miércoles, 8 de junio de 2011

Soñar en París



Si una ciudad ha nacido para ser soñada, esa es París, incluso bajo la lluvia. Y si una vez en París, los sueños son capaces de atraparnos, entonces es que algo muy grande nos puede ocurrir. Sueños y París, no son mala combinación, pero todavía nos falta un ingrediente, el hacedor que sepa añadir la parte necesaria de cada uno de esos ingredientes para cocinar un plato exquisito que nos haga disfrutar del cine, y entonces es cuando emerge la figura de Woody Allen.
Creador de historias, de sueños y de películas maravillosas como ocurre con ‘Midnight París’, que vuelve a situar al director neoyorkino ante uno de sus estados de gracia habituales, aquellos que normalmente surgen cuando decide hacer su cine más libre y personal, en el que habla de lo que le reconcilia con la vida, de esa terapia absolutamente maravillosa que suponen nuestra lecturas, películas o músicas favoritas. Un refugio en el que guarecernos cuando la vida no es todo lo agradable que hubiéramos deseado, en muchas ocasiones, las más, por nuestras dudas, por nuestros miedos y temores, por nuestras cobardías y comodidades, en definitiva, por la propia culpa de no ser capaces de dirigir nuestras vidas. Woody Allen busca a Scott Fitzgerald, a Cole Porter, a Picasso, a Heminway, a Gertrude Stein, a Buñuel o a Dalí, como quien se estira en el diván de su psicoanalista ante un desconocido para despresurizar ciertas situaciones de nuestra vida, como puede ser el estar con la mujer equivocada, el someterse cada día a una prueba de exigencia máxima donde ni tus futuros suegros, ni los amigos de la que pronto será tu esposa, ni su propia conducta, te hacen feliz.
Porque esta es la palabra clave de toda vida, y por extensión de las películas de Woody Allen, la felicidad, la búsqueda de la felicidad, aunque ésta llegue tras las campanadas de media noche y en un Peugeot de época cargado de los mitos que nunca nos han defraudado. Esta mezcla de realidad e irrealidad ya tiene asomado con igual éxito en trabajos anteriores del director, sobre todo en una obra maestra como  ‘La rosa púrpura del Cairo’, donde la pantalla de cine es la frontera entre ambos universos, ahora esa frontera se establece bajo un encantamiento, una suerte de carroza de cenicienta capaz de conducirte a los espacios más fantásticos que puede haber en el idealizado edén del protagonista, en este caso los parisinos años 20, allí el protagonista, un Owen Wilson trasunto del propio Woody Allen, tiene todo lo que le falta en su vida real: escritores con los que conversar, fantásticas fiestas en las que no aguantar a ningún pedante, músicas que le hagan sentir vivo y amor, un auténtico amor. Pronto se dará cuenta de que esos sueños no son la solución a sus problemas al entender que no hay refugio posible, que la idealización de un tiempo entendido como mejor, no deja de ser una constante en el ser humano como forma de evasión de su realidad. Lo que para que él simbolizaban los felices años 20, para un personaje surgido de ese tiempo lo fue el cambio de siglo, entrando así en una espiral que viene a mostrar lo complejo del ser humano y su eterna disconformidad con el momento de su existencia.
Claro que si esa existencia se desarrolla en París, y a los ojos de Woody Allen, se vuelve un espacio mágico que filma como no hizo con ningún otro lugar, exceptuando el Nueva York de ‘Manhattan’ (maravilloso el arranque de ambas películas con toda una colección de postales de cada ciudad). Un lugar para soñar desde el cine, para soñar desde la vida.


Publicado en Diario de Pontevedra 08/06/2011

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