jueves, 11 de noviembre de 2010

Deuda saldada



Siempre que cumplo años algún recuerdo visualiza lo mayor que me hago. Rozando ya los cuarenta en esta ocasión todo llegó por donde parece que llega todo, por el facebook. Allí un amigo dejó colgado un enlace para refrescar la memoria sobre el duelo entre Michael Jordan y Drazen Petrovic en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Dos de los mejores baloncestistas de la historia, frente a frente, en una final y olímpica, casi nada. Miradas, desafíos, y movimientos eléctricos que les aislaron del resto del mundo por unos minutos. Ambos parecían estar disputando uno de esos encuentros que tantas veces salen en el cine, disputado en el patio trasero de una vivienda de algún barrio americano, un uno contra uno, sólo que éste estaba siendo televisado a millones de personas. Pero ellos, a lo suyo.
Por eso de la diferencia de años con mi nostálgico amigo, mi memoria se precipitaba más atrás en el tiempo, cuando uno palpitaba baloncesto a raíz de aquella medalla olímpica que España logró en los Juegos de Los Ángeles, tan inesperada como inolvidable. Una medalla era una medalla, y a partir de ahí todo fue diferente en el país del fútbol y sólo fútbol. La revista semanal ‘Gigantes’, los mejores jugadores del mundo recortados en una carpeta tuneada, madrugones para ver el All Star Game y hasta la grabación de partidos de la NBA. En ese universo se instaló de repente un estirado jugador que procedía de Croacia para jugar en el Real Madrid (algún defecto tenía que tener) de los ochenta, y con el 4 a la espalda hizo lo que nunca he visto hacer a ningún otro, o quizás sí, precisamente a Michael Jordan, pero a mí me gustaba más Drazen Petrovic, el genio de Sibenik, un croata engreído y orgulloso (una redundancia hablando de croatas) pero que jugaba como Dios al baloncesto. Me agarro a mis frágiles recuerdos para rememorar su estilo inconfundible, su andar casi de puntillas, su pecho estirado, sus fintas, quiebros y requiebros, sus airadas miradas, sus brazos en alto, su lengua fuera en las entradas a canasta, su soplido antes de un tiro libre, sus saltos de alegría, y sus lanzamientos con unos porcentajes de acierto escandalosamente buenos. Con varios kilos de músculo menos que en el 92 este jugador se bastaba él solito para destrozar un partido, como aquel de una final de la Recopa de Europa que enfrentó al Real Madrid frente al Snaidero Casserta, en el que anotó 62 puntos, no el equipo, que llegó hasta 117, sino él solito para superar a un rival atónito que no daba crédito a lo que estaba viendo y a una hinchada enloquecida. Como ese partido de 1989 hubo muchos, temporada tras temporada el croata se superaba a sí mismo y su entrada en la NBA supuso uno de los hitos del baloncesto europeo con un jugador que de verdad trataba de tú a tú a las estrellas yankees.
No me pregunten por qué o a cuento de qué viene este artículo, cosas de la edad, y quizás también tenga algo de expiación personal, una deuda pendiente desde aquellos ochenta en los que uno andaba pensando en otras cosas y donde la posibilidad de escribir sobre un jugador así era una quimera. El tiempo parece que pone todas las cosas en su sitio y quizás este 11 de noviembre de 2010 sea la ocasión que nunca tuve de escribir de Drazen Petrovic, el mejor jugador de baloncesto que he visto nunca y todo gracias a Javi Casal. Gracias.

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