domingo, 10 de octubre de 2010

Ladrando a la luna

Tras dos tentativas de concierto en Vigo, Sabina regresa a Galicia. Santiago de Compostela en la noche del sábado y mañana Lugo, se recrearán en su música, en su nuevo trabajo y en las canciones de toda una vida. Con dos devoluciones de entradas en el bolsillo, a uno el cuerpo le pide hablar de gatillazos, senectudes, frustraciones y bombines rotos, pero Sabina, siempre será Sabina, y todo esto quizás forme parte del 'chou'. Valga el recuerdo de una noche que sí fue noche, de un concierto que sí fue concierto, de un sueño que sí fue sueño...


Cómplice de la noche sin acuse de recibo. Salió Sabina a un escenario convertido en terraza, en mirador de una ciudad que son todas las ciudades, de Praga a Madrid, de Buenos Aires a Vigo. Luces de vidas anónimas a las que cantar y desde las que contar todas esas canciones que han ido situando al de Úbeda en lo más alto, en ese punto desde el que mirar la realidad como en un picado divino cada vez más teñido de poesía. Sus letras han ido ganando una dimensión literaria forjada a base de noches entre musas, Rota al fondo, Vallejo y Neruda en la distancia, y al lado, tête à tête, Benjamín Prado. “Su desgracia fue mi salvación”, comenta Sabina a raíz de cómo se ha parido este último trabajo ‘Vinagre y rosas’ motivo de la gira, “su ruptura amorosa”, agua pasada, y la sequía literaria del cantante, les unió para refugiarse en Praga durante varios días y allí, entre ostras, caviar y escargots, resacas de güisqui y vodka, dedicarse a la compra de versos el uno al otro. Un mercadeo creativo que ha dado como fruto catorce canciones y un libro, un libro y catorce canciones. Tanto monta, monta tanto, indispensables el uno con el otro. Sabina y Benjamín, Benjamín y Sabina.
Tres de esas canciones compuestas a orillas del Moldava fueron el arranque del concierto, una presentación en toda regla de unas canciones que hacen temblar las piernas, pero sobre todo el corazón. El ‘letrista’ Benjamín temía cómo se podrían engrasar esas melodías con el repertorio de Sabina “es un tipo que ha escrito las mejores canciones en nuestro idioma”. No tardó en demostrarlo: ‘Medias negras’, ‘Aves de paso’, ‘Que se llama soledad’, ‘El boulevard de los sueños rotos’. Cadáver exquisito. Todo encaja a las mil maravillas, el Sabina pre nube negra, el más clásico, el de la voz noctámbula se asociaba con el que se ha sacudido el alivio de luto, el de nariz despejada y un alma en almoneda, que como siempre anda a la búsqueda de la canción más hermosa del mundo. Tenía que ser precisamente una de las ciudades más hermosas del mundo la que aclarara las dudas, la que meció entre bares de madrugada, habitaciones de hotel, paseos y burdeles, un grupo de canciones que como ningún disco anterior afianza a Sabina en su prometedora carrera musical. ¡Ay!, Praga, Praga, Praga. Público en pie coreando letras y más letras, en una liturgia ya habitual en los recitales de Sabina, bendita complicidad bajo un eterno bombín del que se iban cayendo ratones en forma de canción. Los pelos como escarpias con la imprescindible copla cantada a corazón abierto por Mara Ramos, ‘Y sin embargo te quiero’ enchufó de nuevo las palmas de un respetable que cada vez más se convencía de la fiabilidad de Sabina. Domador de escenarios, ilusionista del tiempo, cada uno de esos ratones obligaba a abandonar las sillas. El público en pie, el maestro inhiesto. ¡Qué verticalidad!, recuerda Benjamín Prado que dijo Caballero Bonald ante la presencia de Ángel González, ángel menos dos alas (cómo se echó de menos esa canción). Sabina repite la pose, figura entallada, pata del compás, envidia tomasista. A la verita suya cuadrilla de lujo, los que tanto le cuidan, aunque cobren menos que él, Pancho Varona y Antonio García de Diego. Era hora de pisar cristales, y si hay que hacerlo que sean de Bohemia, tarifa suficiente para edificar todo un disco y cantar desde su azotea. Hace más de una hora que nos habían dado las diez, pero el reloj volvió a marcar esa hora, tiempo de Princesas y Magdalenas, de Peces de ciudad y de no sé cuantos días y muchas más noches. Se acercaba la hora de echar el cierre, no por derribo, pero el público ya no era él, sino una prolongación del maestro de ceremonias, bombines al viento, flores volando hasta el escenario y un remate no por previsible igual de efectivo. Marca de la casa, recorrido por todas las vidas de ese pirata cojo que todos queremos ser y las siempre necesarias pastillas para soñar, y para durar, como durará eternamente esta música hecha por quien escribe siempre la misma canción para acabarla ladrando a la luna.

(Crónica de una noche sabinera en Vigo, entre embravecidas olas y poesías travestidas de canciones. 24-11-2009).

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