sábado, 21 de enero de 2017

América

«Tal vez cuando este libro se publique ya haya llegado, sí, es muy posible que al final gane Trump, porque la gente ha elegido el caos, la aniquilación, la enfermedad, el rencor, la melancolía pesada, porque los ‘basements’ le están ganando la partida a Abraham Lincoln»
[‘América’. Manuel Vilas]



Manuel Vilas es poeta. Y eso es mucho para intentar calibrar lo que sucede en nuestro mundo. Además Manuel Vilas es poeta de los buenos, tanto, que su antología publicada en Visor el pasado año me lleva deparando meses de enorme regocizo, pero también de un sudor frío ante la incapacidad que uno siente para intentar describirles todo lo que ahí se contiene. Quedamos entonces a la espera egoísta de que llegue el momento de ese artículo.
 Porque el momento ahora es el de presentarles su último libro, de título América, editado por la luminosa Círculo de Tiza y que viene al pelo para aproximarnos a esa América, noticia permanente, pero más, si cabe, tras el seísmo que ha supuesto la presidencia, estrenada hace unas horas, de Donald Trump al mando del país más poderoso del mundo. Manuel Vilas vive entre Madrid y Iowa city (reclamado por su Universidad para impartir un taller literario), espacio que, si van a un mapa de ese ‘vasto país’, que dirían Faemino y Cansado e incluso nuestro protagonista en alguna ocasión en el texto, es una localidad que se encuentra cerca de los Grandes Lagos, no demasiado lejos de Chicago, y que cuenta con una población, según Wikipedia y el censo de 2010 de 67.862 habitantes, menos ciudadanos que Pontevedra. Pues desde ese territorio, donde la naturaleza y el horizonte ancho se imponen a la presencia humana, Manuel Vilas aborda la tarea de desentrañar la realidad de esa América que finalmente ha decidido que un ser como Donald Trump se haya convertido en su líder. Y para ello no hace falta encerrarse en un despacho, ni manejar sesudas investigaciones sociológicas sobre la conducta humana, sino, simplemente, lo que hay es que vivir, mimetizarse con el entorno y mirarle directamente a los ojos desde un restaurante, una biblioteca, un campus universitario, una interminable carretera o la tumba de Walt Whitman.
Para intentar entender el triunfo de Trump no hay que establecerse en Nueva York o en Los Ángeles sino que hay que poner los pies  en algún punto de esa geografía interior y profunda que juega a ser indómita en el siglo XXI, en la América de ese Medio Oeste arquitecturizada a partir de grupos de casas entre árboles, más que de ciudades; de hogares en los que todo americano tiene su reino y a su familia como entidad orgánica de su propio desarrollo, que deriva en unos seres ajenos a cualquier realidad que no sea la suya. Esta suerte de diario, escrito en los meses en que se palpaba el advenimiento, hace del apunte y de la frase corta su gran mérito, el hilo directo con la vida que no necesita de circunloquios ni derivas literarias contaminantes de aquello que se quiere expresar desde esa capacidad de transmisión que, como pocos canales de expresión, puede ofrecer la poesía. ¡Dejen que los poetas nos expliquen el mundo! Cada uno de los capítulos se cierra con un travestismo poético, con una prosa ungida de verso que declama su contenido como un fragmento analítico de la vida americana en la que no falta ni la vigorizante ironía ni la deformación de la solemnidad cultural acaudillada por tantos.
La primera consecuencia para Manuel Vilas de estar allí es no estar aquí, y lo que puede parecer una perogrullada no lo es, ya que la ausencia es lo que permite balizar la situación de nuestro país en permanente comparación con la nueva realidad vivida. Es entonces cuando sufre el corazón del poeta y cuando las dudas sobre nuestros deficitarios comportamientos y actitudes, al fin y al cabo, contra nosotros mismos, aturden a quien se ve maravillado por la eficiencia norteamericana en diferentes cuestiones que van desde el manejo de la cotidianeidad (precios, coches, habitaciones de hotel...) al interés por la cultura española desde sus universidades, por aglutinar en sus bibliotecas un depósito literario por el que tantas veces en nuestro país no mostramos más que desprecio y desprecios hacia nuestros escritores. Allí no, y ese respeto por la cultura se alterna con la vida de millones de ciudadanos pertenecientes a una clase media drogada con Coca-Cola, patatas fritas y comida basura XXL. Zombies con unos temibles sótanos (basements) que son el recóndito lugar de su casa que tanta inquietud generan al verlos en el cine, metaforizando así el poeta su putrefacción moral. Seres dotados de una mirada con gesto retador, cuando no odio, hacia los rostros de aquellos que proceden de otras latitudes. Entes con derecho a voto ávidos de la posibilidad de ‘recuperar’ su país, con absoluta indiferencia sobre lo que eso pueda suponer en cuanto a limitación de derechos.
Angustia, simbolismo, consumismo, objetos, obesidad, Walmart, Homer Simpson, Dylan, Lou Reed, Ford... todo ello se agita con Lorca y con Neruda, con Juan Ramón Jiménez y con Cernuda, poetas que llegaron a lomos del castellano y se incrustaron en los Estados Unidos como meteoritos procedentes de incomprendidas latitudes. Tiempos pasados que reverdecen autores como Manuel Vilas deseosos de entender, pero sobre todo de traducir lo que sus ojos ven, lo que su poesía dimensiona. Simplemente: “Democracia, poesía y misericordia”. 



Publicado en Diario de Pontevedra 21/01/2017

miércoles, 18 de enero de 2017

Maruja Mallo, la 'brujita joven'


A designación da Real Academia Galega de Bellas Artes de Maruja Mallo como protagonista do Día das Artes Galegas, a celebrar o 1 de abril, fará que ao longo deste ano diferentes iniciativas promovan o coñecemento da figura da artista nacida en Viveiro e que se converteu nunha das figuras máis singulares da plástica española do século XX. Non só a súa obra, senón que a súa vida, vencellada en moitas ocasións a grandes nomes da nosa cultura, como Rafael Alberti, Miguel Hernández, García Lorca, Buñuel, Dalí ou Neruda, así como a súa rebeldía vital, compoñen unha das vidas máis apaioxantes entre as dos nosos creadores.

"HASTA HACE 20 años te podías cruzar con ella por la calle Núñez de Balboa de Madrid. Llevaba los ojos pintados locamente, como si mirase a través de dos murciélagos. Viajaba a bordo de unos zapatos con palmo y medio de suela de corcho y el pelo teñido con una pócima de trementina y virutas de cobre. Se vestía con acumulaciones de telas que le iban dando forro y cuerpo, convirtiéndola en la mejor creación de sí misma. Y remataba su prêt-à-porter con un abrigo de pieles que bien podría ser un cementerio de gatos profanado. Maruja Mallo es elegante por su instinto de verbena...". Poucas maneiras mellores de retratar a Maruja Mallo (Viveiro, 1905-Madrid, 1995) que a realizada por Antonio Lucas en Vidas de santos (Círculo de Tiza, 2015), un libro de personaxes singulares entre os que Maruja Mallo non podía faltar. E é que toda a súa vida transitou por eses vieiros, os da estrañeza, a rebeldía, o camiño en soedade nunha unicidade artística sin parangón na nosa arte.
Na descrición do xornalista e poeta atopamos temos moitas das claves da súa vida e obra. Palabras como 'cementerio', 'verbena' ou ese atuendo de máscara balizan a súa pintura, a súa mellor pintura. Nesa etapa final recuperábase do esquecemento polo mundo artístico e unha sociedade que a foi orillando dende o descoñecemento do feito no seu esplendor artístico antes do seu regreso do exilio a España nos anos sesenta, aquel desexo de comportarse de xeito libre, sen atender ao que pensase o resto da sociedade e, como non, ese instinto de verbena que reside nas súas obras. A plasmación do popular para reformular a nosa arte no tempo das vangardas nun Madrid axitado pola modernidade do momento, permitiu afundir a súa obra en diferentes ismos artísticos que ían dende o surrealismo, o retorno á orde, a recuperación do valor plástico da obra de arte e a integración dunha clara mensaxe de concienciación do pobo e da súa situación social.
Rastrexar a vida de Maruja Mallo —o seu nome real é Ana María Gómez González— precisa de situar as coordenadas do momento. Da súa chegada a Madrid en 1920 xunto os seus 13 irmáns e os seus país, tras un periplo por varias localidades galegas e asturianas, nun ano no que aproba o exame de ingreso na Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para estudar como muller nun ambiente claramente masculinizado, non só dentro da institución, senón tamén en toda a sociedade.
Maruja Mallo asoma a súa rebeldía converténdose nunha daquelas 'sen sombreiro', como se define, dentro dun proxecto de recuperación de varias mulleres daquela Xeración do 27 (Las sinsombrero, Tania Balló. Editorial Espasa), que amosaron de xeito público o seu desafío a ese tempo de homes quitando o sombreiro que levaban pola rúa nun acto na Porta do Sol, polo que chegaron a ser apedreadas, como conta a propia Maruja Mallo: "Un día se nos ocurrió a Federico, a Dalí, a Margarita Manso y a mí quitarnos el sombrero porque decíamos que parecía que estábamos congestionando las ideas y, atravesando la Puerta del Sol, nos apedrearon llamándonos de todo".
Nese Madrid de entreguerras, grazas a neutralidade española durante a Primera Guerra Mundial, conformouse un caldo de cultivo que favoreceu a creación artística. Figuras como as de Ramón Gómez de la Serna ou Ortega e Gasset formaban parte dunha atmosfera que ía dende a acción de vangarda do primeiro á reformulación dun corpo de pensamento polo segundo, coa lumieira que supuxo a Revista de Occidente. Nos salóns desta publicación fixo Maruja Mallo a súa primeira exposición en Madrid en 1928. Gómez de la Serna calificouna como "la brujita joven", e Ortega, tras visitar a súa casa e ver aqueles primeiros cadros, foi o primeiro en apostar por ela.
A partir de aí a vida de Maruja Mallo encéndese dende a súa personalidade, con un magnetismo que debeu fascinar a quen se achegaba a ela. Amante de Alberti ou de Miguel Hernández, aos que inspirou, non só para a paixón, senón tamén para algúns dos mellores poemarios de ambos (Sobre los ángeles ou El rayo que no cesa, respectivamente), foi moza do sindicalista galego Alberto Fernández, coñecido como Mezquita. Xunto a el, no verán de 1936 en Bueu, atopouse co comezo da Guerra Civil que supuxo, como con tantas outras cousas, o remate dese tempo de ilusións e esperanzas. En Galicia atopábase formando parte das Misións Pedagóxicas e dela fuxiu a Lisboa cara un exilio que a levou a diferentes vilas sudamericanas, entre elas Bos Aires. Dende alí se achegará a Chile para, xunto con Pablo Neruda, visitar a Illa de Pascua e protagonizar as súas famosas fotografías rodeada de algas, nunha simbiose coa natureza e co mar que retoma aquela definición feita por Dalí sobre ela calificándoa de "mitad marisco, mitad ángel".
En 1961 regresa a España,a unha España moito máis triste da que ela deixara, e voltaba como unha descoñecida, como un nome do pasado que poucos lembraban e que non recuperou a nosa sociedade ata 1975 como recolle Carlos L. Bernárdez no clarificador Maruja Mallo. A pintura da nova muller (Editorial Nigratrea), a partir dunha exposición antolóxica da galería Ruíz-Castillo de Madrid, seguida da concesión da medalla de ouro de Belas Artes do Ministerio de Cultura en 1982 e as medallas de ouro da Comunidade de Madrid e de Galicia ou a exposición realizada polo CGAC en 1993.
Agora é o momento de deixar de lado ao mito e mergullarse no que realmente deixou entre nós Maruja Mallo, un colosal legado pictórico, que, dende ambas orelas do Atlántico, fálanos da súa afouteza como pintora, do tránsito feito por diferentes maneiras de enfrontarse á pintura sempre cunha carga de modernidade que a parangona cos mellores creadores do seu tempo. Como poucas veces se pudo ver a súa obra da maneira que se exhibiu en 2009 na Casa das Artes de Vigo e pouco despois en Madrid, no que fora o seu centro de estudos, a Academia de Bellas Artes de San Fernando, nunha exposición organizada por esta academia, a Fundación CaixaGalicia e a Sociedade Estatal de Conmemoraciones Culturales. Asomarse ao monumental catálogo, feito como poucas veces se ten feito un traballo de edición e recopilación de materiais sobre un artista, concede a medida do realizado en vida pola "gran transgresora do 27", empregando o título doutra das biografías de referencia sobre ela a cargo de José Luis Ferris, Maruja Mallo. La gran transgresora del 27 (Editorial Temas de Hoy). 
A primeira figuración, as Verbenas, a serie Cloacas e campanarios, a xeometrización tras coñecer a Torres-García na súa serie sobre o traballo Relixión do traballo, as cabezas de mulleres, a conquista da natureza da serie Naturezas vivas, as súas Máscaras e xa na súa última etapa creativa, nos anos setenta, coa reinterpretación das ilustracións que fixera para a Revista de Occidente, reflicten o itinerario artístico desta muller. O seu tempo final, nos oitenta e noventa, foi o da descuberta polos que a descoñecían, os que a recuperaron como emblema do periodo artístico anterior á Guerra Civil, que nestes anos comezaba a rescatarse, engadíndolle a súa condición feminina un plus que converteu nun símbolo de rebeldía.
As palabras de Antonio Lucas coas que iniciamos este texto preséntana nos seus últimos anos, nos que ela mesma converteuse na máscara daquela época, na permanencia indemne de quen enguedellou vida e obra entendida como un todo, unha actitude vital resolta dende o vencello coa Residencia de Estudantes, símbolo dunha época, e dunha maneira de entender un tempo que ela converteu en pintura para goce e orgullo de todos nós. Achegarse a ela ao longo de todo este ano suporá volver a atoparse co feitizo daquela pequena meiga que, chegada de Galicia, revolucionou a faciana vital e plástica dun Madrid efervescente, do que ela foi protagonista, como da pintura do século XX.


Publicado no suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo 15/01/2017

martes, 17 de enero de 2017

A alma de Rosalía feita fotografía

Rue Saint-Antoine nº 170
Fotografía. A exposición ‘Ariños Aires Rosalía’ que se pode ver no Sexto Edificio do Museo de Pontevedra acolle unha revitalizadora aproximación ao universo creativo e vital de Rosalía de Castro a través da mirada dun dos nosos grandes creadores, o fotógrafo Xurxo Lobato, que é quen de visibilizar a compoñente plástica deses dous universos.


Inagotable nas súas inspiracións a obra de Rosalía de Castro lonxe de reducirse ao eido literario espállase como reduto simbólico dunha identidade que non deixa de agromar noutros campos da creación. Non temos máis que achegarnos ata as salas de exposicións do Sexto Edificio do Museo de Pontevedra ata o 29 de xaneiro para coñecer unha das máis recentes, unha achega fotográfica que ven da man dun dos nosos creadores máis sobranceiros, Xuxo Lobato.
Con só pasar uns minutos fronte a ese medio cento de fotografías en blanco e negro un comeza a sentir cousas, e cousas ben fermosas. Cousas que teñen que ver con nós mesmos e o que esta terra é quen de transmitir aos que pousamos os pés nela. Fotografías que retratan a alma de Rosalía de Castro, da muller e da poeta, do símbolo literario dun tempo que vai máis aló diso engadíndoselle unha dimensión da feminidade en tempos nos que calquera situación nese campo era case ciencia ficción. Ninguén mellor que o propio Xurxo Lobato para, según as súas propias palabras, nunha entrevista neste xornal, falar desa Rosalía a reivindicar, da «Rosalía que elixe, no canto de quedar facéndolle o caldo a Murguía, facer poemas». E así é como a súa poesía é aire, pero tamén pedra e auga, e soedade, e sombras e tempo e respiracións... sensacións que, dun xeito abraiante, Xurxo Lobato é quen de dispoñer ante nós contidas nesas fotografías. A través dos lugares habituais da súa vida, Compostela, Conxo, A Casa da Matanza, Padrón... imos percorrendo, co sutil apoio da palabra, toda esa xeografía vital que no conxunto da mostra acada unha harmonía que é a que impacta ao visitante e á que lle fai ter unha sensación de sosego que xorde desas fotografías, do axeitado blanco e negro, da capacidade para conter un silencio polo que esvarar os poemas de Rosalía de Castro. O certo é que esas fotografías convértense en poemas visuais, en representacións de gran parte do magma creativo da poeta, en imaxes que lle poñen corpo á inspiración e á súa concreción como obxecto artístico. Berros das sombras.
Fotografías ante as que un pasa dende a emoción por ver como unha obra de arte pode xerar, dende a súa fondura creativa, outras reflexións a partir dela que agrandan a súa lenda e que a converten cada vez máis nese espazo que todo sistema cultural ten que ter para manter a súa compoñente de alicerce de moito do que viría despois.
Espazos urbanos e espazos naturais vanse alternando, para suxerir en nós o territorio da poeta, os lugares do seu tránsito que agora funciona como compás para definir outra travesía, a do fotógrafo que aporta a súa mirada e o seu talento ao achegarnos aquilo que distingue a un fotógrafo doutro, o seu xeito de mirar. O traballo do punto de vista, fundamental ao longo de tódalas series, ponnos ante unhas composicións cheas de sensibilidade que se relacionan con interiores, con esculturas, con fiestras, con campás, con fontes... miradas e ata tempos nos que un se atopa con esa alma que se agocha silandeira nos seus poemarios. Unha nova lectura do universo rosaliano que enche os seus textos de miradas que, en moitos casos, péchanse nun primeirísimo plano nos que ese elemento acada unha colosal dimensión, case como cando a poesía pousa as súas musas nun detalle que o converten xa en eterno. Dun xeito semellante Xurxo Lobato fai poesía con esas fotografías pechas, nas que o seu compoñente físico concédelles un aroma de perdurabilidade, de fosilización do tempo que contén ese senso eterno que ten a boa poesía, a poesía de Rosalía de Castro, pero tamén a poesía feita fotografía.
Camiñar por esas húmidas pedras compostelás ou percorrer a natureza entre os carballos é levarnos por un itinerario aberto, un camiño que aínda hoxe segue a compoñer novas miradas que incluso van máis aló do puramente artístico e que converten a Rosalía de Castro nunha icona de moita xente, xa non só como unha enorme escritora, senón como muller e como símbolo dun tempo con non demasiadas luces. De aí a moi atinada reflexión de Xuxo Lobato que non remata o seu percorrido fotográfico no seu sepulcro de Bonaval senón que abre o foco a esa imaxe de Rosalía de Castro que enche camisetas ou fundas de móbiles e que non fan máis que visibilizar ese senso eterno que ten todo o que ten que ver con esta muller.
É imposible saír da exposición sen unha derradeira mirada, un ollar cara o visitado, curiosamente mestúranse esas fotografías coa gran fiestra que sintetiza a exposición, unha fiestra pola que eses airiños tráennos as verbas de Rosalía, os sons das árbores como axóuxeres, o correr da auga saíndo polos canos da fontes, as pingas de choiva batendo contra as pedras da contorna da Catedral de Compostela, as campás de Bastabales repenicando dende o ceo ou as nubes debuxando no aire as súas caprichosas formas. Imaxes que xorden da palabra e da emoción dunha muller que fixo da súa poesía rebeldía e emoción, e que agora repousa contida e orgullosa na docilidade acadada polo talento de Xurxo Lobato. Unha maridaxe de amplos horizontes, unha fusión da escrita coa mirada que, como non podía ser doutra forma, só nos agasalla emocións.


Publicado no Diario de Pontevedra 16/01/2017
Fotografías da exposición. Rafa Fariña e David Freire


sábado, 14 de enero de 2017

Ni pena ni miedo

Un instante de la conversación entre Susana Pedreira y Rosa Montero
en la librería Cronopios (Rafa Fariña)

Un fragmento de piel, un trozo de carne humana, ocupan la portada del último libro de la periodista y escritora Rosa Montero convertido en uno de los mejores relatos publicados el pasado año, según consideración de los críticos de El Cultural que lo colocan en el tercer puesto de uno de esos listados que, con mayor o menor fortuna, buscan calibrar nuestras letras.
 El pasado jueves la propia escritora se presentó ante sus seguidores para llenar la Librería Cronopios y parte de una calle que acogía uno de esos milagros que de vez en cuando provoca la literatura, la de convocar a la gente ante un autor, ante una persona capaz de involucrarte en una historia creada por él y hacerlo de tal manera que genera un vínculo de afectos y admiraciones. Con la acera llena de público y un interior rebosante, Rosa Montero participó de una conversación con la periodista Susana Pedreira, otra de esas joyas que dan brillo y orgullo a esta ciudad llena de piedras preciosas, en la que ambas dejaron patentes sus capacidades. Una como entrevistadora, como periodista capaz de colocar ante el público a un entrevistado para irlo poco a poco desmenuzando como un trozo de tarta, miguita a miguita, siendo cuanto más pequeño el trozo, cuanto más se baja al detalle, más suculento; y la otra, como escritora, algo que ya viene de serie, pero sobre todo como escritora capaz de empatizar con el público, de hacer visible lo que muchas veces se esconde bajo la piel más o menos gruesa del texto.
Y nunca mejor dicho lo de piel, porque La carne es una novela de epidermis, de roces permanentes con el ser humano  al que, como tantas veces en sus novelas, intenta explicar Rosa Montero, en este caso haciendo del paso del tiempo el diapasón de la vida de una mujer confusa tras el abandono de su amante y buscando venganza a través de la compañía de un gigoló. Rascar esta aparente fina piel nos lleva a una historia cribada a través de numerosos personajes, los que rodean la vida de la protagonista, pero también las existencias de un relatorio de escritores excéntricos, perdón, escritores malditos de la historia de la literatura que balizan el relato, no solo como señal, sino como síntoma de la propia vida de la protagonista, reuniéndolos a todos bajo ese poliedro que es el amor, lacerante a veces, reconfortante otras, pero  convertido siempre en el umbral que superar ante un nuevo estado de nuestras vidas.
Esa vida desborda a Soledad Alegre, que así se llama, e incendia toda la novela para, de nuevo, lograr eso que puede parecer un cliché literario, y que muchos autores asumen como pose y no como auténtica reflexión sobre su obra, como es el lograr que sean los propios personajes los que cuenten la historia, los que orillen al yo autor para surgir de ese mismo inconsciente en el que residen los sueños y donde procura sentarse a escribir Rosa Montero.
En ese momento es cuando la entrevistadora deja en el aire un turbador «¡Y yo qué!», es decir, la visibilización de la simbiosis del lector con la lectura, la identificación de quien sigue la historia con el espejo que se le ha colocado delante a través de la palabra. Susana Pedreira dista, y mucho, de la edad de la protagonista de la novela, pero eso lo que nos sitúa es ante un tema eterno, el permanente miedo del ser humano ante el envejecimiento, ante la progresiva destrucción del cuerpo y las cicatrices que nuestros actos van depositando sobre esa endeble coraza que es nuestra piel. Y es en esos instantes cuando la novela te coge por la pechera para redimensionar tu propia vida, para hacerte pensar durante unos segundos, que pueden convertirse en eternos, en tu propio caminar y sobre todo en esa locura en que se están convirtiendo nuestras sociedades actuales en las que las metas para la consecución de la felicidad parecen alejarse de nosotros con cada uno de nuestros pasos repletos de insatisfacciones, de excesos originados desde el desengaño, despreciando lo realmente importante, todo aquello que, normalmente viene asociado a la sencillez y a la cotidianeidad. Justo lo que permite que aprendamos a vivir el presente, el aquí y el ahora, como defiende Rosa Montero y como exhibe en un magnético tatuaje en la parte alta de su espalda que nos ofreció a los pontevedreses como tributo a la vida: Ni pena ni miedo, se podía leer sobre su propia piel, palabras del poeta chileno Raúl Zurita traspasadas de la aridez del desierto de Atacama a la piel inspiradora de una escritora que nos ha querido hacer cómplices de otra piel, de otra carne en la que tocarnos a nosotros mismos y desde donde borrar esa línea tan frágil entre la realidad y la ficción.


Publicado en Diario de Pontevedra 14/01/2017


domingo, 8 de enero de 2017

Grosería

Trillo, Aznar y otros cargos populares en un desfile militar
Como decíamos ayer, este país nuestro se está rompiendo por las costuras, por aquellos hilos que deberían ser más férreos para poder caminar con la cabeza erguida. No hablo de los problemas sufridos por la crisis económica, eso, con una política liberal nivel 7 u 8 se soluciona en un par de años, para desesperación de los más indefensos, sino que me refiero a la situación moral de una sociedad, a todo aquello que trasciende de lo monetario y que permite a un país sentirse seguro y confiado bajo el manto de sus gobiernos y gobernantes. Con la Transición en permanente y necesaria revisión ahora es el turno de los esplendorosos años noventa (como las playas regadas por el Prestige), aquellos en los que el PP afianzó un partido y una estructura de poder que mandó al limbo al socialismo desgastado y corrompido, para situar a toda una serie de personajes acurrucados bajo el bigote aznarista y que han hecho de su paso por la política, amén de los servicios prestados (con sus nóminas convenientemente pagadas), una plataforma de exhibición tan pública como impúdica, y que en no pocos casos han contaminado aspectos de su gestión de manera grosera, y con ello a todo un país repleto de groseros y groserías. El último en aparecer, y que fue uno de los primeros en irse, con Canal de la Mancha por medio, ha sido Federico Trillo, al que el Consejo de Estado le ha dicho, a él y al Gobierno, al Gobierno de su partido, todo lo que este país voz en grito le ha ido diciendo durante muchos años. Lejos del sonrojo de unos y otros lo que tocaba era el premio, una embajada en Londres, no en cualquier otro lugar donde medianamente simular el castigo al personaje, ¡qué va, qué va! al lado mismo de su graciosa majestad. ¿Dónde iba a lucir mejor Trillo que entre los oropeles de Buckingham? ¿O dónde lo iba a hacer el inefable Wert mejor que a orillas del Sena? Nuestros orgullosos embajadores en la vieja Europa. ¡Manda huevos! 
Ahora es el turno del maquillaje, de que regrese el esforzado defensor de nuestra patria, como no, al alba y con viento duro de Levante, pues no se espera menos de quien brindó sus servicios a España. Sus compañeros de camada se han ido resguardando en sus cuarteles de invierno, lentamente, puerta giratoria por aquí, puerta giratoria por allá, empujados por una sociedad inmersa en un cambio brutal en los últimos años. Pero todavía se espera a la familia, al clan que ampare ese regreso camuflado como uno más de los relevos en las moquetas rojas de medio mundo, y así este país sigue aumentando su vergüenza al ver como el tirón de orejas no es público y notorio, como unos se esconden en el pasado, como si el pasado no fuera parte del presente, y como no se le recrimina al instante su conducta que sería la propia de ese mismo gobierno y, sobre todo, como no se ha cesado fulminantemente a quién representa a España en una de las ciudades más importantes del mundo.
Otra de esas ciudades importantes es Lalín, y allí su alcalde ha decidido someter a pleno la declaración de Federico Trillo como ‘persona non grata’. Olvídense de oportunismos o cortas miradas, Rafael Cuiña tiene más razón que un santo, uno de sus vecinos era uno de aquellos 62 soldados trágicamente fallecidos en un accidente aéreo en el que el Ministerio de Defensa, liderado por Federico Trillo, actuó de mala manera, antes y después, como ha puesto en consideración ese informe del Consejo de Estado que tanto tiempo ha tardado en ver la luz esperando a un 2017 en el que parece nos vamos a seguir dando de bruces con informes y tribunales, con unos fantasmas que, como los del Cuento de Navidad, nos sobresaltan cada cierto tiempo. El desprecio a familiares, más intenso e incomparable al del resto de ciudadanos, solo puede aliviarse con gestos y actitudes como la que llega desde el Deza y que deberían extenderse, como poco, a todos los municipios en los que estuviese censada alguna víctima de aquel infausto para nuestra historia Yak-42.
A gorrazos parece que es sólo como este país puede irse sacudiendo la chulería montaraz sedimentada en nuestro territorio al amparo de la medranza económica que ha ido envileciéndolo todo, y lo que es peor, rasgando el pespunte imprescindible para sentirnos parte de una identidad común. Muchas veces se perfilan enemigos con mucho menor empaque y trascendencia que los propios, y pocos hacen más daño que los que con poder no supieron hacer uso de él, sirviéndose en vez de servir. Ahora Federico Trillo pide su incorporación como abogado al Consejo de Estado. Lo dicho, pura grosería.


Publicado en Diario de Pontevedra 7/01/2017



lunes, 2 de enero de 2017

"Para Ramón, o John Berger galego"

"Para Ramón, o John Berger galego" é a adicatoria que escribiu Anton Sobral Iglesias en 2005 nun exemplar de 'El tamaño de una bolsa' de John Berger co que me agasallou na mítica librería Michelena. Foi, grazas a Antón e a esa inmensa esaxeración, e como aconteceu con tantas outras descubertas que chegaron da súa man, como me acheguei a John Berger, como descubrín ao autor de textos e pensamentos sobre arte que a mín mesmo me gustaría ter escrito e que facían ver as cousas dunha maneira diferente e imprevista. Dende ese momento foi unha compaña habitual e necesaria para escribir sobre arte, creo que de ninguén empreguei tantas citas como dos seus libros ou entrevistas. Ás poucas horas do seu pasamento recupero unhas liñas suliñadas dese primeiro libro, xa para sempre porta de outros: "cuando el dolor es mucho no se puede compartir. Pero sí se puede compartir el deseo de compartirlo".
Grazas Anton Sobral Iglesias. Grazas John Berger.
http://ramonrozas.blogspot.com.es/2015/08/anton-sobral-na-casa-da-parra.html

sábado, 31 de diciembre de 2016

Los ojos de Valle

«Es preciso vivir en este Madrid terrible. En provincias no se puede conquistar la fama. La fama no estamos muy seguros los que vamos tras ella en lo que consiste. Pero yo puedo asegurar que el fajo de cuartillas que emborrono, los emborrono para conquistar la fama»
[Ramón Mª del Valle-Inclán]



Mirar a España con los ojos de Valle-Inclán. No es una mala manera de acabar el año, de visitarnos a nosotros mismos reflejados en los espejos cóncavos de un país cada vez más asilvestrado, cada vez más reaccionario, y que este año, viejo y agotado, dejará en el recuerdo como el de un año sin gobierno y sin gobernantes, y lo que es casi peor, sin dirigentes que nos hagan albergar la esperanza que toda sociedad necesita.
Este 2016 conmemoró el 150 aniversario del nacimiento del escritor y a las publicaciones, exposiciones, congresos o todo aquello que se ha planteado desde los más diversos puntos de nuestra geografía para rastrear su figura, quizás le haya faltado el intentar pensar cómo Valle-Inclán habría mirado a este país hoy en día, él que tanto se preocupó de radiografiar lo que sucedía en sus callejones y sobre las moquetas de los palacios. No hay más que volver a ese texto, todavía vibrante, a esas tragicómicas Luces de Bohemia para seguir desenterrando el atavismo de este país. «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo». Nada más que decir, tras lo visto en estos últimos meses, en donde no solo los delincuentes, sino también nuestros políticos han hecho de sus actitudes sonrojo para los ciudadanos que se han visto encadenados a una urna para intentar resolver el lío en el que ellos mismos se han sentido tan cómodos. Como siempre los partidos y las siglas por encima del bien común. Miserias propias que impidieron un cambio de Gobierno (¡ay, aquel diciembre de 2015!) para construir simplemente las barricadas en las que moverse unos y otros mientras el presidente Rajoy veía como su triunfo crecía y crecía. Donde cada declaración que éstos efectuaban iba en su propio beneficio quedando ya solo esperar al clamor bajo el balcón para confirmar su permanencia en el cargo. Y ahora estamos en el cambio de rumbo, en el regar la tierra quemada para hacer de los consensos flor, un nuevo tiempo que desespera a muchos, y ahí tienen a todo un José María Aznar poniendo distancia con el Partido Popular actual y que no ponga más con un nuevo partido, una de las incógnitas que irá resolviendo el nuevo año.
Con Sánchez en la Reconquista, el avieso Susanismo subiendo por Despeñaperros, Rivera junto a la chimenea y Errejón e Iglesias en su pueril guerra de tweets, España se adentra en 2017 desde la más absoluta nadería y una mediocridad vital que invita a pocos brindis. ¿Y el mundo?, ¡qué decir del mundo! con Europa sonada por el Brexit, los atentados islamistas y su incapacidad para resolver la vergonzosa crisis de refugiados y la larga sombra de las garras del halcón al otro lado del Atlántico esperando a iniciar el vuelo. Pero hay más: los muertos de Siria, el no a la paz en Colombia, el agravamiento del cambio climático y así hasta el infinito y más allá...
Esperpentizados estamos ante la deriva que nos rodea y que ojalá se consuma, como si fuese el fin de un maleficio, tras las campanadas de esta noche. Volvamos tras las gafas de Valle-Inclán, a ver ese Madrid de churros y aguardiente, ahora de Starbucks y gin-tonics sofisticados, allí donde todos quieren ir para ser alguien, para lograr esa fama que el propio escritor persiguió con sus textos. En esos ojos se vislumbra la desesperanza y el sobresalto ante lo que le rodeaba ante un país magullado por sí mismo y sus actitudes, incapaz de apostar por sus posibilidades. Y seguimos en lo mismo, construyendo una sociedad cada vez más arisca y sombría en la que se mata a las mujeres de manera indiscriminada y los índices de pobreza estremecen casi tanto como el de los incrementos en los beneficios de las grandes fortunas.
Caminemos durante unas horas, en el tránsito mágico entre un año y otro por ese Callejón del gato, mirémonos en sus espejos para asumir culpas, quizás allá, al fondo, veamos datos del CIS que dicen mucho de todo esto, como el de que sólo un 10% de la población lee entre cinco y ocho libros al año o que el 40 % no lee un solo libro, o que el 57% nunca ha entrado en una librería y el 75 % en una biblioteca. Enciendan su televisión y busquen un programa de libros que aliente su venta en estas fiestas o el hábito de la lectura. Allí encontrarán a Las Campos compartiendo su Navidad. ¡Eso sí, al fútbol somos la hostia. ¡Feliz Año!



Publicado en Diario de Pontevedra 31/12/2016
Fotografía. Exposición 'El rostro de las letras', celebrada en el Museo de Pontevedra. Valle-Inclán fija su mirada en el Congreso. (Gonzalo García)