domingo, 11 de diciembre de 2011

Cuando la vida se vuelve literatura

‘Lugares que no quiero compartir con nadie’ es el último libro de la escritora y periodista gaditana Elvira Lindo. Un diario en la ciudad que la acoge durante seis meses al año en compañía de su marido, el también escritor Antonio Muñoz Molina. Ambos se han integrado en el paisaje de la metrópoli, y lo han hecho con la suficiente naturalidad para que a lo largo de estas páginas recorramos un Nueva York alejado de la estampa tradicional y bebamos en la cotidianeidad de quien hace de la humanidad el argumento de una vida, generando así un delicioso viaje.


Apuro sus últimas páginas mientras se levantan las brumas de una mañana gris y plomiza en una ría que durante décadas sirvió como escenario para el dolor de aquellos miles de personas que cruzaban el Atlántico en busca de un sueño, de una realidad mitificada que permitiese superar la atrasada situación de una Galicia secular a la que el progreso llegaba siempre tarde. Mientras paso sus hojas y ante mí se mueven las personas que habitan Nueva York bajo la mirada de la escritora Elvira Lindo, pienso también en todos aquellos gallegos que desde los trasantlánticos que partían de puertos como el de Vigo hicieron de América el escenario de sus nuevas vidas. Y es que precisamente una nueva vida es la que nos muestra la propia autora quien, junto con su marido, Antonio Muñoz Molina, alternan su estancia en la gran urbe con la vida en su querido e inolvidable Madrid. Esa nueva forma de mirar el mundo desde el prisma neoyorkino ha convertido a la literatura de Elvira Lindo en un acto de libertad, en la excarcelación de las dudas a las que siempre se somete al autor en su entorno habitual. Una distancia benefactora para sus últimos trabajos, y recordamos así su novela anterior, todavía reciente, ‘Lo que me queda por vivir’, una expiación íntima que no habíamos visto hasta el momento en su autora, una crónica sobre la vida llena de fragilidades y miedos que se van adhiriendo a nuestra piel y son los que van sustentando esa coraza que la vida nos obliga a ponernos encima para enfrentarnos a ella.
En ‘Lugares que no quiero compartir con nadie’ Elvira Lindo cambia el paso, de aquella implicación anterior se pasa a uno de esos itinerarios que buscan descubrir no solo lo que hay en nuestro interior, sino todo aquello que a nuestro alrededor colabora a que nuestra personalidad encuentre su camino. Antonio Muñoz Molina, ex director del Instituto Cervantes de Nueva York y profesor en la Universidad de la misma ciudad, alentó esa suelta de amarras, al igual que las que de aquellos buques trasantlánticos, e hizo todo lo posible para que Elvira Lindo fuese escritora a tiempo completo, lo que no quiere decir que tuviese que pasar horas y horas en un piso del Upper West ante un folio en blanco, sino que bajo esa condición se imponía el valor del tiempo como material maleable, no solo destinado a escribir y escribir, sino como conexión con el exterior, para pasear y relacionarse con los demás, para explorar vidas ajenas, geografías humanas y sobre todo beber en esa fuente de inspiración eterna que es una ciudad. Y si de ciudades se habla es evidente que Nueva York se lleva la palma como escenario de las pasiones humanas, allí se encontraba Elvira Lindo en el momento exacto y con su recién alcanzada “insensata libertad”, como ella mismo la define. Una ciudad construida desde muchas ciudades, generadora de tipos y singulares presencias, desde las humanas hasta las animales, que las hay, y muchas, como se encarga de narrar la autora, pero sobre todo de un perfil vital que se ha ido incrustando en la escritora para liberarla de la ‘prisión’ madrileña en que se encerraba mucho de su trabajo.
Lúcido optimismo | Desde el diván de un psiquiatra o tras los ventanales de un bar surge no tanto el Nueva York de postal, como el Nueva York vivido, siempre mucho más interesante y lleno de matices, de corazones que se van aproximando entre si para superar la abrumadora presencia de la arquitectura y su historia. Pero también es la ciudad de las lecturas allí surgidas, de sus músicas, hamburgueserías, restaurantes, parques, museos y calles; también de lo que pasa entre bambalinas: la compañía de su marido, las visitas de los hijos, la análitica y desencantada mirada a España con todo un océano por medio, y todo ello en el intento por desentrañar una ciudad desde un diario tan íntimo como abierto a un lector al que no se le oculta nada y al que se le colocan las cartas boca arriba. Más allá de las postales con miles de luces, de hermosos puentes o de las noches de cenas y encuentros con personajes inolvidables, se encuentra también una ciudad dura y compleja, donde aquel que llega a ella debe luchar de forma decidida por encontrar un trabajo, por adaptarse a su modo de vida y a un clima al que no estamos acostumbrados. Ese realismo ante lo que el propio libro nos podía transmitir desde el contagioso optimismo en el que siempre se mueve la autora, se convierte en lúcido optimismo al ser capaz de valorar todas las coordenadas de la estancia americana. Lo que está claro es que se disfruta y mucho de esta literatura surgida de una vida apasionada con todo lo que le rodea y es que en ese equilibro entre vida y literatura es donde radica el éxito de un viaje en el que hasta pelar una gamba o una caída al salir de un ascensor se convierten en literatura mayúscula. Elvira Lindo acciona así las teclas de su mejor escritura, esa a la que la verticalidad neoyorkina parece elevar para conseguir unas líneas a las que la distancia sientan tan bien como a ella misma.


Publicado en Diario de Pontevedra 11/12/2011
Fotografía: Ramón Rozas

1 comentario:

  1. Para todos los que amamos New York y lo vivimos desde la distancia, agradecemos este acercamiento más humano a esta gran ciudad. Con el pasar de las páginas también conocemos mejor a su autora. Un libro para leer.

    Un buen artículo.

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