lunes, 1 de noviembre de 2010

Lágrimas


La última vez que lloré tiene fecha, 30 de abril de 2010 y también motivo, escuchar a Joan Manuel Serrat cantando las ‘Nanas de la cebolla’ de Miguel Hernández a corazón abierto, que es cómo sólo se pueden cantar esas cosas. En aquella butaca del Pazo da Cultura cada estrofa encogía mi corazón al palpar el sufrimiento de un hombre encarcelado por pensar diferente a sus captores, y cómo esa horrenda situación límite era capaz de propiciar una poesía tan descarnada. Un canto eterno a la miseria del ser humano que le condenó a él a una muerte lenta, y a su hijo, a alimentarse de pan y caldo de cebolla. Lágrimas incontrolables, que brotan en un instante, similares a las que salieron de los ojos de un ministro que acababa de ser cesado. Un gesto de humanidad que al mayor vendedor de libros de este país le llevó a travestirse de Alatriste para arremeter sin piedad contra él. Los hombres no pueden llorar, parece que viene a decir quien tantas lágrimas se enorgulleció de escribir. La Academia y la consolidación de un personaje arisco han endurecido más la piel de Pérez Reverte que sus años de reportero en territorios comanches. Infiernos como de los que Miguel Hernández extrajo muchos de nuestros versos más hermosos. Hoy el poeta cumpliría cien años, y sus lágrimas, que fueron mías un día de abril, no hacen más que sentirme orgulloso de ser un hombre. Un hombre que llora.

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