martes, 26 de octubre de 2010

La resurrección de un café



Pocas cosas puede haber más hermosas que la resurrección de un café. Ese espacio que la modernidad del siglo XX reinventó como cobijo ante la hostilidad de un exterior cada vez más abrupto con el ser humano. Ciudad de cafés, por lo tanto ciudad moderna. Pontevedra respiraba aires de tertulia en cada uno de ellos, desde el Bar Carrillo, hasta los más conocidos Savoy, Méndez Núñez, o Carabela, sin olvidarnos del Lar que amparaba a un Torrente Ballester soñando con ciudades levitando y cosas así. Nuestra ciudad hizo del café el refugio del hombre en busca de otro hombre, de la palabra en busca de otra palabra, en definitiva, convirtió esos ambientes en escenarios de la intrahistoria de una ciudad, sin duda la más interesante y la que articula el desarrollo social de la misma. En ellos convivía el descanso del común de los mortales, con el continuo fluir de aquellos nombres llamados a enriquecer nuestras vidas desde las letras, la pintura o la palabra. Artistas de los más diferentes pelajes se hacían fuertes ante una mesa y tras un café para diseccionar ese mundo exterior, para tirarse de los pelos entre ellos y sobre todo, para alentar una leyenda bohemia en una ciudad de bohemios.
Si alguno de esos cafés pontevedreses puede colgarse medallas en ese campo, ese es el Café Moderno. Una vez desterrada, por ventura, de sus bajos una entidad financiera, el dinero que todo lo ensucia, dejó paso a la efervescencia de las artes de la mano de Caixa Galicia, que apostó por esas paredes para reverdecer viejos laureles, los de las pinturas de Laxeiro, Pintos Fonseca, Carlos Sobrino o Monteserín; los de las palabras de Castelao y sus amigos ‘Karepas’ o las de aquellos jóvenes pontevedreses que, capitaneados por Xoán Vidal, invitaron a Federico García Lorca a componer un poema sobre unas frías mesas de mármol, para incluir en la nunca suficientemente valorada revista ‘Cristal’, cuya redacción se encontraba en el ático de ese edificio; los de las imágenes, de un cine todavía en pañales y que se conocía como cinematógrafo, y que “proyectaba hermosas vistas recientemente llegadas de París”. Todo eso quedó sepultado y sólo esa resurrección, ahora de nuevo aplaudida diez años después, permite que ese café, esa “sociedad de calores mutuos”, como definió a los cafés uno de sus grandes maestres, aquel de la Cripta del Pombo, Ramón Gómez de la Serna, siguiese sumando nombres, los del arquitecto Álvaro Siza o los escultores Francisco Leiro y César Lombera, junto a la de tantos artistas ocasionales que exhibieron sus obras en las diferentes muestras que el anfitrión tuvo a bien realizar; pero también son muchas la palabras que resuenan bajo ese artesonado y entre los tentadores y procaces lienzos de Carlos Sobrino que tanto turbaban a uno de sus habituales, Víctor Freixanes; porque de libros y escritores se llena esa sala de manera habitual, antes de pequeñas tertulias ante una mesa rectangular y ahora, con un mayor aforo, como presentación de novedades editoriales,; y hasta el cine, aunque no en las mejores condiciones, sobre todo en relación a otros centros de este tipo, tiene cabida en una planta bajoa entre cuyos espejos se congela ese tiempo pasado que ahora se entremezcla con un presente capaz de amalgamar un ayer y un ahora. Son tiempos de cafés y de benditas resurrecciones.

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