martes, 28 de diciembre de 2010

Viaje a Aldemunde




Tierra de Aldemunde. Universo coronado por la bandera de la imaginación, espacio para el gozo. Mundo onírico de sueños y fantasías. Territorio donde el arte se convierte en razón y el artista en demiurgo generador de lo irreal. Entrar en esta tierra requiere peaje, un pasaporte de complicidad con esa patria que nos acoge y al cabo de un instante nos reconforta. Pocos artistas son capaces de acercarse a esta concepción de lo artístico, a una concepción universal y territorial de su obra por encima de la especificidad de su trabajo. Xurxo Alonso lo consigue, y lo hace desde la gestación de una epopeya, un relato metaliterario que se convierte en pintura, pero sobre todo se convierte en vida. Porque tras toda esta génesis se encuentra la esencia de la vida, esa que sí transmite la pintura y la razón del artista. Una vida que se despliega por el articulable espacio del Museo de Pontevedra, perfectamente adapatable en su sexto edificio a la singularidad de cada exposición, al deseo de cada artista y cada obra. Una fértil comunión que engrandece cada muestra allí realizada.

Círculos | Seis círculos concéntricos son los que tenemos que atravesar, como en el Infierno de la ‘Divina Comedia’, con capítulo propio en la exposición. Seis estaciones de paso por las que cruzar y así adentrarnos en las tierras de Aldemunde: La fuga del mar, Teatro de sombras, Divina Comedia, Tintureiros de Aldemunde, Elegancia de la madera y Banderas, conforman esas líneas divisorias, que nos llevan desde el mar, desde esa navegación en la que se sumerge finalmente esta isla, altar que, como la isla de Thule, metaforiza aquel lugar apartado del mundo conocido, porque precisamente así lo busca Xurxo Alonso con la consolidación de este nuevo universo. Y para ello se basa en un riquísimo recetario artístico, convulsas abstracciones que nos atrapan al propiciar nuestra propia interpretación de lo representado que se convierten en geografías del ser humano, cartones muchos de ellos reaprovechados como sustento de la obra, también maderas, convertidas en los restos de un naufragio, o en curiosas embarcaciones, en definitiva un imaginario inabarcable que demuestra la capacidad de trabajo de quien presenta una obra prácticamente nueva, realizada casi en su totalidad en este año 2010.
Y memoria, finalmente la memoria, la clave de cualquier relato, el sustento del individuo, pero también del grupo, o así debería serlo. Capas que sedimentan sobre cada obra para ofrecer una epidermis bajo la cual se van abriendo sucesivas capas que amparan nuestra historia y justifican nuestro presente. Pero lo cierto es que en cada uno de sus planteamientos subyace esa solidez que confiere el pasado, el eterno retorno a un mundo vivido, a un espacio común ya transitado, y así, aunque sus universos se decanten por juegos de colores, por manchas que levitan sobre una atmósfera de irrealidades, por tiempos detenidos en un fragmento cronológico, esta pintura nos representa mucho mejor de lo que podría hacerlo cualquier figuración, porque en todas ellas trasciende ese factor temporal, aliento de una diégesis histórica que culmina en nuestra propia presencia ante la obra.
Xurxo Alonso no hace más que balizar el camino hacia nosotros mismos, un discurrir hacia nuestra propia esencia como ser humano, y haciéndolo mediante todos los elementos planteados durante el texto refrenda esa idea de testimonio, de bucear en un pasado de signos y gestos que articulan ese ‘espacio del nómada’ la tierra de Aldemunde recorrida de norte a sur, de este a oeste, en la búsqueda del ser humano. Porque eso es precisamente nuestra vida, una búsqueda permanente, un recorrido continuo al cual se van adheriendo circunstancias, peripecias vitales que conforman nuestra existencia. Xurxo Alonso ha sabido trasladar de manera muy certera ese trayecto a su plástica, configurando una de las obras más sugerentes del panorama artístico gallego y que culmina en esta gran exposición del viaje realizado hasta ahora.


Museo de Pontevedra. Hasta el 31 de enero de 2010
Publicado en Diario de Pontevedra 26/12/2010
Fotografía Rafa Fariña

domingo, 26 de diciembre de 2010

Edenes e infiernos

Mañana lunes 27 a las 18:30 la escritora pontevedresa Susana Fortes firmará libros del que es su último libro, 'Esperando a Robert Capa', en la Libería Cronopios de Pontevedra. Sirva este encuentro para recuperar un comentario sobre esta novela centrada en la vida de dos fotógrafos, pero sobre todo de dos amantes en un mundo inhóspito y cruel.



Dame una fotografía y te construiré el mundo”. Esta frase, es mucho más que una frase perdida en medio de un texto. Es, además del reflejo de una época de silencios y miedos, el único altavoz que permitía al mundo conocer las tristes realidades que acosaban las libertades del ser humano. Para Susana Fortes, es, además, un guiño cómplice con su propio trabajo, con la manera en que en ella estalla la ignición literaria. Lo fue aquella postal escrita desde la Bretaña francesa, de la que nació su ya legendario e iniciático ‘Querido Corto Maltés’ y lo fueron en esta ocasión tres cajas llenas de negativos pertenecientes a Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour aparecidas recientemente en México, y en concreto una de esas imágenes, publicada en la prensa en la que aparecía Gerda Taro dormida sobre una cama con un pijama perteneciente a Robert Capa. A partir de esa visión la escritora novela la relación entre los dos pioneros de la fotografía de guerra, pero también entre dos amantes, dos seres condenados a sentirse juntos y a los que les tocó vivir un tiempo convulso. De guerras y miserias, de persecuciones y odios, pero entre los que se filtraban como en un sistema de riego a goteo, pequeñas felicidades, miradas casuales, caricias sutiles o apasionados encuentros. Respiraderos que dan sentido a una vida. Bocanadas de aire que permiten contener la respiración cuando las balas amenazan la existencia o cuando el olor a pólvora y sangre seca condiciona el resto de una vida.
El relato se mueve entre el París de entreguerras, de turgentes bohemias, noches estrelladas, tejados y sueños felices, y la “última guerra romántica, en la que todavía se podía elegir el bando en el que luchar”, fratricidio que convirtió a España en un lugar donde se luchaba por algo más que por ganar una guerra. Se peleaba por una esperanza y muchas de las miradas del mundo se volvían hacia ella. Robert Capa inmortalizó a aquel republicano con la sien recién reventada en Albacete, una imagen eterna, plástica y casi inmaterial, un crucificado que redime a la humanidad con su sacrificio, una estúpida muerte más pero que tras ese ‘clic’ quedará suspendido del eterno imaginario de esta contienda. Bajo aquella loma su cámara fue el testigo de la desesperanza, como también lo fue de tantos momentos que pertenecen encerrados en esos rollos de negativos. Negativos inertes, a los que ahora nuestra escritora concede una segunda existencia accionando el play de su pluma, acercándonos a personajes olvidados y fascinantes que reviven entre precisas recreaciones de edenes e infiernos. Fotogramas de amor y muerte surgidos una imagen y dos vidas.



Publicado en Diario de Pontevedra 01/07/2009

sábado, 25 de diciembre de 2010

Una Nochebuena en Casablanca



Diez razones para cumplir cada año el rito de recalar cada Nochebuena en el Café de Rick:
1.      Reconciliarse con el ser humano.
2.      Ver el peso de una lágrima recorrer el pómulo de Ingrid Bergman.
3.      Que se te ponga la carne de gallina escuchando la Marsellesa ante la impotencia de un grupo de soldados nazis.
4.      Escuchar a Rick Blaine decir que su patria es “ser borracho”.
5.      Tirar una botella de agua de Vichy a la papelera.
6.      Si alguna vez fuese fumador me gustaría fumar como Humprhey Bogart.
7.      El amor está por encima de cualquier guerra.
8.      Sólo Humprhey Bogart tendría derecho a llevar un esmoquin blanco, como las camisetas de los jugadores destacados de la NBA debería retirarse esta prenda.
9.      Perder es la mejor manera de ganar.
10.  “Siempre tendremos París”.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Una frase


Tiempo de Navidad. Abrazos, felicitaciones y sonrisas. Nuestras calles se iluminan, se llenan de frases amables, de caricias y deseos que rebosan optimismo y celebración. Elevamos la mirada y todos eses mensajes nos abruman, pero...en ocasiones, las frases importantes se encuentran en los lugares más insospechados. Unos segundos de espera ante un paso de peatones pueden propiciar una reflexión que contrasta con los renos iluminados, colocados sólo unos metros después. "Merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas. Es una virtud, es dignidad y es la actitud de identidad más definida". Que la 'Negra Sosa' rotulada bajo la lluvia en tiempos de aguaceros, aligere durante unos segundos el peso de una sociedad iluminada por sus caducas frases de estación y nos haga ver lo que somos, lo que tenemos y lo que debemos defender.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

A forza do xogo




Tempos escuros. Un mundo esnaquizado tras unha guerra entre irmáns. Espazo para a supervivencia. Figuras que se perfilan nas sombras dunha terra tan fermosa como desfeita ante o seu incerto futuro. Alí xurde un cantar, un cantar de cego no que se agocha todo un universo de narracións, ecos dunha memoria que cos seus fráxiles cordeis sustenta a nosa historia, aquela onde o verdadeiro protagonismo reside no ser humano. Homes e mulleres vapuleados polas circunstancias, superviventes grazas a súa existencia en común, ó seu contacto íntimo.
Arredor da mesa sete deses homes xogan unha partida, un encontro de cartos, pero tamén de rostros, os deses homes cheos de dúbidas, de soños, de pesadelos, de ambicións,en definitiva, seres humanos. Esas personificacións dos despoxos da barbarie xogan unha partida que dura tres días. Un western crepuscular que se vai entretecendo coas narracións que xurden á luz do lume, nos escanos das cociñas, nos velatorios, lendas que artellan o noso sustrato como pobo. A nosa identidade e da que Víctor Freixanes- na súa volta a ficción- fai bo uso, levándonos a historias tan cercanas ós pontevedreses como as do mouro de Mourente, ou os sucesos acontecidos no convento das freiras de Santa Clara, pero alí temos moito máis desta cidade, desta vila camuflada nunha Vilanova de Alba á que o autor retorna para pechar un círculo, non só literario senón persoal. Distracións dunha partida que vai paseniño definindo o futuro deses homes, pero tamén dunha terra e dun teatro de silencios no que refulxían riquezas pasaxeiras e mezquinas como a do wolfram, representación dese tempo cheo de negrura, cheo de baleiros. O retorno de Víctor Freixanes é o retorno dan grande narrativa, da procura da ‘verdade das mentiras’ feita libro, feita lenda. Abofé.


Publicado en Diario de Pontevedra 22/12/2010
Fotografía Rafa Fariña

domingo, 19 de diciembre de 2010

Pontevedra en las manos de JB




En el estremecedor e imprescindible discurso de aceptación del Premio Nobel pronunciado por Mario Vargas Llosa hace poco más de una semana apuntaba entre otras ideas la siguiente: “...he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural”. Pues si algún autor ha sabido conjugar a lo largo de su obra lo natural y lo extraordinario ese ha sido Gonzalo Torrente Ballester, y en ese debate permanente entre lo real y lo irreal, entre la razón y la imaginación, una obra se erige por encima de todas en su larga trayectoria creativa. Hablamos de una obra parida en Pontevedra, injertada hasta el tuétano en un mundo ancestral de leyendas y narraciones, en un escenario de húmedas piedras y rincones señoriales, de personajes míticos y de esperpénticas figuras de un tiempo no demasiado lejano. ‘La Saga/fuga de JB’ es Pontevedra y Pontevedra es ‘La Saga/fuga de JB’.
Nunca esta ciudad tuvo un mayor acomodo literario que en la obra de un escritor que residió en ella entre el verano de 1964 y un 31 de agosto de 1966, día en el que partió rumbo a la Universidad de Albany para hacerse cargo de las clases de Literatura Española. Ambas cuestiones son imprescindibles para posicionarse ante ‘La saga/fuga de JB’, la integración del escritor con el ambiente pontevedrés, una ciudad donde personajes como Filgueira Valverde, Alfonso Zulueta o Manolo Domínguez (profesor compañero en el Instituto de Pontevedra), le acompañaron en un viaje en el tiempo en la aproximación a una realidad casi mágica de una ciudad donde los hermanos Muruáis dejaron la simiente para un tiempo nuevo, en la que Urco surgió una noche para asustar al barrio de A Moureira, donde un boticario convivía con un loro parlanchín, donde el Partido Galeguista avanzó en los postulados de la anterior Generación Nós, en la que un grupo de extraños personajes agrupados en torno a la Sociedad Arqueológica (en el libro Tabla Redonda) se empeñaron en defender las antiguas piedras de la ciudad de los arrebatos de modernidad, donde una mujer, (la Bella Otero) ‘la mujer más hermosa del mundo’ aparecía en la revista Galicia Moderna como un icono del París de las vanguardias, donde las discusiones sobre su origen y fundadores propiciaban numerosas discusiones, con unos cafés llenos de gente cultivadas amantes de la tertulia. Un extraordinario caldo de cultivo que rápidamente prendió la mecha de la imaginación del escritor ferrolano para lanzarse a la confección de la que sería su novela más ambiciosa, la más compleja, pero también, la más agradecida con una ciudad que ya para siempre se hizo eterna en manos de un escritor de talla mundial.

Desde Albany |La llegada de Gonzalo Torrente Ballester a la Universidad de Albany con las alforjas bien cargadas de las historias pontevedresas le permitió contar con algo de lo que carecía en España, tiempo. Tiempo para poder leer y tiempo para dejar de pensar en su situación económica y dedicarse a escribir. Allí, entre gélidas temperaturas, la buhardilla en la que se encerraba en su vivienda de Arzobispo Malvar abría las ventanas de su prodigiosa imaginación a las calles y plazas de la ciudad, a esa basílica de Santa María rodeada de callejuelas de piedra, brumas y ríos; o a ese café Suizo, metáfora de un café Moderno cenáculo de intelectuales, a las escrituras de cronistas locales como Torcuato Ulloa, las singulares acciones de las Mendoza y a un sinfín de localizaciones humanas y geográficas en una Pontevedra que se iba disolviendo a medida que el escritor avanzaba en su relato. Pero este avance no fue nada fácil y una lectura a ‘Los cuadernos de un vate vago’, imprescindible para conocer la génesis de la obra, nos coloca ante lo complejo de la situación, de ese entramado coral y temporal en que se convertirá ‘La saga/fuga de JB’ y donde las preocupaciones y las complicaciones se iban sucediendo a medida que la compleja estructura mental del autor se trasladaba al papel.
Evidentemente todos mis tropiezos, dificultades, vacilaciones, rectificaciones referentes a La saga/fuga de JB, obedecen pura y simplemente al hecho de que es un tema inmaduro, de que no lo he pensado suficientemente, de que todo mi esfuerzo culminó en una sola dirección, sin darme cuenta de que abandonaba caminos laterales importantes y necesarios”, comenta el escritor en febrero de 1968 para, en el mes de noviembre, de ese mismo año decir: “la otra cosa es la de siempre: seguir testimoniando no sé si mi impotencia o mi fracaso o simplemente mi crisis. Esta mañana pensé en la posibilidad de abandonar La saga/fuga y empezar primero Campana y piedra”. Estamos por lo tanto ante meses y años de dudas, encorajinados enfrentamientos con esas ideas son las que depararon la escritura de este libro que finalmente se publicó en 1972 y supuso la reconsideración del escritor dentro de un panorama literario que le había dado la espalda hasta el momento.

La obra recibió el apoyo de los lectores, algo que no acabó de entender el propio escritor, catalogado habitualmente de ‘escritor intelectual’ cuando, precisamente, esta obra en la más intelectual de las suyas, pero también por la crítica, que reconoció su aportación a la literatura española y los nuevos caminos que inauguraba esta novela centrada en la existencia de una población de nombre Castroforte del Baralla “ciudad levitante y ensimismada” recorrida durante siglos por generaciones de hombres cuyas iniciales son JB y que culminan en un profesor de gramática, feo, hambriento y desterrado a un lugar que ya nunca más quiso ni pudo olvidar.




Desde la ventana del Carabela veo pasar a Carmen Becerra junto a las ruinas del Savoy, lugar de referencia para entender a Gonzalo Torrente Ballester en Pontevedra, ciudad que quiso como pocas, universo que visitaba muy a menudo, pese al avance de la edad y en el que se refugiaba como uno se refugia en la memoria, en la búsqueda permanente de un tiempo que pudo ser mejor pero al que la vida decidió perpetuar como un espacio feliz, y con la que el escritor negó aquello de la canción de Sabina de ‘donde has sido feliz no debieras tratar de volver’.
En el Savoy estaba Torrente Ballester con mi marido el 23 de febrero de 1981”, comenta Carmen Becerra al poco de llegar a un Carabela, feudo habitual también del escritor ferrolano (como lo fuera también el ya desaparecido Café Lar), amante de los cafés, como todo buen escritor, sabedor de que en ellos se cuece a fuego lento el andar de cada ciudad. Carmen Becerra, profesora de la Universidade de Vigo, experta en la obra de Torrente Ballester y hasta hace poco tiempo directora de la Fundación Torrente Ballester, ahora en manos del pontevedrés, Miguel Fernández-Cid, compartió numerosas vivencias con el escritor, llegando a establecer una amistad que se prolonga a través de los diferentes miembros de la larga descendencia del escritor del ‘Don Juan’. Apasionada de su obra, cada contestación sobre Torrente y sus libros o su vida, parten de la admiración y el profundo conocimiento de una obra incomparable en la literatura en castellano, a la que no siempre se le ha hecho justicia, al igual que a la propia figura del escritor. Pero Carmen Becerra, decide enfrentarse con un grueso tomo bajo el brazo de ‘La saga/fuga de JB’, reeditada este año en la que es la primera edición crítica de esta novela publicada en 1972, a los innumerables actos que desde la Fundación se han programado para visualizar de nuevo al escritor tras un tiempo ‘de luto’ y que suele acontecer tras la muerte de cada gran autor, para años después rebrotar con una fuerza inusitada.

Novedades editoriales|Carmen juguetea con sus manos mientras no deja de citar llena de ilusión las nuevas publicaciones de este año del centenario del nacimiento del escritor, que no se cerrará el 31 de diciembre, sino que se prolongará hasta el próximo 13 de junio por ser ésta la fecha exacta del nacimiento de Gonzalo Torrente Ballester. “Este año ha sido muy positivo, y lo ha sido por dos cuestiones, por un lado la difusión de Torrente, su aparición de nuevo en una gran cantidad de medios de comunicación y, por otro, el alto número de publicaciones que han vuelto a poner en circulación numerosos títulos”.
A la ya comentada edición crítica de ‘La saga/fuga de JB’ se le deben unir proyectos tan especiales como una edición en cómic de ‘Fragmentos del Apocalípsis’, con guión de Cesar Lómbera y dibujos de Jaime Asensi, que acaba de ser presentada en la Feria del Libro de Guadalajara (México), o ‘El cuento de sirena’, escrito en 1978 por Torrente Ballester, donde recrea la leyenda de los Mariño y ahora ilustrado por Miguel Anxo Prado, o un facsímil de lujo entelado del libro ‘Compostela’, que vio la luz en 1948. También han tenido reediciones títulos como ‘El golpe de estado de Guadalupe Limón’ (Editorial Salto de Página), con un sugerente prólogo a modo de entrevista entre el autor y su propio hijo Luis Felipe Torrente o ‘La boda de Chon Recalde’ (Ézaro Ediciones).
Mientras, se prepara una nueva edición crítica de ‘Crónica de el Rey pasmado’ y todo ello junto al espectacular catálogo, algo más que un catálogo, en forma de doble volumen, que acompaña a la exposición itinerante ‘Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester’, que será próximamente inaugurada en la ‘Biblioteca Pública Nacional, antes de su recorrido internacional por diferentes Institutos Cervantes del mundo, siendo Lisboa el primero de ellos. Toda esta barbaridad de trabajo sólo representa una pequeña porción del enorme legado del escritor, una prolífica trayectoria que durante el próximo año se conocerá mucho mejor al publicarse sus diarios políticos, escritos en la Universidad de Albany, y que el propio autor había impedido publicar hasta pasados diez años de su muerte ante posibles consecuencias familiares. Pero Torrente es todo eso y más, un universo condensado en un frágil cuerpo con una mente prodigiosa “Desde fuera, y sobre todo antes de operarse, con esas gafas oscuras y negras, daba la impresión de que era un hombre un poco huraño, pero una vez superada esa barrera, que no existía, que sólo se debía a esas gafas negras, te encontrabas a una persona fascinante por muchos motivos, era uno de esos seres que ya no hay, un hombre de otro tiempo, un personaje del Renacimiento que asimiló sus numerosas lecturas y las había incorporado a su conocimiento”, recuerda la doctora en Filología, “cada vez que hablabas con él era como si estuvieras escuchando a un conferenciante brillantísimo, pero además a él que le encantaba la tertulia, era muy amable,  cortés y con gran cercanía con la gente joven, yo creo que eso tenía que ver con haber estado siempre rodeado de gente de poca edad, tuvo siete hijos, era profesor de Instituto y conocía las inquietudes de esa gente, su modo de pensar, de vivir. Siendo tan mayor era un hombre muy moderno, de ahí su estar al día con las máquinas, los aparatos de grabación de los que disponía siempre de la última novedad, sus cámaras de fotografía, que eran magníficas, o el ser el primer académico en tener correo electrónico, evidencian esa circunstancia, su ausencia, desde el punto de vista de la amistad es irremplazable, estar con él era fantástico, estar en contacto con todo, con la historia, con el arte y con una persona entrañable”, comenta emocionada Carmen Becerra.

Torrente y Pontevedra | “Visitaba con mucha frecuencia Pontevedra, él lo decía, Pontevedra era como un paraíso perdido para él, la ciudad fue encontrar de nuevo la paz y el sosiego que no tenía antes, en una etapa tan convulsa como fue la de Madrid, en la que estaba incómodo, no le gustaba lo que veía, no encontraba su sitio a finales de los años cincuenta, década en la que escribe esos cuadernos depositados en Albany, y que pronto conoceremos. Al firmar su escrito en apoyo a los mineros de Asturias en 1962, el franquismo le expulsa de sus tres trabajos, como crítico teatral en Radio Nacional, en el diario Arriba y las clases de historia que impartía en la Escuela Nacional de Guerra, solicitando el ingreso en el cuerpo de catedráticos de Instituto. Mientras tanto, para sobrevivir, traduce novelas del oeste y policíacas, imparte conferencias gracias a varios amigos”, relata Carmen Becerra ante la proximidad de su retorno a Galicia.
Le dan el destino de Pontevedra y llega a una capital de provincia tan pequeñita pero que está tan viva culturalmente -no estoy segura de que los pontevedreses conozcan la cultura que tuvo y tiene la ciudad-. Él se encuentra con un ambiente muy agradable en el Instituto, con su director, Marcelino Jiménez, catedrático de Clásicas, cultísimo, con Filgueira Valverde, con un jovencísimo Manolo Domínguez, Alfonso Zulueta... Gente con la que pasea, con la que habla, con la que recupera lo que no tenía ya: las tertulias y conciliar su vida como escritor y como creador. Descubre algo que no conocía, la historia de Pontevedra, y muchas otras historias de Galicia, que le transmiten esos amigos. Hay un estado anímico de sosiego paz y tranquilidad que él necesitaba para volver a escribir y un acopio de materiales importantísimos e interesantísimos para que él los transforme en sus ficciones”, añade Carmen Becerra tras apurar un sorbo de té, para continuar:  “Aunque estuvo poco tiempo fueron dos años y pico decisivos, como hombre y como escritor. Para él Pontevedra es una ciudad emblemática. Siempre soñó con volver a ella, aunque era muy difícil con tantos hijos y era complicado trasladarse hasta aquí. Pero volvía con mucha frecuencia, aquí o a Bueu, a ver a sus amigos, a Fina y a Manolo Domínguez,  a Alfonso Zulueta, a los sitios donde él vivió, en el sentido que esto tenía para él, no sólo habitar un espacio, sino vivirlo profundamente.Él se involucraba en la vida de la ciudad, era muy activo”. Y esa ciudad se fijó para siempre en su obra, en la que Carmen Becerra coincide que es su mejor novela, ‘La Saga Fuga de JB’. “Lo que está dentro de ella, no sólo lo humano, las piedras, la arquitectura, todo eso es Pontevedra, esa novela no hubiera surgido de la pluma del escritor si no hubiera estado en Pontevedra. Debemos a Pontevedra la mejor novela del siglo XX”, sentencia Carmen Becerra, quien ante el clamoroso silencio de la ciudad durante este año en torno a la figura del Torrente Ballester, no se rasga las vestiduras.
Ella no habla de una ciudad desagradecida, como podemos decir otros y así lo argumenta con cierta resignación: “Pontevedra no se enteró. Hay muy poca gente que haya leído ‘La saga/fuga de JB’, en primer lugar, y, en segundo lugar, si no conoces la historia, o la trayectoria y amistades de Torrente, quizás no identifiques a los personajes que tienes delante. Pontevedra, en general, no sabe que la ciudad es deudora con Torrente de eso, y que le ha dado la mejor de sus obras y ha puesto a la ciudad en el mundo, a la ciudad y a su historia”.

El sentido del humor, la sátira, la parodia, la ironía o los mitos-elemento clave y vehicular a lo largo de toda su obra- llenan las páginas de esta saga/fuga, la novela que se convierte en Pontevedra y que convierte a la ciudad en un magma creativo sin igual en la historia de la literatura.





Publicado en Diario de Pontevedra 19/12/2010
Ilustración: Amelia Vázquez-Palacios
Fotografía: Rafa Fariña



jueves, 16 de diciembre de 2010

Situación límite



Decía en una ocasión el ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel y una de las personas más inteligente que he oído, Shlomo Ben Ami, que el conflicto entre israelíes y palestinos no tendrían solución hasta que se llegase a un punto límite, algo así como que tuviese lugar una acción llena de barbarie que se llevase por delante miles de víctimas. Ese golpetazo en las mentes del resto del mundo, y en las de los propios participantes en el conflicto, permitirían que todos se pusiesen manos a la obra y planteasen un retorno a la paz. Y pensarán ustedes, lectores deportivos, en que jardín se está metiendo este hombre (si es que todavía siguen leyendo estas palabras), pues lograr algo tan sencillo como visualizar como muchas veces dejamos enquistar las cosas, que se vayan pudriendo mientras miramos hacia otro lugar. Esos lugares, en el mundo del deporte, aparecen llenos de esperanzas, de ilusiones, de  confiarse en aquello ‘de esta vez sí’, en los que siempre se olvida que esto no es una maquinaria perfecta, sino un juego en el que muchas veces todo depende de la caprichosa pelotita.
Pues todo esto viene a cuento para acercarnos a la situación actual del Pontevedra c.f. a un club que se ha visto rodar cuesta abajo en los últimos meses hasta una situación límite, tras salir a la luz pública temas como esa deuda de más de dos millones de euros,  la posibilidad de entrar en la ley concursal, de jugadores que denuncian al club, de empleados que dudan sobre su continuidad,  o el último capítulo del serial, esa convocatoria de huelga por parte de los jugadores.  Mientras en el plano deportivo, el gran bálsamo para estas situaciones, no hace más que echar sal en la herida. Así las cosas el crack parece inminente y es entonces cuando se encuentra bajo la alfombra de un despacho la solución a todos esos males, como tantas veces enmascarada bajo un eufemismo justificador de  sueldos, en esta ocasión hablamos de un ‘plan de viabilidad’, que debe ser el mismo del Celta B, líder de la categoría, en el que casi todo se fía a «relegar el objetivo del ascenso mientras el equipo debe mirar hacia la cantera», según explicaron dos de los directores que tiene el club (aún hay alguno más), Fran Crujeiras y Artur Tamazain. Y es que todos estos años de sueños con el salto de categoría, de jugadores con unos salarios desmesurados, de infinidad de excesos y de vivir muy por encima de la realidad, parece que ha servido para descubrir la verdad del fútbol, la que debe buscar el trabajo y la exigencia máxima a los futbolistas, la de intentar reunir a un grupo comprometido en el que confiar sin prisas durante un par de temporadas para rentabilizar la inversión de los años anteriores en al cantera. Pero no, eso no servía, el Pontevedra tenía que realizar stages, concentrarse en hoteles, tener un organigrama de Primera División, pagar las fichas más altas del grupo de la Segunda División B y todo ello, para que, para sentirnos con la vitola de favoritos, ser la élite de la Segunda División B. Pues para este viaje no hacían falta tantas alforjas y ahora se quieren llenar gracias al apoyo popular (ya sería el colmo que se fuera a pedir a nuestras instituciones, tan solidarias ellas durante estos años con una Sociedad Anónima, aunque todo se andará) a los empresarios, esos que están con el agua al cuello; a los aficionados, esos que resisten, cada vez menos, un espectáculo dantesco en el terreno de juego.
Hemos tenido que llegar a una situación límite para comprender lo que se tenía que haber hecho hace varios años. Son las duras enseñanzas que nos ofrece la vida.




Publicado en Diario de Pontevedra 16/12/2010
Fotografía Rafa Fariña

martes, 14 de diciembre de 2010

Crujíos



A uno le cruje el alma cada vez que escucha a alguien acercarse a la música como sucedía con Enrique Morente, y ello porque lo hacía a corazón abierto, saliéndole el flamenco por la boca a borbotones, que es como los buenos artistas cantan sus músicas. Enrique Morente bajó del Albaicín para ponerse el flamenco por montera y ser capaz, desde su larga tradición, de modernizarlo como ningún cantaor lo había hecho hasta el momento. Sin miedos se enfrentó a una fusión con otros géneros que le llevó a participar de discos y actuaciones con cantantes de otras disciplinas, convirtiéndose desde Camarón, en el eje rector de este género. Esa condición le llevó a ser el primer cantaor flamenco en conseguir el Premio Nacional de la música. Entre poetas, copas y una imprescindible larga madrugada, Enrique Morente se erigió también en la persona entrañable y natural que no dudaba en participar de actuaciones conjuntas junto a nombres como Luis García Montero, porque Enrique Morente desfilaba por el filo de su guitarra como por un poema de García Lorca. Sensibilidades de una idea común, la del ser humano y su relación con el mundo, la del hombre ante una existencia y que José Manuel Caballero Bonald, participante de esa liturgia común de flamenco y poesía, tantas veces representó con sus palabras y lecciones acerca de ambas disciplinas. Todavía resuenan los ecos del verano pasado en la última edición del Festival del Cante de las Minas, cátedra del flamenco, que asistió a la última lección magistral de lo eterno, de ese pellizco en el alma que el granadino provocó entre los asistentes y así se destilaba en las crónicas de aquel día. La muerte de Enrique Morente es la muerte de una parte del flamenco, una ausencia infranqueable para el aficionado a este universo huérfano desde ayer de ese crujío que te desgarra el alma. Que te hace sentir el flamenco, que te hace vivir.



Publicado en Diario de Pontevedra 14/12/2010
Fotografía de Rafa Fariña (actuación en Pontevedra el 15/08/2001)

lunes, 13 de diciembre de 2010

Trazos de realidad

La sala de exposiciones de la Galería Sargadelos en Pontevedra acoge durante todo este mes una exposición de Amelia Vázquez Palacios (Pontevedra, 1986), un recorrido por una serie de impresiones que esta artista ha recogido de la naturaleza para volcarlas hacia nosotros de una manera tan sencilla visualmente como compleja en su interior.  Su esquematización de lo real trasciende hasta convertirse en otra realidad, en aquella que sólo el arte puede proponer crear y así lo hace en una búsqueda de la verdad y de lo sustancial que hay en el arte.




La vida se construye a partir de pequeños trazos, trazos de una realidad que se conforma desde el gesto humano, desde la acción, por pequeña o delicada que ésta nos pueda parecer.
Así lo ha entendido y plasmado Amelia Vázquez Palacios en la exposición que durante este mes se mantiene en la sala de exposiciones de la pontevedresa galería Sargadelos. Una propuesta tan delicada como efectiva en su punto final, en esa definición de lo breve, de lo delicado y hasta si se quiere de lo efímero. Amelia Vázquez-Palacios ha construido su, por ahora breve trayectoria artística, desde una elegante sofisticación donde el gesto tiene una importancia decisiva. En sus planteamientos sobra lo anecdótico, el recurso fácil, el llenar la superficie de trabajo por llenar, sin una causa ajustada al trabajo requerido. En sus obras se va de manera directa al meollo de la cuestión, a la plasmación de un paisaje, de una sensación en la mayor parte de las veces, de una camelia o de un grupo de embarcaciones. Pequeñas variaciones de un mismo motivo que se van sucediendo como una serie de fotogramas. Detalles de un tema que se va fragmentando en la búsqueda de una realidad común y eterna. Así lo consigue Amelia Vázquez Palacios en varios apartados de esta exposición en la que se trabaja desde diversos temas, especialmente poderosos son sus paisajes, indefinidos, geografías que surgen del interior y a las que sólo nos puede conducir su propia autora. Espacios de color que se entretejen de una manera tan precisa que enseguida absorben al espectador para arrastrarnos a su sublimación como referencia de la naturaleza. Pero también sus embarcaciones nos sitúan ante una dialéctica surgida de la desmaterialización de la realidad, de esa evanescencia que deja lo real convertido en un andamiaje experimental y donde esta artista saca a relucir sus armas de arquitecta mediante el bosquejo rápido y dinámico de toda una arquitectura de pequeñas naves ancladas en puerto. En ese refugio al amparo del mar ella les acoge y convierte en modelos para su fugaz definición, la esencia de lo que serán esos trazos de  realidad que dan nombre a la exposición, pero tras los cuales se engrasa todo un proyecto teórico que se evidencia en otros apartados de la muestra, como en sus camelias, motivo en el cual lleva trabajando en los últimos meses debido a su colaboración en diferentes actividades en torno a nuestra característica flor y su vinculación con el arte. Sus flores, entendidas como joyas, son pequeñas definiciones de una especie tan compleja como hermosa y cautivadora. Una delicada ejecución que evidencia la precisión de trazo de la artista y la resolución de la pieza en torno a la verdadera protagonista, sin recaer en excesos o en elementos que sólo sirvan para justificar la acción del artista, ya perfectamente resuelta con esa flor y el planteamiento pretendido por Amelia Vázquez Palacios.



Todos estos fragmentos de la realidad, o trazos, si queremos ajustarnos de manera precisa a la definición de la artista, son capaces de generar un conjunto singular de miradas al exterior, hacia una naturaleza que centra un trabajo tan arriesgado como apasionante para una creadora tan joven, que asusta por lo claro que tiene muchas cuestiones de un mundo tan lleno de dudas, o que así debería estarlo, como es el de la creatividad. De nuevo volvemos a esos paisajes interiores, esos abismos que nos engatusan con su color, pero donde subyace todo un universo surgido casi del inconsciente del artista a través de una forma de ver la realidad asombrosa para quien ha nacido hace 24 años. Tienen algo del misterio de Rothko, estas acciones, gérmenes de tantas experiencias pictóricas a las que muchos artistas se enfrentan en un debate perdido de antemano. Amelia Vázquez Palacios mantiene firme el pulso y esos territorios abstractos conforman toda una lección de lo que la pintura es capaz de hacer desde su desnudez, pero también desde una fragilidad que lejos de rendirla la hacen fuerte y poderosa. No vemos nada, no reconocemos formas, pero en cambio respiramos sensaciones, palpamos vibraciones, sabemos que detrás de esas bandas de color hay algo tan intenso que nos turba a los pocos segundos de situarnos ante estas obras. Es la capacidad que tienen los cuadros, los buenos cuadros, para representar lo absoluto, aquello intangible y que sólo el sentimiento es capaz de asumir. No tan lejos de esta valiente opción se encuentran sus embarcaciones, entre mares y cielos entendidos como un paso previo al planteamiento anterior. Cada vez más imperceptibles las naos se van contaminando con su entorno, camuflándose entre una atmósfera mimética que distorsiona la visión real para evidenciar el armazón que lo sustenta, al fin y al cabo, como buena arquitecta, lo que de verdad interesa al creador y donde se encuentra la verdad, es el sentido más primario de las cosas, en esa búsqueda de lo esencial, como aquellas arquitecturas que durante el siglo XVIII abominaron del exceso barroco y se refugiaron en la arquitectura adintelada, en la esencia de las cosas. Amelia Vázquez Palacios podemos decir que cada vez más adintela su visión de lo artístico, en una feliz resolución que evidencia lo que importa y lo que no, en esa resolución formal anda metida nuestra protagonista.
Visitar esta muestra nos conduce de esta forma por una realidad de hoy, pero sobre todo, por la confianza en el futuro, ese que se abre ante quien confirma con cada convocatoria una inusitada capacidad para responder a los compromisos con lo artístico, algo tantas veces desconsiderado por los propios creadores, pero de lo que Amelia Vázquez Palacios hace gala. Cada una de sus obras es una salvaguarda de esos intereses, necesarios para seguir progresando y mejorando. Todavía hay mucho de margen de mejora, pero sobre todo, lo que hay es mucho de posibilidades para seguir explorando territorios, afinando experiencias, sintiendo la pintura, en definitiva, apostando por un arte de la esencia, algo que se agradece, en unos tiempos donde se lanzan masivos mensajes, donde la atmósfera social aparece contaminada por efectos de la verborrea de muchos, aquí sepultada tras unas formas tan delicadas como firmes en sus convicciones.



Publicado en Diario de Pontevedra 12/12/2010
Fotografías Cristina Vidal

viernes, 10 de diciembre de 2010

Pinceladas convertidas en música

Una fascinante conjunción de música y pintura es la que nos propone Rafael Úbeda (Pontevedra, 1932) en esta travesía por toda su trayectoria artística. Ambas se entremezcla en una selección de obras que no nos va a dejar indiferentes. Su tratamiento de la forma y del color, nos muestra a un artista capaz de generar un universo propio, donde cada pieza es un hito de ese mundo y cada una de ellas nos va a mostrar la efectividad de esa contaminación artística. La muestra puede verse en el Centro Sociocultural de Caixanova hasta el 20 de enero. 



Un concierto en 1911 celebrado en Múnich a cargo de Schönberg cambió el devenir de la pintura y su relación con la música. En el patio de butacas se encontraban dos de los más grandes genios pictóricos del siglo pasado: Kandinsky y Franz Marc. Ambos debieron clavar las uñas de los dedos en sus butacas cuando comenzaron a sonar aquellas Piezas para piano op. 11. compuestas por un incipiente sistema musical, el dodecafonismo, el cual, con absoluta libertad permitía asociar los doce notas de la escala cromática. Kandinsky llevaba tiempo dándole vueltas a como tránsportar a la pintura “las disonancias en el arte”, como el propio pintor le trasladó al compositor. A partir de ahí, Kandinsky creó algunos de los más hermosos cuadros de la historia. Hitos abstractos que sustentaban unas formas distribuidas en un pentagrama plástico. Tras él fueron muchos los artistas que mostraron esa relación intensa entre música y pintura. Málevich, Larionov, Klee o Jawlensky fueron sólo algunos de ellos. Hace unos años, en el año 2003 el Museo Thyssen articuló una extraordinaria exposición mostrando todas estas experiencias bajo el título de ‘Kandinsky. Analogías musicales’.



Toda esa música callada tiene en Pontevedra a un representante de excepción, un artista singular que, por lo tanto, singulariza su forma de manifestarse artísticamente para ofrecer su visión de esa relación música-pintura. Rafael Úbeda cuelga de las paredes del Centro Cultural de Caixanova todo su argumentario músico-pictórico, o a la inversa si lo prefieren, porque en el trabajo de este artista ambas disciplinas son indisociables, las notas músicales se fragmentan en figuraciones que se articulan como si un pentagrama sustituyese al lienzo. Aquellas primeras obras de soluciones cubistas, fueron evolucionando a través de genios de la pintura como Goya, Picasso o Bacon, para con todos ellos seguir evolucionando en su ‘dodecafonismo’ particular que desemboca en un frenético ámbito de representación, donde sus arpegios, conciertos, músicos, ritmos y volúmenes seducen al espectador convulsionándolo en ciertos momentos. La pintura de Rafael Úbeda tiene la virtud de que, desde su compleja realización formal cautiva al espectador que ante una obra de Rafael Úbeda se siente siempre seducido. Es por ello que les recomiendo que se acerquen a esta muestra antológica, asombrosa desde todos los puntos de vista, y son muchos, ya que su pintura, cada uno de sus cuadros, presenta múltiples puntos de vista. Sus obras se van articulando desde esa multiplicidad para ir facetando el motivo haciéndonos caer en esa secuencia rítmica que, desde el interior de cada cuadro, se traslada al conjunto de la sala. Rafael Úbeda llena también esas forma con el color, la otra parte de su articulación plástica, forma y color en una disolución que si en el capítulo formal se dispara en sus propuestas, en cuanto al color ya no digamos. Su efervescencia cromática salpica cada cuadro de una diversidad inimaginable y que parece convertirse en un elemento imprescindible de cara a la representación. Pero no se crean que es así, una obra oscura, negra en su apariencia, pero también en su íntima conceptualización como es ‘Bosnia' no nos hace echar de menos al color y al enfrentarnos a esas cabezas encontramos el horror de una guerra y sus consecuencias en el ser humano. Desfiguraciones, angustias, dramas en un mundo oscuro y violento van desfilando por esta obra esencial. Es así como cada cuadro presenta una acción que la diferencia del resto, un rasgo, que aún dentro del conjunto, muestra una fuga por la que deslizarse en un análisis individual. Sólo el gran artista puede conseguir articular este universo tan pegado a lo sensorial, tan evocador de esa sinestesia o correspondencia entre diferentes disciplinas artísticas que con nuestro protagonista fluyen de una manera tan delicada.
Desde aquellas exposiciones de los años sesenta han sido muchas las horas de taller, numerosas las muestras a lo largo de todo el mundo. Exposiciones o conciertos, no sabría muy bien como calificar a unas citas donde la pintura se convierte en música callada, en una trascendencia sensorial en la que vemos sonidos, y oímos formas, o lo que es lo mismo, sentimos como música y pintura crean una argamasa creativa fascinante y que no lo duden les dejará clavados en sus butacas como les sucedió a aquellas uñas de Kandinsky y Marc.



Publicado en Diario de Pontevedra 05/12/2010

jueves, 9 de diciembre de 2010

El ovillo azul



Cada vez más enredado por Tirios y Troyanos el ovillo azul del Teucro ya va siendo hora de que comience a desenredarse. Con el equipo líder de la categoría, los jugadores demuestran que son una vez más lo mejor que tiene el deporte, siempre en su sitio, apostando por el balonmano, su trabajo, y una camiseta que muchos se han empeñado en ir destruyendo con sus acciones cada vez ejecutadas más desde el empecinamiento y la obstinación que desde la búsqueda de la defensa de los intereses del club. Club es precisamente la palabra que más ha sido vapuleada durante los últimos meses dentro de un guerracivilismo impensable no hace muchos años en los que el Teucro se enorgullecía de la unión de todos sus estamentos, como destacó en estas mismas páginas en una entrevista retrospectiva una de las estrellas de la historia teucrista, Gaby Ben Modo.  Ahora que un grupo de socios han elevado la condición de padres a unos excesos que escapan a lo que debe ser una estructura de club, lo que les ha llevado en una huida hacia delante a presentar una candidatura que será oficializada el próximo viernes en el nuevo presidente, Carlos García Alén,  en sus manos estará el futuro del Teucro  y este futuro no depende de pagar o no unos chándales o de dos o tres equipos más en la base (desde siempre los jugadores de las categorías inferiores llegado cierto momento deben aprender a volar y ante la falta de alternativas partir hacia otras latitudes, nada nuevo bajo el sol), un club debe buscar el mayor equilibrio posible entre cantera y el equipo profesional, que en este balonmano de crisis que vivimos, cada vez lo será menos, pero cuya existencia es lo que da sentido al resto de la infraestructura del club. Ahora llega el turno de las decisiones que deberán ser tomadas por los nuevos gestores, esperemos que no se dejen llevar por los cantos de sirena de tantos conocedores de balonmano que hay en esta ciudad, de tantos sabios que se dedican a crear estados de opinión fundamentados no se sabe muy bien en qué pasado o en unos poderes que les han sido conferidos no sólo para opinar, que en eso andamos todos, con mayor o menor fortuna, sino para influir en las decisiones de los demás, algo de lo que tanto gustan. Ellos y sólo ellos, deberán ser quienes comiencen a desenmarañar este ovillo demasiado liado por muchas manos, cuando las manos de verdad, las que ciertamente importan, son las de los deportistas, esas que han aupado a este equipo a un liderato que muy pocos pensaban, pero que ponen en valor el potencial de unos jugadores, muchos de ellos veteranos, que respiraron los aromas de un pasado de vino y rosas y que ahora intentan salir indemnes del fuego cruzado. Su gran mérito es precisamente sobrevivir a estos últimos meses en un ambiente hostil, junto a un entrenador, Modesto Augusto, que ha vuelto a demostrar que hay pocos como él para llevar adelante a un equipo como el Teucro, un club enredado en sí mismo.



Publicado en Diario de Pontevedra 09/12/2010

martes, 7 de diciembre de 2010

Xeografías



Lalín, Cambados e Pontevedra. Lamazares, Leiro e Jorge Castillo. Tres puntos cardinais da nosa xeografía, tres aristas dun triángulo de imaxinación, poesía e paixón que durante estes días fan agromar o seu traballo en Madrid. A lírica de Lamazares, a forza de Leiro e a singularidade de Jorge Castillo enchen páxinas de entrevistas nos xornais madrileños coas súas apostas artísticas e poñen a Pontevedra na cabeceira da creación. Os tres, xunto co eterno misterio de Leopoldo Nóvoa, se significan como os nosos grandes. Todos eles miran á nosa terra dende outras latitudes, xeografías físicas, porque a mental, a que fai mover as súas mentes, segue instalada entre bravos mares azuis e suaves vales verdes, como unha patria eterna da que non se pode fuxir. Nesas entrevistas falan da nosa terra, motor de inspiración que de maneira constante peta na súa porta para logo medrar e medrar ata converterse en arte. As leiras de Lalín, as pedras de Cambados ou a nai en Pontevedra son fragmentos instalados nunha memoria que aproveita o artista para afondar na procura da súa estética, visualizada en cadanseu camiño percorrido, incluído ese día no que decidiron mirar a Galicia dende lonxe, quizais para achegarse máis a ela. Abofé que o fixeron; agora, co paso dos anos, esa distancia redúcese cada vez máis, nun círculo que se pecha arredor dunha xeografía íntima e sentimental.


Publicado en Diario de Pontevedra 04/12/2010
Imagen: 'Maceira I'. Obra de Antón Lamazares. Cortesía de Galería SCQ

jueves, 2 de diciembre de 2010

El espíritu del color

Acostumbrado a pelearse con el lienzo, el pintor Manuel Dimas lleva todo este verano enfrascado en la decoración de una capilla perteneciente a un complejo rural en el Val de Nebra en Porto do Son. Un desafío que une al artista y a su mecenas, Javier Expósito, en una hermosa aventura que parece conducirnos hacia otros tiempos y que se instalará de manera eterna en el imaginario plástico gallego. No es muy habitual este tipo de apuestas, pero afortunadamente, en esta ocasión así ha sido, el color y la figuración actual se ponen al servicio del arte y del espíritu




Henri Matisse, en los últimos años de su vida, alcanzó la felicidad plena con su obra. Él, que lo fue todo en el arte del siglo XX, encontró la alegría extrema de su pintura cuando pintó el interior de una pequeña iglesia. Aquel sencillo templo de las dominicas de Saint Paul de Vence pasó a la historia, no sólo personal de Henri Matisse, sino de la pintura por la creación de un universo en tres dimensiones de una obra esencial en el arte del momento. El pintor francés pintó, creó vidrieras y hasta diseñó el mobiliario de «la que considero a pesar de todas sus imperfecciones, mi obra maestra», según le escribió en una carta al obispo de Niza en 1951, dos años antes de su muerte. El pintor de la ‘joie de vivre’, la alegría de la vida, encontraba así, en sus postreros momentos, el sentido a su pintura, lo que podríamos llamar la conquista del espíritu del color.
Otro pintor, deudo en muchas de sus concepciones creativas del genio de las odaliscas, Manuel Dimas, parece seguir la estela del pintor francés con su último proyecto, una experiencia única en el arte gallego y que surge de la apuesta de dos nombres, el suyo y el del propietario de ese pequeño recinto religioso, Javier Expósito, hombre de exquisita sensibilidad traducida en su colección de arte, con especial dedicación al mundo del grabado, siendo también dueño del Museo del Grabado y la Estampa digital que se encuentra en Ribeira. Sólo de este tipo de uniones es de las que surge el arte eterno, la apuesta valiente por la intuición y la sensibilidad y que desde ahora se traduce en los muros de esta capilla que abandonan el secular blanco en beneficio de una explosión de color, de una alegría puesta al servicio del espíritu, pero sobre todo del arte.

La capilla, incluída dentro de un hotel rural, es conocida como capilla de Foloña, antiguo topónimo que vincula el lugar con el Folón o batán, es decir, el lugar donde se encontraba la maquinaria apropiada para el trabajo con la lana y su aprovechamiento textil. De ahí que la capilla juegue en su iconografía con el cordero como elemento singular, no sólo por su concepción tradicional dentro de la iconografía cristiana, con el cordero como símbolo del sacrificio de Cristo, sino también con esa vinculación local. Así, el altar se centra en la imagen de la Virgen con el niño y una pareja de corderos, a la manera de Leonardo en su conocida 'Santa Ana con la Virgen y el niño', en la que Jesús se abraza a ese cordero, premonitorio de su destino, mientras la Virgen intenta separarlo de él. En otras partes del templo, el artista juega con imágenes también tradicionales como el buen pastor, con Cristo, cuidando y amparando a su rebaño. Estas figuras se ven permanentemente acompañadas por los putti, esos angelotes ‘regorditos’ que en esta ocasión aparecen portando diferentes instrumentos musicales ensalzando la gloria del señor, a la vez que se muestran como complemento perfecto para un espacio que tendrá en un futuro una importante función como marco para la realización de conciertos. Estos ángeles están realizados mediante una técnica de grabado, la serigrafía, que el artista domina de manera ejemplar, además de funcionar como un guiño a la dedicación que el propietario de este espacio lleva realizando en defensa del grabado como medio de expresión y que tiene en su Museo de Ribeira un espacio de apuesta y referencia a nivel mundial. En otro de los muros, un gran ángel, éste pintado sobre la pared, también porta un instrumento musical incidiendo en ese aspecto religioso y lúdico.



Pero si hay un elemento que se erige como protagonista de todo el conjunto ese es el color, una explosión dionisíaca de tonos y gamas que turban nuestra mirada y muestran una manera diferente de plantear la decoración de un espacio religioso polémico en muchas ocasiones por emplear lo que podría convertirse en una distracción para la mente y el espíritu.
Manuel Dimas apuesta por continuar su línea de trabajo donde el color es la base de una obra que desde los años ochenta se ha mantenido firme en la plástica española. Desde aquellos tiempos de renovaciones pictóricas al amparo de la libertad que se vivía en el Madrid de la movida, Manuel Dimas ha consolidado su trabajo con formas y manchas cada vez más puras, superposiciones que  permiten una búsqueda de la síntesis de figura y color. Tanto desde el grabado como desde la pintura, su obra alcanza ese carácter atemporal que le ha permitido singularizar su trabajo. El color como seña de identidad salpicado con una figuración icónica y pop, guiños al sentido lúdico que la pintura nos puede presentar. Reinterpretar estos postulados, y adaptarlos a un espacio tan singular como una capilla ha sido el primer reto del artista, inundando de un poderoso azul sus paredes y salpicándolo de manchas amarillas, verdes y rojas. Destacan también elementos ornamentales que parecen ser un homenaje al totem Matisse a partir de su técnica de los papeles pintados, formas que semejan recortarse sobre la superficie y que ocuparon gran parte de su creatividad en los últimos años de su vida, precisamente en los que se dedicó a la decoración de la capilla del Rosario en Vence. Matisse fue fiel a la frase de Maurice Denis, pintor simbolista y Nabis, cuando afirmaba que un cuadro, antes que el motivo a representar debe ser "una superficie cubierta de colores dispuestos en un cierto orden", planteamientos que también podemos extender a la propuesta de Manuel Dimas para este templo. La distribución y ordenación del color, por lo tanto, se convierte en la siguiente preocupación del artista, equilibrar todo este conjunto en la búsqueda de la armonía, pero sobre todo de la belleza. Adentrarse en su interior en estos momentos de todavía un intenso trabajo, parece evadirte a otras épocas, a antiguas experiencias de artistas que cambiaron la manera de entender el arte, vienen a mi mente los frescos de Giotto, esenciales a la hora de la transformación del arte en el tránsito del ámbito medieval al renacentista. El olor a pintura, la frescura de los colores nos muestran una arquitectura rejuvenecida, que ha sabido entender, gracias a la apuesta de su propietario, que el color es un arma tan poderosa como la que cualquier escultura o el tradicional caleado blanco pueden suponer para el visitante. Es esa danza de color, la que como ya ideara Matisse en su capilla de Saint Paul, juega con nuestros sentidos, y con la luz que entra a través de los pequeños ventanales vidriados, modificándose a lo largo del día para generar diferentes atmósferas, sensaciones que sitúan a este espacio más allá de lo religioso configurándose como un espacio de experimentación personal.


Manuel Dimas así lo ha entendido, y como tal ha proyectado la decoración de ese espacio en base no sólo a su función original, sino como espacio de encuentro para diferentes propuestas culturales, entre las que la música se presenta como una de las más destacadas, presentándose como el complemento perfecto a todo el conjunto donde se enmarca esta pequeña capilla, un hotel rural en el Val de Nebra, marco para el disfrute de los sentidos y el goce del ser humano. A esa condición hedonista es a la que presta servicio la obra de Manuel Dimas, siempre movida por una lujuria del color planteada en base a los postulados más firmes de la pintura actual. Saber adaptar las singularidades propias a un recinto tan definido, se evidencia como el decidido paso del pintor, de acuerdo con su promotor, por hacer emerger a la pintura como gran elemento generador de sensaciones. Azules, verdes, amarillos y rojos son los acompañantes de las duras jornadas sobre el andamio, jornadas en las que la pintura se incrusta en la piel, de idas y venidas, de rectificación de planteamientos, modificaciones en la consecución de un resultado final que comienza a asomarse de manera sorprendente y abrumadora para quien guste de las posibilidades de la pintura. Ese azul celeste parece evadirte a una atmósfera volátil, un paraíso cuyas paredes hablan, desde una narrativa lógica y unitaria, para contar una historia, esa historia que todo templo necesita para completar su función y sentido.
Desde este verano esta pequeña capilla se convertirá en una pieza de arte única en Galicia, esa Galicia acostumbrada a ver las paredes de sus templos caleadas para conseguir el ambiente adecuado para la reflexión y el sosiego del espíritu, entenderá ahora que existen diferentes formas de generar ese ambiente y que el color, puede ser un medio tan apropiado como cualquier otro. Ese avance debe anotarse en el haber del autor, Manuel Dimas, pero también de quien presta su patrimonio para avanzar y progresar desde la cultura, como es el caso de Javier Expósito, un coleccionista y amante del arte que, como aquellos mecenas de la Italia renacentista, se ha propuesto marcar una época con esta efervescente joya de color.



Publicado en Diario de Pontevedra 05/09/2010

No sólo gestos



Aquel balón llegó rodando caprichosamente hasta sus pies, procedía de la precipitada conducción del presente del fútbol o por lo menos de lo que muchos nos venden como el fútbol hoy: imagen, publicidad, efervescencia, físico, Cristiano Ronaldo. Se agachó y lo recogió casi con la misma suavidad con la que hace no muchos años lo desplazaba sobre el terreno de juego. Pep Guardiola tenía el balón en su manos, y entonces dudó, fueron sólo unos segundos, pero durante ese breve espacio de tiempo se encontró ante sí mismo, como Hamlet ante la calavera de Yorick, y entonces, traje, jersey de pico y zapatos de punta afilada se convirtieron en una camisola blaugrana con el 4 a la espalda. Guardiola se materializó en futbolista y optó por el vacile al eterno rival, un simple gesto, propio del jugador que por naturaleza no debe facilitarle al oponente su empresa. Fue un gesto en un partido lleno de ellos, aderezo de una exhibición futbolística, pero no nos engañemos, que no debería ir más allá: el retruécano de Guardiola, la mano abierta de Piqué, los alaridos de Valdés son pellizcos al lacerado madridismo tras su incapacidad para contener el juego, y ese mismo madridismo, ese tan dañino que surge de la prensa afín, es el que busca hacer de ellos motivo principal de lo sucedido en la noche catalana. Lejos de ponerse frente al espejo y asumir sus deficiencias, el entorno mediático blanco busca el seguir azuzando el fuego de la rivalidad para con ese humo tapar lo que lejos de ser una vergüenza es parte del largo proceso de aprendizaje que le resta a los muchachos de Mourinho.
A los pocos días de instalarse en Madrid, el técnico portugués comprendió que quedaba mucho por hacer para poner al Real Madrid a la altura de los más grandes. Su fulgurante inicio liguero, además de hablar bastante mal del nivel medio de nuestra liga, aceleró las esperanzas e ilusiones blancas que, tras vencer a diferentes equipos, se dispararon hasta la exageración, como ha quedado patente tras el derbi. En el primer enfrentamiento ante un equipo que debería entenderse como un rival directo, mesura de hechos y posibilidades éstos y éstas quedaron arrasados (penalti y fuera de juego incluidos) por un Barcelona desaforado, acrecentado por los desafíos madridistas, y más que por sus goles, por la imagen de superioridad de una manera de entender, pensar y vivir el fútbol sobre otra. Xavi e Iniesta pusieron las cosas en su sitio, decidieron que no debía existir más discusión, que el fútbol se puede jugar y se debe jugar siempre con el balón. La calavera de Guardiola despejaba todas las dudas, balón, balón y más balón. Mourinho echaba de menos a sus guerreros milanistas y sólo pudo agarrarse a Lass, el canto del cisne de un entrenador que vive fuera de los banquillos y que se pasó el segundo tiempo con el culo pegado al diván culé, olvidándose ya del partido y pensando en otros gestos: en asumir la derrota, en tapar la boca a sus jugadores para que no se desvíen de la línea oficial por él marcada. Este tipo de partidos se acolmatan de gestos, rivalidad y pasión son el caldo de cultivo para que medren como champiñones, el error viene a la hora del análisis y a la sustitución de lo esencial por lo superficial. Muchos se quedarán con la destrucción del mito Guardiola, otros con los cinco lobitos de Piqué, yo me quedaré con la sensación de haber visto el mejor fútbol que podemos ver.



Publicado en Diario de Pontevedra 01/12/2010

martes, 30 de noviembre de 2010

Recorriendo Yoknapatawpha

Es uno de los escritores más influyentes del siglo XX. No son pocos los autores que se refieren a él como el gérmen de su vocación literaria y su referente a la hora de narrar historias. William Faulkner creó una literatura poderosa y llena de energía que todavía hoy se mantiene plenamente vigente. La publicación de la que es su primera novela, ‘La paga de los soldados’ (1926), y la reedición de varias de sus novelas más importantes por la editorial Alfaguara vuelve a llenar las librerías con los personajes más vibrantes que ha creado la literatura.


Crear un territorio, inventar toda una realidad geográfica, social, humana, económica o natural, eso es lo que ha sido capaz de parir desde una máquina de escribir el escritor norteamericano William Faulkner (1897-1962). Dios de las letras y  generador de una forma de narrar que ha llegado hasta nuestros días a través de un numeroso elenco de escritores, que, lejos de ocultarse muestran su más rendida admiración por el autor de 'El ruido y la furia'. Desde los plenamente consagrados como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Antonio Muñoz Molina o Javier Marías hasta los que se están asentando en ese parnaso de las letras, como Ricardo Menéndez Salmón, todos ellos, alaban y muestran su admiración por la construcción de ambientes y personajes desde una prosa valiente y cargada de una inusual fuerza. Ese es el misterio de la literatura intemporal, esa que resurge décadas después para seguir viva y alentando en escritores y lectores las ganas de volver a recorrer ese territorio soñado e inventado entre dos ríos que conforman el condado de Yoknapatawpha. Un escenario sureño, en el que tantas horas se pasó escribiendo y describiendo personajes este autor, entre botellas de whisky y una extrema timidez que le hizo refugiarse en sus novelas. Ese condado fue el marco donde ambientó la novela ‘Sartoris', primera lectura recomendada para descubrir este escenario recorrido a través de los sucesivos libros por personajes llenos de luces y sombras, atormentados con su propia existencia y las relaciones con sus semejantes. Pero sobre todos ellos se erige un territorio agreste y empobrecido tras vivir la riqueza anterior a la guerra civil norteamericana y acrecentado por la entrada del país en la Gran Recesión tras el Crack del 29. Ese shock, vivido por un territorio tan definido por su ámbito geográfico y natural, entre plantaciones de algodón y tabaco, generó una sociedad al mismo tiempo decadente y que permitió al autor describir un cúmulo de historias entre restos del reciente pasado y un presente que no acababa de aterrizar en esta zona de los Estados Unidos. Sus historias van a caminar de esta forma a través del destino trágico del ser humano, abocado a la desesperación, atrapado por sus propias circunstancias y con escasas posibilidades de redención. Esa lucha del ser humano con su propio destino, es quizás, la gran parte de su éxito, de su trascendencia a su propio tiempo y de su valor como literatura eterna. En muchos casos William Faulkner asume una concepción mítica del hecho literario que lo emparenta con narraciones de las grandes culturas antiguas, pero adaptadas a una nueva realidad, a la de su ámbito de existencia, universo de donde extrajo relatos y narraciones, muchas de ellas surgidas de la oralidad. ¿Quien no recuerda en películas de John Ford esos porches en los que a la entrada de las viviendas los miembros se agrupaban en torno a una figura familiar para oir los relatos de la familia o la comunidad? Películas como 'Las uvas de la ira' (1940) que, sobre el texto de otro escritor de la misma generación, John Steinbeck,  con muchos planteamientos cercanos a nuestro protagonista, permitieron visualizar ese territorio geográfico y humano.
Diferentes editoriales han vuelto a poner durante estos días en valor esos textos, así RBA ha publicado la que se considera su primera novela 'La paga de los soldados' (1926), un relato sobre el retorno al hogar de un soldado de la Primera Guerra Mundial. Alfaguara ha reeditado varios de sus relatos ambientados en Yoknapatawpha, la ya citada 'Sartoris', 'El ruido y la furia, ‘Luz de agosto’, ‘El villorio’ y una espléndida y monumental selección de relatos cortos 'Cuentos reunidos'. Por otra parte Alfabia edita 'Los mosquitos' y Debolsillo nos presenta una traducción de poemas de William Faulkner realizada hace más de diez años por Javier Marías bajo el título de 'Si yo amaneciera otra vez', y que nos sitúa ante un Faulkner más íntimo y con una carga poética que lejos de ser una sorpresa ya se adivinaba en muchos fragmentos de sus obras en prosa.
Estamos, por lo tanto, casi obligados a recorrer de nuevo ese complejo Condado sureño, cruzarnos por sus caminos pedregosos con esos personajes desarraigados y aferrados a un destino designado por ese Dios literario, pero sobre todo, lo que estamos es obligados a redescubrir a este enorme escritor que en 1949 fue galardonado con el Premio Nobel y que creó uno de los escenarios más intensos de la historia de la literatura.
García Márquez nos trasladó hasta Macondo, Torrente Ballester nos levantó por los aires con su Castroforte del Baralla y es que cada gran escritor debe crear su propio territorio, ese lugar donde las letras permiten visualizar lo imaginado para quien ejerce el oficio de escritor, pero también, y por extensión para los que demandamos la participación del lector en el relato. Un relato intenso y apasionado, comprometido con un oficio que no todos legitiman con su trabajo. William Faulkner puso el listón muy alto, ahora, invade nuestras librerías en una aproximación que no hace más que evidenciar el reclamo y la vigencia de la literatura de verdad.


Publicado en Diario de Pontevedra 28/11/2010