viernes, 10 de diciembre de 2010

Pinceladas convertidas en música

Una fascinante conjunción de música y pintura es la que nos propone Rafael Úbeda (Pontevedra, 1932) en esta travesía por toda su trayectoria artística. Ambas se entremezcla en una selección de obras que no nos va a dejar indiferentes. Su tratamiento de la forma y del color, nos muestra a un artista capaz de generar un universo propio, donde cada pieza es un hito de ese mundo y cada una de ellas nos va a mostrar la efectividad de esa contaminación artística. La muestra puede verse en el Centro Sociocultural de Caixanova hasta el 20 de enero. 



Un concierto en 1911 celebrado en Múnich a cargo de Schönberg cambió el devenir de la pintura y su relación con la música. En el patio de butacas se encontraban dos de los más grandes genios pictóricos del siglo pasado: Kandinsky y Franz Marc. Ambos debieron clavar las uñas de los dedos en sus butacas cuando comenzaron a sonar aquellas Piezas para piano op. 11. compuestas por un incipiente sistema musical, el dodecafonismo, el cual, con absoluta libertad permitía asociar los doce notas de la escala cromática. Kandinsky llevaba tiempo dándole vueltas a como tránsportar a la pintura “las disonancias en el arte”, como el propio pintor le trasladó al compositor. A partir de ahí, Kandinsky creó algunos de los más hermosos cuadros de la historia. Hitos abstractos que sustentaban unas formas distribuidas en un pentagrama plástico. Tras él fueron muchos los artistas que mostraron esa relación intensa entre música y pintura. Málevich, Larionov, Klee o Jawlensky fueron sólo algunos de ellos. Hace unos años, en el año 2003 el Museo Thyssen articuló una extraordinaria exposición mostrando todas estas experiencias bajo el título de ‘Kandinsky. Analogías musicales’.



Toda esa música callada tiene en Pontevedra a un representante de excepción, un artista singular que, por lo tanto, singulariza su forma de manifestarse artísticamente para ofrecer su visión de esa relación música-pintura. Rafael Úbeda cuelga de las paredes del Centro Cultural de Caixanova todo su argumentario músico-pictórico, o a la inversa si lo prefieren, porque en el trabajo de este artista ambas disciplinas son indisociables, las notas músicales se fragmentan en figuraciones que se articulan como si un pentagrama sustituyese al lienzo. Aquellas primeras obras de soluciones cubistas, fueron evolucionando a través de genios de la pintura como Goya, Picasso o Bacon, para con todos ellos seguir evolucionando en su ‘dodecafonismo’ particular que desemboca en un frenético ámbito de representación, donde sus arpegios, conciertos, músicos, ritmos y volúmenes seducen al espectador convulsionándolo en ciertos momentos. La pintura de Rafael Úbeda tiene la virtud de que, desde su compleja realización formal cautiva al espectador que ante una obra de Rafael Úbeda se siente siempre seducido. Es por ello que les recomiendo que se acerquen a esta muestra antológica, asombrosa desde todos los puntos de vista, y son muchos, ya que su pintura, cada uno de sus cuadros, presenta múltiples puntos de vista. Sus obras se van articulando desde esa multiplicidad para ir facetando el motivo haciéndonos caer en esa secuencia rítmica que, desde el interior de cada cuadro, se traslada al conjunto de la sala. Rafael Úbeda llena también esas forma con el color, la otra parte de su articulación plástica, forma y color en una disolución que si en el capítulo formal se dispara en sus propuestas, en cuanto al color ya no digamos. Su efervescencia cromática salpica cada cuadro de una diversidad inimaginable y que parece convertirse en un elemento imprescindible de cara a la representación. Pero no se crean que es así, una obra oscura, negra en su apariencia, pero también en su íntima conceptualización como es ‘Bosnia' no nos hace echar de menos al color y al enfrentarnos a esas cabezas encontramos el horror de una guerra y sus consecuencias en el ser humano. Desfiguraciones, angustias, dramas en un mundo oscuro y violento van desfilando por esta obra esencial. Es así como cada cuadro presenta una acción que la diferencia del resto, un rasgo, que aún dentro del conjunto, muestra una fuga por la que deslizarse en un análisis individual. Sólo el gran artista puede conseguir articular este universo tan pegado a lo sensorial, tan evocador de esa sinestesia o correspondencia entre diferentes disciplinas artísticas que con nuestro protagonista fluyen de una manera tan delicada.
Desde aquellas exposiciones de los años sesenta han sido muchas las horas de taller, numerosas las muestras a lo largo de todo el mundo. Exposiciones o conciertos, no sabría muy bien como calificar a unas citas donde la pintura se convierte en música callada, en una trascendencia sensorial en la que vemos sonidos, y oímos formas, o lo que es lo mismo, sentimos como música y pintura crean una argamasa creativa fascinante y que no lo duden les dejará clavados en sus butacas como les sucedió a aquellas uñas de Kandinsky y Marc.



Publicado en Diario de Pontevedra 05/12/2010

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