jueves, 26 de mayo de 2011

El león en la esquina



Entro en la redacción y al final de un espacio repleto de mesas y ordenadores diviso al león en su refugio, la esquina donde Manuel Jabois ha creado su guarida. A su alrededor se apilan los deshechos que produce el trabajo periodístico, esqueletos de la vida que, tras ser mordisqueados por la bestia, se van retirando para dejar sitio a nuevas víctimas. Es temprano todavía, una hora inútil para un periodista, aunque algún abogado ya se haya ganado el sustento diario, el león comienza a sacudirse las legañas del día anterior y se relame cuidadosamente buscando el motivo que le impulse en la nueva jornada. Prensa, libros, internet, conversaciones, mails, redes sociales... todo es susceptible de ser devorado, de ser mascullado mediante una lenta y pesada digestión que durante todo el día le llevará a estar en su rincón, al principio solo, sin luces, a la sombra de la actualidad, reposando el festín de ayer, pensando en el de hoy y deseando el de mañana. En esa esquina, caverna donde el día se va pasando, las palabras comienzan a conjugarse en su cabeza, para en el momento más inesperado salir al exterior. Él mismo dice que escribe como orina, en sus palabras, como mea, pero dentro de su querida y necesaria escatología, prefiero decir que vomita las palabras de manera violenta, como aquella estación por la que un día pasó y ahora desea olvidar. Violenta en el gesto, en la interpretación de la noticia o aquello que motive esa virulencia. A Jabois las noticias son lo que menos le importa, alrededor de ellas es donde está el verdadero periodismo, el foco donde poner la atención y comenzar la danza macabra que el depredador suele realizar ante su víctima. Movimientos instintivos hacia un lado, hacia el otro, medir la distancia, calibrar el resultado, valorar la necesidad del esfuerzo. Una vez iniciado este proceso se convierte ya en irreversible. ‘Irse a Madrid y otras columnas’, es el resultado de esos festines, de esas pantagruélicas comilonas que desde su esquina le proporciona este mundo por el que desfila Manuel Jabois con descaro y desafío. Sus zarpas, disfrazadas de palabras, van limando todo aquello que se encuentra alrededor del hueso, desgarrando la carne y acumulando los restos en una montaña que da lugar a un conjunto de artículos que hoy nos ofrecen una digestión tan pesada para él como ligera para nosotros. Si vais por allí le veréis lamiéndose ante un nuevo día lleno de víctimas.


Publicado en Diario de Pontevedra 26/05/2011
Fotografía de Rafa Estévez

miércoles, 25 de mayo de 2011

Espíritu de superación

El Palacete de las Mendoza o lo que es lo mismo el Patronato de Turismo de Pontevedra acoge en su sala de exposiciones una muestra del pontevedrés Kike Ortega. Una exposición que confirma el trabajo decidido y apasionado de este creador, arquitecto de formación, pero comprometido hasta las trancas con la expresión plástica. Tras diez años de experiencias esta muestra supone un paso firme en su intención de hacer de la creación su mundo. Un mundo en el que vive las 24 horas del día y que ahora nos invita a conocer.



Mirada. En la fuerza de esa mirada se recoge todo el espíritu que trasciende tras la exposición de Kike Ortega. Una mirada donde ese protagonista de varias de las piezas nos cita directamente, sin intermediarios, frente a frente. Es la visualización de la mirada del propio artista que nos coge de la pechera para que nos pongamos en el lugar preciso. Kike Ortega necesita al público, su contacto con él es fundamental, y el arte deja de ser arte si no es contemplado. De ahí que la implicación del espectador con esta obra es fundamental para su desarrollo, para su éxito final.
Aboga el artista por generar un recorrido, un itinerario que sirve para enriquecer una sala, en demasiadas ocasiones huérfana de este tipo de intervenciones. Kike Ortega le saca un gran partido y así sus piezas cobran una nueva dimensión, una coherencia que nos permite enfrentarnos a sus últimos trabajos, pero también a piezas anteriores pero que permanecen íntimamente ligadas a las del hoy.
Volvemos de nuevo a esa mirada, a esa inquisición hacia el espectador. Ese sujeto con aire británico representa los logros de la vida, la persona a la que la sociedad respeta, quien con un bombín lo ha conseguido todo, pero antes de eso ha habido esfuerzo y abnegación, pero sobre todo trabajo, mucho trabajo, la única receta para llegar a la meta. Kike Ortega lo sabe, diez años trabajando duro para hacerse un nombre, él que es arquitecto, pero al que el arte plástico ha ganado para aprovechar sus virtudes. Ahora que los frutos llegan, y nada mejor que esta exposición para comprender la valía y el lugar que puede llegar a alcanzar su obra, es cuando el artista necesita mirar hacia atrás y recoger una pala o un código de Derecho para incrustarlos en la obra junto al hombre del bombín. Una especie de experimento visual sobre signo y significado, y como cambia la obra según el elemento que en él se integra. El cineasta y teórico del montaje de cine soviético Kulechov había demostrado el cambio de significado de las mismas imágenes cuando se alteraba su orden, Kike Ortega se acoge a la fuerza de aquel ‘cine-ojo’, porque su obra es una obra de fotogramas, de planos llenos de una inusual fuerza. Su destreza para la línea, el trabajo anguloso de su formas engarza de manera magistral con el valor de la textura en la que se integra. Aquí surge otro de sus elementos destacados a la hora de hacer arte, la redimensión de las materias, el reaprovechamiento de elementos cuya vida estaría ya agotada  y que él resucita mediante su función como soporte de la pieza. Pero no un simple soporte, sino que sus capacidades visuales se incorporan a la propia obra. Es así como maderas, planchas de prensa, cartones, telas, bidones o baldas de estantería se aprovechan para tal fin.
A partir de estos elementos, es como Kike Ortega ha articulado su discurso visual, pero también un discurso interno lleno de matices y de partes que al final conforman un todo que sorprende por su efectividad y contundencia. El espectador puede pasar un buen momento acercándose a esta exposición, pero también el público debe implicarse ante una obra donde se integran elementos como la violencia, el esfuerzo, la soledad, la incomprensión, el desequilibrio y que deben incidir aún más en nuestra respuesta, no sólo como consumidor sino como público pensante.




Publicado en Diario de Pontevedra 22/05/2011
Fotografía de Paula Iglesias

lunes, 16 de mayo de 2011

Intimidades del paisaje

Pancho Rodiño (Pontevedra, 1967) nos ofrece su trabajo a través de una inteligente propuesta hasta el 20 de mayo en la sala de exposiciones de la delegación de la Xunta de Galicia en Pontevedra. Piezas actuales, realizadas en este mismo año, y un conjunto de obras realizadas en el año 2003 y que nunca fueron expuestas en la ciudad. A la vista de esas obras el creador responde a muchas de sus inquietudes a la hora de trabajar ya que en esas geografías se anuncian motivos y conquistas posteriores.


Paisajes. Espacios para reconducir todo lo que se agolpa a nuestro alrededor conceptualizando las experiencias que la vida pone ante el ser humano, o en este caso ante el artista. Pancho Rodiño nos invita a entrar en estas geografías íntimas y potencialmente sugerentes. Cargadas todas ellas de un meditado análisis de la realidad y que se traspasa al soporte plástico desde dos grandes direcciones, siempre desde ese ámbito de la abstracción que permite al artista ser él mismo, encontrar su propia apuesta, en definitiva, hacer el arte que a él interesa y satisface. Observamos, por lo tanto, en esta amplia muestra de su trabajo dos vectores: uno que había permanecido premeditadamente olvidado en el taller del artista, en ese cenáculo creativo que de vez en cuando sirve de caparazón para encerrar la memoria de la propia obra de arte y que emerge ocho años después de su concepción para presentarse ante nosotros como una explicación. Como un escalón más dentro de la necesaria y lógica evolución del artista. Y es en Pancho Rodiño el tema de la evolución, la lógica aplastante de su obra, una etapa creativa anuncia el paso siguiente y así se evidencia en esta muestra. Esas piezas del año 2003 son de nuevo paisajes planos, estudios de geografías, de naturalezas que se plantean en el lienzo como una estructuración de espacios con fragmentos que aluden a lo real. Estos territorios crecerán con el tiempo y a ellos se les añadirán elementos, fragmentos de la propia vida, maderas, por ejemplo, que acuñan vida dentro de la obra; pero también volumen, un hálito de vida que hace que el cuadro respire, que el paisaje se redimensione y vuele hacia el exterior, hacia nuestro espacio, hacia nuestra realidad.
Pancho Rodiño confirma desde ambas direcciones la maduración de su trabajo, la sólida conformación de un discurso que, lejos de parecer cerrado en sí mismo, ofrece al espectador una enorme infinidad de sensaciones, que al fin y al cabo, es lo que busca conseguir este creador. Motivar al espectador, adentrarlo en ese territorio expiatorio de una intimidad resuelta desde lo visual. Pancho Rodiño busca nuestra complicidad, pero también nuestro esfuerzo, nuestra implicación a través de un contacto visual con la obra que debe prolongarse durante unos segundos para encontrar respuestas. Desde esas respuestas, es desde las que tiene finalmente sentido su trabajo y la forma de entender el arte al que ha dedicado su vida este pontevedrés deseoso de que su ciudad conozca su trabajo tras muchos años, demasiados, de silencio en ella.
Un silencio del que parecen hacerse eco sus obras, fruto de la meditación y el estudio, ese silencio les otorga un valor añadido, una capacidad que pocos artistas tienen para incluir en su obra esa dimensión que otras artes, como la poesía, son quien de alcanzar, y de hecho en todas estas piezas hay mucho de poética, de una sensibilidad encerrada en un soporte físico, en una materia que se revela como fundamento de un discurso apasionante.


Publicado en Diario de Pontevedra 15/05/2011
Fotografía Rafa Fariña

domingo, 15 de mayo de 2011

Dice Ignacio Martínez de Pisón

Un retrato de una época, los años sesenta y setenta en una España que buscaba la democracia y dejar atrás el franquismo. Barcelona es el escenario escogido para desentrañar, desde la perspectiva de una docena de personajes, las claves de un periodo de nuestra historia. Un acercamiento a una realidad que se escribía desde sus gentes, pero sobre todo desde la complejidad del ser humano.



No debe cogernos de sorpresa el aplauso unánime que está recibiendo la última novela de Ignacio Martínez de Pisón. Su trabajo ha venido desarrollándose de manera coherente y diáfana, sin distracciones que atiendan a modas o a postureos dictados por el mercado del libro. El que esto suscribe se declara incondicional de este tipo de literatura, y sobremanera tras la lectura de su obra ‘Enterrar a los muertos’, publicada en 2005, e incluida desde ese instante en el catálogo de libros preferidos que todos tenemos. Lo cierto es que entre ese libro, que desarrollaba su acción en los inicios de la Guerra Civil española con la vida de José Robles Pazos, el traductor de las obras del escritor norteamericano John Dos Passos, y la novela ‘El día de mañana’ hay una cierta lógica al interpretar, en la primera, el inicio de ese horror en que se convirtió el franquismo, y en la otra, el final, a través de uno de los actos más repulsivos que puede haber dentro de una sociedad como es la delación. Justo Gil es el protagonista de esta novela, un ambicioso joven que en Barcelona participa como confidente para la Brigada Social (los grises), la policía política del régimen.

Perspectivas. Lo realmente interesante de la puesta en escena en que se convierte cualquier novela, es el cómo esto se presenta ante el lector, en este caso a través de una especie de narrativa faulkneriana con múltiples puntos de vista que nos presentan los diferentes personajes que pasaron por la vida de Justo Gil. Lo que permite al escritor situar toda una época, la Barcelona de los años sesenta y setenta, cuando el franquismo agonizaba de manera lenta y tortuosa, y a su alrededor, una serie de personas atrapadas en ese contexto desarrollaban su existencia. Y empleo la palabra existencia, porque en toda la novela hay mucho de eso, de existencia, de vida sometida al destino, a los caminos que nuestra presencia en este mundo va abriendo. Cada personaje se decantará por seguir un camino determinado, en ocasiones de manera decidida, en otras, será la propia vida la que determine la dirección a seguir. En toda esa atmósfera, compleja, como lo es la propia existencia humana, se generó un caldo de cultivo donde el fin de una época emponzoñaba todo lo que tocaba y son precisamente esos personajes los que se tocan unos a otros, de su contacto surge el relato dividido en todas esas perspectivas a las que precede un “dice Carme Román”, “dice Mateo Moreno”, narradores convertidos en personajes de una historia que se erige como un fresco de una época real y violenta.
Publicado en Diario de Pontevedra 15/05/2011

Cultura

É garantía de excelencia de todo aquelo que toca. Cando unha cidade destaca pola súa actividade cultural deseguida se pon de exemplo de calidade de vida e dunha cidade á cal teñen que tender ás demais; cando nun xornal as páxinas de cultura ocupan un lugar sobranceiro, ou se nota que nese xornal se mima esa sección, dito medio ten prestixio e recoñecemento, e cando nunha persoa asoman diferentes virtudes culturais, dende o ámbito que sexa, esa persoa é unha referencia para a súa comunidade. É por iso que a cultura é un elemento de singularidade e os nosos políticos deberían darse conta das súas potencialidades. Ollar os programas electorais das forzas políticas á alcaldía da nosa cidade permite diferenciar a quen interesa e quen fai unha aposta por ela. Así abrir o programa do candidato Telmo Martín é desalentador, ó non atopar nel nin unha soa liña na que apareza a palabra cultura, a non ser que estea agochada baixo algunha das súas propostas de soterramento, mentres que nas ofertas das outras formacións maioritarias a cultura desplégase coa dignidade que sempre debe ter, sendo conscientes de que a cultura é a mellor marca identitaria para construir unha sociedade. As máis das veces as propostas electorais se pensan para atallar a crise económica, cando moita da culpa de que ésta xurdise é outra crise, unha crise moral e de valores para a que o único remedio é a cultura.


Publicado en Diario de Pontevedra 14/05/2011

jueves, 12 de mayo de 2011

El hombre que tenía muchas almas

El 11 de mayo de 1971 fallecía Antonio Iglesias Vilarelle, uno de los tres míticos fundadores de la Coral Polifónica de Pontevedra y del que Filgueira Valverde dijo que «Dios le ayudó a crear con pobres voces, un instrumento de finura insuperable». Traer hoy su recuerdo supone rescatar a uno los personajes esenciales de nuestra historia.


«El pasado nunca se muere, ni siquiera es pasado”. Esta frase de William Faulkner explica, mejor que ninguna otra, el papel que la historia y el tiempo tienen en la configuración social y humana de nuestra ciudad. Pontevedra se ha ido gestando en base a las aportaciones de numerosos personajes que, con sus inquietudes, distinguieron a esta ciudad desde los campos más diversos de la creación y el pensamiento. Retomar su memoria supone entender un poco mejor lo que somos para anular así un pasado que realmente es presente. Uno de ellos fue Antonio Iglesias Vilarelle, uno de los padres de la Coral Polifónica de Pontevedra, pero también mucho más.
Un día como hoy de hace cuarenta años la noticia de su fallecimiento llenaba de pesar a esta capital, compungía el corazón de la música y la educación, disciplinas a las que dedicó la mayor parte de su vida, y cerraba el primer capítulo de la larga historia de la Coral Polifónica al ser el último de sus creadores en fallecer, antes que él lo hicieron, Antón Losada Diéguez y Blanco Porto. ‘Renovar descubriendo’ pudo ser su lema, como acertadamente pronunció José Filgueira Valverde en contestación a su discurso de ingreso en la Real Academia Gallega y que Diario de Pontevedra publicó íntegro al conocer el óbito. Él, junto a todo un grupo de compañeros de generación, entre los que podríamos citar a Francisco Javier Sánchez Cantón o el propio Blanco Porto, encarnaban a toda una estirpe de personas amantes de hacer de la cultura su razón y motivo, y engarzar esa atención a las más altas cimas del pensamiento con su difusión entre la ciudadanía mediante iniciativas tan destacadas como la creación de la propia Sociedad Coral Polifónica de Pontevedra en 1925, de la que fue director desde 1940 tras la muerte de Blanco Porto. Pero su rastro en el mundo de la música tuvo un mayor recorrido, reconocido en 1960 con el título de hijo adoptivo de Pontevedra (había nacido en Santiago de Compostela en 1889), fue miembro numerario de la Real Academia Gallega y correspondiente de la española de Bellas Artes y director del Conservatorio. En su larga vida consagrada a la música compuso diversas obras, entre las que figura canciones populares gallegas, piezas religiosas y una misa en gallego.
Como parte de ese insaciable enjambre que tanto néctar generó en la Pontevedra de los años treinta y cuarenta, sus contactos con otros ámbitos de la creación fueron numerosos, coincidió con la estancia de Laxeiro en Pontevedra, y el pintor de Lalín dejó en nuestro museo feliz testimonio de ese encuentro. Si Laxeiro realiza un escalofriante retrato a Blanco Porto en su lecho de muerte en 1940, feliz será la realización de una obra posterior de Iglesias Vilarelle dirigiendo a la Coral Polifónica y de un certero carboncillo que retrata a nuestro protagonista.
Años más tarde, otro pintor, integrante de esa generación de renovadores de la plástica gallega, el marinense Manuel Torres, entrevistará al director de la sociedad musical para mostrar a la diáspora gallega en Buenos Aires la fecunda labor de la entidad pontevedresa. La entrevista formará parte de aquel singular proyecto creado por Luis Seoane, la revista ‘Galicia Emigrante’, auténtico eslabón entre ambos márgenes atlánticos, que en su número de julio-agosto de 1957 incluye dicha entrevista, junto a otro retrato de mano del propio pintor y dibujante. Entre sus contestaciones se evidencia su indiscutible devoción por la empresa creada en los años veinte que justifica por “un puro placer por la música, y el convencimiento de que la música era el medio más fácil de recoger el poder germinador que surge del alma de un país, profundamente lírica y musical”.
Este ‘hombre de muchas almas’ como lo define Filgueira Valverde en el discurso anteriormente citado, presenta en ese relatorio numerosas aristas, ámbitos de creación, pero también de reflexión y ensayo que provocaban la admiración entre sus coetáneos, e incluso la sorpresa: «¿Quién es ese hombre que vive allá abajo?», preguntaba el último de los contertulios de Muruais. Pocos sabían entonces que aquel hombre guardaba ‘allá abajo’ libros que envidiaría alguna Facultad de Letras. Fue también uno de los introductores de la psicotecnia pedagógica en España, capaz de discutir sobre el arte mozárabe y uno de los renovadores de los Estudios Gallegos, ideados en torno a una mesa en casa de Losada Diéguez, junto a Octavio Pintos y el propio Filgueira Valverde.
Aquel cortejo fúnebre que lloraba desde la basílica de Santa María simbolizaba el luto de una ciudad y el valor otorgado a ese hombre vital en nuestro desarrollo cultural y al que otro de esos personajes esenciales de nuestra historia, Antonio Odriozola, glosó tras su fallecimiento, destacando su “curiosidad musical, siempre alerta y atenta a cualquier novedad”, así como su recuerdo permanente en las jornadas de la Coral Polífónica en las que “supo conducir a la formación con maestría y exquisito gusto musical”. Antonio Odriozola formaba parte de ese cortejo y un día después todavía sentía como se le erizaba la piel al recordar la interpretación que durante el funeral hizo la Coral Polifónica de una de las piezas preferidas por Iglesias Vilarelle, un motete de Handl llamado ‘Ecce quomodo moritur justus’ y que en esta ocasión él no pudo dirigir.


Publicado en Diario de Pontevedra 11/05/2011
Salida del funeral celebrado en la basílica de Santa María 12/05/1971
Retrato de Iglesias Vilarelle realizado por Laxeiro en 1940 (Museo de Pontevedra)

lunes, 9 de mayo de 2011

Cincuenta años sin el héroe americano

El 13 de mayo de 1961 Hollywood perdía a una de sus mayores estrellas. El símbolo de una época que comenzaba a desmoronarse ante el empuje del medio televisivo y la renovación de los planteamientos cinematográficos. La muerte de Gary Cooper dejaba al cine clásico sin uno de sus héroes, el hombre al que Frank Capra idealizó como el referente masculino de la sociedad americana en ‘Juan Nadie’ o el héroe solitario que Fred Zinnemann acuñó en ‘Sólo ante el peligro’. La editorial T&B publica la biografía ‘Gary Cooper. El héroe americano’.


Enfundado en la indumentaria de un jugador beisbol, ‘El orgullo de los Yanquies’; impartiendo justicia bajo un sombrero del Oeste, ‘Solo ante el peligro’; portando una gabardina para encarnar al ciudadano afectado por las consecuencias del crack del 29, ‘Juan Nadie’; o en España, batiéndose por la República ‘¿Por quién doblan las campanas?’. Cada vez que Gary Cooper asomaba por la pantalla, algo se agitaba en el corazón del espectador americano que veía en el actor la prolongación de su espíritu. Una identificación total con ese héroe sin tacha que otros actores como James Stewart o Gregory Peck también simbolizaron. Cuando Gary Cooper falleció con 60 años se visualizó el final de ese Hollywood clásico en el que actores como él o Humprey Bogart, fallecido cuatro años antes, había dejado impreso una manera de actuar, de comportarse ante la cámara, de moverse dentro del cuadro, hasta convertirse en la mejor representación del sistema de estudios. Estrellas en toda su dimensión que trascendían a la imagen para convertirse en algo más, en emblemas de la propia sociedad norteamericana.
Con motivo de este aniversario, la editorial T&B pone en el mercado ‘Gary Cooper. El héroe americano’, una producción realizada por Jeffrey Meyers asesorado por la única hija del actor, que permitirá recorrer no solo el ámbito cinematográfico sino su entorno más personal. Anécdotas, como su presencia en España y la inevitable bajada al ruedo junto a Luis Miguel Dominguín para sentir “un miedo que nunca había experimentado”, o su encuentro con Picasso, al que regaló un sombrero y un revólver Colt del 45, conviven con lo que fue su exitosa carrera cinematográfica iniciada tras participar en pequeñas producciones, en la Metro Goldwyn Mayer en 1926 con un papel en la película de Henry King ‘Flor del desierto’. La consagración llegó un año después con un título ya mítico, ‘Alas’, de William Welman, éxito dentro y fuera de las pantallas al seducir a la protagonista Clara Bow. Un romance que multiplica el valor de su imagen dentro del incipiente star-system. ‘El virginiano’, ‘Marruecos’ o ‘Tres lanceros bengalíes’ lo convierten en uno de los actores más destacados. Su porte, de gran estatura, sobriedad interpretativa y naturalidad le permiten amoldarse a un prototipo de personaje. Los mejores directores deseaban contar con él y vincularlo a las mejores actrices, así, con Howard Hawks y Barbara Stanwyck, participa en ‘Bola de fuego’; con Ingrid Bergman y Sam Wood en ‘¿Por quién doblan las campanas?’; con Fred Zinnemann y Grace Kelly en ‘Solo ante el peligro’; con Ernest Lubitsch y Claudette Colbert en ‘La octava mujer de barba azul’... para conformar una de las filmografías más destacadas, con no solo una larga lista de títulos, sino con trabajos que fueron de primer nivel.
50 años después asomarse a cualquiera de las intepretaciones de Gary Cooper significa recuperar una época, un dorado espacio que acuñó el mejor cine de la historia y donde los actores desempeñaban una función esencial. Un gancho mediático que les convirtió en referencia dentro de un entramado que llenó de sueños e ilusiones al mundo entero. Gary Cooper sigue vivo gracias a todas esas películas, como el gran héroe, como ese sheriff al que solo el lento paso del tiempo separaba de hacer justicia. Ahora el tiempo le ha hecho justicia a él.

Publicado en Diario de Pontevedra 8/05/2011

jueves, 5 de mayo de 2011

Un enemigo menos

La muerte de Bin Laden es quizás la única buena noticia de esta semana para el Real Madrid. Un enemigo menos que sumar a los árbitros sibilinos, al Villarato, al Platinato, a las pantomimas de los jugadores catalanes, a la prensa culé o al melifluo pero maquiavélico Guardiola. Sombras que como la del vampiro Nosferatu parecen acechar constantemente al inmaculado blanco, como si este estuviera a lo largo de su historia libre de males. Que Barcelona o Real Madrid se quejen de los árbitros es vergonzoso, cuando siempre han sido los mejor tratados, como suele suceder siempre con los más poderosos. Cada vez que el Real Madrid alza la voz con su letanía de lamentos se parece más y más a aquel Barcelona de Núñez que penaba sus fracasos deportivos y como club con el permanente lagrimeo frente al bien tratado madridismo, inmerso en otro entramado de favores similar al ahora denunciado.
Querer reducir todo lo sucedido durante estos cuatro enfrentamientos a una estratagema arbitral, a un concordato de intereses en favor del Barcelona, sólo sirve para distraer la mirada sobre la diferencia de juego, al fin y al cabo lo único importante cuando se habla de fútbol. El Real Madrid y su enfervorizada militancia -defensora incluso de planteamientos que hace sólo unos meses eran intolerables para ellos mismos y sus cenáculos de comentaristas- se ha dejado embaucar por esa dialéctica Mourinhista de crear un lodazal en torno al fútbol, dejando el juego en el trastero, como quien deja un hermoso recuerdo de tiempos mejores. El todo vale del portugués ha hecho que el aficionado madridista se haya convertido en un abertzale de su ideología, de su forma de entender este circo lleno de aviesas miradas, envidias, odios, gestos e insultos, que hasta han convencido al angelical Iker Casillas, inimaginable en el papel protagonizado tras el encuentro del martes, acusando directamente al árbitro de haberles impedido acceder a la final de la Copa de Europa. Este arrebato de ira, visualiza como pocas situaciones las consecuencias de la siembra mourinhista. Atraído al lado oscuro de la fuerza, Iker Casillas, como el joven Anakin Skywalker, tendrá que sentarse durante estas próximas semanas, que para el Real Madrid deberían ser de profundas reflexiones, a escuchar a su interior para discernir que camino seguir, y quizás ser capaz de oír la voz del venerable Yoda cuando advirtió al caballero Jedi  de que «El miedo es el camino hacia el lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Percibo mucho miedo en ti». Y así parece que se han escrito estos enfrentamientos entre dos rivales futbolísticos que durante estas semanas han incrementado de manera exponencial su antagonismo, aunque lamentablemente no siempre desde el terreno de juego. Ahora quedan semanas en las que, con la Liga decidida, los medios deberían reflexionar, y mucho, sobre su papel en estas jornadas, así sorprenden las páginas de ayer de Marca, donde una portada explosiva contrasta con el sentido y ejercicio de profesionalidad que Santiago Segurola realiza en su comentario del partido, donde la polémica ocupa un lugar anecdótico. De nuevo los dos caminos ante lo que fue una noche que clausuró un intenso duelo donde se abrieron profundas heridas entre compañeros, entre amigos, que deberán debatirse en los próximos días entre la luz y la oscuridad con ‘La roja’ al fondo.


Publicado en Diario de Pontevedra 5/05/2011

lunes, 2 de mayo de 2011

O territorio da lírica

O próximo domingo 8 de maio remata a exposición que sobre a obra de Antón Lamazares (Maceira, Lalín, 1954) conformou o Museo de Pontevedra na procura do misterio que se agocha tras a obra dun dos nosos pintores máis internacionais. Desenvolver ese misterio será tamén o obxectivo das charlas que terán lugar os vindeiros días 4 e 5 arredor da súa obra. Así o mércores unha mesa redonda coa participación de Luisa Castro, Luis G. Tosar e Carlos Reigosa,  dará paso ó día seguinte a unha conferencia a cargo do coleccionista Javier Fuentes.





“Necesito ler poesía antes de traballar”, comentou o pintor no transcurso dunha conversa co gallo da inauguración da súa primeira gran mostra antolóxica que tivo a ben artellar o Museo de Pontevedra. E poesía é precisamente o que escorrega por todas as súas obras, uns traballos que exisen do espectador a máxima implicación, o preguntarse, o cuestionarse cousas como a vida, o que somos, de onde vimos ou ata onde vamos. Cada traballo de Antón Lamazares é unha alusión ós nosos sentidos, a esa alma que se agocha no noso corpo e que só certas experiencias artísticas poden sacudir dese interior.
Certo é que tanto a poesía como a pintura, preferentemente unha pintura de forte contido abstracto como a que nos ocupa, son os dous vieiros que mellor poden recoller esa sensibilidade e ó pouco de chegar ó dobre espazo que conten as súas obras no Museo de Pontevedra un deseguida se dá conta de que alí hai moito máis que unha escolma de cadros. Hai toda unha experiencia de vida, un tránsito emocional pola terra onde a un o pariron, polas amizades conqueridas ó longo da vida, polos cheiros e os sabores, polas lecturas, polas tristuras e polas alegrías, e todo sen máis pretensións cás dun poeta. Un xoglar do noso tempo que co seu pincel nos convoca ó territorio da lírica, un campo de soños pero tamén de realidades.
As realidades que dan sentido a toda unha existencia: os verdes da herba que un toca para fundirse co seu propio ser; a casa, esa Domus entendida como refuxio da memoria e da alma; a mitoloxía, que foi conformando as nosa propia historia de lendas e contos;  pero sobre todas estas cuestións,  xorde o silencio. Ese ruído sordo que se impón ante a nosa presencia fronte ás obras, aí é onde radica a auténtica poesía do traballo de Antón Lamazares, en acadar pechar a obra, facela un circuíto íntimo e persoal. Como en poucos pintores acontece, enfrontarse á obra de Antón Lamazares supón enfrontarse ó seu propio ser, a súa condición humana innegable dende calquera das súas pezas. Este refuxio que concede o silencio non é máis que a última e máis grande consecuencia de pintar a poesía, de rimar as cores, de sentirse un compoñedor de palabras convertidas para sempre en pinceladas.
Todo ese universo é o que se desprega no Museo de Pontevedra, un percorrido por trinta anos de traballo, ou sexa, dor e ledicia, en definitiva, polos ingredientes que compoñen unha vida. E así, camiñar ante as súas grandes pezas da planta baixa ou ante as máis pequenas do terceiro andar é percorrer toda unha vida adicada á pintura, a ser cada vez mellor pintor, cada vez mellor poeta,  xa que falar de Antón Lamazares é falar a partes iguais de poesía e pintura, compoñentes dos seus cadros, acompañantes fieis no seu tránsito por este mundo no que lle tocou vivir. Un mundo que empeza e remata nun lugar chamado Maceira: o territorio da lírica.

Publicado en Diario de Pontevedra 02/05/2011
Fotografía Rafa Estévez. 'Eidos de Bama 31' (1996)

domingo, 1 de mayo de 2011

Boda



Kate y William, William y Kate, ya son marido y mujer. Con la bendición de la iglesia anglicana y en la Abadía de Westmister, como antes hizo su padre, y desde siglos pretéritos hicieron los futuros monarcas de Inglaterra, ambos juraron su amor, símbolo renovado de la depauperada corona británica. Se dice que millones y millones de personas han prestado atención a este enlace sometido a un inusitado y, desde cualquier punto de vista, incomprensible interés. ¿Qué importancia tendrá para nuestras vidas la boda de estos dos muchachos para que medio mundo, el otro medio está midiendo el tamaño de los cuernos del diabólico Mourinho, se pase el día entero siguiendo sus pasos? En la apacible matinal local a uno le sorprende oír la conversación entre dos buenas mujeres cargadas con su compra, asomando los jurelos de la ría, sobre los detalles de la ceremonia, como si Buckingham Palace esperase la bendición de ambas; o tener que esquivar la trayectoria de dos dependientas que corrían veloces hacia un televisor para deleitarse, imagino, con modelitos y otras zarandajas. ¿Y todo para qué? ¿Para soñar ocupar el lugar de la futura reina consorte?, ¿para ver por dónde discurre la moda de cara a alguna boda veraniega en las Rías Baixas?, ¿para sentir lo que pudimos haber sido y no fuimos? Mientras, un anciano llamado Stéphane Hessel presenta su manifiesto ‘Indignaos’, un grito que hoy suena más fuerte que nunca.


Publicado en Diario de Pontevedra 30/04/2011