protagonista abrirá as portas dun pasado cheo de feridas que lonxe de cicatrizar están aínda sen sanar. O lume da verdade será o seu facho para atoparse a si mesmo.



Monteverde é un pequeno concello no cal todos se coñecen. En 1972 un home, Gabriel Lamas, aínda rapaz, fuxiu daquel lugar afogado polos medos que os anos finais do franquismo propiciaron nas súas xentes. Tras pasar por Barcelona e tendo a súa vida en París, a chamada telefónica, trinta anos despois, da súa irmá anunciándolle a morte da súa nai propicia o seu retorno a aquel lugar ó que prometera non volver. A visión pantasmal da figura do pai faille revivir un lamentable suceso que aconteceu cando tomou aquela decisión de non volver mirar cara atrás. Atrapado polo recordo e a recuperación dun mesmo decide quedarse para coñecer a verdade.
Esa búsqueda é a que move todo o desenvolvemento da acción, as pesquisas que o protagonista realiza entre aqueles veciños que puideron ter relación cos feitos. Ó ir tirando dos fíos que a investigación vai poñendo nas mans do protagonista condúcenos por unha trama engaiolante e que nos atrapa nunha sorte de ‘thriller’ no marco físico da aldea e co paso do tempo como testemuña do que fomos e tamén do que somos.
A contraposición de tempos a través daqueles estertores do franquismo, con citas puntuais como o referéndum dos 25 anos de paz, ou a convulsa situación internacional coa Guerra Fría, a chegada do home á lúa ou os brotes de racismo en Estados Unidos, que tan ben se reflicten na fermosa imaxe que ilustra a portada do libro, coa actualidade é a que lle permite a Gabriel Lamas achegarse a súa propia familia, aquela da que se separou tras a súa marcha. Falar coa súa irmá ou manter longas conversas coa súa sobriña é o recurso que relaxa as situacións máis tensas como son as que se refiren ós sucesos que tiveron lugar nun pasado e que marcaron o futuro de toda unha familia.
Agustín Fernández Paz recupera nesta intensa novela os grandes mitos da literatura e é quen de inxerilos no discurso dun relato actual e moderno, con moitos acenos ó cinema. A hamletiana aparición da pantasma da figura do pai reclamando xustiza ó seu fillo, ou esa sorte de viaxe de retorno a casa como o Ulises da ‘Odisea’, ata o propio título da novela, saído dun diálogo de ‘Macbeth’ (“Reunide todo o ánimo que poidades. Que non hai noite tan longa que non remate en día”), danlle solidez á narración e permiten ó autor afianzar a historia personal do protagonista que é quen de facer dun xeito fluído e que sempre te vai mantendo en alerta ante os seus movementos. Porque se algo pode agradecer o lector nesta novela é a súa sinceridade literaria, a súa vocación de relato clásico que permite unha lectura sen atrancos afastada das complicacións que moitos escritores buscan de xeito premeditado para inscribir a súa novela dentro dalgunha corrente experimental. Agustín Fernández Paz a estas alturas da película, e sendo esta a súa primeira novela adicada plenamente ó público adulto (aínda que lendo as súas obras adicadas ó público infantil e xuvenil un non entende esta división de ‘xéneros’) non xoga con experimentos. Senón que se adica a escribir, a facer dun relato a narración dunha xeración onde os medos e teimas do franquismo enchían todo da súa baixeza moral, onde os rumores, as desconfianzas e as delacións entre amigos, convertían as vidas en vidas marcadas a ferro quente sobre a súa pel polos propios veciños. Estes resquemores danaron de xeito irreparable a moitas familias que se viron esnaquizadas, como acontece coa de Gabriel Lamas. Agora, cincuenta anos despois, é un deses simbólicos momentos que a vida nos ofrece para pechar o seu propio círculo, ou mellor dito, para fuxir dalgún deses labirintos no que a nosa existencia é quen de enredarnos, e como acontece tantas veces, a morte é o único desencadeante dese proceso terapéutico baseado na recuperación dun tempo, pero sobre todo na recuperación dun mesmo.
O escritor de Vilalba ofrécenos unha novela engaiolante para o lector que desexa pasar unha páxina tras outra para ver por cal deses fíos tira o protagonista na procura da súa propia historia, pero tamén na procura do que pasou en moitos recunchos desta terra.




Publicado en Diario de Pontevedra 5/06/2011
Fotografía 'Persoas nunha cafetería o día do Referendum dos XXV anos de Paz' (1966)

lunes, 6 de junio de 2011

Seis miradas para un cadáver

Hasta el 15 de julio la Sala X de la Facultade de Belas Artes de Pontevedra acoge la exposición ‘Soy tan loser que ni los feos me quieren’, una instalación que parte del dibujo como sustento de su expresión y al mismo tiempo como discurso formal a partir del cual afrontar el acto de crear. Bajo el comisariado de Nono Bandera, seis artistas nos ofrecen su mundo propio, un universo fantástico que atrapa al espectador y que lo introduce en una dimensión diferente a la de la realidad, donde todo puede suceder, y donde lo inverosímil se convierte en real.



Integrar la obra de seis artistas en un mismo discurso no es nada fácil, de ahí el mérito del resultado que ofrece la exposición que, comisariada por Nono Bandera, nos permite unir el trabajo de seis artistas como ElenaFernández, Inés Casajeros, Natalia Blanco, Sae Aparicio, Sara García y Tamara Feijóo. Todas ellas ex alumnas de la Facultade de Belas Artes de Pontevedra y ahora diseminadas por diferentes ciudades españolas luchando porque la formación adquirida se convierta en visualización de sus inquietudes artísticas.
A todas les une su interés por el dibujo como forma de expresión y desde estos días les ha unido también la configuración de este enorme mural en el que se van engarzando sus obras como en aquellos cadáveres exquisitos del universo surrealista. El sentido lúdico del arte está muy presente en este juego visual que se compone de las aportaciones realizadas por las seis creadoras desde cada uno de esos puntos geográficos. Seis aportaciones individuales que se han ido posteriormente relacionando entre sí. El collage de plantas y pájaros de Elena Rodríguez, el plato de comida, una suerte de bodegón desmaterializado de Inés Casajeros, las frases de Sara García, el hueco en el tronco del árbol de Sae Aparicio, los retratos enmarcados de Natalia Blanco o esa gran mantis que lentamente va engulliendo el plato de espaguetis que crea Tamara Feijóo van componiendo un impresionante mural, lleno de imaginación, pero también, al integrarse las diferentes piezas, lleno de esa extraña lucidez que generaba el cadáver exquisito en el movimiento surrealista. Las artistas, además, en esta ocasión se preocupan por mostrar ese proceso creativo tan interesante como el resultado final, y así completan la instalación con la proyección de un vídeo en el cual asistimos a su desarrollo. Todo en la muestra se escapa a la lógica, y bucea en ese mundo que entre sueños, miedos y dudas compone ese lado incontrolable de la realidad humana, lo que unido a la eterna búsqueda de la felicidad, que lentamente desparece en el mural engullida por el gran insecto, componen una radiografía sobre el ser humano. Todas las artistas han sabido generar su propio fragmento de irrealidad para integrarse en un proyecto común y solidario, donde podemos saltar de una pieza a la otra desde la continuidad de sus formas pero también desde la relación visual y conceptual que surge tras esa sucesión ilógica y surreal de cada una de las protagonistas, para llegar finalmente a la interpelación que realiza el título de la muestra: ‘Soy tan loser que ni los feos me quieren’, ¿sentido?, el mismo que puede tener el resto de la exposición, el de no ir más allá de propiciar un juego lúdico pero también lúcido en el que el espectador debe ir desconfigurando cada una de las aportaciones de las creadoras para generar su propia visión de una pieza tejida desde diferentes geografías, no solo mentales sino físicas, y que han venido a desembocar en esta Sala X, laboratorio de formas e ideas, algunas tan ilógicas como sugerentes. Es el caso.


Publicado en Diario de Pontevedra 05/06/2011
Fotografía Paula Iglesias

domingo, 5 de junio de 2011

Rafa



En ese osario de ‘jóvenes salvajes’ en que se va convirtiendo la historia del Diario, algunos de ellos comienzan a recoger lo mucho que dieron a esta ciudad. Aquel núcleo duro formado por los Pedro Rivas, Sprinter, Cuña Novás, Amador Larriba, Observador, Luis Portas o Piruco, entre otros que mantuvieron en pie el milagro de la prensa local, acogió entre ellos a un notario fiel, un cronista visual de su tiempo, el mismo que justifica nuestro presente. Decir Rafa es decir prensa en Pontevedra,  pero muchas veces lo que más hacemos en nuestra vida se convierte en nuestro peor enemigo, en la losa que oculta lo mejor que hay en nuestro interior. Habitual de la fotografía rápida a que obligan las convocatorias de prensa, se vio orillado en cuanto al tratamiento artístico de su obra. Rollos y más rollos de negativo se escondían en sus envases agachando la memoria de varias décadas de esta ciudad, pero también del potencial de su propio trabajo. La custodia de este legado por parte del Museo de Pontevedra y su puesta en valor a través de la exposición inaugurada en sus nuevas dependencias, nos permitirá descubrir la calidad de un hombre preocupado por transmitir la cara de una ciudad, precisamente a través de lo más importante en su configuración social: los rostros de sus habitantes. Ellos son los que ahora nos miran a través de la cámara de un gran fotógrafo. La cámara de Rafa.


Publicado en Diario de Pontevedra 04/05/2011
Fotografía: Mariano Rajoy visita el Diario de Pontevedra en 1984 (Foto Rafa)

miércoles, 1 de junio de 2011

Memoria cidadá

As nosas rúas e prazas foron sempre motivo de inspiración para os nosos devanceiros, agora, no Pazo da Cultura e ata o 28 de agosto, reflexiónase sobre o feito da cidade como lugar da memoria e ámbito no da nosa existencia común


Facer da cidade memoria. Converter os escenarios que nos acompañaron ó longo da nosa existencia común como sociedade en motivo de admiración é o obxectivo final desta mostra que durante os vindeiros meses ocupará o espazo  de exposicións do Pazo da Cultura. A cidade como motivo pero tamén como argumento nese guión que é a vida na cidade, e neste caso na nosa querida Pontevedra. Ata alí deberiamos ir todos a render culto ás nosas rúas, prazas, edificios, paseos, parques.... porque todos eses espazos son xa parte de nós. A comisaria da mostra, Silvia García, ten feito diferentes traballos para amosar o valor do espazo público e a súa implicación co cidadán, e eses traballos cristalizan nesta mostra onde todos podemos visualizar esa condición da cidade. Por un lado de elemento vivo, un mutante que ó longo do tempo vaise transformando no que nós mesmos queremos, e por outro como marco para o desenvolvemento da vida en común. Poucas cidades hai nas que ó longo do tempo a vida na rúa fose tan senlleiro como nesta Pontevedra, máis aínda que poñemos en relación este aspecto co de ser unha vila atlántica sometida a unhas condicións metereolóxicas que a ninguén se lle escapan. Esto para nada fixo dubidar ós pontevedreses para converter as rúas en espazo de vida, nunha prolongación do seu ámbito familiar. Quen non ten no seu álbum familiar unha imaxe posando na Ferrería, nas Palmeiras ou en calquera outro recuncho da cidade. Esta cuestión afectiva é a que nos recibe o principiar o percorrido pola mostra. Un amplo espazo onde vemos como esas imaxes xurden dos álbumes das familias para proxectarse nunha parede, ou como a fotografía, no seu soporte clásico é parte da memoria dos veciños a través dunha recollida de imaxes pertencentes a familias de Pontevedra.

Pero a dimensión da cidade tamén é outra, é a do seu urbanismo ou a das súas modificacións como elemento vivo ó longo do tempo. Así, unha escolma de fotografías tanto do Concello de Pontevedra como do Museo de Pontevedra sitúannos ante ese pasado que a inicios do século XX configurou moito da nosa identidade actual: novas rúas, novas construcións, vida nas prazas a través de actividades mercantís, en definitiva, o plantexamento dunha Pontevedra na que convivía o pasado con aquel presente de modernidade. Ó seu carón, atopamos o gran medio de representación da cidade nas primeiras décadas do século XX, a postal, recompilatorio de ámbitos urbanos que permitían achegar a cidade a tódolos currunchos do planeta, non esquezamos a importante diáspora galega que, a causa da emigración ou da fuxida tras a Guerra Civil, estaba espallada polo mundo. Pero a cidade é para vivir, e a través dunha serie de imaxes, moitas delas saídas do propio arquivo do Diario de Pontevedra, vemos algúns deses escenarios: a praza da Ferrería convertida nun parque de seguridade vial, as festas do Santiaguiño do Burgo, as revisións automobilísticas na praza de España... e así un conxunto de imaxes que falan da integración da cidade no noso devir común.
A partir de aquí entramos noutra parte da exposición, a interpretación que dela se fai dende os postulados da nosa arte actual. Reflexións sobre a cidade como espazo de traballo artístico, como motivo e como sustento para unha obra que deixa de lado a memoria para converterse en obxecto de inspiración. Miriam Cartagena, Marta Fariña, Christian García Bello, Lucía García Rey, Estudio mmasa, Begoña Paz, Sheila Pazos ou Marta Cerviño achégannos as súas propostas para ver a vila con outros ollos, tan suxerentes que son quen de incentivar a nosa mirada en novas direccións urbanas. Agora quédanos o sustento da memoria, ese ó que nos conduce esta exposición necesaria para comprender o valor da cidade na nosa vida, o moito que lle debemos, e o moito que somos.





Publicado en Diario de Pontevedra 29/05/2011
Fotografía David Freire