domingo, 1 de mayo de 2011

Boda



Kate y William, William y Kate, ya son marido y mujer. Con la bendición de la iglesia anglicana y en la Abadía de Westmister, como antes hizo su padre, y desde siglos pretéritos hicieron los futuros monarcas de Inglaterra, ambos juraron su amor, símbolo renovado de la depauperada corona británica. Se dice que millones y millones de personas han prestado atención a este enlace sometido a un inusitado y, desde cualquier punto de vista, incomprensible interés. ¿Qué importancia tendrá para nuestras vidas la boda de estos dos muchachos para que medio mundo, el otro medio está midiendo el tamaño de los cuernos del diabólico Mourinho, se pase el día entero siguiendo sus pasos? En la apacible matinal local a uno le sorprende oír la conversación entre dos buenas mujeres cargadas con su compra, asomando los jurelos de la ría, sobre los detalles de la ceremonia, como si Buckingham Palace esperase la bendición de ambas; o tener que esquivar la trayectoria de dos dependientas que corrían veloces hacia un televisor para deleitarse, imagino, con modelitos y otras zarandajas. ¿Y todo para qué? ¿Para soñar ocupar el lugar de la futura reina consorte?, ¿para ver por dónde discurre la moda de cara a alguna boda veraniega en las Rías Baixas?, ¿para sentir lo que pudimos haber sido y no fuimos? Mientras, un anciano llamado Stéphane Hessel presenta su manifiesto ‘Indignaos’, un grito que hoy suena más fuerte que nunca.


Publicado en Diario de Pontevedra 30/04/2011

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