martes, 30 de noviembre de 2010

Recorriendo Yoknapatawpha

Es uno de los escritores más influyentes del siglo XX. No son pocos los autores que se refieren a él como el gérmen de su vocación literaria y su referente a la hora de narrar historias. William Faulkner creó una literatura poderosa y llena de energía que todavía hoy se mantiene plenamente vigente. La publicación de la que es su primera novela, ‘La paga de los soldados’ (1926), y la reedición de varias de sus novelas más importantes por la editorial Alfaguara vuelve a llenar las librerías con los personajes más vibrantes que ha creado la literatura.


Crear un territorio, inventar toda una realidad geográfica, social, humana, económica o natural, eso es lo que ha sido capaz de parir desde una máquina de escribir el escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962). Dios de las letras y  generador de una forma de narrar que ha llegado hasta nuestros días a través de un numeroso elenco de escritores, que, lejos de ocultarse muestran su más rendida admiración por el autor de 'El ruido y la furia'. Desde los plenamente consagrados como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Antonio Muñoz Molina o Javier Marías hasta los que se están asentando en ese parnaso de las letras, como Ricardo Menéndez Salmón, todos ellos, alaban y muestran su admiración por la construcción de ambientes y personajes desde una prosa valiente y cargada de una inusual fuerza. Ese es el misterio de la literatura intemporal, esa que resurge décadas después para seguir viva y alentando en escritores y lectores las ganas de volver a recorrer ese territorio soñado e inventado entre dos ríos que conforman el condado de Yoknapatawpha. Un escenario sureño, en el que tantas horas se pasó escribiendo y describiendo personajes este autor, entre botellas de whisky y una extrema timidez que le hizo refugiarse en sus novelas. Ese condado fue el marco donde ambientó la novela ‘Sartoris', primera lectura recomendada para descubrir este escenario recorrido a través de los sucesivos libros por personajes llenos de luces y sombras, atormentados con su propia existencia y las relaciones con sus semejantes. Pero sobre todos ellos se erige un territorio agreste y empobrecido tras vivir la riqueza anterior a la guerra civil norteamericana y acrecentado por la entrada del país en la Gran Recesión tras el Crack del 29. Ese shock, vivido por un territorio tan definido por su ámbito geográfico y natural, entre plantaciones de algodón y tabaco, generó una sociedad al mismo tiempo decadente y que permitió al autor describir un cúmulo de historias entre restos del reciente pasado y un presente que no acababa de aterrizar en esta zona de los Estados Unidos. Sus historias van a caminar de esta forma a través del destino trágico del ser humano, abocado a la desesperación, atrapado por sus propias circunstancias y con escasas posibilidades de redención. Esa lucha del ser humano con su propio destino, es quizás, la gran parte de su éxito, de su trascendencia a su propio tiempo y de su valor como literatura eterna. En muchos casos William Faulkner asume una concepción mítica del hecho literario que lo emparenta con narraciones de las grandes culturas antiguas, pero adaptadas a una nueva realidad, a la de su ámbito de existencia, universo de donde extrajo relatos y narraciones, muchas de ellas surgidas de la oralidad. ¿Quien no recuerda en películas de John Ford esos porches en los que a la entrada de las viviendas los miembros se agrupaban en torno a una figura familiar para oir los relatos de la familia o la comunidad? Películas como 'Las uvas de la ira' (1940) que, sobre el texto de otro escritor de la misma generación, John Steinbeck,  con muchos planteamientos cercanos a nuestro protagonista, permitieron visualizar ese territorio geográfico y humano.
Diferentes editoriales han vuelto a poner durante estos días en valor esos textos, así RBA ha publicado la que se considera su primera novela 'La paga de los soldados' (1926), un relato sobre el retorno al hogar de un soldado de la Primera Guerra Mundial. Alfaguara ha reeditado varios de sus relatos ambientados en Yoknapatawpha, la ya citada 'Sartoris', 'El ruido y la furia, ‘Luz de agosto’, ‘El villorio’ y una espléndida y monumental selección de relatos cortos 'Cuentos reunidos'. Por otra parte Alfabia edita 'Los mosquitos' y Debolsillo nos presenta una traducción de poemas de William Faulkner realizada hace más de diez años por Javier Marías bajo el título de 'Si yo amaneciera otra vez', y que nos sitúa ante un Faulkner más íntimo y con una carga poética que lejos de ser una sorpresa ya se adivinaba en muchos fragmentos de sus obras en prosa.
Estamos, por lo tanto, casi obligados a recorrer de nuevo ese complejo Condado sureño, cruzarnos por sus caminos pedregosos con esos personajes desarraigados y aferrados a un destino designado por ese Dios literario, pero sobre todo, lo que estamos es obligados a redescubrir a este enorme escritor que en 1949 fue galardonado con el Premio Nobel y que creó uno de los escenarios más intensos de la historia de la literatura.
García Márquez nos trasladó hasta Macondo, Torrente Ballester nos levantó por los aires con su Castroforte del Baralla y es que cada gran escritor debe crear su propio territorio, ese lugar donde las letras permiten visualizar lo imaginado para quien ejerce el oficio de escritor, pero también, y por extensión para los que demandamos la participación del lector en el relato. Un relato intenso y apasionado, comprometido con un oficio que no todos legitiman con su trabajo. William Faulkner puso el listón muy alto, ahora, invade nuestras librerías en una aproximación que no hace más que evidenciar el reclamo y la vigencia de la literatura de verdad.


Publicado en Diario de Pontevedra 28/11/2010

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