lunes, 22 de agosto de 2011

¿Cuánto puede durar un beso?

Clásicos para un verano (VIII). Pocos directores han sido capaces de originar un imaginario visual tan poderoso e influyente como Alfred Hitchcock. Elegir alguna de sus películas, muchas de ellas obras maestras sin discusión, es misión casi imposible, pero una buena opción es ‘Encadenados’, dirigida en 1946 y con una pareja de actores míticos: Cary Grant e Ingrid Bergman. Como en casi todo su cine, con ellos el director británico ensaya nuevas formas de expresión y actuación.



Un beso que marca toda una película, un beso que define a un director siempre necesitado de innovar, de buscar nuevos caminos y de situar a sus actores en complejas encrucijadas desde las que generar gran parte del mejor cine del siglo XX. Nadie ha hecho besar mejor a Cary Grant que Alfred Hitchcock, precisamente él, tantas veces señalado por su ambigüedad sexual, llevó a cabo junto a una bellísima Ingrid Bergman uno de esos besos que quedan para la historia, que rezuma pasión y deseo, y que esquiva de manera genial las férreas condiciones de la censura americana del implacable Hays, que tenía sus tiempos perfectamente definidos, y que Alfred Hitchcock estiró como nadie en una secuencia asombrosa, que nos integra en ella como auténticos voyeurs, a imagen del propio director. Lo que sería un largo beso, imposible de filmar, se convierte en una continuación de arrumacos, de labios que se rozan, de confidencias, de deseos, de esperanzas o de ilusiones que la película se irá lentamente encargando de destrozar dentro de una trama que no es más que un señuelo, el camuflaje necesario para que el director pueda juguetear con el espectador, uno de sus entretenimientos favoritos, y así confundirnos dentro de una trama de espías y de tráfico de uranio. Pero a Alfred Hitchcock lo que de verdad le interesa es ese triángulo de personajes, dos hombres enamorados de una mujer en el que uno de ellos, el galán, el siempre apacible Cary Grant, trata con un abrumador desprecio a quien su pasado parece ser un obstáculo insalvable; mientras, el otro hombre, quien encarna el papel del malvado, es quien se muestra más afectivo con una mujer que arriesga su vida por cumplir la misión que le han encomendado, y también por algo más.

Mac Guffin| “Dos hombres viajan en un tren y uno le dice a otro: “¿Qué es ese paquete que ha colocado en la red? Y el otro contesta: “Oh, es un Mac Guffin”. Entonces el primero vuelve a preguntar: ¿Qué es un Mac Guffin?” Y el otro: “Pues un aparato para atrapar leones en las montañas Adirondaks”. El primero exclama entonces: “¡Pero si no hay leones en las Adirondaks!” A lo que contesta el segundo: “En ese caso, no es un Mac Guffin”. Esta anécdota demuestra el vacío del Mac Guffin... la nada del MacGuffin”. Con esta anécdota es con la que Alfred Hitchcock explicaba al también director de cine, François Truffaut en el imprescindible libro ‘El cine según Hitchcock’, el sentido del Mac Guffin, ese elemento de distracción que poco o nada importa en el desarrollo de la narración. Así sucede en ‘Encadenados’ donde el espionaje a una banda de nazis en Brasil que están intentando producir una bomba atómica con uranio, es el Mac Guffin de esta película donde lo realmente importante, lo que de verdad interesó a Alfred Hitchcock es como Cary Grant empuja a Ingrid Bergman, la mujer de la que está enamorado, a casarse con el jefe de esa banda para ganarse su complicidad. El conficto entre el deber y el amor es la base real de esta historia en la que el director nos engaña con un uranio que podía ser un alijo de diamantes o cualquier otro elemento, ya que como el aparato que transportaba aquel hombre en el tren es un elemento vacío.

Divinidad|Para realizar ese juego de situaciones pocos directores son capaces de fijar en el espectador una serie de imágenes o de secuencias tan poderosas. Su manera de filmar, donde todo estaba perfectamente prefijado de antemano, el director dibujaba cada uno de los planos antes de su rodaje, permite realizar unas tomas realmente sorprendentes por el momento en el que fueron hechas y erigen a este director como a uno de los creadores más poderosos del siglo XX en cualquier ámbito artístico. ‘Encadenados’ ha pasado a la historia por varias de estas secuencias: la conducción de Ingrid Bergman bajo los efectos del alcohol, el beso que ambos se dan en una terraza de Río de Janeiro, la fiesta en la que Cary Grant descubre la existencia del uranio o esa taza con veneno que ponte el director ante nuestra mirada cada vez que Claude Rains o su madre lo depositan ante la indefensa Ingrid Bergman. Secuencias que nos hiptonizan y que poseen una enorme fuerza que nos atrapa hasta el punto de desentendernos de gran parte de lo que ocurre en pantalla mientras Hitchcock, como si se tratase de un gran gato jueguetea con nosotros como si fueramos un pequeño ratón, o mejor dicho con esa mirada casi divina que posee en esta y en todas sus películas, y como si de un Dios se tratase mueve a sus personajes a su interés. Así sucede en la espectacular secuencia en la que desde lo alto de la escalera de la mansión de Claude Rains se celebra una gran fiesta para presentar a Ingrid Bergman en sociedad: botellas de champán enfriando, elegantes invitados, amplios y lujosos salones... todo ello se suspende en el aire debido a que el interés del momento se concentra en una llave, la que esconde en su mano la protagonista para permitir el paso de Cary Grant a la bodega y así encontrar alguna pista sobre el dichoso uranio, una prodigiosa toma desciende desde esa mirada casi divina que cubre toda la estancia hasta ese lugar mínimo, en comparación con el resto, como es la palma de la mano de Ingrid Bergman. Pero así lo ha querido el sumo hacedor.



Encadenados (Notorius, 1946)
Blanco y negro.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Ben Hecht, a partir de una idea del director.
Música: Roy Webb.
Producción: RKO.
Dirección artística: Carroll Clark y Albert D’Agostino.
Fotografía: Ted Tetzlaff.
Duración aproximada: 100 minutos.
Estreno: 15 de agosto de 1946
Intérpretes: Cary Grant, Ingrid Bergman, Claude Rains, Louis Calhern, Leopoldine Konstantin.
Argumento: Un agente secreto del FBI, Devlin (Cary Grant) y Alicia (Ingrid Bergman), encargada de infiltrarse en una organización secreta nazi se enamoran el uno del otro. Pero Sebastian (Claude Rains), el nazi al que ella debe vigilar, le pide que se case con él. Las decisiones que toman desde este punto los integrantes en este triángulo serán el verdadero argumento de esta película, pese a las trampas que el director coloca en torno a la trama.


Publicado en Diario de Pontevedra 21/08/2011

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