domingo, 24 de julio de 2011

Vida



Su casi muerte le retornó a la vida. La cuchillada azteca le hizo desfilar por el filo, limbo con aroma a hule por el que los toreros transitan como peaje obligado por la pertenencia a su profesión. Siempre cercano a esa negra dama hizo del dolor, pasión, del sufrimiento, argumento para su regreso a la arena, a ese espacio donde solo se puede explicar la figura del torero. En Aguascalientes, hermoso nombre incluso para convertirse en mausoleo, José Tomás comenzó a escribir la canción que Sabina nunca querría terminar, la elegía que no nos citaba a las cinco de la tarde, porque la muerte nunca tiene hora asegurada en su convocatoria final. Blandos los relojes y el tiempo detenido, el diestro convirtió el silencio en la plaza en meditación sobre la existencia, en recuperación en torno a una vida de la que tantos estúpidamente discuten su afinidad con ella. Prefieren situarlo como cómplice de la muerte, crónica macabra del circo mediático y la venta de almas. Desde esta tarde, en Valencia, aires mediterráneos y cuna del mito, con Manuel Vicent pasmado ante el milagro de los alamares, José Tomás regresa a la vida, renovando así su contrato con un compromiso íntimo que le hace dignificar su profesión cada tarde de quietud y de terrenos imposibles en el redondel de arena y sangre. El tablero donde rubricar su pacto con la vida, el único patrimonio del torero. De purísima y oro.



Publicado en Diario de Pontevedra 23/07/2011

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