domingo, 21 de agosto de 2016

Juntos

Julio Cortázar y Carol Dunlop

Ha sido mi acompañante durante gran parte de este verano. Un libro en el medio de otros libros. Textos refrescantes y alborotados que se iban mezclando con otras lecturas. ‘Los autonautas de la cosmopista’ se convirtió en un aliviadero entre diferentes relatos más o menos agradecidos, pero el universo Cortázar siempre estaba ahí. En ese texto, el último publicado por el autor, en el que se narra el viaje por una autopista entre París y Marsella acompañado de su última esposa, la fotógrafa Carol Dunlop, uno se liberaba, al igual que hacen sus protagonistas, de las lecturas más incómodas, mientras ellos lo hacían de la cotidianeidad, más aún cuando presagiaban que todo estaba llegando a su fin. «Llevar a cabo este viaje era probarnos que teníamos armas contra lo tenebroso», dice Cortázar.
El 23 de mayo de 1982 arrancaba ese trayecto experimental. En noviembre de ese mismo año Carol murió mientras Cortázar lo haría en febrero de 1984, atendido, como lo estuvo casi siempre que se dejó, por la inmensa Aurora Bernárdez, la que fue su primera esposa y siempre, la que lo amó en todo momento y la que veló por su legado (cediendo a Galicia parte de su colección fotográfica).
Esta locura quijotesca adentró en una autopista a ambos a bordo de una Volkswagen roja, humanizada con el nombre de Fafner, un ‘dragón wagneriano’ desde el que enfrentarse a todo lo que sucedía en ese deambular del que no se podía salir hasta su remate y en el que se debía parar en dos áreas de descanso cada día, según el férreo reglamento establecido antes de la partida. El cuaderno de bitácora se convertirá en este libro, mezcla de lo alegre y lo conmovedor que se encierra en toda su obra. Como todo caminar es símbolo de vida, de encuentros y desencuentros, de monstruos que nos amenazan, de cronopios que aparecen, de miedos y alegrías, de amores incontrolados, de complicidades, de caricias, de sombras bajo las que instalar una oficina en la que ponerse a escribir, de fotografías incapaces de contener toda la vida que se desborda de ellas, en definitiva, un libro sorprendente para alguien que se acercaba a los setenta años y con el que no hacía más que requebrar la realidad en una partida condenada a perderse de antemano. Distorsionar ese universo de lo real a partir de un texto que no le pierde la mirada a lo que sucede en el mundo (Guerra de las Malvinas) pero que decide construir el suyo propio entre camiones, divagaciones «científicas», cartas misteriosas, habitaciones de moteles y sobre todo, paradas siempre imprevisibles junto al trazado de esa autopista.
Un texto repleto de fotografías, de dibujos (realizados por el propio hijo de Carol Dunlop) inciden en ese permanente hálito de vida que se esconde tras cada una de las páginas y en las que uno se sumerge con cierta precaución ante su desparpajo, pero que, llegado al final, se hace breve por todo ese caudal de imaginación que se encierra en esta gran rayuela de saltos a un lado y a otro, en el que Cortázar veía mucho más de lo que vería cualquier mortal, más aún cualquier usuario de una autopista ideada para hacer de un viaje algo fugaz, un medio, más que un fin en si mismo. Cortázar y Dunlop hacen, por lo tanto, de este viaje un fin en sí mismo. Una experiencia única que convirtió a este Lobo y a esta Osita en dos animales libres, en dos seres que respiraron la fragancia que surge de la «interminable fiesta de la vida». Es por ello que este libro más que encerrar a dos personas heridas, encierra todo un espíritu libertario, una genial apuesta por la existencia de la que línea tras línea se extrae alguna enseñanza. Pocos libros más precisos para un verano, para indagar también en nosotros mismos sobre en qué convertimos nuestras vacaciones, tantas veces exageradas en sus pretensiones, cuando simplemente se necesita tiempo para uno mismo, para compartir, para vivir y para ello muchas veces tenemos el paraíso bien cerca de nuestros hogares.
La muerte de Carol Dunlop convirtió al libro, publicado sólo unos meses después, en toda una carta de amor, un amor que circulaba en un dragón rojo dejando el rastro de una relación entre dos seres humanos que se necesitaban mutuamente, tal y como nosotros necesitamos libros como éste, libros de Julio Cortázar, libros que te harán vivir y sentir.




Encerrado en un libro VIII. Publicado en Diario de Pontevedra 20/08/2016

sábado, 13 de agosto de 2016

Gentes de Pontevedra

Parrita mostrando uno de los carteles de
su colección en 1997 (Miguel Vidal)

Estos días buscando datos sobre la historia de la Plaza de Toros de Pontevedra, o  sobre lo que es lo mismo, una parte muy importante de nuestra ciudad, me he visto obligado a echar mano del libro Historia de la Plaza de Toros de Pontevedra (1892-1988) que escribió, me imagino que tras muchas horas de esfuerzo en archivos y bibliotecas, el inolvidable Enrique Parra Ferradáns, ‘Parrita’.
Yo no sé realmente que es más importante, si el libro o el propio Parrita, uno de esos personajes que van sedimentando en una ciudad, y que, de manera callada y constante, trabajan en su oficio y en sus pasiones para que la vida, su vida y las de los demás, sean un poquito mejores. Parrita lo hizo, como operador de cine, como cartelista, primero en el Victoria, luego en el Malvar. Él dibujaba aquellos sueños cinematográficos que nos invitaban a los pontevedreses a entrar en una sala de cine. Su destreza a la hora de llevar a cabo esos carteles tuvo también en la escritura otro punto de su relato vital, sustentado en este libro bíblico sobre los toros en Pontevedra. Un libro que necesita una reedición, y hasta una ampliación. No sé quién la hará, ni quien tendrá el acierto y también el valor de sobreponerse a la moda del antitaurinismo militante de hoy en día para poner en circulación un libro tan necesario sobre parte de nuestra historia local. Como parte de nuestra cultura y nuestro patrimonio. Palabras, cultura y patrimonio, que se emplean en muchos casos alegremente, sin ni tan siquiera buscar en el diccionario cuál es su significado.
Mucho de la historia de las ciudades se construye en gran medida a partir de sus personajes, nombres que se van fundiendo entre nuestras piedras, entre las relaciones entre vecinos, entre el devenir diario. Sabino Torres, otro de esos imprescindibles, presentó la última exposición de Parrita en la Asociación de Vecinos San Roque, y Sabino (parece que todavía lo estoy viendo colocándose su níveo flequillo) certificó la existencia de una deuda entre la ciudad y Parrita, como suele suceder con estos nombres que el tiempo y el olvido o el desconocimiento esparcen en nuestra memoria colectiva.
Muchos de ellos son afortunados y acaban como pregoneros, el reconocimiento institucional transmitido al pueblo desde un balcón. Este giro, tan bien hilado por el narrador, es obligado, porque hoy es día de pregón y quien pregona además es Rodrigo Cota, nuestro Cota. Cota está llegando a ser tan importante como Parrita, aunque no le gusten los toros, o eso dice él. Porque Cota es esteta y sensible al arte, con lo cual seguro que es más taurino que el propio Parrita, pero aún no lo sabe. Cota aún no se ha hincado ante el misterio revelado de José Tomás para conocer que embrujo se encierra en el combate eterno entre un animal y el ser humano.
Cota hoy les hablará a todos y a todos nos gustará, aunque sinceramente espero que no, porque de ser así dejaría de ser Cota, y aunque un pregón se entiende cariñoso y amable, no dudo que su protagonista nos dejará algunas muestras de esa mordacidad que exhibe en sus artículos tan necesaria para entender lo que sucede en esta ciudad. Entender, y más aún, querer a Pontevedra, también es una especie de arte, una suerte suprema entre el amor y el odio, entre el estar y no estar, entre lo comprensible y lo incomprensible. En el inicio de nuestras fiestas esas dicotomías quedarán suspendidas durante una semana en la que todo es alegría y diversión y sobre todo disfrute de una ciudad pensada, como pocas, para ser vivida.
Antes de nosotros fueron muchos los que la gozaron, gentes que exprimieron esta ciudad todo lo que pudieron, muchos en años y décadas complicadas, a ellos les debemos tanto, también a los que les fueron sucediendo a la hora de habitar la ciudad preparándola para los que estamos hoy en ella. El tiempo de vez en cuando nos deja, como el mar en la arena de la playa, fragmentos de ese tiempo al que estamos obligados a ponerle nombre para valorar lo hecho. En el día en que comienzan las Fiestas de La Peregrina, levanto la biblia de Parrita en su recuerdo y honra, también en el de su amigo Sabino Torres y, tras escuchar a Rodrigo Cota pregonar, repartiré entre todos ellos mis aplausos. Aplausos por las gentes de Pontevedra. ¡Felices fiestas!


Encerrado en un libro VII. Publicado en Diario de Pontevedra 13/08/2016


sábado, 6 de agosto de 2016

Cela en equilibrio

En 1998 Francisco Marquina (izda.) coincidió con Cela en la presentación
de los cursos de verano de la Fundación CJC en el Colegio Sek (Miguel Vidal)
"Yo espero un reconocimiento mucho más sólido y mucho menos anecdótico, y sin el apoyo de los colectivos gays". Así contestó Cela en Pontevedra, en un acto de presentación de los cursos de verano de su Fundación celebrado en el colegio SEK, al ser preguntado sobre si esperaba obtener algún día un reconocimiento como el que se le estaba tributando en esos días a Federico García Lorca, de quien en 1998 se conmemoraba el centenario de su nacimiento. Añadiendo el Nobel que no tenía nada en contra ni a favor de los homosexuales, limitándose, únicamente, «a no tomar por el culo».
Encerrar a Cela en un libro es una tarea casi imposible. Cela no es un escritor, es un monumento literario. Una escultura de Botero pesada y densa, coronada por un cerebro ágil y certero, que manejaba una escritura brillante como pocos. En el año de su centenario, en el año de los reconocimientos que esperaba, y las revisiones de su obra, son numerosos los autores que han perfilado diferentes aspectos de su enorme trabajo, de una vida de leyendas y realidades a partes iguales. Pocas tan completas y a la vez tan certeras como la realizada por alguien que gozó de su amistad y de su confianza, en un personaje en el que esa concesión no semeja sencilla. Francisco García Marquina compartió horas y momentos, que con Cela me imagino que debían ser auténticos tesoros que el tiempo no ha hecho más que ir aquilatando. A partir de esos momentos es desde los que se ha ido modelando este retrato, más que biografía, como afirma el autor antes de meterse en faena, avisando, de manera honesta, al lector, que este volumen parte de ese conocimiento personal, más que de un estudio académico de la figura del protagonista. Esa distancia corta es la que se palpa a lo largo de todo el libro, la que consigue redimensionar a la figura y al ser humano, equilibrar sus luces y sus sombras y, sobre todo, mesurar esa equidistancia entre el escritor y el personaje público que en Camilo José Cela se evidenció como su gran dialéctica frente a la sociedad de su tiempo. Esa especie de perversión íntima es la que prevaleció a lo largo de su vida, la que dividió a España entre admiradores y unos enemigos que anteponían esa escenificación vital a las páginas de sus obras.
Cela. Retrato de un Nobel’(Aache Ediciones) son más de seiscientas páginas que transitan por su biografía, su personalidad, el personaje, el escritor y la permanencia de su obra. Cinco lados de un mismo ser que facetaron su volumen como una figura de Picasso, volviéndolo, inevitablemente, tan enrevesado como atractivo. Hace poco leí la reedición que la editorial gallega Ediciones del Viento ha publicado con motivo también de este centenario de ‘Mazurca para dos muertos’, y todavía estremece ver como un autor tiene la destreza y la capacidad para versionar mucho de su vida en función de su tierra de origen, de un sinfín de sensaciones que se convierten en palabra para ir configurando todo un paisaje emocionante. Esa obra, junto con ‘Madera de Boj’, son de nuevo otro equilibro, éste entre la Galicia interior, rural, y la Galicia costera, la del horizonte infinito. De nuevo el equilibrio, el pie en cada uno de los estribos de una realidad que nunca es única.

Francisco García Marquina destila esa crónica privilegiada desde una cantidad abrumadora de datos, de nombres, como no citar a nuestro querido paisano el doctor José Luis Barros Malvar que salvó la vida al escritor en ese momento en que se debatía entre dos mujeres. No elude el retratista momentos espinosos en la vida del escritor, revelando tensiones y decisiones, como tampoco lo hace con el análisis de sus textos literarios, siempre en relación con los estudios de expertos de su obra. El libro aparece repleto de frases sintomáticas sobre Cela, precisas descripciones de lo que se movía alrededor del escritor que describen de manera certera su situación. Anoten esta: «Cela no era precisamente un intelectual, sino un vitalista», que entra en competencia con un pensamiento del propio Cela: «No se debe elegir entre vida y literatura, porque entonces se acaba haciendo literatura de literatura». De nuevo esa eterna confrontación entre dos fuerzas: vida y literatura, las dos caras de este Jano bifronte, complejo y fascinante que aquí ha sido retratado y encerrado desde un equilibro permanente.


Encerrado en un libro VI. Publicado en Diario de Pontevedra 6/08/2016

viernes, 5 de agosto de 2016

Jean Renoir es el cine

El 80 aniversario de una de las obras más hermosas de la historia del cine, ‘Una partida de campo’, nos lleva a plantear la filmografía de Jean Renoir como una cumbre artística que visualizó, como pocas, al ser humano en su tiempo y ante sus semejantes. Un poderoso ejercicio visual que nos dejó varias obras maestras de la historia del cine.



DE POCOS directores se puede decir que ellos son el cine, tal y como interpretó Éric Rohmer al escribir en 1979 que «Renoir contiene todo el cine». Dejando de lado la permanente mirada hacia su propio país del cine francés, sí que es cierto que en el caso de Jean Renoir (1894-1979) esa inmensidad de su obra explica gran parte de lo que es el cine, no ya solo como medio de expresión que aúna el sentido de espectáculo, la gente paga por ir a ver una película, sino como medio de reflexión sobre el ser humano y su entorno, al fin y al cabo el gran postulado de todo arte. A partir de esa doble articulación el cine de Jean Renoir sujeta no solo gran parte del cine francés de las décadas siguientes a su obra sino buena parte del cine europeo, y junto con Roberto Rosellini quizás sean sus dos grandes piedras angulares. 
Jean Renoir necesitó para iniciarse en el cine vender muchos de los cuadros que su padre, el impresionista Pierre Auguste Renoir, le había dejado en herencia, y al que el cineasta hubo de sujetarle los pinceles atándoselos a sus manos reumáticas para que pudiese continuar pintando hasta el final de sus días. Ese gesto de vender pinturas para hacer cine nos sitúa ante una hermosa metáfora de la irrupción del cine como gran arte del siglo XX, sustituyendo a la pintura como gran referente visual. Jean Renoir ya es hijo de un nuevo tiempo, de un siglo vertiginoso en el que él fue uno de los más audaces a la hora de mirar a la realidad a través de una cámara, para componer historias basadas en seres humanos en los que entre sus miserias siempre existía una grieta por la que brotar la esperanza.
Nadie puede permanecer indiferente tras presenciar películas como ‘Los bajos fondos’ (1936), ‘La gran ilusión’ (1937), ‘ La Marsellesa’ (1938), ‘La bestia humana’ (1938) o ‘La regla del juego’ (1939). Cinco películas dirigidas de manera asombrosa, no solo por la calidad invidual de cada una de ellas, sino por realizarse de manera consecutiva. Pocos directores pueden mostrar en tan poco tiempo cinco películas tan inmensas como estas en las que se puede visualizar como era la convulsa Francia de los últimos años treinta, dentro de una no menos convulsa Europa a la que los ascensos del nazismo fueron poniendo contra las cuerdas. De ese repóker fílmico, ‘La bestia humana’, interpretada por su actor fetiche, Jean Gabin, es la única que nos sitúa a Jean Renoir  en el contexto del Realismo poético que marcó al cine galo del momento. Su interés por las clases sociales, el mundo urbano y la fatalidad humana, en buena parte derivada del naturalismo literario precedente, reposan en este película mientras el resto convierten a Jean Renoir en un director al margen de movimientos, y cuya única ambición fue la de registrar al ser humano y, en estos años, con el apoyo ideológico del Frente Popular (coalición de partidos de izquierda que gobernó entre 1936 y 1938 que aplicó importantes medidas a favor de los trabajadores recogidas en los Acuerdos de Matignon), llevó ese ideario de progreso y consecución de libertades a las pantallas alentado también por el progresivo avance del fascismo. Desde esa óptica es desde la que emerge de desde ese quinteto un monumento al ser humano como es ‘La gran ilusión’. Y de la que el mejor calificativo son las palabras de Goebbels tras su visionado, definiendo al director como «el enemigo cinematográfico número uno». Poco más que decir de este canto pacifista que borra fronteras y distancias entre los hombres pero que insiste en la necesidad de frenar a los que atentan contra todo eso. 
Las tres películas restantes, ‘Los bajos fondos’, ‘La Marsellesa’ y ‘La regla del juego’, redefinen al hombre dentro de la sociedad en la que le ha tocado vivir y los continuos choques que en ella se producen entre los componentes de las diferentes clases sociales, desde el proletariado a las clases altas de la nobleza francesa.
Estas películas marcan un periodo glorioso para el director al que había llegado tras unos años de una continua experimentación en los elementos que forman parte del cine, desde el sonido a los elementos puramente visuales, pudiendo ser incluso calificado como un director de vanguardia que, al tiempo que conocía el oficio, ahondaba en sus posibilidades expresivas. No bien acogidas por parte del público, una situación que empezó a cambiar a partir de 1931 con ‘La golfa’ y que desembocó en 1936 en la película que le abría a la madurez como realizador: ‘Una partida en el campo’, película con numerosas claves pictóricas, a la que se vinculó con las pinturas de su padre, aunque él propio director no es de esa opinión, pero en la que ya se reconoce a un creador de imágenes poderosas en una historia de sugerentes y poéticas consideraciones.
Tras su cine de los años treinta y con el nazismo campando por los Campos Elíseos, Jean Renoir, aquel ‘enemigo número uno’ huye a los Estados Unidos, tal y como se vieron obligados a hacer numerosos directores de cine europeos. Allí su regusto europeo se entremezcla con el poderoso cine de estudios norteamericano. ‘Aguas pantanosas’ (1941) y ‘Esta tierra es mía’ (1943) miran desde su argumentario a lo que estaba sucediendo en su continente. Aquel carácter singular de Jean Renoir tampoco se contiene en la industria norteamericana y en los años cincuenta filma en la India, otra de sus películas claves, ‘El río’ (1951), de nuevo un desafío técnico como el de su primer cine, ahora de la mano del color para de nuevo estudiar al ser humano, pero no tanto hacia fuera, en relación a su entorno, como fue su cine de los años treinta, como hacia su interior. Una especie de realismo intimista que cambiará su cine posterior. Los años cincuenta serán en los que a través de unos jóvenes teóricos del cine, y posteriormente directores de la Nouvelle Vague, se reivindique su nombre desde Cahiers du Cinema pidiendo el regreso a Francia del que calificarían como ‘patrón’. Ellos lo vieron como a un moderno, pero el moderno, ya cansado, solo dirigió cuatro películas más en esa década de los cincuenta. Ninguna como aquellas otras en las que se contenía todo lo que significaba el cine. Todo lo que significaba Jean Renoir.

Aquel día en el campo de hace 80 años
EL mediometraje ‘Una partida de campo’, de cuarenta minutos de duración, se considera una de las obras claves del director francés, no muy partidario de vincular a esta película, pese a lo mucho que se ha elucubrado sobre ella, con la pintura realizada por su padre, aludiendo el propio autor siempre a la diferencia entre cine y pintura, desde la consideración de elementos indispensables de ambas disciplinas, como el fuera de campo que limita el lienzo, o el protagonismo del tiempo en el cine, en contraposición con la pintura. Partiendo de estas precisiones, una vez que se visiona ‘Una partida de campo’, es muy difícil evadirse de las pinturas impresionistas, de aquellos caballetes que salieron al campo en una epifanía pictórica que destrozó la pintura académica a través de encuadres, colores y pinceladas vivas que transformaron la mirada sobre la pintura. Jean Renoir como director nuevo, y por lo tanto moderno, también jugó a eso, mientras realizaba un largo plano en el que las gotas de lluvia caían sobre el agua de un río. También cuando una de sus protagonistas se columpia (imposible no recordar los lienzos de su padre) en plena naturaleza con el cielo como fondo. Pero más allá de estas especulaciones sobre el influjo de la pintura en el cine, ‘Una partida en el campo’ nos sitúa ante una historia que, pese a su brevedad, plantea una revolución en la mirada del espectador. El relato, basado en un texto de Guy de Maupassant, traslada a una jornada campestre a una familia de parisinos en la que dos de las mujeres, madre e hija, se verán absortas por el entorno natural, tan sugerente y alejado de la cotidianeidad parisina, cayendo en manos de dos galanes. La llegada de una tormenta fractura ese momento y supone el regreso a su vida pequeño burguesa, pero lo sucedido en esa jornada marcará la vida de la joven que no volverá a sentir lo que es el amor.
La mirada que nos propone Renoir es la mirada al despertar del deseo, al momento iniciático y a la insatisfacción de por vida. La naturaleza genera un ansia de goce, una búsqueda del bienestar y del placer, frente al aburrimiento y el desprecio de los personajes masculinos de la familia presentados aquí como dos bobalicones cuya presencia frustrará las vidas femeninas. Renoir alcanza unas cotas raramente vistas en cuanto a esa plasmación del deseo, las miradas entre los protagonistas, pero sobre todo los planos que recogen esas miradas son de una evocación enorme sobre lo que pretenden mostrar. Lágrimas que se descorren por las mejillas, bocas que se aproximan, pieles que se pegan y todo ello sobre el manto verde, ante unos árboles que se agitan y el baño de una luminosidad festiva y lúbrica.
La importancia de esta obra también surge de la reunión de nombres a su alrededor, ya que, como asistentes del director, figuran Jacques Becker, Henri Cartier-Bresson o Luchino Visconti. Puro talento que no hizo más que sumar a una obra singular dentro de la propia singularidad de un director que convirtió el conjunto de su cine en una declamación de la vida.





Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra/El Progreso de Lugo. 31/07/2016

domingo, 31 de julio de 2016

Huellas


"Érase un bar a un Tallón pegado/érase un Tallón superlativo,/érase un Tallón sayón y escriba”. Permítaseme la licencia quevedesca adaptada a mi propio interés, pero para hablar de bares y letras encerradas en un libro en este país si por algún esquinal hay que comenzar es por las tascas del Siglo de Oro y por los sonetos burlescos de don Francisco, tantos de ellos escritos sobre mesas de madera astillada por los aceros, entre barros rellenos de vino agrio y cercados por la tinta y el rojo néctar de la uva de Valdepeñas. En los bares es donde se ha ido forjando, lo creamos o no, mucho de lo que hoy somos como colectivo. Bares de mejor o peor reputación, lugares en los que la conversación y el alcohol engrasaban y engrasan el día a día, aliviando las miserias de nuestros diferentes momentos vitales.
Y en estas estamos cuando nos encontramos con otro digno sucesor del señor Quevedo, un ourensano de Vilardevós, un espadín de la palabra que maneja como pocos por su enorme caudal de lecturas, de las que nos ha ofrecido libros ya imprescindibles, como ‘Fin de poema’ o ‘Libros peligrosos’. Ese relato largo o novelado ha fijado hoy en día su contrapunto agitado en las hojas de los periódicos. Sí, esos medios azotados por crisis de todo tipo y siempre al filo de la extinción, han encontrado en diferentes nombres el distintivo de calidad en un tiempo en el que lo puramente noticiable tiene mejor y más accesible acomodo en el orbe digital. Lo literario sigue encontrando su pesebre más cómodo en el negro sobre blanco del papel y eso se ha visto refrendado por una generación de autores que no dejan de sorprender por cómo calibran la actualidad a través de sus experiencias y todo ello con un gusto exquisito por la palabra. Obviaré los nombres de ellos y ellas para que los olvidos no hieran susceptibilidades y egos, que en esto también seguimos igual que con Góngora y el propio Quevedo, pero sí que citaré a una editorial que se ha fijado en ese renacer columnista y que ha rescatado muchos de esos textos con fecha de caducidad diaria para formar parte de una serie de volúmenes que explican, desde su contundente existencia, este tiempo nuestro. La editorial es Círculo de Tiza y ella es la culpable de que Juan Tallón haya compendiado muchos de sus artículos en prensa bajo el epígrafe de ‘Mientras haya bares’, que precisamente en esta semana ha conocido una segunda edición.
Más de trescientas páginas que se convierten en un recorrido por una vida literaturizada, vampirizada por otras lecturas, por autores y por sensibilidades que han prendido como la yesca generando este incendio al fondo de la barra. Como el personaje que desde ese punto estratégico de cada bar otea lo que sucede a su alrededor, Juan Tallón atisba su universo que, página tras página, se va convirtiendo en el nuestro. Como Onetti (siempre que se habla de Juan Tallón por contrato hay que citar a Onetti) se encierra en el bar para poner la distancia precisa con su entorno, con el de las mesas que le rodean, pero también con lo que se contempla a través de su cristalera: un pueblo, una ciudad, un mundo que tienen en ese espacio su tubo de ensayo. Y ahí pocos científicos como Juan Tallón.
Un reciente dato cifra en 260.000 los bares que se contabilizan en la geografía española, lo que viene a ser un bar por cada 175 personas, esto es la mayor densidad del mundo. Como los periódicos los bares resisten la crisis, ¡qué como los periódicos! ellos son parte de la solución, mientras la prensa se empeña en formar parte del problema. Juan Tallón ha maridado ambos conceptos, bares y prensa, para servirlos mezclados, que no agitados, en un cóctel que uno no se cansa de leer. Abrir el libro en cualquier punto y degustar ese texto, ya inmortal, nos explica como el artículo de opinión es un género más de lo literario, convirtiéndose en un certero bisturí que disecciona nuestra realidad con la alquimia precisa de ingenio e ironía, conviviendo con una mezcla de lo cotidiano y las referencias literarias con las que nos abruma Juan Tallón. Esa múltiple combinación dota a estos artículos de una épica de lo real, una transgresión de lo diario capaz de convertirse en eterna. Como los sonetos maledicentes de Quevedo son las huellas de un tiempo, de un tiempo que nos ha tocado vivir y que viviremos, eso sí, mientras haya bares.



Publicado en Diario de Pontevedra 31/07/2016. Fotografía: Interior del pontevedrés Bar Americano (Rafa Estévez)

sábado, 23 de julio de 2016

Meu Pontevedra


“Eu non quería morrer alá ¿Sabe, miña nai?”
Como nesta lámina que forma parte do ‘Álbum NósCastelao tampouco quería morrer alá. Máis morreu. Pero antes dese punto intermedio na súa biografía, extendida como corresponde a súa alongada figura, máis alá da súa morte, Castelao desenvolveu toda unha vida de enormes consecuencias para a conformación dunha identidade galega. Unha biografía que ata o de agora aínda non ten unha profundidade como merece o personaxe, unha biografía que alumee nas zonas escuras, que pescude alí onde a figura deixa de ser un mito e se converte nun ser humano.
Curiosamente é a narrativa a que nos ven de amosar o camiño a seguir. Da man de Luís Rei, a obra ‘O encargo do señor Castelao’, recén saída do prelo, serve moito mellor que calquera das biografías canónicas para enfrontarse ao home e ao mito que aquí se pecha neste volume. Ese territorio entre a realidade e a irrealidade, entre a ficción e a non ficción, e que tan bo  acubillo ten na novela como xénero de fronteiras ceibes que permiten tensar ese debate entre o que é e o que non é. A novela, editada por Xerais, chega como poucas novelas chegan no momento máis acaído, isto é, en pleno Ano Castelao e cunha xeira de exposicións no Museo de Pontevedra, a ‘praia’ na que chegan certas as testemuñas do naufraxio da propia existencia de Castelao, que ademais ven de gabarse co achádego dos orixinais do ‘Álbum Nós’, ata o de agora desaparecidos. Alicerzándose así a posición de Pontevedra como eixo imprescindíbel para calquera achega á súa figura, a cidade que nunca pudo esquecer e que foi parte do seu eu máis íntimo ao longo de toda a súa vida.
Poucas experiencias poden ter máis gratificantes nestes días de verán que ler a novela de Luís Rei entre piñeiros recortados sobre o fondo da ría de Pontevedra e logo darse unha voltiña pola exposición do Museo de Pontevedra que baixo o título de ‘Meu Pontevedra’, reflicte a estadía de Castelao na nosa cidade entre 1916 e 1936. Ambos, libro e exposición, son exemplos do bo facer na nosa cultura, de como a escrita e a investigación e análise das pegadas do home no seu tempo, serven para construir artefactos que nos serven hoxe para entender o pasado e aos seus protagonistas, e polo tanto, comprender mellor a nosa propia realidade.
Poucos sitios mellores, dende a desembocadura do Lérez, limiar doce e salgado, dende o que albiscar a vida de Castelao, alí xusto sitúase o noso narrador para contar unha vida que formará parte dun proxecto tan atraínte como valente e necesario na nosa escrita, o de revisar ‘Episodios Nacionais’ da historia de Galicia dende a narrativa. Esa carreira galdosiana é a que ven de comezar Luís Rei con esta novela que xorde dun encargo, o da posibilidade de vingar a morte dun irmán, a morte de Alexandro Bóveda, a quen Castelao nunca esqueceu dende a amizade e o sacrificio por Galicia, e que, tras a lectura dunha serie de textos, amósase como xurdiron momentos nos que a necesidade de calmar eses demos íntimos agromaron nun desexo que pudo ter como executor a un deses nomes esquecidos da nosa historia, o do guerrilleiro comunista José Gómez Gayoso, un de tantos esquecidos fronte a mediática figura de Castelao. Un loitador ao que a entrega dun sobre cun nome lle permitiría vingar o asesinato de Alexandro Bóveda da man noxenta dos sublevados contra a República. Dende esa barra de equilibrio constrúe Luís Rei a súa novela, a novela arredor de Castelao home e figura política, artista e marido, nun relato de historia, política e desficción, é dicir, unha novela na que converxen o poliedro vital del calquera ser humano que, no caso do noso protagonista, é tan inmenso que fai agromar unha novela e un cento. Porque cada unha das páxinas de Luís Rei son pequenas novelas, nas que a través das súas pasaxes vitais, das súas achegas artísticas, políticas e humanas, das súas estadías en diferentes lugares do mundo, pódese enfiar outra xénese de novela. O que nos permite o autor é construírmos o relato de Castelao a partires dunha chea de rasgos humanos, de dúbidas e fraquezas, dunha fisicidade da persoa que os fríos libros de historia ou os ensaios non son quen de acadar. E para facelo sérvese tamén da achega daqueles que compartiron tempos e arelas co de Rianxo, nomes orelados nos andéis da memoria, que tan importante é neste texto como pervivencia do noso eu máis íntimo como colectivo, e sobre todo nomes de mulleres, as outras grandes vítimas dos carreiros do século XX. Desas historias masculinizadas nas que se esquecían, por parte dos seus arquitectos, da precisa argamasa que a muller lles outorgaba. Virxinia ou María Blázquez son, neste libro, un berro fronte a todo iso.

Este primeiro ‘Episodio Nacional’ asoma con nota fronte as súas fondas pretensións, ao tempo que abre a lumieira da esperanza ante unha relectura da nosa historia de seu, na que as fazañas pasen do atril da demagoxia ao dormitorio do cotián, no que, cando o sol da historia se bota a durmir, xorde a escuridade das preguntas sen respostas.


Pechado nun libro IV. Publicado no Diario de Pontevedra 23/07/2016
Fotografía. Arquivo Gráfico Museo de Pontevedra

jueves, 21 de julio de 2016

CARAVAGGIO. LUCES Y SOMBRAS


HAY EN LA HISTORIA de la pintura toda una serie de nombres imposibles de adscribir a un tipo de movimiento o corriente artística. Son seres independientes, lobos solitarios ajenos a cualquier tipificación de su manera de pintar, esa misma que se revela como única y con la capacidad para poder modificar el rumbo del arte. El pintor de las cuevas de Altamira, Masaccio, Goya, Cézanne, Picasso o Rothko son algunos de esos nombres, entre los que también figura, con sus luces y sus sombras, Michelangelo Merisi, conocido popularmente con el nombre de su pueblo natal, Caravaggio.
Cada pieza de Caravaggio, pintada en su corto periplo vital, de solo 38 años, se entiende como un aldabonazo a los postulados de la pintura existentes, al tiempo que abría una serie de desfiladeros por los que conducirse todo un sinfín de pintores, de creadores que comprendieron enseguida que Caravaggio, desde su rebeldía y desafíos, articulaba una nueva manera de entender la pintura, tan importante como la que a principios del Renacimiento estableció la perspectiva dentro del cuadro o como la que Picasso parangonó en 1907 con Las Señoritas de Avignon
Caravaggio, en su corta vida, nos dejó una numerosa obra, llena de rebeldía y desafío. Asusta pensar hasta donde habría podido llegar Caravaggio de haberse prolongado su vida hasta la madurez, si hubiese vivido los más de ochenta años de otro genio de la pintura fallecido pocos años después de su nacimiento, Tiziano. Lo realmente cierto es que Caravaggio con esa corta existencia, repleta de altibajos vitales que definieron su obra, seguramente en mayor medida que otros pintores, nos deja un legado de piezas estremecedoras, en las que el realismo de sus personajes rompió las idealizaciones clasicistas que pretendía el Renacimiento, alejándose de caer en la estilización del Manierismo, el movimiento de su época.
Caravaggio viró su mirada hacia las calles de Roma y de las localidades en las que residió. Personajes marginales, de pieles ajadas, en las que la vida se adhería a esas pieles tostadas por el sol mediterráneo. Ancianos, borrachos o prostitutas vieron como pasaban del anonimato a unos lienzos eternos, y no solo eso, sino que lo hacían para decorar templos y palacios, para que nobles y papas viesen sus rostros travestidos como personajes bíblicos. Toda una provocación, toda una revolución. Caravaggio dinamitó la representación formal de esas figuras que invadieron rincones en el plano pictórico inimaginables hasta el momento. Sus personajes nos dan la espalda, invaden nuestro lugar, fragmentan su fisonomía, se contorsionan y angulan sus posiciones generando unas tensiones que no hacían más que, junto con la verdad de sus caras, alentar la tensión que pretendía el pintor, lo que se veía incrementado con sus contrastes de luces y sombras. Espacios imperceptibles entraban en colisión con otros en los que un haz de luz convocaba nuestra mirada hacia un punto determinado. De nuevo la novedad. De nuevo la pintura patas arriba.
La pintura de Caravaggio no debe nunca desligarse de su vida, de su nacimiento en 1571 en una pequeña localidad próxima a Milán, de la muerte temprana de su padre y de su hermano a causa de la peste, de su formación junto al pintor Giuseppe Césare, de su marcha a Roma con veinte años, de su rápida acogida por el mundo cardenalicio y de su gusto por la vida disoluta y callejera. Sus líos en las calles de Roma, el asesinato de un hombre que le llevó a huir a localidades como Nápoles, Malta o Siracusa, o su contacto con los habitantes de aquel universo de claroscuros, que se adentraba en el Barroco bajo la Contrarreforma surgida del Concilio de Trento, desembocaron en una pintura real, inusualmente real, frente a un universo de la imagen en el que mandaba una ingente belleza de rostros idealizados, poses humanas, paisajes parnasianos y cielos azules que te invitaban a la ascensión. Pero la vida, la vida de Caravaggio se transustanció en pintura y todo eso no tenía cabida en ella, acotando las referencias espaciales, fiándolo todo a la humanización de sus personajes y a unas escenas en las que la lucha entre la luz y la sombra incomodaba a los espectadores de unos lienzos que claramente percibían algo nuevo. Se acuñó el término Tenebrismo para definir ese encontronazo lumínico y no fueron pocos los pintores que desde ese instante se adentraron, casi con un candil en la mano, por ese itinerario que un joven pintor había iniciado y que incluso se puede rastrear en el mundo del cine, en el que planos de directores como Nicholas Ray o Martin Scorsese no están muy distanciados de sus presupuestos pictóricos.
Muchos de esos pintores conviven durante estos meses en sendas exposiciones en Madrid con la obra de Caravaggio, una oportunidad única de entender el magnetismo de su pintura y sus epígonos posteriores. Así, en el Palacio Real la exposición comisariada por Gonzalo Redín De Caravaggio a Bernini, reúne en torno a un único Caravaggio, Salomé con la cabeza de San Juan Bautista, a diferentes pintores posteriores a él como Velázquez, Le Brun, Guido Reni, José Ribera o Luca Giordano. Pero el éxtasis caravaggista se produce en el Museo Thyssen en el que bajo el epígrafe de Caravaggio y los pintores del Norte se reúnen, bajo el comisariado de Gert jan van der Sman, ni más ni menos que doce obras del pintor italiano. Una acumulación de piezas muy dificil de igualar en un pintor en el que muchas de sus grandes obras se encuentran en templos, mientras que el resto se dispersan por numerosos puntos de la geografía mundial complicando mucho cualquier tipo de reunión. De ahí la importancia de lo que sucede en esta exposición en cuyas primeras salas se despliegan, en una brutal orquestación, sus obras producidas en Roma, aquellas que muchos pintores procedentes del norte de Europa instalados en la gran capital del arte del momento buscando el amparo y los encargos de la Iglesia habían conocido. Muchacho pelando frutaMuchacho mordido por un lagartoLa buenaventuraLos músicosDavid vencedor de GoliatSanta Catalina de AlejandríaEl sacrificio de IsaacSan Juan Bautista en el desiertoLa coronación de espinasSan Francisco en meditaciónEl sacamuelas El martirio de Santa Úrsula, son los doce cuadros que reflejan temporalmente toda su trayectoria y que se reúnen en las salas siguientes a los de pintores como los holandeses Hendrick Terbrugghen, Gerrit van Honthorst y Dirck van Baburen, componentes de la Escuela de Utrecht que llevaron ese Tenebrismo al norte. Pero aquí también están Rubens, Claude Vignon o Nicolas Tournier, en definitiva, pintores que cruzaron los Alpes y se encontraron con una revelación que modificó su percepción de la pintura, hasta el punto de cambiarla y asumir los nuevos postulados del pendenciero lombardo.
No son pocos los amantes del arte que se dedican a recorrer el mundo para contemplar las obras maestras de Caravaggio, en una búsqueda, no solo sensorial, sino de revelación de lo que puede suponer un hombre enfrentado a un momento trascendental de la historia del arte, de la historia de la pintura. Acercarse a Madrid durante estas semanas resume muchos de esos viajes convirtiéndose en una experiencia irrepetible como testigos de un enfrentamiento único de luces y sombras.


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda. Diario de Pontevedra y El Progreso de Lugo 17/07/2016