sábado, 18 de febrero de 2017

Animales heridos

... de este agujero inesperado,/de este abandono tuyo tan frío y distante,/de este dolor que me encierra con llave el alma,/de este vacío irreparable donde ya no cabe nadie./Pero no, no voy a decirte lo que todo el mundo ya sabe./La única manera de vaciarse de amor/es llenándose de silencio».
[Elvira Sastre]



Decía Buñuel que su día ideal sería uno con dos horas de vida activa y el resto de sueños, siempre y cuando pudiera recordarlos. Sabía el cineasta aragonés del magma que se contiene en los sueños, de ese espacio incontrolable en el que imágenes, percepciones, deseos y frustraciones se entremezclan quizás para dar rienda suelta a lo que en realidad somos, a lo que en realidad ansiamos ser. Miguel Vidal, con su exposición Soños, inaugurada esta semana en el Museo de Pontevedra, pretende darle forma a esos sueños, materializarlos a través de ese «arma», como afirmaba Susan Sontag, que es la cámara para captar su experiencia a través de la reconstrucción de una serie de escenarios que aparecerán poblados de unos personajes que le conceden vida a lo soñado. Pese a ser tres espacios diferentes, tres ambientes con singulares connotaciones, los personajes que los habitan se limitan todos ellos a moverse en una misma dirección, la que los convierte en seres con un pie entre lo real y lo irreal, entre lo sugerido y lo deseado, en la evocación de un universo onírico que conmueve, en gran medida, por su poderío plástico, por la capacidad de Miguel Vidal para potenciar esos sueños en una dimensión que abruma al espectador, realzándose por la calidad técnica y el acabado de las piezas a lo largo de todo el trabajo.
Si pasan unos minutos entre todas esas imágenes otro ingrediente que les impactará en ese tránsito de lo onírico a lo fotográfico será el silencio, la manera que tiene Miguel Vidal de parar los relojes, de clausurar el tiempo dentro del  territorio de la imagen. Un silencio que te envuelve, que te obliga a meterte en esas fotografías, a preguntarte por todos esos seres que semejan animales heridos por la vida y sus derivas, sus soledades y sus encuentros en un encierro que se pretende como burbuja ante la realidad. Tanto en esa habitación (Room 111), como en la propia naturaleza bajo unos plásticos (Meeting point) o en una granja abandonada (The farm) esa sensación de soledad contenida en el silencio permite enfrentarnos también a nosotros mismos y a nuestras propias consecuencias como seres humanos.
Siempre me ha interesado del arte cómo diferentes manifestaciones creativas se van hibridando entre sí en base a curiosos azares, en un proceso que, aunque lo busquemos, las más de las veces se escapa de nuestro control. Hace unos meses, cuando manejaba todas estas imágenes que conforman la exposición para trabajar en el texto que, como comisario de la exposición se incluye en el catálogo, junto a otro de nuestra querida Susana Fortes, cayó en mis manos de manera casual un pequeño pero enorme poemario firmado por Elvira Sastre, nombre del que solo había tenido constancia por una referencia de otro poeta, Luis García Montero, al señalarla en una entrevista hace un par de años como un nombre a seguir. Aquel nombre, destacado en negrita, quedó en la contraportada de un periódico perdido en el tiempo y en la frágil memoria. El poemario llegó cuando el texto del catálogo llegaba a su fin, rescató aquel nombre del pozo de los sueños e hizo que aquellos versos que uno leía reflejasen mucho de lo que es la exposición de un creador tan alejado de la poeta, no solo en lo geográfico sino también en el discurso formal, pero íntimamente unidos por ese argumentario de silencios y ausencias, de heridas sin sutura, de pieles sin caricia, de soledades reflejadas en el rastro de una huella en la moqueta. Aquellas poesías, agrupadas bajo el título de La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Editorial Visor), eran las palabras perfectas para balizar todas aquellas imágenes. Cada verso un espejo de las propias fotografías que, con una precisión quirúrgica, sirve a Elvira Sastre para confirmar su presencia en el firmamento poético desde el estremecimiento constante de cada línea, con la sensación de que en esos versos habitamos todos nosotros y podemos explicarnos ante la sometedora duda, esa misma que se pega a nuestra piel y que nos hiere desde la ferocidad de los sentimientos, los propios y los ajenos, los que nos regalan y los que damos, los que nos niegan y los que negamos.
Una poesía pegada a la piel como pegada a la piel está la fotografía de Miguel Vidal que hace de esos cuerpos humanos perfección en sus naturales imperfecciones. Cuerpos en los que el photoshop ha sido desterrado y en el que sólo la ingenuidad, la pureza, tiene algo que decir, una poética visual que nos aturde hasta el punto de confundir nuestra mirada, haciendo que ésta se tambalee entre la consciencia y la inconsciencia, entre lo que vemos y lo que no vemos, e incluso ante lo que nos gustaría ver. Pieles que también buscan a la naturaleza para sentirse parte de ese proceso orgánico, de ese fluir de aguas y lunas en las que no dejamos de ser una especie más, un desamparo que necesita protección para, en los momentos de confusión, retomar posiciones y, como escribe la poeta en el atroz remate del libro: «Este dolor, lo único que tengo, es lo que me recuerda que sigo viva». Lean la poesía de Elvira Sastre y aprovechen los próximos dos meses para visitar la exposición de Miguel Vidal en un Museo de Pontevedra que se adentra en un territorio ignoto, el de la fotografía de hoy, o lo que es lo mismo, el retrato de una sociedad en la que está inmerso y que suma un baluarte como éste para reafirmarse, haciéndolo, en esta ocasión, desde los sueños, los sueños de Miguel Vidal.



Publicado en Diario de Pontevedra 18/02/2017
Fotografía. Miguel Vidal

martes, 14 de febrero de 2017

A terraza como verso

Rue Saint-Antoine nº 170
Poesía. O novo poemario de Fran Alonso fai da vida xérmolo de poesía, e do cotiá inspiración para medrar nunha poesía da experiencia, do calibrado ao longo de moitas horas nunha terraza pousando a mirada entre pombas e seres humanos, especies que fan das nosas vilas uns muestrarios dunha realidade ordinaria, a miúdo desprezada.


De xeito constante Fran Alonso experimenta coa escrita dende diferentes vieiros: narrativa, literatura infantil ou poesía deixan ante nós a un cobizoso autor que se refuxia na literatura como xeito de reconciliarse co mundo, algo que, como vemos e sufrimos, cada vez é máis complexo. Dende cada un deses camiños escollidos polo autor, e de xeito invariable, Fran Alonso incide en buscar un novo xiro, en facer algo ao que non estaba acostumado. Un xeito de reinvención permanente non só da obra, senón tamén do propio autor. Nesta ocasión é a quenda da poesía, xénero no que Fran Alonso estase impoñendo como un pioneiro, como unha sorte de forasteiro posuidor daquel carácter de explorador dos antigos vaqueiros do Oeste ao adentrarse por térreos pouco ou nada percorridos. Así ven facendo dende hai un tempo no indómito territorio das redes sociais, dende esa paisaxe que algúns aborrecen pero que Fran Alonso, tirando de olfacto, sabe que se lle pode sacar moito, sobre todo polo que ten de ligazón con novas xeracións que para nada teñen que ser alleas a sensibilidades literarias. Ese ‘Estado de malestar’ baixo o que cada día escribe un poema en twitter ten moito desa reconciliación diaria coa vida, pero tamén de resistencia, a mostra de que a vida aí fóra non ten nada de sinxelo e quizais só enfrontándonos a ela podemos ser quen de mudala.
Agora tócalle ao papel, algo que curiosamente, e polas derivas case náufragas da edición no noso tempo, e aínda máis en Galicia, xunto ao espírito fuxidío do que nos rodea, cada vez semella ser algo máis transgresor escribir en papel ou poñer o prelo a funcionar. Fran Alonso preséntanos así ‘Terraza’, na súa casa de Xerais, e, se percorremos o seu interior, vemos, de novo, a radicalidade do seu discurso, e non o digo polos códigos QR que balizan as súas poesías, senón por facer algo tan rachón como sentarse nunha cadeira a ver pasala vida. Iso si que é moderno, iso si que é ‘cool’, se me permiten a contaminación. Que pouco o facemos, coas nosas cabezas metidas en pantallas, alleos á nosa contorna, afastados dunha realidade da que formamos parte e á que renunciamos dun xeito covarde, axudados por unha sociedade que cada vez máis evita as relacións sociais.
Fran Alonso fai atalaia da terraza, dese espazo das nosas cidades no que poder asexar a outras persoas, dende a que relacionarmos coa cidade dun xeito directo, pero que moitas veces desprezamos por ese sentido do día a día. Pero o poeta, se algo é quen de facer, é de mirar ao mundo doutra maneira, de interpretar a realidade dun xeito inesperado e que logo, convertido en verso, acada unha nova e abraiante dimensión. Deixen aos poetas explicar o mundo! berro dende estas liñas tras ler a nomes como Manuel Vilas que explican o triunfo de Donald Trump en base a unha formulación poética da sociedade americana ou Karmelo C. Iribarren  que na súa antoloxía ‘Pequeños incidentes’, amosa ese achegamento do poético dende aquilo que nos semella intrascendente polos nosos hábitos e do que só escritos como os deles ou de Fran Alonso poden converter en eternos.
Esa épica do cotiá é a que sustenta este poemario polo que desfilan xentes do máis variado e animais tamén do máis estraño. Realidade e imaxinación que cohabitan en cada un deses escenarios que ao final son un só. A terraza dende a que Fran Alonso escribe os seus poemas, como un bicho raro entre xente que toma cafés e mira con certa sospeita a un home que manexa un bolígrafo. Xentes que conversan entre si, xentes que viaxan en autobús ou que se moven en motos. O hábitat da terraza como laboratorio humano, como faísca dunha sociedade chea de seres singulares que o poeta converte en heroes por uns intres, en protagonistas dunhas narracións que reflicten vidas aparentemente ordinarias pero que ao pousarse nun papel, ao tomar carta de recitativo, quedan xa para sempre fixas. Os móbiles, os xornais, o paso do tempo, as miradas, os baleiros, os desexos, a ironía... todo iso ten cabida nese momento no que un fai do acougo pensamento, para deterse uns minutos fronte a esta tolemia na que nos vemos envoltos, azorrados polo peso que esta sociedad nos pon sobre as costas e do que tanto custa afastarse. A poesía xorde, polo tanto, case como terapia, como fuxida cara onde manda o verso, e este tanto entende da idílica natureza como da urbe na que nos movemos, na que sentimos de xeito real o devir da vida e na que tantas terrazas precisamos para poder ollar en fite non tanto á beirarrúa como a nós mesmos.



Publicado no Diario de Pontevedra 13/02/2017
Fotografía: Javier Cervera-Mercadillo


sábado, 11 de febrero de 2017

Una mano caliente

«A veces, las tempestades, las nieblas o la nieve te molestarán. Piensa entonces en todos aquellos que lo han conocido antes que tú y dite simplemente: lo que otros han conseguido, también yo puedo hacerlo».
[‘Tierra de los hombres’. Antoine de Saint-Exupéry]

Elena Ramírez lee el acta del jurado junto al ganador Antonio Iturbe

Pocas jornadas más felices para la gente vinculada al mundo de los libros, desde autores, editores o críticos que el día de la entrega del Premio Biblioteca Breve de Novela a cargo de la Editorial Seix Barral. Un premio que en esa jornada se encuentra muy alejado de otras pretensiones planetarias y con el que además se busca, algo cada vez más complicado en nuestros días, como es el contacto entre las personas que muchas veces solo se encuentran durante esa cita a lo largo de todo un año.
Desde 1958 año tras año se repite ese ritual a orillas del Mediterráneo, en una ciudad, Barcelona, con más japoneses que esteladas y con amparo entre los gruesos muros del Museo Marítimo. Desde esa cita inaugural, nombres como los de Elvira Lindo, Clara Usón, Fernando Aramburu o Fernando Marías han logrado el galardón en un momento clave para el desarrollo de sus carreras literarias y es, precisamente junto a ellos, ante la emoción de encontrarte con los escritores que tantos buenos momentos te han hecho pasar, cuando entiendes el verdadero sentido de estos premios, más allá de los oropeles de un día, del talón y las palmaditas en la espalda. Al fin y al cabo, la verdad de todo esto, se asienta en la literatura y en esos hilos invisibles que conectan al autor con el lector, estableciendo una unión atemporal que el contacto físico  convierte en un agitado aleteo interior.
Seix Barral se ha encargado de mantener ese espíritu entre la sinceridad y la nobleza a lo largo de todos estos años y la edición celebrada el pasado lunes no se ha distanciado de ese afortunado guión. De nuevo la inquietud ante el reencuentro, los nervios frente a un nuevo ganador y el mimo de los anfitriones hacia todo el mundo, incluso hacia aquellos que quizás menos pintamos en todo este ecosistema. Sentados ante un impresionante jurado, compuesto por los escritores Pere Gimferrer, Fernando Aramburu y Manuel Longares, la librera Lola Larumbe y la directora de la editorial, Elena Ramírez, queda poco tiempo ya para la especulación cuando se anuncia el ganador, Antonio Iturbe, y de nuevo el premio deja claras sus intenciones alejadas del mercantilismo asegurado por un nombre de referencia. Antonio Iturbe y su A cielo abierto logran el reconocimiento de un premio clave en las letras españolas. ¿Y quién es Antonio Iturbe? se preguntarán ustedes, pues un currante de la literatura, una «mano caliente», como él mismo afirmó para definir su poliédrico trabajo alrededor del sistema literario. Autor de varias novelas, de diferentes series de libros infantiles, profesor de Comunicación y Edición en la Universidad de Barcelona y la Autónoma de Madrid, pero sobre todo conocido por su labor en el periodismo cultural, sí ese espacio de resistencia permanente en los medios de comunicación, ese bálsamo frente a las acometidas de la insolente realidad en la que nos vemos envueltos. Numerosos medios escritos cuentan con sus colaboraciones pero su nombre estará para siempre ligado a la revista Qué leer de la que fue director durante siete años, siéndolo ahora de uno de esos milagros a los que asiste la cultura en tiempos en los que ésta parece herida de muerte, como ese el surgimiento de un nuevo medio de comunicación, la revista Librújula, con una deliciosa edición en papel y una versión digital al tanto de las novedades literarias minuto a minuto.
Pues Seix Barral ha tenido a bien premiar a uno de esos obreros de las letras que, ante la carestía del sector, deben multiplicar sus labores, sin duda como tantos que penan sus buenas intenciones por diferentes plataformas, y lo hace por un libro de esos que te están hablando de él y ya te entran unas ganas locas de tenerlo entre las manos, de disfrutar con una lectura amena y cuidada que vuelva a poner la literatura en el contexto del disfrute y no del sufrimiento como privilegian tantos. Una historia que surge de la existencia de uno de esos seres maravillosos que nos ha dejado la historia entre su vida y su literatura, Antoine de Saint-Exupery, ¿éste sí que les suena, no? Exacto, el de El Principito, pero es que el autor francés fue mucho más que eso, aunque el peso de ese texto sepultase el resto, esto es, libros maravillosos como Tierra de hombres o una vida de esas que se dicen de película, como aviador del servicio postal francés, cuando aquellos aviones eran prácticamente de papel pero los cielos y las nubes eran las mismas de hoy. Junto a la suya Antonio Iturbe concita las de otros dos pilotos, compañeros de Saint-Exupéry, Mermoz y Guillaumet, con otro puñado de aventuras aéreas, no solo en los cielos europeos y africanos, sino también en el Cono Sur. Aventuras y humanidad parecen aunarse en un texto en el que el autor no huye de incluir algo que parece sobrar cada vez más en la literatura como es un cierto sentido moral sobre el ser humano, o mejor dicho, y como apuntó un periodista durante el acto, una «ética moralista», que Antonio Iturbe enarbola dentro de un compromiso literario que ahora se visibiliza en un premio y en un libro que el 7 de marzo estará en las librerías.
Me siento a comer y me encuentro con otro de esos nombres esenciales en las trincheras del periodismo cultural, este en Zaragoza, y al que ya solo le falta ser gallego para ser casi perfecto. Pues resulta que sí lo es: Antón Castro.




Publicado en Diario de Pontevedra 11/02/2017

viernes, 10 de febrero de 2017

Emmanuelle Riva mon amour

O pasamento de Emmanuelle Riva deixa ao cinema e á escena francesa sen un dos seus grandes rostros. Unha faciana que quedará para sempre instalada no noso imaxinario cinematográfico por dous papeis separados por máis de medio século de distancia e o inesgotable amor



HIROSHIMA, mon amour foi a presentación cinematográfica dunha muller descoñecida no cine, ao que chegou, sen experiencia algunha, dun cartel de teatro, do que quedara enfeitizado Alain Resnais. Era o ano 1959, ano no que uns mozos franceses puxeron patas arriba a narrativa do cinema e dende esa ruptura a faciana de Emmanuelle Riva engaiolou a moitos espectadores.
Un shock semellante tivo lugar 53 anos despois cando Michael Haneke recuperou ese rostro esquecido das pantallas, só con algunha invertención esporádica, aínda que moi activo no teatro francés, para protagonizar Amor. De novo, como acontecera con aquela historia de amor entre a directora dun documental e un arquitecto xaponés, voltaba a ser o amor o fío argumental e o motor interpretativo, neste caso, nun matrimonio ancián. Unha película de impacto, na que esa dor pola enfermidade dela, e o sufrimento, expresados dende unha fondura dramática chea de veracidade, a cargo non só dela, senón de outro mito do cinema francés, Jean-Louis Trintignac, estremecen ao espectador que arrastra durante varias xornadas o acontecido na pantalla.
Abofé que algo semellante ao que moitos daqueles outros espectadores sentiron con Hiroshima mon amour, cando a Nouvelle Vague estableceu un novo camiño para contar historias, para rachar un discurso lineal que dende Hollywood inundaba as pantallas de todo o mundo pero ao que un grupo de xóvenes turcos puxo en discusión. Emmanuel Riva aproveita esa nova linguaxe para expresar as feridas do amor a través do tempo, tamén dende a memoria, unha das teimas na produción de Alain Resnais. Dúas cidades e dous recordos a partir do relato da escritora Margarite Duras, elexida como guionista polo director, pero que no paso á pantalla tivo a Emmanuelle Riva como unha protagonista incomparable e ata sorpredente pola súa falla de experiencia. A cómplice inesperada para que a película fora un éxito converténdose Emmanuelle Riva nun deses rostros xa sobranceiros do cinema francés e que cando os ves semellan resumir todo o seu cine como Simone Signoret, Anouk Aimee ou Jean Seberg. Pero Emmanuele Riva xogou á contra. Afastouse de moitos papeis que ela consideraba non tiñan a calidade suficiente pero que logo se revelaron como importantes para as actrices que os aceptaron. Algo que fixo moita sombra na súa carreira, refuxiándose progresivamente no teatro no que estivo sobre as táboas ata fai uns poucos anos no Théâtre de l’Atelier, en Montmartre, cun texto, outra brincadeira do destino, de Margarite Duras. Pero non deixou de lado o cinema e nos últimos meses traballou ata en tres filmes, o que viña a reflectir os ecos que soaron ata o seu pasamento do traballo realizado con Michael Haneke. Un personaxe que se pega á pel e co que un sufre, pero que tamén se marabilla pola magnitude da interpretación, por cómo unha actriz pode co seu corpo e cou seu rostro dar cabida a tal cantidade de sentimentos, a exhibilos nun traballo artístico no que se fundamenta gran parte do resultado da película que podería ter caido nun sentimentalismo que fose na súa contra. Pero tanto o director como os actores saben parar a tempo e converter ese tempo nunha vivenda nun combate entre eles mesmos e o tempo, sempre o tempo.

A súa interpretación foi unha das sensacións do ano desa película que gañou a Palma de Oro en Cannes —Hiroshima mon amour tamén estivera nominada a ese premio— o Oscar á mellor película estranxeira, estando a propia actriz nominada como mellor actriz, competindo con Jennifer Lawrence, a gañadora, ou Naomi Watts. Actrices dun novo tempo cos que se mediu ombreiro con ombreiro esta muller que trala súa morte deixa un baleiro cuberto polas súas interpretacións, e sobre todo por eses dous fitos fílmicos alicerzados dende un amor polo que o tempo semella non pasar e que como poucas veces se contén no rostro de Emmanuelle Riva.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra e El Progreso de Lugo 5/02/2017

jueves, 9 de febrero de 2017

Archipiélago Ortuzar

Rue Saint-Antoine nº 170
Pintura. Las paredes de la galería About Art se convierten, hasta el 24 de marzo, en un archipiélago artístico. En una conjunción de islas que, desde el autorretrato, o quizás lejos de él, reflexionan sobre el ser humano, como ser único, pero también sobre su relación-apropiación con los demás, para generar así una travesía pictórica llena de color.



El retrato, género transversal a lo largo de la Historia del Arte toma desde el trabajo de Mónica Ortuzar una nueva dimensión. Una introspección desde lo propio hacia lo general, desde la fisonomía de la artista, hacia la apropiación de lo colectivo. Pasar unos segundos en la exposición que se exhibe en el espacio de la pontevedresa galería About Art, significa sentirse expuestos a las miradas de un montón de gente, ya que aquí surge el primer ‘juego’ de la artista, la de hacernos creer que ese autorretrato que nace de su propio contexto facial es siempre el mismo, pero no, siempre es diferente. El pretexto o la excusa de lo propio es el contenedor para apropiarse de otros retratos, para fagocitar partes de la anatomía de las personas con las que se cruza Mónica Ortuzar para, al llegar al estudio o frente al soporte artístico, componer esa isla que surge como desgajamiento de un continente, la individualidad, el sujeto, frente al colectivo.
Decía Deleuze que existen dos tipos de islas. Las continentales, fruto de fragmentarse de un continente; y las oceánicas, originales, territorio virgen. Siguiendo esa clasificación Mónica Ortuzar hace de este archipiélago un hecho continental, al componer cada una de sus islas-rostros, con rasgos de diferentes personas. Allí, ante ellos, sintiendo ese acoso de las miradas, somos como náufragos en la deriva que nos proporciona el enfrentarnos a todas esas obras que surgen de un proyecto, tan personal como rico en posibilidades. Mónica Ortuzar, profesora de escultura en la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra, su ámbito más reconocido de trabajo, por lo menos hace unos años, ha ido progresivamente haciendo de la pintura su alimento artístico. A través de esta regeneración visual del género del retrato, ha encontrado eso que todo creador necesita, la pasión para enfrentarse a su propia pasión y así es como todo este muestrario de rostros no hace más que brotar de la interiorización del contexto en el que se mueve la artista haciendo del paisaje humano motivo e inspiración.
Esta hibridación da como resultado una diversidad, aunque se juegue en primera instancia con lo contrario, una especie de montaje freudiano que se tensa desde lo surreal o lo expresionista desembocando en retrato. Es decir, del autorretrato se deriva en el retrato, el artista se apropia del entorno y su mirada se ve sustituida por la mirada del otro. Desde el dibujo, el óleo, la acuarela o el guache la navegación insular avanza el reconocimiento de ese otro a través del yo, del ejercicio constante y disciplinado en el estudio, de horas ante un soporte que cada vez más tiende al diván, al conductismo psicológico. Dejamos así fuera cuestiones relativas al alma o a la conciencia, para centrarnos en lo orgánico y su interacción con el entorno. Y en esa adaptación, en esa mímesis, es en la que triunfa la artista con todas estas islas humanas que nos escrutan desde que accedemos al espacio de la exposición. Una distancia que lentamente se va diluyendo, cómplices de su propuesta al intuir que en cada uno de esos retratos hay algo de nosotros mismos.
La otra dimensión que nos ofrecen estas islas es la que otorga el color, una exuberancia que incide en esa situación que se plantea a lo largo de la exposición de la propia pintura como eje temático, como reconsideración sobre su ejercicio y desarrollo. Retrato, línea, color son ingredientes esenciales en cualquier discurso pictórico y aquí se evidencia con una suerte de carácter de tesis, o por lo menos de punto de discusión para calibrar nuevas posibilidades. Los fondos monocromos, más habituales al principio de las series, se comienzan a ver fracturados por bandas de colores y por formas aparentemente orgánicas que eluden la existencia de sombras, que mutilan la realidad que permanentemente está en discusión en cada obra. El volumen se consigue por contraste de colores, por choques de tintas que, como las olas llegando a la costa, van generando perfiles, oradando geografías, erigiéndose así el color como parte de ese proceso natural que no atiende a esa otra parte de la pintura que Mónica Ortuzar también pone en evidencia, como es la pretendida y en muchos casos pretenciosa búsqueda de la belleza. Nunca ha estado más cerca la artista de lo real que al trabajar desde esa posibilidad, la de negar el artificio, la de no buscar la pose, la de componer cada rostro y esculpir cada isla como la propia naturaleza ha dispuesto.
El espejo resume a Mónica Ortuzar y ésta, a su vez, nos integra a en ese espejo para ir componiendo esos archipiélagos de islas varias. Más o menos numerosos, en el interior de una obra, o relacionando varias piezas, como uno de aquellos procesos naturales enunciados por Deleuze. Los archipiélagos de Mónica Ortúzar son una magnífica oportunidad para reflexionar sobre nosotros mismos, para hacerlo a través de la pintura como agente cómplice con una sociedad de individualidades cada vez más heterodoxa, cada vez más plural, aunque haya quien guste de eliminar esa síntesis, de buscar una pureza tan indeseable como que un mar estuviese salpicado de islas exactamente iguales, con el mismo mar, la misma vegetación, las mismas rocas, el mismo color...¡qué aburrimiento, qué vulgaridad!


Publicado en Diario de Pontevedra 6/02/2017
Fotografías: David Freire


sábado, 4 de febrero de 2017

La trascendencia de lo intrascendente

...pero aún nos quedan los bares,/esos sitios/oscuros/que se encienden/cuando se apaga todo lo demás,/esos rincones con alma,/con auténtico calor,/quien sabe/si ya el último refugio/desde el que abrir fuego otra vez».
[Fragmento del poema ‘Los bares’ Karmelo C. Iribarren]


Tiene la poesía la capacidad de barnizar la realidad con capas que la afirman de otra manera a como nos relacionamos con ella de manera permanente. Interpretaciones y palabras que nos ponen ante una mirada distinta, pero también distante, frente al hábito del manejo de las situaciones, el contacto con los objetos, o la vinculación con nuestros hábitats diarios. Esbozos de nuestra cotidianeidad que, por ser tal, perecen en la consideración que deberíamos tener con ellos por lo importante que son para nuestra felicidad. Sí, digo felicidad, sin rubor alguno, porque cuanto más camina uno por aquí, más valora lo importante de las cosas pequeñas, o por lo menos, aparentemente pequeñas. Un sitio agradable en el que vivir, un buen libro, un café, un espejo que no te mienta, un paraguas fiel, una ventana desde la que ver pasar la vida... ingredientes de una escala de valores que uno mismo debe articular, pero en la que casi siempre este tipo de aspectos suelen perecer bajo la desbocada necesidad de éxito-del tipo que ustedes quieran-, desde el poder económico al sinfín de posesiones y demás vanidades al peso.
Vuelvo a la poesía porque ésta es capaz de redimensionar esa escala y de hacer elegía y hasta épica de todo aquello que nos parece banal e innecesario para nuestra existencia, pero que, una vez leídos ciertos poemas, recuperan ese valor que todo elemento de nuestras vidas debería tener, ya solo por el simple hecho de que su existencia es la confirmación de la nuestra, de la pervivencia en este mundo tan lleno de miserias pero irreductiblemente hermoso.
En el prólogo del libro Pequeños incidentes de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), escrito por Luis García Montero (lo que nos pone ya las orejas en punta), se balizan así sus intenciones: «Es la rutina de la vida, nada más, pero también nada menos». Y es que el autor vasco rehace esa rutina para convertirla en acontecimiento, fijándola en el verso, construyéndola desde la nueva rutina que surge de la introspección del poeta y así es como espejos, paraguas, taxis, monedas, cafés, periódicos o zapatos comparten protagonismo con la ciudad, con aceras, parques, plazas, bares y escenarios por los que nos movemos de manera frecuente y, por consiguiente, despreciamos, ajenos a lirismos  literarios que ahora puestos ante nuestros ojos, engarzan la emoción con la sorpresa por las nuevas escenas que provocan y en su interior, nosotros. Es decir, sentimientos, miedos, anhelos, esperanzas, desesperanzas, amores, felicidades, engaños, nostalgias...en definitiva, momentos.
Esa hibridación del objeto con el exterior propicia una nueva geografía en la que entendernos mucho mejor y sobre todo pensarnos de una manera mucho más intensa a lo que a buen seguro deberíamos hacer. Apoyados en el territorio del verso, contenidos en su vientre, deambulamos ante nuestras dudas inscritas en los espejos que nos asaltan durante la vida, en los sueños que esquivamos como charcos, en los bares «que se encienden cuando se apaga todo lo demás», en la soledad que «hay antes y después de tu nombre», en el paraguas que se sacrifica por ti, en la noche en la que «el mundo podría saltar en mil pedazos». Nos habitamos, por lo tanto, desde la contingencia, desde ese límite entre la serenidad y el paso siguiente que nos pone contra las cuerdas. Y ahí, justo en ese punto límite, es en el que entra la poesía como bálsamo al tiempo que como microscopio desde el que observar con calma, con la paciencia necesaria, como se mueven las horas, como derivan los días como icebergs que se fracturan con el tiempo y nuestros actos.
Esta antología poética, felizmente editada por Visor, recoge poemas entre 1995 y 2016. Poemas de ayer y de hoy pero que se mueven todos por un mismo alambre, el de esa percepción de un instante que la vida parece obligarnos a distraer pero que por obra de un poeta acaba instalada en una cuartilla de papel, en un devenir de palabras sin excesivas pretensiones, en apariencia por lo menos, para conformar unos poemas de piel sencilla, de tacto suave, pero que con el discurrir de las palabras y el galope de las ideas la suavidad se convierte en arpillera tejida desde el escepticismo, la ironía o el fracaso, propiciando un diálogo con el lector que parece ocupar el asiento contrario al del poema en uno de esos cafés desde los que tan bien se reconoce la vida, asomándonos así a libro y ventana con una mirada doble. Un refugio frente a la intemperie de esas ciudades que han perdido temperatura pero en las que lo único que no se puede perder es la capacidad de mirar, acción que explica este itinerario poético en el que en el momento más inesperado surge el trauma, el cambio de tono, la moneda que cae al suelo en el abismo de la noche, recordar sin sentirse culpable, romper el calendario, envidiar las lágrimas... hilos de los que tirar para descubrir a un poeta de la honestidad, capaz de algo tan difícil en este territorio como es el desterrar el artificio. Karmelo C. Iribarren se descubre a partir de esta antología que, tras su detenida lectura, no deja de ser una terapia ante la vida, un remanso al que un café y una música de fondo convierten en un infinito ante el que ya solo se necesita una ventana para ver pasar a otros seres, a otras vidas llenas de pequeños incidentes.



 Publicado en Diario de Pontevedra 4/02/2017

viernes, 3 de febrero de 2017

Cartas entre océanos veciños

A publicación de ‘Cartas a Hawthorne’ pola editorial La uña Rota amosa un deses perfís dos autores, descoñecidos na súa obra, pero que se revelan como imprescindibles e clarexadores para entender as súas personalidades, e o seu modo de achegarse á escrita.


APENAS DEZ quilómetros separaban as granxas nas que vivían Herman Melville e Nathaniel Hawthorne. Dous dos grandes novelistas norteamericanos do XIX reúnense aquí mediante a correspondencia, maioritariamente dirixida polo primeiro ao segundo, na que se reflicte o respecto que Melville tiña por Hawthorne, a búsqueda de solucións á súa narrativa e o desexo de ter un interlocutor que o acompañase na súa travesía literaria. O exitoso autor de La letra escarlata fronte ao meritorio que traballaba na historia dunha balea. O autor puritano e cheo daquel espírito da Nova Inglaterra na que xerminaba a nova América, mentres que Melville era o home das aventuras, o mozo que percorrera embarcado moitos dos mares que logo foron inspiración. Entre ambos quince anos de diferenza.
As cartas foron escritas entre 1851 e 1852, un momento clave da literatura norteamericana. Washington Irving, Poe, Thoreau, Whitman ou Emily Dickinson compoñían aquela estampa da escrita que na novela arrincaba cos nosos protagonistas epistolares. Ambos coñecéronse en 1850 nunha excursión a Monument Mountain na que coincidiron ao refuxiarse dunha tormenta. Falan durante horas e amósanse cómplices según testimonios daquel primeiro encontro. Melville deixa Nova Iorque e múdase a unha granxa tranquila preto da que tiña Hawthorne e na que escribira La letra escarlata ou La casa de los siete tejados. Ambos pasaron moitas horas sentados á carón do lume falando de experiencias e proxectos. Melville recuperaba as súas fazañas mariñeiras, mentras Hawthorne facíao da eternidade e dos editores, que semellan ser para o escritor terreos adxacentes. Melville tiña o vil hábito, nas súas propias palabras de destruir a correspondencia que lle chegaba unha vez lida, é por iso que esas dez cartas son como unha especie de tesouro, un cofre cheo de palabras reveladoras e de luz onde tantas veces nos atopamos escuridade, como a que xorde das complexas personalidades de ambos. Nese fin das cartas agóchase un enfriamento da súa amizade, ata hai quen o vencella a unha relación homosexual entre ambos que, no caso de Melville, hai tamén quen atopa nas relacións homoeróticas de varios protagonistas da súas novelas. Nese mesmo ano Melville atópase coa falla de receptividade, tanto pola crítica como polo público da súa gran novela, e unha das cimas da literatura, Moby Dick, que fora publicada un ano antes co título de A balea.
As cartas deixan a evidencia da admiración de Melville por Hawthorne, un entusiasmo que semellaba non verse correspondido de todo, aínda que Hawthorne alabou Moby Dick, pero parecía manter sempre unha certa frialdade co autor de Bartleby, el escribiente o que se reflicte nas tres derradeiras cartas nas que Melville lle ofrece unha historia real como posible argumento para unha novela, as cartas Agatha, nas que se relata a historia dunha muller que rescata do mar a un mariñeiro que tras casarse con ela desaparece e regresa dezaseis anos despois. As cartas permiten entender o que lle preocupaba a Melville nunha historia: a elección do tema, o que cada personaxe podía achegar ao relato ou a construción da súa estrutura.
Pecha esta edición de poucas páxinas —valentemente traducidas por Carlos Bueno— pero cheas de intensidade, tres cartas dirixidas por Melville ao seus dous fillos nas que escribe, dende as súas viaxes polo Océano Pacífico, cruzando o Cabo de Hornos e vivindo diferentes situacións a bordo dun barco que reflicten outras viaxes feitas de mozo, cando aquelas travesías servíronlle para artellar un dos relatos máis famosos da historia da literatura, a historia da balea branca.
Escritas sen máis intencións que as de ter un desabafo cun colega, estas letras son feridas abertas ante as teimas dun escritor, tamén ante situacións da vida que moitas veces derivaban en relatos, en argumentos que deixaban de ser anécdota para converterse en algo lexendario. Cartas cheas de vida que sucaron os mares de dous océanos da literatura: Herman Melville e Nathaniel Hawthorne.



Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra e el Progreso de Lugo. 29/01/2017