martes, 28 de diciembre de 2010

Viaje a Aldemunde




Tierra de Aldemunde. Universo coronado por la bandera de la imaginación, espacio para el gozo. Mundo onírico de sueños y fantasías. Territorio donde el arte se convierte en razón y el artista en demiurgo generador de lo irreal. Entrar en esta tierra requiere peaje, un pasaporte de complicidad con esa patria que nos acoge y al cabo de un instante nos reconforta. Pocos artistas son capaces de acercarse a esta concepción de lo artístico, a una concepción universal y territorial de su obra por encima de la especificidad de su trabajo. Xurxo Alonso lo consigue, y lo hace desde la gestación de una epopeya, un relato metaliterario que se convierte en pintura, pero sobre todo se convierte en vida. Porque tras toda esta génesis se encuentra la esencia de la vida, esa que sí transmite la pintura y la razón del artista. Una vida que se despliega por el articulable espacio del Museo de Pontevedra, perfectamente adapatable en su sexto edificio a la singularidad de cada exposición, al deseo de cada artista y cada obra. Una fértil comunión que engrandece cada muestra allí realizada.

Círculos | Seis círculos concéntricos son los que tenemos que atravesar, como en el Infierno de la ‘Divina Comedia’, con capítulo propio en la exposición. Seis estaciones de paso por las que cruzar y así adentrarnos en las tierras de Aldemunde: La fuga del mar, Teatro de sombras, Divina Comedia, Tintureiros de Aldemunde, Elegancia de la madera y Banderas, conforman esas líneas divisorias, que nos llevan desde el mar, desde esa navegación en la que se sumerge finalmente esta isla, altar que, como la isla de Thule, metaforiza aquel lugar apartado del mundo conocido, porque precisamente así lo busca Xurxo Alonso con la consolidación de este nuevo universo. Y para ello se basa en un riquísimo recetario artístico, convulsas abstracciones que nos atrapan al propiciar nuestra propia interpretación de lo representado que se convierten en geografías del ser humano, cartones muchos de ellos reaprovechados como sustento de la obra, también maderas, convertidas en los restos de un naufragio, o en curiosas embarcaciones, en definitiva un imaginario inabarcable que demuestra la capacidad de trabajo de quien presenta una obra prácticamente nueva, realizada casi en su totalidad en este año 2010.
Y memoria, finalmente la memoria, la clave de cualquier relato, el sustento del individuo, pero también del grupo, o así debería serlo. Capas que sedimentan sobre cada obra para ofrecer una epidermis bajo la cual se van abriendo sucesivas capas que amparan nuestra historia y justifican nuestro presente. Pero lo cierto es que en cada uno de sus planteamientos subyace esa solidez que confiere el pasado, el eterno retorno a un mundo vivido, a un espacio común ya transitado, y así, aunque sus universos se decanten por juegos de colores, por manchas que levitan sobre una atmósfera de irrealidades, por tiempos detenidos en un fragmento cronológico, esta pintura nos representa mucho mejor de lo que podría hacerlo cualquier figuración, porque en todas ellas trasciende ese factor temporal, aliento de una diégesis histórica que culmina en nuestra propia presencia ante la obra.
Xurxo Alonso no hace más que balizar el camino hacia nosotros mismos, un discurrir hacia nuestra propia esencia como ser humano, y haciéndolo mediante todos los elementos planteados durante el texto refrenda esa idea de testimonio, de bucear en un pasado de signos y gestos que articulan ese ‘espacio del nómada’ la tierra de Aldemunde recorrida de norte a sur, de este a oeste, en la búsqueda del ser humano. Porque eso es precisamente nuestra vida, una búsqueda permanente, un recorrido continuo al cual se van adheriendo circunstancias, peripecias vitales que conforman nuestra existencia. Xurxo Alonso ha sabido trasladar de manera muy certera ese trayecto a su plástica, configurando una de las obras más sugerentes del panorama artístico gallego y que culmina en esta gran exposición del viaje realizado hasta ahora.


Museo de Pontevedra. Hasta el 31 de enero de 2010
Publicado en Diario de Pontevedra 26/12/2010
Fotografía Rafa Fariña

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