lunes, 7 de marzo de 2011

El contenido del corazón

Hablar de Luis Rosales es hablar de poesía con mayúsculas, poesía emitida desde un corazón arañado por el propio ser humano. Ese al que se suele dirigir todo poeta, pero ese también, que más suele entristecer su obra. Precisamente esa amalgama es la que emerge de la magnífica exposición que podemos ver en la Fundación Gonzalo Torrente Ballester en Compostela, un recorrido por la vida, la obra, y las amistades del autor de ‘La casa encendida’, poema en el que Luis Rosales alcanza una de las cumbres de la poesía española, de la poesía universal. 



Asomarse a las diferentes vitrinas que conforman, junto a un gran número de obras de arte, esta exposición es un ejercicio tan íntimo como el propuesto por su protagonista Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) en gran parte de su poesía, una de las más importantes del siglo pasado en España y también, una de las más desconocidas. Y así es como lo han planteado desde la organización, una inteligente selección de documentos, textos, cartas, fotografías que perfectamente acompasados a cada uno de los tiempos que le tocó vivir al poeta, nos abren las ventanas de nuestro siglo XX. Ese siglo marcado por la destrucción fratricida, por una Guerra Civil y un Franquismo en el que Luis Rosales desarrolló la mayor parte de su vida y que fue constantemente pellizcando el contenido del corazón de un poeta incapaz de liberarse del pasado, de las tormentas que afligieron a su familia, y de la incomprensión de las generaciones posteriores.

Dolor |Demasiadas veces cuando se habla de Luis Rosales, se cita aquel agosto de 1936 en que Federico García Lorca buscó refugio en su casa, al amparo de una familia con vínculos falangistas. Allí la seguridad de la amistad se quebró por la sinrazón de unos miserables que sólo buscaban materializar su odio en la sensibilidad del autor de ‘Poeta en Nueva York’. Aquel techo fue el último en que Lorca se cobijó y Luis Rosales, incapaz de entender la muerte del amigo, penó durante toda su vida por una culpa que nunca tuvo. No fue el de Lorca el único caso que le mostró la podredumbre del hombre y así un segundo golpe helado fue la muerte de Joaquín Amigo con quien participara de la vanguardista ‘Revista Gallo’ y otro más, aunque este sin vinculación con la guerra fue la muerte en accidente de tráfico del poeta Juan Panero (“Es Juan Panero quien me habla; murió y era mi amigo). Todavía duele leer en la exposición cartas anónimas que recibió durante toda su vida en las que atribuían cierta culpa a Luis Rosales en la muerte de Lorca, por no protegerlo en mayor medida, sin valorar el hecho de haberlo escondido en su propia casa, lo que les podía haber condenado a ellos mismos, pero como comenta el propio Luis Rosales en un documental que acompaña al extraordinario catálogo de la muestra “en ningún momento temimos por su vida”. Esa confianza en el ser humano quedó ya para siempre fracturada de manera irrecuperable, “a los hombres de mi generación nos persigue la guerra como una mula coja que tropieza y se sostiene cojeando”, reconocerá el poeta.

Poesía |Lejos iba a quedar aquel poeta vivaz, alegre y transgresor que respiró los aires de la Generación del 27, el que publicó ‘Abril’ en 1935 (“Gracias Abril si siento su creciente maravilla, gracias por esta sencilla plenitud de sentimiento, gracias porque suena el viento y entre los álamos reza, gracias si, al fin, la tristeza”), plagado de imágenes evocadoras, de sensaciones y amor por la poesía tradicional; en 1937 comienza a trabajar en ‘Rimas’ (“El tiempo es un espejo en que te miras. Tú ya has entrado en el espejo y andas a ciegas dentro de él. Tu ya has entrado en el espejo”), poemas cortos y llenos de destreza técnica que se irán oscureciendo a medidas que pasan los días y los acontecimientos se sucedan, y que publicará en 1951. Dos años antes aparece ‘La casa encendida’, la crítica la considera su mejor obra, y basta leer unas cuantas líneas para quedarse atrapado por la fuerza de sus versos, de esas imágenes encerradas en palabras que describen al ser humano que vuelve a su infancia, a esa casa de la memoria, por la que pasan muertos y vivos, en una apasionante evocación de un pasado destrozado y que sólo tiene consuelo en el, como describe otro poeta granadino Luis García Montero ‘espacio mítico de la infancia’, el caminar por habitaciones, tocar muebles y ropas (“Y todo cabe dentro de la verdad, mientras regreso hacia mi cuarto, mientras camino a oscuras, con las manos abiertas y ofrecidas para no tropezar”).
En 1964 ingresa en la Real Academia Española y cinco años más tarde aparece El contenido del corazón, ampliación del libro del mismo título que ya publicara en 1941, recibiendo por el en 1970 el Premio de la Crítica. En 1982 recibe el Premio Cervantes para fallecer en 1992, sin dejar durante todos estes años de publicar nuevos trabajos, así como reeditar antiguas obras. Muy importante fue también su labor como ensayista y estudioso de nuestras letras, siendo sus trabajos sobre ‘El Quijote’ una referencia en relación con la obra de Cervantes. Esta condición de investigador le emparenta con quien es durante estos días su anfitrión, Gonzalo Torrente Ballester, quien escribió numerosas páginas sobre las letras españolas. Ambos integraron el conocido grupo de Burgos, junto a nombres como Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar y Luis Uría, ‘disidentes’ de un falangismo que abrazaron y del que se fueron desprendiendo en pos de una redención común de todas las ideologías y con la pretensión de mantener el pulso cultural del país.
La Generación del 36, vivió momentos duros, su obra no puede distanciarse de la Guerra y visitar esta exposición que la Fundación Gonzalo Torrente Ballester acoge en Compostela tras pasar por Madrid y Granada a raíz del centenario de su nacimiento es una ocasión para comprobar como las palabras quedaron lastradas por las armas, como esas mismas palabras quisieron honrar a todos los muertos, los de un bando y los de otro, como la sinrazón y el odio pueden laceran toda una vida en la que sólo la poesía ofrece un aliento de vida, una desesperanza que llevó a Luis Rosales a decir: “no me he equivocado en nada, tan solo en las cosas que más quería.



Publicado en Diario de Pontevedra 6-03-2011

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